Reflexiones sobre la salida de Estados Unidos del acuerdo nuclear con Irán

24 mayo, 2018 • Artículos, Asuntos globales, Medio Oriente, Portada • Vistas: 3825

Reuters

Moisés Garduño García

Mayo 2018

Con la salida del acuerdo nuclear, Estados Unidos puso en marcha una nueva estrategia de presión contra Irán en el Medio Oriente. A pesar de contar con treinta reportes de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, que dieron por sentado el firme cumplimento de Teherán ante los mecanismos de inspección impuestos por todas las partes del acuerdo, Donald Trump tomó una decisión que no solo traicionó la confianza y el trabajo de sus aliados europeos que tomó años de cabildeo, sino que también puso en tela de juicio su credibilidad en la esfera diplomática mundial ante iniciativas como la supuesta desnuclearización de Corea del Norte. En pocas palabras, Washington renunció a sus compromisos ante China, Europa y Rusia en la cuestión nuclear iraní y, por otro lado, decidió crear su propio pacto regional, pero al lado de Riad y Tel Aviv.

Esta medida ocurrió a pesar de las críticas del expresidente Barack Obama, la diplomacia de sombras de John Kerry y las visitas oficiales de Angela Merkel y Emmanuel Macron a Washington, quienes intentaron disuadir al mandatario estadounidense de la decisión que finalmente tomó. La estrategia a la que me refiero implica el inicio de una nueva campaña de provocación por parte del eje Riad, Tel Aviv y Washington para que Teherán inicie operaciones militares contra Israel por sus recientes incursiones en territorio sirio, las cuales han dejado más de una decena de bajas iraníes en lo que va de 2018. Esto serviría no solo para legitimar la decisión que tomó Trump al salir del acuerdo, sino también para agudizar la nueva ola de iranofobia que corre en los medios de comunicación internacionales y que va desde la ruptura de relaciones diplomáticas de Marruecos con Irán por una supuesta colaboración entre Hezbolá  y el Frente Polisario, la decisión de un juez en Nueva York que culpa a Irán por su presunta responsabilidad en los sucesos del 11-S, hasta los documentos que presentó Benjamín Netanyahu como evidencias de las presuntas mentiras que ha hecho Irán con respecto a su programa nuclear, entre otras cuestiones presentes en la esfera pública trasnacional que carecen de una línea de argumentación sostenida. Dicho de otra forma, estos ataques psicológicos intentan convertir a Irán no en el jefe de un nuevo eje del mal, sino en el ejemplo más evidente del mal mismo.

Aunque es cierto que lo hecho por Estados Unidos puede explicarse desde un ángulo geopolítico dada la preocupación que representa Irán en las crisis de Irak, Líbano, Siria y Yemen, algunas pistas importantes para entender esta estrategia deben buscarse también en la conexión de dicho factor externo con las dinámicas de política interna de algunos actores. En primer lugar, se encuentra la profunda crisis social que experimenta el gobierno de Trump al interior de Estados Unidos. Esta crisis incluye debates como la prohibición del uso de armas de fuego ante los recientes actos de violencia en las escuelas del país, tensiones raciales de gran calado, crisis ambientales relacionadas con la contaminación del agua en Michigan, la crisis de empleo y pobreza, y todo lo relacionado con el escándalo de los documentos confiscados a Michael Cohen, abogado particular del Presidente, cuestión que contiene datos sensibles que podrían afectar al voto republicano en las próximas elecciones de finales de noviembre.

Ante esto, Trump y su gabinete necesitan explotar el factor externo iraní no solo para distraer la atención de la opinión pública, sino también para mantener el apoyo de grandes empresarios antiiraníes que ayudaron a financiar su campaña, tales como Sheldon Adelson, Bernard Marcus y Paul Singer, quienes, junto con el lobby sionista cristiano que constituye una buena parte de su base social, fungirían como sus mayores fortalezas en caso del destape de críticas más profundas a su gobierno en lo que va de su mandato. No es casual, que los mayores respaldos internos para Trump ante la salida del acuerdo con Irán provinieran justamente de estos sectores que se fortalecieron con la llegada del nuevo Asesor de Seguridad Nacional, John Bolton, conocido por su cercanía con el grupo armado de oposición iraní Mujahadeen-e-Khalq que tiene sede en París y Washington.

Con la salida del acuerdo nuclear, Estados Unidos puso en marcha una nueva estrategia de presión contra Irán en el Medio Oriente.

