Bolsonaro entre el rupturismo y el peso de la tradición

1 febrero, 2019 • Artículos, Latinoamérica, Portada • Vistas: 3456

Perfil

Gisela Pereyra Doval y Emilio Ordoñez

Febrero 2019

Toda identidad política se constituye en referencia

a un sistema temporal en el que la interpretación

del pasado y la construcción del futuro deseado

se conjugan para dotar de sentido a la acción presente.

Gerardo Aboy Carlés

A meses de las elecciones presidenciales de 2018 en Brasil, el triunfo de Jair Bolsonaro continúa despertando todo tipo de alertas. A medida que se fueron dando los nombramientos ministeriales y se construye el perfil del actual gobierno, la región latinoamericana oscila entre la asimilación resignada y un entusiasmo cauteloso, según el signo político de cada país. El impacto y el estupor tras el triunfo revelaron los límites de un enfoque que, tal como ocurrió en eventos como el brexit o la victoria electoral de Donald Trump, falló en detectar los factores reales del triunfo de Bolsonaro, incurriendo a veces en el pecado del wishful thinking a la hora del análisis prospectivo, lo que renueva la necesidad de mirar con mayor detenimiento los procesos como el que ocurre en Brasil.

Esta dinámica político-psicológica, normalmente, se manifiesta en los tomadores de decisión que, como plantea Rubén Herrero de Castro, establecen una relación sustancialmente subjetiva, ilusoria y ficticia entre sus deseos y la realidad ignorando información relevante y objetiva que no encaja con las ideas previas del actor, mientras que este acepta porciones incluso débilmente argumentadas por el hecho de adecuarse o encajar con sus expectativas, esperanzas y deseos. Así, el actor reduce las consecuencias negativas de sus decisiones porque está percibiendo una realidad que coincide con sus imágenes previas, valores e intereses. Actualmente lo llamamos posverdad. En este caso, y en honor a la honestidad intelectual, además de los políticos, muchos analistas caímos en la trampa del wishful thinking y tampoco supimos ver que lo que ocurre en Brasil ―el ascenso de un gobierno de derecha, con un discurso xenófobo y misógino, y con un amplio hincapié en los ensayos de seguridad― estaba ya ocurriendo en el resto del mundo.

Escapa al objetivo de este ensayo analizar las causas de este desencanto general de lo político; no obstante, hay que remarcar que, tras innumerables crisis económicas mundiales, la crisis financiera de 2008 es la primera, desde 1930, originada en Estados Unidos y exportada a Europa y Japón, y la que generó un cuestionamiento al sistema capitalista en un contexto en donde nos quedamos sin opciones viables. La oleada de gobiernos autoritarios también muestra un cuestionamiento, o desencanto, al sistema democrático. De acuerdo a una encuesta del Pew Research Center, solo el 16% de los estadounidenses cree que la democracia es un muy buen sistema de gobierno; esta cifra desciende a 8% en el caso de los brasileños.

Ante esto, y para “salir del asombro”, en este ensayo se plantean tres escenarios prospectivos en los que la principal dicotomía es “lo nuevo” vs. “la tradición”. Así, Bolsonaro encarna una serie de planteos que se salen de lo común, si los contrastamos con cómo Brasil ha actuado tradicionalmente. Por otra parte, estas tradiciones son reproducidas por corporaciones y maneras de “hacer política” que, creemos, serán muy difíciles de torcer. Es decir, el tiempo dirá si se impone el componente estructural por sobre el componente político o viceversa.

Los tres escenarios pensados son: Bolsonaro contra el nacionalismo militar, contra Itamaraty y contra el presidencialismo de coalición. Mientras que el ejército e Itamaraty son considerados corporaciones con tradiciones y estrategias enraizadas en la tradición, el presidencialismo de coalición respetaría las reglas de juego de la democracia brasileña tradicional, en la que se crean coaliciones mayoritarias con diversos partidos políticos, incluso opositores. Las corporaciones tienen un componente más estable y concreto que no posee la creación de coaliciones: el elemento burocrático que sostiene el ethos corporativo. Las agencias burocráticas tienen una tendencia natural a buscar el control sobre los recursos de los cuales dependen, incluyendo el poder de contratar a los candidatos, a desarrollar una ideología de pertenencia y un sentido de misión que guíe sus decisiones, y también a desarrollar divisiones entre ellos mismos y el ambiente que los rodea. Con respecto al presidencialismo de coalición, es una estrategia de construcción de poder que, en Brasil, se extiende en toda la estructura estatal. Esta estrategia se justifica dada la cantidad de partidos políticos que confluyen en el Congreso. Para contar con una mayoría dentro del Parlamento, y que voten favorablemente sus proyectos, un presidente debe pactar con otros partidos políticos. Esos “pactos” o acuerdos se “pagan” por medio del reparto de cargos en ministerios y empresas públicas. Esta tradición es menos estable que las corporativas porque los escenarios suelen tener más movilidad.

