Hoja de ruta para un acuerdo palestino-israelí

29 junio, 2017 • Artículos, Medio Oriente, Portada • Vistas: 1613

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Daniel Kupervaser

Julio 2017

Akiva Eldar, el veterano y prestigioso analista del Medio Oriente, fue quien mejor describió el intento del nuevo Presidente de Estados Unidos de resolver el histórico conflicto palestino-israelí (Al Monitor, 30 de mayo de 2017). Así lo reseñó recientemente: “El presidente Donald Trump otorgó máxima prioridad en su agenda a la solución de ese conflicto. Eligió el Medio Oriente como el primer objetivo de un viaje transoceánico y se apresuró a nombrar a un enviado personal a la región. Trump apostó todo su carisma presidencial frente a todo el mundo en un valor bursátil especulativo. Un papel accionario que, durante años, condujo a fiascos a todo quien se acerca a él. Más importante aún es resaltar que Trump invirtió mucho de su enorme autoestima. El nuevo presidente estadounidense, aparentemente, no cree que un judío, que su Estado tiene una superficie mucho menor que Nueva Jersey, y un musulmán, que ni siquiera tiene un Estado independiente, tengan la osadía de decirle no a Donald Trump. En última instancia ambos le juraron que quieren la paz. Si es así, que se sienten juntos, cada uno expondrá sus posiciones, éste cederá un poco y el otro se moverá al costado otro tanto. Si es necesario, su emisario Jason Greenblatt dará un empujón, y así se cerrará el negocio”.

El axioma que este conflicto, como otros tantos, se puede resolver por medio de negociaciones directas de las partes, inclusive con participación y apoyo activo de un mediador de preponderancia internacional como el gobierno estadounidense, se convirtió en una hipótesis falsa desde hace tiempo. Nos llevaría una hoja entera enumerar todos aquellos intentos, presidentes y personalidades de Estados Unidos, Europa y el mundo que fracasaron y se dieron la cabeza contra la pared cuando procuraron lanzar renovadas negociaciones bilaterales para resolver este conflicto.

Por supuesto, el más reciente y conocido es Barack Obama, que no supo prestar atención a la inteligente sugerencia de Brent Scowcroft y Zbigniew Brzezinski. Ya en 2008, antes de asumir su primera cadencia, estos dos experimentados funcionarios y conocidos expertos en la región le propusieron no conformarse con reanudar las negociaciones directas entre las partes (Washington Post, 21 de noviembre de 2008). En su opinión sería mucho más productivo presentar un marco del acuerdo final que, en sus aspectos más cruciales, confirme la creación de un Estado palestino viable e independiente, y en contraposición, garantice de forma convincente la seguridad de Israel. En otras palabras, formalizar en una presentación las condiciones plausibles que permitan materializar esa consigna conocida como “dos Estados para dos pueblos” que goza de un masivo apoyo internacional y es, en opinión de una gran mayoría de expertos de gran calibre, la única solución posible, ecuánime y duradera.

Ciertos medios informan que Trump ya se prepara en ese sentido. El periodista Barak Ravid difundió que el gobierno estadounidense se dedica a la preparación de un documento que fija los principios de la solución en los puntos centrales del conflicto (Haaretz, 1 de junio de 2017).

Vice News

De ser cierto significaría un gran avance, aunque de acuerdo a ciertas experiencias de predecesores, la función de mediador, aun con una propuesta sensata y razonable, no es suficiente. Bajo las condiciones del Medio Oriente, la solución definitiva del conflicto demanda de quien tome la iniciativa del caso, asumir la múltiple función de mediador-árbitro, con reconocidos sentidos de equidad, asertividad e intrepidez acompañados de un significativo poder de disuasión. Sin lugar a dudas, quien tiene a su cargo la función de presidir el gobierno estadounidense dispone de los elementos básicos que le confieren un alto poder de disuasión. El interrogante es si se tiene la determinación para sopesar equitativa, asertiva e intrépidamente sus proposiciones e imponerlas con base en su capacidad de persuasión o intimidación a palestinos e israelíes.

Si se logra superar este escollo, la visión táctica de presentación del proyecto a las partes es, tal vez, uno de los puntos más críticos. Tanto el liderazgo palestino como el israelí acumularon una larga experiencia en sabotear planes de paz. La propuesta de hoja de ruta que se detalla a continuación es un intento de sobreponerse a todos esos posibles y nefastos proyectos de desbaratar los planes de los mediadores.

