Fidel Castro: pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad

7 Diciembre, 2016 • Opinión, Portada • Vistas: 4144

EFE

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Diciembre 2016

No va a ser posible hacer un juicio sereno y equilibrado sobre Fidel Castro ni ahora, a pocos días de su muerte, ni en décadas. Libertador o tirano, esta dicotomía que divide desde hace 50 años a observadores, historiadores, ciudadanos cubanos y del mundo, no tiene a mi juicio una fácil respuesta, en la medida en que las dos opciones pueden ser verdaderas al mismo tiempo. Es más, ese dualismo representa una de las más grandes contradicciones que nos deja en herencia el siglo breve de Eric Hobsbawm. Y, Fidel Castro, como otros líderes revolucionarios de ese siglo tan corto y sin embargo tan turbulento, ha encarnado como ningún otro líder en Latinoamérica dicha contradicción.

Fidel se caracterizó por tener, como otros grandes próceres revolucionarios del siglo XX que le precedieron, lo que Gramsci, con gran acierto, llamó el optimismo de la voluntad frente al pesimismo de la inteligencia. Yo añadiría que no se trató de simple voluntad, sino más específicamente de voluntad política. Ésta se podría definir como una determinación inquebrantable por imponer un proyecto político y una visión de sociedad frente a todas las variables que pudieran representar un límite racional a la acción transformadora de la política. Estos límites podían ser la economía, los equilibrios de poder internos, las inercias hegemónicas del sistema internacional o incluso la mera existencia de ciertos seres humanos. Solo a partir de ese optimismo inquebrantable de la voluntad política, el tren que condujo a Lenin desde el corazón de Europa hasta Rusia, en abril de 1917, pudo transformarse en una bala revolucionaria. Solo en virtud del mismo principio, el barco medio parchado que condujo a Fidel y a un puñado de hombres mal armados desde las costas mexicanas al oriente de Cuba, en diciembre de 1956, pudo transformarse en una revolución que habría de cambiar la suerte de la isla y terminar impactando, de forma dramática, tierras tan lejanas como Angola. El voluntarismo político de Fidel y de otros líderes revolucionarios del siglo XX fue capaz de desarticular mecanismos consolidados de dominación interna y externa, en nombre de un cambio radical que habría de traer justicia social e igualdad. Visto desde la perspectiva actual, donde un puñado de tecnócratas en Bruselas o en Washington establece los límites de lo que se puede o no se puede hacer, es inevitable tener añoranza por una época y unas figuras que supieron rescatar la primacía de la política frente a todas las otras variables. Esta nostalgia aumenta si consideramos, además, que los límites que la tecnocracia establece con respecto a lo que la política puede o no puede hacer acaban por coincidir casi siempre con los intereses de unos cuantos frente a los de la mayoría.

AP

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Y, sin embargo, la realización de la utopía que guio el optimismo de la voluntad de líderes como Fidel Castro, si bien pudo superar con éxito muchas condiciones adversas, tuvo como principal límite el choque sistemático con la esfera de autonomía y dignidad de los seres humanos. En esto último, Fidel no fue particularmente original, pero tampoco fue el más despiadado de los líderes revolucionarios del siglo XX, como algunos han afirmado. Quizás nadie mejor que Albert Camus planteó con claridad la esencia de esta dicotomía en sus últimas obras y a lo largo de sus encendidas discusiones con su paisano Jean-Paul Sartre. Camus reivindicó con vigor y elocuencia la naturaleza trágicamente equivocada de cualquier revolución que en su nombre sacrifique al ser humano. Camus escribía y pensaba teniendo en su mente la imagen de las brutalidades estalinistas, que en la Kolyma habían mostrado hasta qué punto el voluntarismo político estaba dispuesto a sacrificar vida y dignidad humanas en nombre de un ideal revolucionario de transformación radical de la sociedad. El autoritarismo de Fidel Castro no llegó, ni de lejos, a los extremos alcanzados por Stalin y, sin embargo, los campos de internamiento para homosexuales, la persecución política y el exilio para los opositores representan elementos innegables también del repertorio de la Revolución cubana. Así pues, el voluntarismo de Castro permitió subvertir mecanismos de dominación interna y externa que ahogaban a Cuba desde antes de su independencia en 1898. Al mismo tiempo, sin embargo, esa voluntad acabó por ahogar a disidentes y, en tiempos más recientes, a nuevas generaciones de cubanos inconformes con el proyecto revolucionario quizás, simplemente, por haber nacido en otro momento histórico.

Décadas después del triunfo da la Revolución sobre Fulgencio Batista y en otras latitudes, un líder como Salvador Allende intentó lo imposible, es decir, dar una solución a esta dicotomía. La vía chilena al socialismo representó un intento de superar los límites impuestos al cambio por inercias conservadoras o proyectos hegemónicos, dentro de un marco democrático. Su muerte el 11 de septiembre de 1973, en un palacio de La Moneda asediado por las tropas golpistas de Pinochet, queda como un monumento despiadado a una dicotomía que nos sigue persiguiendo hasta hoy. Fidel Castro, en cambio, aceptó la contradicción hasta sus últimas consecuencias sin intentar resolverla. Fue libertador y tirano a la vez y cualquier juicio sobre su figura y trayectoria histórica, así como cualquier intento de comprender el breve siglo XX, no va a poder prescindir de esta doble verdad.

VANNI PETTINÀ es profesor-investigador del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México. Sígalo en Facebook en Vanni Pettinà.

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One Response to Fidel Castro: pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad

  1. Mayte Crespo dice:

    Buen artículo me gusta el análisis e interpretación a partir de la contradicción. Que viva Fidel!!

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