Bolsonaro vs. el nacionalismo militar

La victoria de Bolsonaro supuso la confirmación del resurgimiento del ejército en la vida política brasileña, continuando un proceso que se agudizó durante el mandato de Michel Temer, con el nombramiento del primer ministro de Defensa militar desde el retorno de la democracia, el general Joaquim Silva e Luna, y la recientemente concluida intervención militar del estado de Río de Janeiro. En este sentido, el nombramiento de nueve ministros pertenecientes al ejército no solo reafirmó esta tendencia de acumulación de poder, sino que habilitó en un principio a ubicar al propio Bolsonaro, en su carácter de excapitán, como representante de este eje fundante de su base de sustento político. El crecimiento del papel militar en la política es consecuencia directa de la corrosión del sistema político tras el juicio político a Dilma Rousseff, y de la percepción positiva por parte de la sociedad civil en relación a las fuerzas armadas. Este recorrido implicó, al mismo tiempo, la reafirmación de tradiciones profundamente imbuidas en el ejército, tales como el papel tutelar de las fuerzas armadas en el proceso político, en tanto garante del orden constitucional y en oposición al “caos social” (representado, según esta visión, por los gobiernos del Partido de los Trabajadores, PT) o el apoyo al desarrollo industrial como base para la recuperación nacional. 

Bolsonaro encarna una serie de planteos que se salen de lo común, si los contrastamos con cómo Brasil ha actuado tradicionalmente.

En este marco, el ascenso de Bolsonaro constituye una verdadera paradoja al interior del arma debido a su discurso liberal antagónico al tradicional nacionalismo militar, cuya agenda es coincidente con el programa de privatizaciones proyectado por Paulo Guedes al frente de la cartera económica. En lo externo, esto se traduce en el alineamiento irrestricto a la agenda internacional estadounidense. 

Este escenario presupone un “choque de concepciones” al interior del flamante gobierno entre sectores aperturistas contra nacionalistas, generando interrogantes en torno a la viabilidad de algunos puntos de agenda. La reducción del papel del Estado, que alcanzaría a sectores considerados estratégicos, como el energético o el aeronáutico, ha generado resistencia tanto en los altos mandos como en el componente militar de gobierno, forzando al retroceso de varios de estos proyectos, como la privatización de sectores de Petrobras. Pero la reciente reversión del proyecto de emplazamiento de una base estadounidense en el nordeste brasileño, oferta realizada por Bolsonaro al Secretario de Estado estadounidense, Michael Pompeo, pone de manifiesto tanto los límites reales del proyecto de alineamiento irrestricto como el poder de injerencia de las fuerzas armadas en la agenda política. Más allá de la relación especial entre ambos países, la percepción del ejército en ese marco presupone la existencia de relaciones convergentes y horizontales en materias de interés mutuo, como la misión humanitaria en Haití en 2003 o los ejercicios militares multinacionales conjuntos en la selva amazónica en 2017. Esta convergencia forma parte de una visión histórica que data de la participación brasileña en la Segunda Guerra Mundial y de las vinculaciones que dieron origen también al proyecto industrializador iniciado por Getúlio Vargas y continuado por la dictadura militar, hasta nuestros días. El proyecto bolsonarista de emplazamiento de una base extranjera sería leído, en este marco, como una subordinación a una potencia extranjera y una lesión a la soberanía territorial. En resumen, no se cuestiona el vínculo en sí mismo, sino la reformulación hacia un esquema bilateral de nuevo tipo proyectada desde el gobierno.

Estas idas y venidas en torno a temas sensibles, que fueron parte importante de la campaña electoral, resultan en pérdida de ímpetu y de capital político. Al mismo tiempo, la recurrencia de estas disputas podría plantear interrogantes sobre la capacidad de Bolsonaro para articular intereses contrapuestos al interior de su gobierno. El cuestionamiento del programa económico ultraliberal, así como el modelo de inserción internacional, podría encontrar mayores resistencias en un ejército que también cuenta con la historia del “tenentismo” como una tradición encumbrada.

