Cuando los diplomáticos salvan vidas

22 febrero, 2019 • Asuntos globales, Opinión, Portada • Vistas: 1193

Dixon Moya

Dixon Moya

Febrero 2019

Hubo una vez en que los diplomáticos salvaron muchas vidas. Era cuando las personas podían entrar a un consulado buscando protección, sin miedo a ser asesinadas o torturadas. No puedo evitar la mención de un hecho atroz y que es de conocimiento público, la detención, tortura y asesinato del periodista saudita Jamal Khashoggi, en la sede consular de su país en Estambul, Turquía, el 2 de octubre de 2018. Este suceso ha dejado una imagen terrible de la figura consular en el mundo, en la cual se confunde inmunidad con impunidad. Sin embargo, es un hecho aislado que no debería empañar la extraordinaria y silenciosa labor de miles de diplomáticos en el mundo entero, consagrados al servicio de sus comunidades.

Una prueba histórica de esa vocación de entrega hacia los demás por parte de diplomáticos extranjeros se dio durante uno de los peores momentos de la humanidad. En el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, el régimen nazi llevó a cabo el genocidio de judíos y otras minorías étnicas, que no correspondían a su ideología racista. Es importante destacar la intervención histórica afortunada de diplomáticos en embajadas y consulados del mundo, en la cual salvaron miles de vidas humanas.

Hace unos meses, tuve la fortuna de asistir a una exposición itinerante llamada “Más allá del Deber” (Beyond the Duty), organizada por el gobierno de Israel, en la cual se destaca a una serie de diplomáticos quienes desde sus respectivas funciones o trabajos, se convirtieron en héroes al proteger las vidas de aquellos perseguidos por el régimen nazi. Para fortuna y orgullo de quienes ejercemos esta profesión, es una larga lista, que posiblemente esté incompleta, pues siempre cabe la posibilidad de funcionarios con sentido ético y humano que realizaron sus acciones en total reserva y prudencia, que son además virtudes características de los buenos diplomáticos.

Hay varios casos conocidos, incluso de diplomáticos latinoamericanos, sensibles y solidarios en aquel momento tan crucial de la humanidad. Quizás el más célebre sea Raoul Wallenberg, diplomático sueco que sirvió en Budapest, Hungría, cuando estuvo ocupada por los nazis. Gracias a Wallenberg se salvaron miles de judíos. Lamentablemente en 1945 fue detenido por agentes soviéticos y nunca se pudo establecer su paradero. Se supone que murió en cautiverio en la Unión Soviética.

Un sobreviviente del Holocausto dijo: “Una mañana mis padres me llevaron a la Legación Sueca, allí encontramos un elegante joven, a quien mi madre se dirigió como el señor Wallenberg. Él escuchó lo que ella le dijo y respondió: ¡No se preocupe! Pronto le daremos sus salvoconductos”. Wallenberg cumplió al pie de la letra su misión. “He tomado esta asignación y nunca sería capaz de regresar a Estocolmo, sin hacer todo lo que un hombre pudiera hacer para salvar muchos judíos como fuera posible”, afirmó Wallenberg.

Sebastián Romero Radigales fue jefe de la Delegación Diplomática de España en Grecia. A pesar de los oídos sordos de su gobierno, ante sus insistentes solicitudes de facilitar el viaje de los judíos españoles, logró ayudar a varios cientos de ellos en su regreso.

Quisiera destacar al colega peruano José María Barreto, quien efectivamente fue más allá de su deber, incluso en contra de las instrucciones de su propio gobierno, en las que prohibía la inmigración judía al país sudamericano. Siendo Cónsul General de Perú en Ginebra, Suiza, expidió documentos de viaje a varios judíos que iban a ser enviados al terrible campo de concentración en Auschwitz, incluidos algunos niños. Esta decisión personal al final le costó el cargo al Cónsul peruano.

Aristides Sousa

En el caso del diplomático portugués Aristides de Sousa Mendes, siendo Cónsul General en la ciudad francesa de Burdeos, expidió un indeterminado número de visas y pasaportes a refugiados, que huían del régimen nazi. Lo hizo a pesar de las instrucciones en contrario del gobierno militar de António de Oliveira Salazar, que al final lo suspendió durante un año y le rebajó su salario a la mitad hasta su muerte en 1954, lo que ocasionó un grave perjuicio doméstico, pues en algún momento la familia tuvo que tomar sus alimentos en un comedor para refugiados en Lisboa.

Con el paso del tiempo, el nombre de Aristides de Sousa Mendes ha sido rehabilitado por el gobierno portugués, siendo objeto de diversos homenajes en su país y fuera del mismo. Hay consenso en que fueron decenas de miles de personas a las que ayudó a salvar del Holocausto.

Otro caso de sacrificio personal fue el del diplomático turco Selahattin Ülkümen, quien fue Cónsul de su país en la isla griega de Rodas. Se enfrentó directamente a las autoridades nazis que habían ocupado la isla, recordando la neutralidad de Turquía en el conflicto y reclamando que se respetara la protección que como Cónsul otorgaría a ciudadanos sin diferenciar si eran judíos, cristianos o musulmanes. Ante la advertencia de un incidente internacional, el Cónsul logró salvar a varias decenas de detenidos, aunque posteriormente los nazis bombardearon el consulado, atentado en el cual murieron varias personas, incluyendo la esposa del Cónsul turco, quien fue detenido en Grecia hasta el final de la guerra.

