Irán a 40 años de la Revolución

15 febrero, 2019 • Artículos, Medio Oriente, Portada, Sin categoría • Vistas: 1806

Entre geopolítica y paisajes insurrectos

Moisés Garduño García

Febrero 2019

A 4 décadas de la Revolución iraní es preciso llamar la atención sobre dos paisajes paralelos que se tocan y se influyen mutuamente en aras de entender, no evaluar, la situación de la República Islámica de Irán en el mundo contemporáneo: el paisaje geopolítico y el paisaje insurrecto. El paisaje geopolítico muestra una tremenda reconfiguración del poder en el Medio Oriente ya que, después de la Revolución y de la larga guerra con Irak, Irán reafirmó su papel de potencia regional en la zona y sacudió los intereses de actores muy concretos, particularmente Estados Unidos. A pesar de haber tenido relaciones de cooperación y conflicto en la década de 1990, las relaciones entre Teherán y Washington cambiaron a raíz del denominado “eje del mal”, aumentando la desconfianza y llevandoles a observarse, espiarse y representarse mutuamente como grandes amenazas existenciales. Estas relaciones psicológicas fueron usadas para lograr beneficios en la esfera regional y en sus respectivas políticas internas por medio de una retórica desafiante que tuvo su punto más álgido en los gobiernos de George W. Bush y Mahmoud Ahmadineyad donde la retórica de “cambio de régimen” en Estados Unidos determinó el apoyo a grupos contrarios a la República Islámica tales como los Moyahedin-e Jalq, liderado por Mariam Rajaví, o personajes como Ahmed Batebi (conocido como el Juan Guaidó iraní), ambos con una amplia desacreditación entre la sociedad iraní hoy en día.

A la par de esta mutua demonización con Estados Unidos, Irán inició un proceso de acercamiento con Rusia, país que fue clave en el éxito de los dos proyectos estratégicos más importates del país, el programa de misiles y el programa nuclear, ganando una marcada influencia en el sector de la seguridad y la inteligencia del Estado. Lo anterior puso a Irán en una posición estratégica privilegiada al compartir con Moscú fuertes intereses en Asia Central y el Cáucaso, intercambiando experiencias en el ámbito militar y aumentando sus relaciones comerciales desde 2005 cuando Irán formalmente se convirtió en miembro observador de la Organización para la Cooperación de Shanghái (OCS). Desde entonces Moscú, y también China, han abogado por una membresía plena de Teherán en dicho organismo pero han encontrado problemas en su carta constitutiva la cual “prohíbe la membresía de cualquier país bajo las sanciones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU)”. Tan pronto como la implementación del Pacto Nuclear tuvo éxito, en 2016 se levantaron las sanciones de la ONU y la membresía de Irán pudo tomar un camino concreto siendo 2019 un periodo clave en este asunto pues, al unirse a la OCS, Teherán podría reforzar su compromiso con ambas potencias asiáticas y crear un equilibrio transregional frente a la extensión geopolítica que Arabia Saudita y Egipto están realizando en el mar Rojo de la mano de Estados Unidos.

La estrategia iraní en el escenario regional

Así, a 4 décadas de su Revolución, es indiscutible observar a Irán como un líder regional que plantea una seria amenaza a otros Estados que aspiran a expandir su hegemonía en el Medio Oriente, tal como Arabia Saudita, Israel o Turquía. Irán. De hecho, es un país que tiene un sistema político mucho más plural que el de cualquiera de sus vecinos árabes del golfo Pérsico y su política electoral se ha visto fortalecida gracias a la amplia participación de nuevas generaciones que buscan consolidar su subjetividad política en un contexto marcado por autoritarismos, sectarismos y nuevos nacionalismos con tintes facistas en la esfera internacional.

Ciertamente el gobierno iraní ha sido testigo de las intervenciones extranjeras más recientes en la región pero ha gastado mucho dinero en evitar ser el próximo blanco. Esto ha empoderado a las fuerzas armadas iraníes, particularmente a los veteranos de guerra pertenecientes a la Guardia Revolucionaria (Pasdaran), sector del gobierno que no solo controla la infraestructura portuaria y de comunicaciones del país, sino también algunos complejos deportivos, culturales, bancos, líneas aéreas, y, de alguna manera, ciertos espacios en clave del Estado, particularmente en el Parlamento y corporaciones paraestatales conocidas como Bonyads. Entre algunos nombres de estas prominentes figuras se debe contar a Moshen Rezai, Mohammad-Bagher Qalibaf, Ali Larijani y Mahmoud Ahmadineyad, personajes clave que, junto con el líder Ali Jameneí, forman una elite sumamente fuerte que depende cada vez más de su poder militar que de cualquier otro elemento que otorgue legitimidad popular.