Bolsonaro vs. Itamaraty

En su plan programático, Bolsonaro ha planteado ciertos ejes que, ciertamente, colisionan con los principios y objetivos sostenidos por Itamaraty desde comienzos del siglo XX. En este sentido, su vector pro Estados Unidos choca con la vertiente regional; su bilateralismo es en detrimento del multilateralismo, y el alineamiento irrestricto se opone al principio de autonomía.

La relación “especial” de Brasil con Estados Unidos se remonta a principios del siglo XX, cuando se intentó alcanzar la condición de interlocutor privilegiado. Esta fase comenzó durante el Imperio pero se consumó recién con el advenimiento de la República. El Barón de Río Branco hizo del estrechamiento de las relaciones con Estados Unidos el factor clave de la política exterior de Brasil, al darse cuenta de que el centro del poder mundial se movía hacia el norte del continente. La “alianza no escrita”, se forjó en la percepción del peso relativo de los dos países dentro del continente; y la política brasileña comenzó a articularse con el incipiente “control” estadounidense en América, lo que le ofreció a Brasil un cierto grado de autonomía en relación con Estados Unidos. La diferencia de poderes existentes entre ambos Estados sería utilizada por Brasil en el sentido de intentar emplear el diferencial de poder norteamericano al servicio de los intereses brasileños.

Esto último debería ser considerado clave por el actual gobierno. Debe destacarse que si bien hubo alineamientos ideológicos (solo en los gobiernos de Eurico Gaspar Dutra y Humberto de Alencar Castelo Branco), en su mayoría estos fueron pragmáticos, y durante las fases de globalismo o universalismo no fue necesario enemistarse para ampliar las relaciones exteriores. Por tanto, los desvaríos de Araújo con respecto al alineamiento con Estados Unidos para salvar al Occidente de sí mismo denotan más una ausencia de planificación que una política externa formulada a conciencia.

La decisión de bilateralizar sus relaciones exteriores deberán correr con el riesgo de que Brasil deje de ser un Estado con voz y voto en el sistema internacional.

Según Juan Carlos Puig, una correcta vinculación con la potencia hegemónica permitiría alcanzar, a cambio, la diversificación del resto de las relaciones externas en función del proyecto nacional instaurado. En este sentido, otra dicotomía que se presenta en el flaco planteo de política externa es la del multilateralismo contra el bilateralismo. En este sentido, como bien plantea Shigenoli Miyamoto, el aumento del multilateralismo es directamente proporcional con las expectativas que un país tiene de desempeñar un papel destacado en el contexto mundial. En el caso brasileño, cuantas más pretensiones de asumir un lugar prominente tenga un gobierno, crecerá proporcionalmente su grado de participación en los organismos multilaterales.

Según Araújo, en su última nota, “Brasil tiene un mayor papel para desempeñar en el mundo”. Sin embargo, su retracción en instancias multilaterales como el Acuerdo de París sobre cambio climático o la renuncia al Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) o declaraciones como las de Gustavo Bebbiano, Presidente Partido Social Liberal (PSL), que expresó que la Organización de los Estados Americanos no tiene credibilidad, y que, como la ONU, tiene un bies izquierdista y globalista (recordemos que para este gobierno el globalismo proviene de un marxismo cultural), no hacen más que restarle al país la posibilidad de ser escuchado por el resto de los países. La decisión de bilateralizar sus relaciones exteriores deberán correr con el riesgo de que Brasil deje de ser un Estado con voz y voto en el sistema internacional, como lo fue hasta ahora; en este sentido, Bolsonaro está dejando a Brasil huérfano.

Por último, y en estrecha relación con todo lo anterior, se encuentra la noción de autonomía. Unos meses atrás hubiéramos sostenido que el proyecto autonómico de Brasil es estructural y que cada gobierno, a su modo, aportó a la construcción del poder nacional brasileño. Sin embargo, según otro de los grandes teóricos latinoamericanos de la autonomía, Helio Jaguaribe, para que un Estado pueda autonomizarse, el líder y las élites del país en cuestión deben ser funcionales a los objetivos autonomizantes. Aquí es donde Bolsonaro y sus secuaces hacen agua. En la decisión del alineamiento irrestricto con Estados Unidos se encuentra, en contraposición con la idea de autonomía, el mayor grado de dependencia que existe, pues este alineamiento no responde a intereses subyacentes sino a la estricta complacencia tiranizada. Solo resta decir que su Canciller proclama un llamado a que Brasil desprecie su tradición de autonomía en política exterior e integre el proyecto de “recuperación del alma de Occidente”.

