Feos, sucios y malos

20 agosto, 2018 • Artículos, Europa, Portada • Vistas: 897

La política antiinmigrante de Italia

EPA-Alessandro Di Meo

Tomás Bontempo

Agosto 2018

Italia, uno de los países fundadores de la experiencia integradora europea, constituyó en junio de 2018 un gobierno de clara orientación euroescéptica. La coalición gobernante, integrada por el Movimiento Cinco Estrellas y la Liga Norte, promete en un futuro de corto y mediano plazo un escenario de reformas diversas no ajeno a las turbulencias.

La primera prueba de ello ha sido la política netamente antinmigración del Ministro del Interior italiano y líder racista de la xenófoba Liga Norte, Matteo Salvini. Dicha política demoró apenas unos días en materializarse y consistió en el cierre de los puertos italianos a aquellos barcos que son utilizados por diversas organizaciones humanitarias dedicadas al rescate de los naufragios superpoblados de personas que intentan la titánica y desesperada tarea de atravesar el mediterráneo. La medida de Salvini está basada en una idea concisa y una retórica simple, aunque falaz, basada en la amenaza de la otredad: “Estamos amenazados, está en riesgo nuestra cultura, sociedad, tradiciones, modo de vivir. Hay en curso una invasión”, había expresado ya en la campaña electoral cuando logró capitalizar el miedo y el rechazo de una parte de la sociedad italiana a la inmigración.

En su estudio del orientalismo, Edward Said expresó que la otredad encarnaba los valores opuestos de lo que representaba la civilización europea occidental. Hoy, esa misma otredad es representada en los inmigrantes como los poseedores de los males de la sociedad. Es decir, en alusión a la película de 1976 dirigida por el cineasta italiano Ettore Scola, los inmigrantes son “feos, sucios y malos”. Ante ello, el país aparece como una garantía de seguridad: “Francia primero”, como esgrime la líder del Frente Nacional francés, Marine Le Pen, quien comparte grupo en el Parlamento europeo con el partido de Salvini.

Italia es uno de los miembros del bloque europeo donde la brecha entre el norte y el sur se materializa de la forma más tajante, casi en dos países distintos, con distintos índices de pobreza, renta per cápita y hasta esperanza de vida.

Es importante destacar que Italia fue históricamente un país de emigración ―como lo prueba el propio apellido de quien suscribe estas líneas―, pero que en las últimas décadas se ha configurado como un país de inmigración. No obstante, más de 100 000 italianos, en su mayoría jóvenes, formados con educación superior, incluso de posgrado, emigraron de Italia en 2016. Un número que se equipara anualmente. Ello, en el marco de un envejecimiento de la población italiana que solo es revertido precisamente por la inmigración. En 2017, según la Organización Internacional para las Migraciones, arribaron a Italia a través del Mediterráneo poco más de 119 000 inmigrantes.

Asimismo, Italia es uno de los miembros del bloque europeo donde la brecha entre el norte y el sur se materializa de la forma más tajante, casi en dos países distintos, con distintos índices de pobreza, renta per cápita y hasta esperanza de vida. Pero es precisamente en sus regiones del sur donde Italia continúa necesitando de la mano de obra provista por los inmigrantes. Es decir, alimentando puestos de trabajo de un mercado laboral no satisfechos por los nacionales. Miles de ellos trabajan precariamente en los campos del sur de Italia en la temporada de cosechas, sometidos a un fuerte nivel de violencia y abuso.

No era difícil augurar que la coronación de Salvini en el Ministerio del Interior resultaría en un duro golpe a la situación de los inmigrantes. Durante el gobierno anterior, el barco de la organización no gubernamental española Open Arms fue detenido y acusado de promoción de la inmigración ilegal por haber recogido a personas en aguas internacionales, contrariando las amenazas de los guardacostas libios. A ello habilita la represiva legislación italiana conocida como Ley Bossi-Fini, que pena la colaboración con la inmigración ilegal. La centroizquierda italiana encarnada en los gobiernos del Partido Democrático nunca la modificó, así como tampoco sancionó la ley sobre ciudadanía para otorgar la nacionalidad a los nacidos en Italia de padres extranjeros.

El cínico y corto argumento de “ayudémosles, pero en su casa” tampoco es innovador. Esta penosa política había comenzado a implementarse desde el gobierno del entonces primer ministro Paolo Gentiloni. En ese momento, las autoridades habían sacado adelante un acuerdo con la guardia costera libia, un país donde han sido penosamente públicas las subastas de migrantes como esclavos y las violaciones a los derechos humanos. Frente a ello, Salvini vuelve a esgrimir esta posición, la cual intentará reforzar e institucionalizar aun a expensas de la violación de las normas del Derecho Internacional que protegen a las personas.

La inmigración ha sido un tema recurrente y de primera línea en las agendas electorales, otorgándole a estas fuerzas un crecimiento partidario traducido en el parlamento o en coaliciones de gobierno.

El Buque Aquarius de SOS Mediterraneé y Médicos Sin Fronteras que transportaba a las más de 600 personas rescatadas, es solo una anécdota que ha quedado en medio de una guerra política. El traslado final del buque hacia la costa española, frente a todas las reacciones surgidas incluso de los alcaldes italianos, representó una victoria política para Salvini. Primero frente a la Unión Europea, a quien acusa de haber dejado solos a países como Grecia e Italia con el peso de las hordas barbáricas de migrantes invasoras de una Italia blanca y cristiana. Por otro lado, frente a las organizaciones no gubernamentales, mostrando que Italia recibirá a los migrantes únicamente cuando el país lo decida.

Pero Italia es solo un reflejo de lo que sucede en Europa. Diversos partidos conservadores y de ultraderecha en otros países mantienen posiciones similares a la Liga Norte en materia migratoria. El Frente Nacional francés, el Partido de la Libertad en Austria y Holanda, Amanecer Dorado en Grecia, los demócratas suecos, Fidesz y Jobbik en Hungría, Ley y Orden en Polonia, la Alianza de Ciudadanos Descontentos en Republica Checa, el Partido Demócrata Esloveno, AfD en Alemania o el UKIP en Reino Unido son algunos de los casos. La inmigración ha sido un tema recurrente y de primera línea en las agendas electorales, otorgándole a estas fuerzas un crecimiento partidario traducido en el parlamento o en coaliciones de gobierno.

Los miembros del bloque europeo no cumplieron si quiera con las cuotas obligatorias de reubicación de apenas 160 000 refugiados estipuladas por Berlín y Bruselas en 2015. La falta de voluntad política al respecto ha sido notoria a la par que se avanzaba en la militarización del mediterráneo y las polémicas políticas de cooperación en materia de seguridad con diversos países de África como forma de contener las oleadas migratorias.

La verdadera amenaza para Europa no son los inmigrantes, son las fuerzas de ultraderecha como la representada por Salvini y la propia falta de voluntad política de los países de la Unión. Asistimos hoy a la más rigurosa expresión del fin de la hospitalidad kantiana que tanto pregona Europa en su política exterior.

TOMÁS BONTEMPO es maestro en Integración Latinoamericana por la Universidad Nacional de Tres de Febrero, Argentina. Es profesor titular en la Universidad del Salvador, Argentina. Sígalo en Twitter en @tomdist1986.

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