Estos han sido unos cuantos ejemplos, de tan extraordinaria labor humanitaria por parte de algunos diplomáticos. De igual forma, quiero destacar un caso que escuché en la referida exposición que mencioné al inicio. Se trata del relato estremecedor, tierno y esperanzador al mismo tiempo, del señor Leo Melamed, un exitoso empresario estadounidense radicado en Chicago, quien narró la manera en que, cuando era niño, tuvo que salir huyendo aferrado de la mano de su madre, una mujer valiente, abandonando su Polonia natal, aprovechando las sombras de la noche, en medio de la nada, para aventurarse en una travesía interminable huyendo de la persecución nazi. Pero aquella fuga, que terminó en Estados Unidos, no pudo realizarse sin la intervención del Cónsul de Japón en Lituania.

Chiune Sugihara

Melamed nació en Polonia en 1932, a los 7 años huyó con su familia judía a Lituania y en 1940 el Cónsul general de Japón en ese país, Chiune Sugihara les expidió una visa de tránsito que les permitió, luego de atravesar Siberia, llegar a Japón, desde donde cruzaron el océano Pacífico para desembarcar en Estados Unidos. Allí estudió leyes y siendo abogado terminó desarrollando una carrera como economista, llegando a ser reconocido como uno de los pioneros en la creación de los mercados de futuros.

Sugihara era un hombre de una ética a toda prueba, quien dijo: “Puede que tenga que desobedecer a mi gobierno, pero si no lo hago, estaría desobedeciendo a Dios”. Al término de la guerra, Sugihara y su familia fueron detenidos por las tropas soviéticas durante 18 meses. Al volver a Japón, el Ministerio de Relaciones Exteriores lo invitó a renunciar a su cargo; muchos piensan que fue por sus acciones en Lituania. Luego de pasar muchas dificultades sociales y económicas, posterior a su muerte en 1986, su nombre ha sido reivindicado, convirtiéndose en un símbolo, generando diversas obras como biografías, documentales, e incluso la película de ficción Persona Non Grata, inspirada en la historia del diplomático japonés.

En el mismo evento, Melamed contó cómo después de muchos años, en alguna conferencia parecida, un hombre japonés se le acercó para saludarlo y resultó ser el hijo de aquel Cónsul que le había salvado la vida. Fue un encuentro emocionante y familiar, en el cual no faltaron ni las sonrisas ni sobraron las lágrimas.

Lo ocurrido en 1940 le dejó marcas a Melamed, no todas negativas, pues gracias a la gestión del diplomático japonés, pudo reconciliarse con el género humano, con la bondad, generosidad y solidaridad, incluso entre personas de diferentes culturas, religiones e ideologías. Es conocido que todos los japoneses, residentes o turistas, encuentran en la oficina de Melamed, en Chicago, un espacio que los recibe con cariño.

El trabajo consular siempre ha tenido mucho de apostolado, con una vocación innata de ayuda a otras personas, por parte de quienes diariamente tratamos de prestar un servicio no solo eficiente en lo profesional, sino amable y respetuoso en lo humano. No seremos perfectos ni somos infalibles, pero siempre nos orienta la mejor intención en la atención y la asistencia a nuestros usuarios.

Al final es muy bello descubrir que aquellos diplomáticos, sobreviven en la memoria de quienes salvaron y de sus descendientes, quienes los han nombrado como los “justos entre las naciones”. Todo el honor y la gloria para los colegas que ofrecieron su comodidad, sus posiciones e, incluso, su vida, defendiendo la de los demás, personas de diferente nacionalidad, religión y cultura. Son justos, sin duda alguna.

DIXON MOYA es Ministro Plenipotenciario adscrito a la Carrera Diplomática y Consular de Colombia, egresado de la Universidad Nacional de Colombia. Ha prestado servicios diplomáticos en Venezuela, Nicaragua, Emiratos Árabes Unidos. Es Cónsul General de Colombia en Chicago. Las opiniones expresadas por el autor en este artículo son personales, por lo que no comprometen la posición oficial del Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia.

 

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3 Responses to Cuando los diplomáticos salvan vidas

  1. Avatar Eric Duarte dice:

    También podemos agregar a la lista a Gilberto Bosques Saldívar, quien fue cónsul general de México en París, Bayona y Marsella y ayudó a más de 40 mil refugiados de varias nacionalidades que huían del régimen nazi, dándoles salvoconductos y pasaportes mexicanos. Es uno de los diplomáticos que más recordamos con cariño y admiración en México por su valentía y amor por la humanidad.

  2. Avatar Mario Montoya Castillo dice:

    Muy buen trabajo respetado señor Cónsul General. Seguramente la lista de buenos servidores públicos con cargos diplomáticos sea extensa, lo que celebro con palabras de gratitud. Al leer su columna recordé lo que indicaba nuestro Sabio Caldas: aquel que no ame su profesión jamás será bueno en lo que hace. Gracias a muchos y a todos los diplomáticos que, como usted, aman su profesión. GRACIAS.

  3. Estimado Dixon: Cómo siempre, muy interesantes, informados y con muy buena narrativa. Estupendo artículo. Por cierto, como bien lo menciona en su comentario el Sr. Eric Duarte, Don Gilberto Bosques es uno de esos ejemplos de gallardía y solidaridad humana. También salvo a muchos Españoles durante la guerra civil. Todos llegaron a MÉXICO. Se conoce como el exilio Español. Te mando un gran abrazo.

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