Bolsonaro vs. el presidencialismo de coalición

El presidencialismo de coalición brasileño constituye un experimento inédito en una región caracterizada históricamente por líderes fuertes y bases parlamentarias políticamente homogéneas. Es el resultado de la fragmentación partidaria a nivel parlamentario, y su dinámica de negociación permanente entre partidos de ideología diversa o antagónica. Esta dinámica no necesariamente se desarrolla solamente en el transcurso del mandato presidencial ya que, como señala Silas Orozco, al elegirse en un mismo turno presidente y parlamento, el incentivo para negociar previo al comienzo de un gobierno es mucho mayor y el reparto efectivo de cargos puede condicionar incluso el programa de gobierno del candidato ganador.

El discurso de campaña de Bolsonaro ubicó al conjunto de estas estrategias denominadas informalmente de toma y daca en el centro del debate, identificándolas como el ejemplo más claro del estado de corrupción de la política y como una práctica a ser eliminada, con el objetivo declarado de moralizar el ambiente político. Puede argumentarse que un prerrequisito para cumplir con este objetivo consistiría en la obtención de mayorías amplias que, traducidas en representaciones parlamentarias fuertes, permitan llevar a cabo las reformas políticas necesarias. Sin embargo, el resultado de las elecciones presidenciales no solo reprodujo la misma tendencia hacia la fragmentación partidaria, sino que el sello de Bolsonaro, el PSL, no obtuvo mayorías concluyentes. Con este escenario, y sin que una alianza con los disminuidos espacios de centro y centroderecha le brinde una base sólida, parece difícil que el gobierno consiga eludir las situaciones de negociación que en un principio buscaba erradicar. Es de destacar también el reforzamiento de consensos trasversales e informales en temas específicos. En este marco, buscarían un efecto de compensación política para llevar adelante la agenda del nuevo gobierno. La presencia de la bancada triple b (buey, Biblia y bala) dan cuenta de la presencia de poderosos grupos de interés que cuentan con sus representantes a nivel ministerial y que complejizarían la tarea de articulación política en los niveles gubernamental y parlamentario.

Este ejercicio trasversal de construcción de mayorías por temas específicos podría fracasar si continuara el escenario actual de retroceso de medidas clave de campaña, obligando al gobierno a una nueva instancia de negociación de cargos no solo en este nivel informal sino a nivel de representación partidaria, lo que incidiría en el programa político y en el apoyo de su base electoral. La apuesta aquí es que el combate del bolsonarismo contra la “institución” del presidencialismo de coalición acabe con el propio gobierno negociando algunas de sus medidas políticas o económicas de manera “tradicional”, bien inclinándose el centro político, o bien directamente dejándolas sin efecto. En este estado, solo queda esperar y apostar nuevamente al wishful thinking menos nocivo: el del peso de la tradición.

GISELA PEREYRA DOVAL es doctora en Relaciones Internacionales. Es investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y profesora de Problemática de las Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario, Argentina. Sígala en Twitter en @DovalGisela. EMILIO ORDOÑEZ es investigador en el Centro de Estudios Políticos e Internacionales (CEPI) de Rosario, Argentina. y analista internacional en Fundamentar.com y columnista radial. Sígalo en Twitter en @eordon73.

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3 Responses to Bolsonaro entre el rupturismo y el peso de la tradición

  1. El Gallego dice:

    Excelente análisis. Fundado e Instructivo. Gracias.
    Me hizo algo de “ruido” la calificación de “secuaces” a los socios cercanos de Bolsonaro.

    • Gisela dice:

      Secuaz
      Del lat. sequax, -ācis.
      Que sigue el partido, doctrina u opinión de otro
      Sinónimo de secuaz
      adicto, fiel, parcial, seguidor, adepto, partidario, fan, hincha

      Estimado, las palabras adquieren su significado final según la connotación que le da la persona que la lee. Claramente, para usted la palabra secuaz tiene una connotación negativa o peyorativa. No necesariamente los autores la citamos con esa intención.

    • Gisela dice:

      Secuaz
      Del lat. sequax, -ācis.
      1. adj. Que sigue el partido, doctrina u opinión de otro
      Sinónimos
      adicto, fiel, parcial, seguidor, adepto, partidario, fan, hincha

      Estimado Gallego,
      Las palabras adquieren su significado final según la connotación que le dé la persona que la lee.
      Los autores nos reservamos el derecho de utilizar esta palabra despojada de su sentido peyorativo, aunque, evidentemente, Bolsonaro y su gobierno no son de nuestro agrado.
      Saludos cordiales.

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