 

En segundo lugar, Israel también tiene varios retos en su política interna, comenzando por las acusaciones de corrupción contra el primer ministro Netanyahu. Además, las fuertes demandas sociales en términos de vivienda y empleo, el registro constante de asesinato de manifestantes palestinos a manos de francotiradores de las Fuerzas de Defensa de Israel (como aquellas documentadas durante la conmemoración del Día de la Tierra), más la sistematización de políticas de seguridad que han bloqueado cualquier mínimo intento de sentarse en la mesa de negociación con Mahmoud Abbas, hacen lógico pensar en el uso del factor iraní como elemento de cohesión nacional para superar esta crisis interna a costa de una injerencia más marcada contra Irán.

En tercer lugar, Riad tiene dos retos inmediatos que le posibilitan usar el factor iraní como un elemento de cohesión nacional. Una reforma política y económica que implica la liberalización de algunos aspectos conservadores de la sociedad saudita (como el papel de la mujer en el espacio público), así como la construcción de la ciudad de Neom para hacer posible un nuevo corredor turístico con Egipto, Israel y Jordania en el mar Rojo, esto con el objetivo de que su economía pueda diversificarse de la economía petrolera; y en segundo término, el mantenimiento de la guerra en Yemen la cual, con ayuda de Emiratos Árabes Unidos al ocupar la isla de Socutra, tiene toda la intención de legitimar ante su población la supuesta lucha contra el terrorismo, el mantenimiento de la integridad territorial y la seguridad de sus fronteras, cuestiones en las que el caso iraní encaja perfectamente como la principal amenaza.

Por otro lado, entre las razones que explican por qué Europa se alineó con China y Rusia en la cuestión iraní y por qué anunció su permanencia en el acuerdo también se tienen que ponderar componentes de política interna, sobre todo de índole económico. Desde la entrada en vigor del acuerdo en enero de 2016, se pusieron en operación cerca de dieciséis meganegocios entre Irán y varias trasnacionales europeas, chinas y rusas, lo cual comprometió miles de millones de dólares en transacciones en beneficio para ambas partes.  Aunque Trump busca obstaculizar la transferencia de aviones de Boieng y Airbus (en este último caso los aviones cuentan con algunos componentes hechos en Estados Unidos), para Europa es sumamente importante materializar este negocio que pueda ayudar a respirar a una economía que tiene síntomas lentos de recuperación. Además de la flota aérea, empresas como Peugeot y Renault tienen comprometidos miles de automóviles como parte del proyecto de la renovación del parque vehicular de Teherán, una de las ciudades más grandes del Medio Oriente, entre otros asuntos relacionados con las farmacéuticas danesas, los productos italianos y las mercancías alemanas, país que llegó a ser desde 2016 uno de los cinco socios comerciales más importantes de Irán en el mundo.

Por su parte, la posición de Rusia no tiene que ver automáticamente con un antagonismo a Estados Unidos. De hecho, en el caso de Irán y Rusia, es necesario recordar que la cooperación en el terreno fronterizo del Cáucaso y de Asia Central ha convertido a Irán en un socio estratégico de suma relevancia para la propia seguridad nacional e integridad territorial de Rusia, sobre todo con el auge del islamismo armado en aquellas zonas, y de manera muy particular, por la amenaza que representan miles de milicianos chechenos que han ganado mucha experiencia en batalla en el terreno sirio y afgano. Para Moscú, apoyar a Irán en el ámbito del pacto no es solamente simbólico, sino que es de importancia vital para que ambos países puedan gestionar la seguridad de la zona de influencia rusa en Asia Central por medio de la cooperación con la mayoría de los países de la zona.

China por su parte tiene a su favor todo lo relacionado con la renovación de trenes de mediana y larga distancia en Irán. De hecho, el retiro de Estados Unidos deja el campo abierto para que China aproveche contratos más amables con los que pueda cubrir una necesidad imperante de Irán no solo para mejorar cuestiones de transporte público sino también de transporte multimodal en aras de la expansión del proyecto comercial chino en las aguas del golfo Pérsico, particularmente en el complejo portuario industrial de la zona de Bandar Abbas.

Israel también tiene varios retos en su política interna, comenzando por las acusaciones de corrupción contra el primer ministro Netanyahu.

