Apuntes sobre las recientes protestas populares en Irán

29 enero, 2018 • Artículos, Medio Oriente, Portada • Vistas: 3975

AP

Moisés Garduño

Enero 2018

El 28 de diciembre de 2017, Irán experimentó una nueva ola de protestas populares en ciudades como Mashhad, Neshabur y Kashmar. En días subsecuentes, las manifestaciones se extendieron a cerca de ochenta lugares donde los manifestantes se enfrentaron con la policía y las fuerzas especiales de seguridad resultando en decenas de muertos y cientos de arrestos, principalmente de jóvenes.

Si bien se trata de las protestas más importantes en Irán después de lo sucedido en 2009, estos levantamientos presentan algunas diferencias sustanciales con respecto a “la ola verde”. En principio, se trata de una movilización que ha surgido en zonas ajenas a la capital del país, de voces que presentan múltiples demandas económicas y sociales y que no solo reclaman libertades políticas. Son sectores que trabajan mucho para ganar lo mínimo y que reclaman mayores oportunidades de empleo y de remuneración digna para su presente y su futuro. Muchas de estas personas han creado altas expectativas por el acceso a la televisión satelital e internet, lo cual ha devenido en un sentimiento de frustración ante las condiciones en las que viven, producto de la combinación de la pobreza y el desempleo masivo, lo que está produciendo un movimiento que se nutre de voces que no se habían manifestado con fuerza en el espacio público, pero que siempre han estado ahí, aguantando la desigualdad económica, al margen de las decisiones políticas del sistema, y que ahora están expresando un descontento acumulado desde hace ya varios años.

Algunas causas de las protestas

Las expectativas económicas que causó la firma del Acuerdo Nuclear de 2015 fueron muy altas y Hasán Rohani no ha logrado mejorar la economía de la mayor parte de la sociedad iraní. A pesar de que en 2017 hubo una inversión extranjera directa de casi 12 000 millones de dólares, el desempleo persistió en niveles de doble dígito siendo el desemplo juvenil el más alarmante al encontrarse en una tasa de 28%. Aunque Rohani disminuyó la tasa de inflación a 9%, las tasas de interés todavía oscilan entre un 16% y un 13%, lo que ayuda a explicar que muchos iraníes no puedan pagar las deudas contraidas con bancos y distintas casas de préstamos asociadas con los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica, una élite que ha visto crecer sus finanzas y su presencia en el sistema político iraní en la última década, produciendo una razón más para entender la protesta social.

Algunas señales de descontento ya habían sido mostradas en pequeñas manifestaciones y huelgas en los últimos 5 años. Por ejemplo, en el periodo que comprende diciembre de 2015 y marzo de 2016 cerca de 240 000 trabajadores perdieron su empleo, agregando que el 70% de los trabajadores en Irán vive por debajo de la línea de la pobreza. En este momento, las protestas que involucraron a Rohani y a su gabinete explicitaron el rechazo a sus políticas neoliberales que, en aras de atraer inversión extranjera directa, ofrecieron mano de obra barata a las empresas extranjeras incluyendo no solo a los trabajadores afganos indocumentados que sostienen gran parte del trabajo informal nacional, sino también a miles de empleados iraníes que trabajan por debajo del salario mínimo el cual oscila en unos 8 dólares diarios en el país.

Un antecedente inmediato de las protestas actuales se puede rastrear en las elecciones de la Asamblea de Expertos de febrero de 2016, el órgano encargado de elegir al líder supremo en Irán, en la cual el 10% de los votantes anuló su voto en Mashhad y el 20% lo hizo en Qom, dos ciudades importantes para las corrientes políticas cercanas al líder supremo. El descontento provino ante la descalificación de más del 80% de los postulantes a un asiento en dicha instancia, un desaire que provocó que el proceso electoral apenas alcanzara un 55% de participación en el país. El voto nulo o la abstención han sido signos de inconformidad política y sinónimo de dignidad en amplios sectores de la sociedad iraní, lo que a su vez influye en que la legitimidad de los resultados presentados por el Ministerio del Interior al final de procesos como estos sean dudosos y con poca transparencia.

Si las protestas fueron iniciadas o no por aquellos sectores críticos del Presidente, algo seguro es que perdieron el control de las mismas.

