El COVID-19 y el estado de los conflictos internacionales

24 abril, 2020 • Artículos, Asuntos globales, Portada • Vistas: 21696

UNHCR

Mauricio D. Aceves Torres

Abril 2020

La epidemia provocada por el brote de COVID-19 ha alterado la morfología de los múltiples conflictos prexistentes debido a tres puntos generales que ayudan a visualizar la gravedad de contingencia. El primero es el número de contagios, los cuales han llegado a sumar exponencialmente y han aparecido de forma escalonada en diferentes regiones o países; el segundo es la mortalidad del virus, la cual rebasa el 6% de la cuenta total de casos confirmados (la Organización Mundial de la Salud reporta un 6.6% al 16 de abril de 2020), y el tercero es el impacto socioeconómico adverso, el cual no encuentra par con alguna crisis económica en la historia reciente, derivada del efecto devastador en el empleo y por la conjugación de la contingencia con coyunturas preexistentes, como lo son la inestabilidad energética, la denominada “guerra comercial” entre China y Estados Unidos, la suma de los malestares sociales distribuidos en el mundo y la desconcentración del poder geopolítico que comenzó lustros atrás, entre otros.

La irrupción en el escenario internacional del COVID-19 ha tenido incalculables consecuencias, más allá de las fatalidades y otras repercusiones lamentables. La pandemia ha expuesto las vulnerabilidades del sistema internacional, así como la fragilidad intestina de los países para afrontar amenazas emergentes a la seguridad nacional, como lo son las pandemias y otros riesgos. Los agentes biológicos pueden desplazarse con tanta eficacia como lo permitan los transportes y las comunicaciones de la actualidad, ya sea a través de huéspedes u objetos. Las emergencias distantes pueden visualizarse como cuando si mira un objetivo a través de una mira telescópica –magnificación axial–, este parecerá lejano, pero cuando se baje la vista, este se encontrará ya en la puerta. La distorsión de la perspectiva impide la planeación.

El grupo de brotes emergentes están moldeando muchos conflictos de diferentes intensidades que existían previamente a la enfermedad.

La propagación acelerada de la enfermedad es una consecuencia colateral de la globalización, pero una consecuencia directa de los descuidos históricos en materia de seguridad respecto a la prevención de amenazas poco comunes, pero altamente dañinas y que pueden representar un viraje en el nudo de las coyunturas presentes. La actual contingencia puede significar un replanteamiento de muchos conflictos internacionales –aunque momentáneamente desestimados mediáticamente–, puesto que las poblaciones y los actores inmersos en ellos han tenido que modificar su comportamiento habitual, es decir, el grupo de brotes emergentes están moldeando muchos conflictos de diferentes intensidades que existían previamente a la enfermedad.

Los grandes desastres naturales o el surgimiento de graves amenazas a la seguridad internacional son frecuentemente variables que provocan cambios en el mapeo de las coyunturas, especialmente cuando se atraviesa un momento de alta inestabilidad y cuando la amenaza no cuenta con un epicentro, sino que ha alcanzado a todos los continentes. Hasta el momento, los conflictos internacionales y otros fenómenos ligados a la criminalidad o a la violencia han adoptado dinámicas distintas a partir de su contacto con la contingencia, las cuales divido en tres para su mejor comprensión: de distención, de gestación o de precipitación.

Conflictos de distención temporal

Hay casos en los que se percibe un enfriamiento en las tensiones o en los conflictos internacionales en sí, efecto secundario que a menudo resulta temporal debido a que los actores deben retroceder para atender las complicaciones internas. Sin embargo, cuando la coyuntura se reanuda, cambian también las condiciones originales de del conflicto, es decir, el switch off –que puede tener distintas dimensiones de temporalidad o de gravedad– frecuentemente ocasiona que el conflicto no vuelva a ser el mismo luego de la superación de la variable que lo interrumpió.

Este puede ser el caso del conflicto entre Estados Unidos e Irán, el cual conoció un punto crítico en enero de 2020, con el despliegue de múltiples operaciones militares convencionales y no convencionales. Las confrontaciones directas han tomado un leve receso, las actividades militares han sido limitadas a las ofensivas de milicias aliadas en otros frentes en el Medio Oriente ampliado o a acciones cibernéticas, y el punto de mayor presión se ha desplazado a la esfera diplomática y económica.