A 4 décadas de su Revolución, es indiscutible observar a Irán como un líder regional que plantea una seria amenaza a otros Estados que aspiran a expandir su hegemonía en el Medio Oriente.

Al igual que ocurre en países como Egipto o Pakistán donde las fuerzas armadas desempeñan un papel muy importante en la estructura económica de sus respectivos Estados, gracias a los Pasdaran y uno de sus generales más respetados, Abol Qasem Suleimani, Irán ha podido echar a andar las estrategias militares necesarias para influir, por ejemplo, en el campo de batalla sirio y luchar del lado de Bashar al Assad, o en otros escenarios donde ha entrenado a grupos altamente sofisticados en Líbano. Posteriormente, la estrategia iraní consiste no en invadir países, sino en aprovechar los vacíos de poder generados en los países invadidos, y así utilizar la influencia de corporaciones como Jatam al Anbiya para participar en los procesos de reconstrucción durante las etapas posconflicto, una estrategia que no sólo ha funcionado de manera efectiva en Irak, Líbano o Yemen, sino que también se pretende usar en Siria, todo con el objetivo de construir una ingeniería que proyecte la narrativa del modelo iraní en el mundo árabe como una opción al intervencionismo estadounidense y al islamismo salafista. Entonces, la idea de la Revolución iraní en el imaginario regional sigue viva y se enfrenta a otros imaginarios regionales como el erdoganismo, el wahabismo e incluso el sionismo militante, construcciones sectarias que compiten en vacíos de poder creados por la violencia de todos los grupos que hacen guerras por encargo y que se alimentan de una juventud despojada, violentada y transgredida en todas las dimensiones de su vida.

El paisaje insurrecto y el precio del liderazgo en el Medio Oriente

Lo anterior se conecta con el paisaje insurrecto porque en 2019 no solo se cumplen 40 años de la Revolución de 1979, sino también 10 años del Movimiento Verde de 2009. Y es que para mantener la hegemonía regional en el Medio Oriente (donde el programa nuclear ha sido muy caro), Irán ha dejado de invertir en las bases productivas que las nuevas generaciones necesitan, enfrentando numerosas protestas sociales en la última década. Aunque hoy Irán lidera la mayor cantidad de producción científica de todo el Medio Oriente, solo por debajo de Turquía, la República Islámica sigue siendo uno de los países que más experimenta una “fuga de cerebros” en la región y, al 2016, seguía contando con tasas de desempleo juvenil de hasta 25%, de acuerdo con el Statistical Center of Iran.

Además, el 42% de las personas desempleadas en Irán tienen un título universitario, y todavía hay 26 millones de iraníes viviendo en la precariedad y los límites de la pobreza. Es ampliamente sabido que Irán es la segunda economía más grande en el Medio Oriente después de Arabia Saudita, con un PIB estimado, al 2016, en 412 000 millones de dólares, y que ocupa el segundo lugar en el mundo en reservas de gas natural y el cuarto en reservas probadas de petróleo. Las preguntas que se hacen millones de iraníes, y que han aparecido en mutiples manifestaciones gráficas en los últimos años son por qué prevalece la precariedad económica en un país tan rico y dónde está el dinero (este último cuestionamiento como una crítica ante la tasa de inflación que en octubre de 2018 tocó el 36%).

Ante la prevalescencia de diversas luchas por una justicia económica, social, ambiental, sexual, laboral, entre otras, la búsqueda de la reforma del Estado había sido desde 1997, y posteriormente desde la emergencia del Movimiento Verde en 2009, un camino a explorar para terminar con la excesiva represión a la libertad de expresión y de prensa en el país. En pleno 2019 es necesario pensar que los artífices de este movimiento de reforma han sido iraníes que no vivieron la Revolución, no conocieron a Jomeini y tampoco vivieron la guerra con Irak, y que su politización pasa por la experiencia de precariedad económica que ha sido el precio que las élites políticas iraníes han tenido que pagar con tal de mantener el paisaje geopolítico que sostiene a Irán como un líder regional indiscutible en el Medio Oriente.

Lo anterior nos lleva a recordar el papel del sector militar en Irán y compaginarlo no con el paisaje geopolítico sino con el insurrecto. Y es que la clase media y bien educada impulsora del reformismo no ha sido la única que ha experimentado la represión de sus protestas sociales, sino que ha sido la clase pobre y trabajadora la más castigada por la inflación, los altos costos de la alimentación, servicios públicos y asistencia médica, y esto ha llevado a mucha gente a terminar en la cárcel ya sea por deudas interminables, o bien, por ser reprimido en las calles a manos de la policía o la Guardia Revolucionaria.

Después de 40 años de la Revolución, la idea performativa del gobierno sigue actualizándose, así como lo hacen sus interlocutores mundiales y locales, presentando grandes retos en un contexto cibercultural.