Con todo lo anterior como contexto, un elemento relacionado directamente con las protestas recientes es el presupuesto bianual presentado por Rohani en el cual el presidente otorga beneficios directos a instituciones religiosas como las que administra Hassan Khomeini (nieto del fundador de la República islámica) la cual presentaba una asignación cercana a los 180 millones de dólares, mientras grandes instituciones como la Universidad de Teherán apenas llegaban a los 200 millones de dólares. Los Miniesterios de Información, Policía, Jefes de Estado Mayor de los Guardianes de la Revolución, el Ministerior del Interior y muchas fundaciones religiosas resaltan en la asignación de grandes cantidades de recursos. Esto aunado con la debilidad del rial iraní, los precios altos en productos básicos como el huevo o el pollo, el decrecimiento del consumo per cápita en zonas rurales casi de un 13%, la pobreza extrema y la desigualdad ayuda a explicar el motor del descontento.

El dilema reformista

Algunos funcionarios como Mahmoud Sadeghi señalaron que las protestas fueron iniciadas por los críticos de Rohani, algo muy dificil de saber con exactitud. Pero si las protestas fueron iniciadas o no por aquellos sectores críticos del Presidente, algo seguro es que perdieron el control de las mismas. Los eslóganes que se escucharon en distintos medios internacionales superaron las críticas reformistas y fueron mucho más allá al pedir cuentas directas al líder supremo y al propio sistema político iraní.

En efecto, los eslóganes más escuchados no fueron “reformistas”, no mencionaron a Mir-Hossein Mousavi, ni pidieron por su liberación. Esto puede explicar por qué algunos sectores reformistas no se han unido a las movilizaciones o critican su falta de liderazgo, base social y horizonte político. De hecho, algunos reformistas como Reihane Taravati se distanciaron rápidamente de las protestas. Otros han pedido cautela, prudencia y respeto para hablar sobre ellas. Intelectuales iraníes hacen un esfuerzo por entenderlas sin sumarse directamente a sus repertorios de movilización, o por medio de críticas a los que tratan sacar provecho para sus agendas políticas. Sin embargo, lo que es un hecho es que las manifestaciones de diciembre de 2017 presentan algo interesante. Se trata de demandas más agudas con fuertes lecciones para quienes las contemplamos desde la esfera pública trasnacional. Las protestas al grito atronador de “ni Gaza, ni Líbano, yo doy mi vida por Irán” nos están enseñando que es necesario construir un movimiento de unidad que se manifieste contra el mal gobierno y la injerencia externa, pero no solo de la injerencia de Irán en la región sino también de la de Donald Trump, Benjamin Netanyahu, Mohámen bin Salmán y de cualquier grupo que se sienta con el derecho de intervenir o definir las protestas en Irán o en cualquier parte del mundo. Esta es una de las cuestiones que tienen en común las protestas que critican al régimen, las que lo quieren reformar y las que lo defienden. Por el momento, las voces que se escuchan son las de un sector iraní empobrecido que está exigiendo que los gobiernos cumplan con su trabajo o que renuncien, y que están haciendo un esfuerzo grande para mantener lo que en una movilización de este calibre es importante, esto es, la autonomía política para el alcance de la justicia social.

El 29 de diciembre de 2017, Hamidreza Jalaeipour, prominente analista político reformista y profesor de la Universidad de Teherán, escribió que: “los reformistas habían sido fuertemente criticados por haber alentado a la gente a votar, llevarlos a las urnas, y luego paralizarse frente a los problemas reales en las calles”. Posteriormente, el periódico Jameh Farda publicó opiniones que urgían a los reformistas a participar en la construcción de un diálogo nacional para resolver la crisis frente a una atmosfera regional caracterizada por el conflicto y la guerra, factores que alimentan las editoriales de los ambiciosos medios de comunicación internacionales, sobre todo en sus plataformas en redes sociales. El dilema reformista, y de muchos otros sectores sociales en Irán, es cómo articular sus demandas políticas y sociales con las necesidades económicas que presentan las actuales protestas, esto para empujar aún más a una ola imparable de transformación política en su país haciendo frente no solo al oportunismo extranjero sino también a los sofisicados mecanismos de seguridad e inteligencia del gobierno.

El oportunismo político

A propósito del oportunismo político, la actual crisis en Irán se esta cubriendo sin ningún respeto por parte de muchos medios de comunicación internacionales. Obscenos montajes de propaganda diciendo que “millones de personas en Irán se están manifestando contra Alí Jamenei” inundan las referencias en Twitter bajo el hashtag #IranProtests cuando las imágenes se tratan de las protestas de marzo de 2011 en Bahrein o videos de violencia lamentablemente perpetrada en México o Siria. Por su parte, las declaraciones de Trump y Netanyahu están llenas de hipocresía y oportunismo al abrumar con sus posiciones las plataformas de información online, desprestigiando a la misma protesta social con sus supuestos apoyos incondicionales y con las ofertas de grupos tan despreciables para la sociedad iraní tales como los monarquistas o los Mojahedin e Khalq, grupos conocidos por su acercamiento con la monarquía saudí en los últimos años. Lo único que pueden hacer estos grupos políticos para ayudar a la protesta popular es guardar silencio y ocuparse de sus propios problemas de corrupción al interior de sus países y dejar que la protesta iraní siga su curso sin necesidad de intervención alguna.

