Dedicatoria póstuma: Una lección de Kofi Annan al orden mundial

24 agosto, 2018 • Asuntos globales, Opinión • Vistas: 431

CNN

 Francisco Javier García Bellego

22 de agosto de 2018

De la sección Opiniones Oportunas del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales

Han sido años difíciles para la gobernanza global. Las principales reformas del sistema internacional han encontrado escepticismo por parte de algunas naciones, lo que ha llevado a los organismos internacionales a toparse con un impasse debido a la inactividad de sus miembros. Hay nuevas enemistades sobre el tablero y las antiguas parecen ya no ser tan hostiles; al parecer, el engranaje mundial ya no se lubrica con el mismo equilibrio de poder.

Guardando las debidas proporciones, 1997 presentaba un tablero completamente distinto: Estados Unidos emergía como el líder tras la Guerra Fría; el Consejo de Seguridad discutía los principales conflictos mundiales, y los Objetivos de Desarrollo del Milenio comenzaban a tener forma, entre otros. Fue esa lógica mundial en la que Kofi Annan inició su mandato como Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), siendo reelecto para un segundo periodo, y terminando así el 31 de diciembre de 2006. Como es de conocimiento, el exsecretario Annan falleció el 18 de agosto de 2018, dejando una infinidad de lecciones a reflexionar.

Con este ejercicio quiero poner al menos una de ellas sobre la mesa: su convicción de que la ONU iba tan lejos como sus propios miembros se lo permitían. Kofi Annan fue el primer secretario general emanado de la burocracia de la ONU, iniciando su carrera en la Organización Mundial de la Salud hasta llegar a ocupar su cargo más alto. Él sabía que la voluntad de los Estados era el principal combustible para que la organización marchase acorde a sus principios y en eso basaba su idea de que la ONU debía servir más bien como un faro de la moral internacional.

Hoy necesitamos una visión como la de Kofi Annan para los retos contemporáneos.

El gran error de Annan ―a mi parecer― fue llevar esa convicción a “la paradoja de la autoridad”: tratar de vestir a un poder de cierta legitimidad sobre los elementos de quienes originalmente emanó esta. En términos multilaterales esto derivó en intentar conducir una organización como si esta fuese capaz de influir en el comportamiento de Estados con base en argumentos éticos y morales. El resultado fue un Secretario General que pecó de diplomático y una organización con las herramientas incorrectas para lograr sus objetivos.

A pesar de ello, hoy necesitamos una visión como la de Kofi Annan para los retos contemporáneos. Temas como el cambio climático, la migración y las tecnologías exponenciales han podido avanzar gracias a la suma de las voluntades de los miembros realmente involucrados junto con el impulso de la ONU para que su burocracia se mueva a su favor. Lo que el actual secretario general António Guterres necesita son aliados en sus causas que sumen cada vez a más países que se atrevan a conducir a la organización, escapando así de la paradoja de la autoridad.

Es cierto que los intereses de las grandes potencias y ciertas reglas bajo las que se rigen la organización nos impiden a tener resultados que reflejen por completo la voluntad de todos sus miembros. Sin embargo, se deben aprovechar los espacios con reglas más democráticas ―como la Asamblea General y el Consejo Económico y Social― para comenzar a sentar las bases de los problemas mundiales que requieren de la coordinación de todos los Estados por el bien de sus poblaciones. Al final de cuentas, como bien nos recuerda seguido el exsecretario general Dag Hammarskjöld: “La ONU no fue creada para llevarnos al cielo, sino para salvarnos del infierno”.

FRANCISCO JAVIER GARCÍA BELLEGO es Asociado del Programa de Jóvenes del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI). Sígalo en Twitter en @pacogbellego.

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