 

Con respecto al caso iraní es de suma importancia saber que Hasan Rohaní basó gran parte de su prestigio nacional en la firma del acuerdo nuclear, y que la salida de Estados Unidos provocará una reacción lógica de las facciones más conservadoras y críticas a su gobierno. La estrategia de Raid, Tel Aviv y Washington generará sin duda un nuevo debate en la esfera pública iraní, debate que ya ha comenzado en las sesiones del parlamento y por medio de las declaraciones de Alí Jamenei quien exigió, entre otras cosas, “garantías europeas para que Irán pueda permanecer en el acuerdo, o de plano evaluar otros escenarios que garanticen la seguridad de todos los iraníes”.

Ante esto, si bien la apuesta de la estrategia de Trump, Netanyahu y Mohamed bin Salmán es provocar más episodios de protesta social en Irán como los que se vivieron entre diciembre de 2017 y enero de 2018 por medio de la imposición de nuevas sanciones económicas. La historia reciente de la República Islámica de Irán ha mostrado que es en estos momentos cuando el nacionalismo iraní se exacerba y lejos de causar una fractura en el tejido social, este se unifica en contra de la amenaza externa, logrando un paradójico fortalecimiento del régimen. Así, al menos en los últimos años, el gobierno iraní ha sabido cómo canalizar de manera eficiente dicho sentimiento de pertenencia y orgullo nacional poniendo en un dilema a los diferentes gobiernos estadounidenses de la siguiente forma: si Estados Unidos negocia con Irán, el régimen saldrá fortalecido porque entonces podrá presentar al diálogo como un ejemplo de reconocimiento del peso regional que tiene Irán (y que siempre ha tenido) en todo el Medio Oriente. Por otro lado, si Estados Unidos castiga a Irán y lo sanciona (como es el caso de la coyuntura actual) el régimen responsabiliza al factor externo de la crisis constante en la que viven los iraníes ordinarios, logrando crear un frente común que, en general, estará en contra de cualquier tipo de intervención militar extranjera con la que se amenaza al pueblo iraní.

La gran incógnita es saber cómo responderá Teherán a esta estrategia de provocación, y a partir de dichas respuestas analizar escenarios de todo tipo. Lo más lógico es que el régimen de Teherán utilice la salida de Trump del acuerdo no para lanzar bombas en Siria contra las posiciones israelíes, sino para fortalecer su posición de poder en la esfera interna, sobre todo en lo que concierne a los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica, cuyos altos dirigentes nunca terminaron de confiar en el acuerdo por la competencia económica que traería a sus empresas de construcción y reconstrucción nacional y que ahora se sentirán empoderados para pugnar por la salida total de Irán de dicho mecanismo. Todo esto hay que pensarlo como una posibilidad a pesar de la situación económica tan frágil en la que se encuentra el país, sobre todo porque el giro neoliberal de la economía de Rohaní (que viene arrastrando errores de asistencialismo exacerbado de los gobiernos de Mahmud Ahmadineyad) sigue sin cambiar y, por ende, sin llegar a la mayoría de la población iraní de escasos recursos y de las zonas rurales.

No obstante, es necesario decir que si bien las dinámicas de conflicto en el Medio Oriente son impredecibles, las concernientes a Irán lo son aún más, sobre todo cuando se tiene como interlocutores a personajes hambrientos de explotar el factor externo para fines de política interna, mientras el mundo reacciona a sus decisiones de manera preocupante y desgastante. Al momento de redactar este artículo, junto con Marcela Álvarez, me encuentro en Irán para asistir a la Feria Internacional del Libro de Teherán, y confiamos en la prudencia iraní y sobre todo en la fortaleza de su gente, un pueblo que recibe elogios de buena parte del mundo porque no solo resiste políticas conservadoras y de censura desde la élite que los gobierna, sino también resiste a políticos extranjeros que son racistas, clasistas, xenófobos y rodeados de militares los cuales dicen luchar contra las amenazas más grandes del mundo, tal vez sin darse cuenta que las amenazas las constituyen ellos mismos.

MOISÉS GARDUÑO GARCÍA es doctor en Estudios Árabes e Islámicos Contemporáneos por la Universidad Autónoma de Madrid y maestro en Estudios de Asia y África con especialidad en el Medio Oriente por El Colegio de México. Es profesor de tiempo completo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt). Es coordinador del libro Pensar Palestina desde el Sur global. Sígalo en Twitter en @Moises_Garduno.

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