Aunque la agenda popular es larga, el reto de la sociedad iraní es la unidad política.

Hoy en día, la opinión pública internacional se está distanciando cada vez más del periodismo de investigación y lo está sustituyendo por la contemplación de las redes sociales (principalmente Twitter y Facebook) las cuales están controladas cada vez más por grandes poderes financieros con intereses y filtros que atienden a sus propias agendas de poder. Una de las formas en las que Trump puede aprovechar esta coyuntura es que, ante el desprestigio del gobienro iraní que hay en redes sociales, el presidente estadounidense puede convencer a sus adversarios políticos de retirarse de una vez por todas del acuerdo nuclear, cumpliendo una promesa de campaña más para la base social que le ha estado acompañando durante sus primeros días de gobierno. Otra cuestión importante es que Trump puede auxiliarse de la crisis iraní para sumar esfuerzos con Tom Cotton, representante de Arkansas en el Senado, para acelerar los trabajos que impulsan una ley que condene la política del programa de misiles de la República islámica, todo esto como una estrategia más de presión en contra de la élite política iraní que ha incomodado las estrategias de Arabia Saudita, Estados Unidos e Israel en todo el Medio Oriente. Por su parte, el Parlamento israelí aprovechó la coyuntura actual para aprobar una ley que complica una hipotética división de Jerusalén en caso de un acuerdo de paz con Palestina.

Ante esto, no está de más decir que ni a Trump ni a Netanyahu les interesa el pueblo iraní, y que sus discursos han servido más para fortalecer “la agenda de cambio de régimen” que para velar por los derechos y necesidades de los iraníes que están en las calles. La historia de las protestas populares, al menos en el Medio Oriente, comparte la característica del riesgo que tienen de ser intervenidas no solo militarmente, sino también de manera propagandística por agentes extranjeros, hecho que ha provocado que muchos iraníes se refieran a los acontecimientos de su país con recelo y cierto matiz de protección ante tanta calumnia, desinformación y oportunismo.

Lecciones para el mundo y retos por venir

Aunque la agenda popular es larga, el reto de la sociedad iraní es la unidad política. Lo que la opinión pública internacional pierde de vista frecuentemente es que la diversidad de frentes en los que se compone la protesta iraní, desde movimientos estudiantiles, obreros, campesinos, feministas, reformistas, ambientalistas, anarquistas, entre otras movilizaciones, comparte elementos en común pero se debaten más en cómo defender su causa frente al gobierno que en buscar zonas de contacto entre ellos. Las protestas de diciembre de 2017 nos muestran un nuevo eslabón del descontento social en Irán, similar a la que existe en otras partes del mundo, incluyendo México. Y mientras las respuestas del gobierno en Irán se basan en cómo controlar la crisis reduciendo el precio de la gasolina de 2600 tomanes a 1000 tomanes por litro (unos 30 centavos de dólar o 6 pesos mexicanos), y culpando de todo al exterior, la formidable ola de cambio al interior de la República Islámica no tendrá marcha atrás y es probable que presenciemos más episodios similares a estos en el futuro en tanto las respuestas del régimen sigan siendo iguales a las de hace 20 años.

Ahora más que nunca, es necesario escuchar a la sociedad iraní, investigar las muertes de los caídos y responsabilizar a los culpables, ajustar el presupuesto nacional a las necesidades sociales de los que menos tienen y, lo más importante, construir verdaderos canales de comunicación entre los diversos frentes que componen la protesta popular para encontrar caminos comunes por los cuales transitar hacia cambios más profundos en el sistema en beneficio de todos los iraníes y no de los enemigos del régimen en el exterior.

MOISÉS GARDUÑO GARCÍA es doctor en Estudios Árabes e Islámicos Contemporáneos por la Universidad Autónoma de Madrid y maestro en Estudios de Asia y África con especialidad en el Medio Oriente por El Colegio de México. Es profesor de tiempo completo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnologia (Conacyt). Es coordinador de Pensar Palestina desde el sur global. Sígalo en Twitter en @Moises_Garduno.

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