Justamente para este caso es que el enfoque comercial que Trump otorga a toda negociación nos aporta la salida más efectiva. También la búsqueda del fin de esta disputa debería basarse en el principio básico del nuevo presidente estadounidense: “nada se regala, todo se canjea”. Al menos para Benjamin Netanyahu se trata de una fórmula conocida. Como se recordará, en su campaña proselitista de 1999 envió un mensaje a los palestinos con la consigna: “si dan recibirán, si no dan no recibirán”.

La instauración de un Estado independiente y viable no será un regalo en estuche de oro con cintas de color que los palestinos recibirán apoltronados en cómodos sillones levantinos con una odalisca bailando alrededor. Tendrán mucho que ceder en sus exigencias, especialmente en todo lo que respecta a materializar su soberanía en aspectos que de alguna manera se vinculan con garantizar la seguridad de Israel.

Por la misma razón, el posible acuerdo seguramente hará realidad el largo sueño israelí de ver el traspaso de la mayoría de embajadas extranjeras de Tel Aviv a Jerusalén. Eso sí, seguramente se establecerán en la parte occidental de donde podrán observar las banderas de sus mismos países ondear en representaciones diplomáticas de la capital palestina en edificios de Jerusalén Oriental.

Tal vez el principio básico que nada se obsequia y todo se paga con concesiones juegue un papel crítico en la respuesta que la autoridad palestina y el gobierno de Israel tendrán que enviar al mediador-árbitro frente a su propuesta. Solo se aceptaría un “No” o “Sí”. El “No, pero” sería “No” definitivo. El “Sí, pero” sería considerado “Sí”, aunque los “peros” serían tratados con posterioridad por el mediador quien fijaría su relevancia y, en caso positivo, el precio que debería pagar la parte beneficiada.

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El aspecto más importante de esta hoja de ruta se centra en la actitud del gobierno estadounidense ante una respuesta negativa. En ese caso la Casa Blanca se tendría que comprometer a culpar públicamente a la parte opositora, y a la vez asumir la responsabilidad de dejar sin efecto todo acuerdo que comprometa su ayuda económica y defensa de intereses en organismos internacionales. Sería totalmente inadmisible la continuidad de apoyo económico internacional o brindar respaldo diplomático incondicional a la parte que entorpezca el acuerdo de paz a la par que continúa financiando sectores vinculados al terror o coloniza tierras en disputa.

La falta de adopción de este último elemento propuesto en la hoja de ruta necesariamente beneficia a la parte más fuerte del conflicto, Israel. Si los términos de la toma de una posición no se fijan muy clara y tajantemente de principio, veremos nuevamente como ese virtuoso de la política internacional que se llama Netanyahu, con la ayuda de ciertas instituciones judías y billonarios judíos de ese país, es capaz de dar vueltas una y otra vez al orden institucional de Estados Unidos para movilizar al Congreso y al Senado de Washington a favor de Israel y, si es necesario, también en contra del presidente legítimo de ese país.

Bajo estas circunstancias, o en el caso de que Trump renuncie a la intención de reanudar las conversaciones de paz entre las partes, el resultado previsto no será ninguna sorpresa: el servilismo estadounidense a favor de Israel continuará en su esplendor, billones de dólares cruzarán el océano en dirección a Jerusalén, la Cancillería estadounidense se preocupará más por Israel que por su propio país, la colonización judía en Cisjordania persistirá en su marcha de incesante ampliación, el proceso de paz quedará sepultado, y por último, la culpa de todo caerá sobre los palestinos.

Descartando el terrorismo que más que beneficiarlos, los perjudica, no se debe pasar por alto que los palestinos disponen de un artilugio muy efectivo: la palabra “No”, sin moverse del lugar. De esta manera el correr del tiempo sin avance significativo será el responsable de que la filosa espina que se denomina problema palestino se hinque aún más profundamente en la garganta del pueblo judío sin que la puedan tragar ni escupir. Solo continuarán sufriendo un permanente e insoportable malestar. Más aun, la ineludible necesidad de persistir en la posición de conquistador y opresor de población civil nativa sin derechos civiles básicos en Cisjordania, proseguirá socavando los valores fundamentales del judaísmo. La instauración de un Estado palestino independiente no es solo una aspiración de ese pueblo, fuera de preocuparse por la seguridad, también es un interés judío e israelí fundamental.

DANIEL KUPERVASER es licenciado de Economía por la Universidad Nacional de Rosario en Argentina. Es autor de Israel se emborrachó y no de vino, prologado por Marcelo Cantelmi, Jefe de Exteriores del Diario Clarín de Argentina. Además, es autor del blog Ojalá me equivoque. Sígalo en Twitter en @KupervaserD y en Facebook como Daniel Kupervaser.

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