Irán enfrenta a cuatro flancos que se suman a la gravedad del impacto del COVID-19: aquel que proviene de las sanciones y las restricciones económicas; el derivado de la volatilidad en los precios de los combustibles fósiles; el incremento del descontento social; y la amenaza militar latente –aunque aparentemente pasiva– con sus rivales regionales. Por otro lado, Estados Unidos se ha convertido en los últimos días en el país más afectado en cuanto al número de contagios y de decesos en el planeta. Por estas razones, ambos países han dado un obligatorio paso atrás para atender sus problemáticas internas, creando una especie de distención temporal, la cual estará presentando condiciones distintas tras su reanudación. Por otro lado, la desescalada temporal de conflicto no significa de las acciones militares limitadas se hayan disuelto.

Conflictos en gestación

Este corte intempestivo en las cronologías de múltiples organizaciones y Estados también ha frenado los esfuerzos para la cooperación en ámbitos culturales, deportivos, ecológicos, comerciales e incluso de la salud y la seguridad, ya que las iniciativas con objetos especializados han sido en parte impedidas ante la contingencia. Por ejemplo, la postergación de los Juegos Olímpicos de Tokio, las múltiples reducciones presupuestales de diversos programas o la eliminación de fideicomisos para actividades culturales o económicas específicas, entre otros. Las desatenciones en los efectos en el empleo, en las actividades productivas o de abastecimiento, en la pobreza y en otros ámbitos, son factores que podrían generar conflictos altamente violentos en el futuro. Además, podrían provocar condiciones favorables para observar incrementos en la criminalidad.

En algunas subregiones en el Medio Oriente se observan conflictos que registran altos índices de violencia, inestabilidades sociales y fragilidad en las estructuras políticas, circunstancias que contribuyen a crear escenarios de miseria y devastación enervados por la intervención de actores externos y por la vulnerabilidad institucional, lo cual estima una oportunidad para que el terrorismo retome su agenda. El Estado Islámico puede reorganizarse y aprovechar la coyuntura para retomar posiciones estratégicas en Irak y Siria, oportunidad que se conjunta con la retirada de fuerzas internacionales como resultado de la resolución del parlamento de Irak en enero de 2020 o el desorden provocado en Idlib y Homs, en el caso de Siria. El brote del COVID-19 en la región es una posibilidad de mayor violencia en el futuro.

El terrorismo se gesta en el caos del mundo. Cuando la propia historia hereda guerra y descomposición, conjugados con facilitadores circunstanciales, las regiones se convierten en semilleros de riesgos y nuevas amenazas, se trata de tierras fértiles para que nuevas violencias emerjan o para que la criminalidad antigua se consolide.

En el norte de México han circulado numerosas imágenes del cártel del Golfo entregando despensas a la población económicamente afectada por la contingencia, circunstancia que refleja la consolidación de grupos asociados a actos criminales frente a la sociedad en regiones donde hay ausencia de gobernanza. Las mafias dedicadas a la producción o distribución de sustancias ilícitas en el mundo, así como aquellas responsables del tráfico ilegal de cualquier mercancía, han sido afectadas por la diminución repentina de la demanda. La reacción de cada organización dependerá de sus circunstancias específicas, en algunos casos se verán obligadas a migrar a otras actividades ilícitas, como el robo, la extorsión o la ciberdelincuencia; en otros casos, se tornarán más violentos y tratarán de aprovechar la ocasión para expandirse. En caso contrario, en algunas regiones de Latinoamérica o Asia, se convertirán en aliadas importantes para vigilar que se cumpla el aislamiento social o como conducto para hacer llegar atenciones médicas o de abastecimiento a la población.

África es ahora el preludio de una posible tragedia a puerta cerrada, como lo ha sido el ébola, el sida o la malaria. Las escasas capacidades gubernamentales para atender a la población, en suma, a una comunidad internacional en muchos casos incapacitada para ayudar por las preocupaciones internas, disminuye en gran medida la reacción ante el brote de COVID-19, sin mencionar la inminente agudización general de la pobreza por la reducción de actividades comerciales. Si bien la epidemia podría poner en pausa en algunas de las violencias terroristas e insurgencias localizadas en la franja que se extiende desde Somalia hasta Senegal, no es desde ningún punto de vista un consuelo, puesto que, en una probable etapa posterior a la contingencia, la violencia adoptará una dinámica distinta. Hay conflictos y violencias que apenas comienzan.

Conflictos en precipitación

Los retos que ahora atentan contra la salud pública mundial tan gravemente como lo hacen contra el sistema económico internacional, tendrán implicaciones difíciles de diagnosticar en el desarrollo de los conflictos preexistentes. En cada uno habrá circunstancias particulares que los harán evolucionar en distintas direcciones, ya sea para disolverse entre la bruma de la complejidad contextual o en la gravedad del momento, o, por otro lado, para reavivar el conflicto a niveles no previstos en el pasado y que no hubieran sido posibles sin un golpe desafortunado en el tablero.