Una de los reclamos más fuertes en la última década en Irán, proveniente de las nuevas generaciones, ha sido justamente el respecto a los derechos humanos, ciudadanos, civiles y laborales, reclamos que implican la existencia de una serie muy larga y diversa de movimientos sociales en el país. Pero de ninguna manera la serie de protestas que ha habido en estos años, incluyendo las de la segunda mitad de 2017 y primeros meses de 2018, debe de confundirse con un apoyo a las políticas de cambio de régimen provenientes de la esfera externa, particularmente de Washington. Si bien en la última década Irán ha experimentado paisajes insurrectos casi a diario por parte de maestros, trabajadores, médicos, estudiantes, taxistas o conductores de autobuses, los problemas internos iraníes conciernen solo a los y las iraníes.

Viejas narrativas, nuevas generaciones

La reacción del gobierno, además de una política de seguridad vigilante y de censura contra críticos acérrimos del gobierno, ha consistido en la reinvención de la narrativa revolucionaria por medio de una nueva ingeniería social. No solo se trata de apropiarse del pasado al desarrollar una narrativa romántica de la Revolución de 1979 la cual deja de lado la participación de los movimientos seculares, nacionalista y de izquierda que la hicieron posible, sino también de adueñarse del futuro mediante la implementación de una “política de la expectativa” (Handesiyeh Mahdiya) la cual no es otra cosa que una narrativa revolucionaria acorde para las nuevas generaciones.

La idea de revolución, a 40 años, pretende reinventarse por medio de la promoción de una especie de quietismo interno donde el sistema político iraní se presenta ante los jóvenes como el constructor de las condiciones necesarias para el advenimiento del Imam Oculto, y para construir una nueva subjetividad cultural que pueda superar las múltiples narrativas de liberación que constituyen, por mucho, una constante en la juventud, particularmente urbana, de Irán. Para teorizar este fenómeno, el profesor de la Universidad de Toronto Mohammed Tavakoli acuña el término mushtahandes (una fusión entre Mushtahid, intelectual de la jurisprudencia, y Mohandes, ingeniero) para describir a los actores que están diseñando la nueva política cultural del Irán posrevolucionario, la cual puede apreciarse en los murales de la ciudad de Teherán que muestran la figura del Imam Al Mahdi siempre al lado de imágenes que exaltan el nacionalismo iraní, desde la bandera nacional y la intervención en Siria, hasta el popular equipo de su selección nacional de fútbol, en paisajes que fusionan elementos de nacionalismo, mahdismo e islamismo antiestadounidense y antisionista que forman nuevas representaciones de la sociedad a la que el gobierno aspira a gobernar, los cuales conviven con otras representaciones basadas en turbulentos paisajes insurrectos de corte obrero, ambientalista, reformista, campesino, estudiantil, feminista, y otras movilizaciones que representan propuestas personales de cómo quisieran que fuera su gobierno.

Entender a Irán como una fusión de estos dos paisajes implica pensar la relación que guarda cada investigador, desde sus propias condiciones locales, con la idea de Irán como uno de los grandes asuntos internacionales. Después de 40 años de la Revolución, la idea performativa del gobierno sigue actualizándose, así como lo hacen sus interlocutores mundiales y locales, presentando grandes retos en un contexto cibercultural, marcado por el regreso, aparentemente coyuntural, de los nacionalismos, y con una fuerte tendencia de fortalecimiento del sector militar en sus estructuras de gobierno. No obstante, no está de más recordar que mientras el sector militar se siga fortaleciendo, este proceso será paralelo al fortalecimiento de las fuerzas sociales que resisten a dicho fenómeno. Muchos iraníes aspiran a tener un país más democrático, ante esto es necesario pensar que esa es la aspiración de muchos ciudadanos con sus respectivos países en el mundo los cuales convivimos con nuestros propios paisajes geopolíticos e insurrectos.

MOISÉS GARDUÑO GARCÍA es doctor en Estudios Árabes e Islámicos Contemporáneos por la Universidad Autónoma de Madrid y maestro en Estudios de Asia y África con especialidad en el Medio Oriente por El Colegio de México. Es profesor de tiempo completo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt). En 2018 fue acreedor al Reconocimiento Distición Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de docencia en Ciencias Sociales que otorga la UNAM y coordinador del proyecto de investigación PAPIITIN305119 “Justicia Social y Sectarismo en el Medio Oriente del Siglo XXI”. Sígalo en Twitter en @Moises_Garduno.

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One Response to Irán a 40 años de la Revolución

  1. Avatar Edgar Sandoval dice:

    Tengo años siguiendo al Dr Garduño y mi hija fue su alumna en FCPYS en 2018, es un gusto leer sus articulos y saber más de culturas milenarias que enriquecen la vida política en el orbe, gracias por compartir tanta ciencia.

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