La guerra “civil” en Libia, más allá de mostrar síntomas de distención, ha incrementado en intensidad a pesar del creciente número de brotes en el norte de África. Tanto el gobierno de Trípoli –reconocido por la Organización de Naciones Unidas y respaldado principalmente por Argelia, Catar y Turquía–, como el ejército nacional de Khalifa Haftar –respaldado por Arabia Saudita, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Francia y Rusia–, saben que no pueden ceder incluso cuando la pandemia los haya alcanzado. En este caso, la emergencia del COVID-19 puede funcionar como un catalizador del conflicto.

Los retos que ahora atentan contra la salud pública mundial tan gravemente como lo hacen contra el sistema económico internacional, tendrán implicaciones difíciles de diagnosticar en el desarrollo de los conflictos preexistentes.

Un incremento en la mortalidad, derivado de un factor externo yuxtapuesto a un conflicto violento, supone mayores decesos. Desde una óptica de teoría de juegos, esto podría traducirse en que ambas partes encuentran una motivación para realizar la jugada que termine con el conflicto o que las partes involucradas no estén dispuestas a ceder pese al costo humanitario. La ayuda internacional ante la tragedia humanitaria –al igual que en el centro de África–, estaría imposibilitada por ayudar debido al brote prácticamente mundial. Por otro lado, la población local encuentra mayores obstáculos para emigrar, puesto que la mayoría de los países ya han restringido el acceso a las fronteras por la epidemia y en el mundo se han cerrado en gran parte los caminos para la migración.

En casos igualmente graves se encuentran Yemen y las provincias al norte de Siria, en donde las poblaciones se ven orilladas a sobrevivir entre las balas y el COVID-19. A raíz de los brotes en la región, se ha disparado exponencialmente la complejidad y la mortalidad de estos desastres humanitarios, sin otro recurso que la resistencia jadontvilliana que desde años atrás se habían acostumbrado a practicar.

Últimos comentarios

Es difícil encontrar un acuerdo entre las numerosas proyecciones económicas elaboradas por diversas instancias acerca del impacto económico, pero hay un conceso con relación a la gravedad del impacto, el cual podría condicionar el comportamiento de la humanidad y el proceso de recuperación, cuyas complicaciones sociales afectarán la composición de los conflictos. Las afectaciones de la pandemia han tenido la capacidad de cambiar –en un periodo relativamente corto– las formas sociales, la manera de hacer negocios, entre otras numerosas actividades humanas. No hay motivos para pensar que no sucederá lo mismo en cuanto a la forma en que se conciben los conflictos, la violencia y la criminalidad, fenómenos que cambiarán, a su vez, la seguridad internacional. La experiencia cambia a las personas del mismo modo en que cambia la manera de gestionar los conflictos.

El mundo posterior al COVID-19 será un mundo distinto, habitado por amenazas e inestabilidades hasta ahora desconocidas. Los riesgos biológicos deberán acceder a las mesas de discusión con la importancia que ahora tienen las amenazas nucleares, el terrorismo y el desarrollo tecnológico.

En los próximos años,  la seguridad internacional deberá adquirir nuevas fortalezas e ideas destinadas no para atender las crisis pasadas, sino para atender aquellas que en un futuro existirán. Parafraseando las palabras de James Mattis, el 26° Secretario de Defensa de Estados Unidos: “La naturaleza de la guerra y de la seguridad es inmutable, se requiere confianza y conexión”. Sobre esta base deben construirse los esquemas de contención o cooperación ante la aparición de amenazas biológicas en el futuro.

MAURICIO D. ACEVES es licenciado en Relaciones Internacionales en la Universidad del Valle de México, maestro en Seguridad Pública y Políticas Públicas por la IEXE Escuela de Políticas Públicas y diplomado en Dirección de Operaciones de Inteligencia y Contrainteligencia por el Campus Internacional para la Seguridad y la Defensa (CISDE). Es autor de diversos artículos relacionados con la seguridad internacional. Es analista independiente y miembro asociado del Programa de Jóvenes del Consejo Mexicano de Relaciones Internacionales (Comexi). Sígalo en Twitter en @GhostConflicts.

Tags:, , ,

2 Responses to El COVID-19 y el estado de los conflictos internacionales

  1. Luli San Juan dice:

    Señor resuma la nota que la necesito para la escuela¡! xd

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cargando…