Inocencia robada en Latinoamérica 

1 noviembre, 2013 • Artículos, Latinoamérica, Portada, Sin categoría • Vistas: 826

avatarDefault Marina Malamud y Carolina Sampó

Noviembre 2013

Aunque en distintos momentos de la historia los niños fueron usados en conflictos armados, hoy participan masivamente en combates directos. La naturaleza de los nuevos conflictos armados caracterizados como “no convencionales” es la causa directa del fenómeno. El escenario latinoamericano es testigo de ellos, por lo que es necesario analizar el papel que cumplen los niños en estos conflictos.

DE VÍCTIMAS A VICTIMARIOS

En los llamados “conflictos armados no convencionales”, el papel de los civiles es central, puesto que participan activamente, ya sea formando parte de la estructura logística necesaria para la supervivencia de las organizaciones irregulares o bien como parte beligerante en esos conflictos predominantemente intraestatales, que los enfrentan de forma intermitente a las fuerzas del Estado.

Dentro de las nuevas tendencias en el desarrollo de los conflictos no convencionales, también llamados conflictos de baja intensidad, la figura legal y social de los niños está siendo transformada. La imagen cultural fuertemente arraigada de la inocencia, que las sociedades occidentales modernas han compartido históricamente como parte del imaginario social, se enfrenta hoy a una realidad compleja, en la cual civiles menores dejan de ser víctimas y se convierten en eficientes victimarios, especialmente dentro del marco de acción que les proveen los actores violentos no estatales (guerrillas, maras y organizaciones criminales). De allí que los niños en muchos casos han dejado de ser un sujeto a quien hay que cuidar y han pasado de ser niños en conflicto a niños del conflicto. Como resultado, puede verse cómo se están perdiendo la mayoría de los rasgos en común que hasta hoy compartían con niños de otras realidades sociopolíticas.

Actualmente, se estima que alrededor del 10% de los combatientes en el mundo son niños, es decir, menores de 18 años, y participan del 75% de los conflictos mundiales. (Es importante destacar la escasez de datos estadísticos oficiales de acceso público, que permitan un análisis histórico-comparativo de los niños combatientes, razón por la cual, hasta el momento, se cuenta sólo con estimaciones y aproximaciones preliminares.) Estos números dan cuenta de la importancia que adquirieron los niños para los grupos armados, especialmente por su tamaño y su facilidad para camuflarse, por lo que se constituyen fácilmente en espías o mensajeros. Además, durante una lucha armada, estos niños son capaces de transportar grandes cargas —sean municiones, armas o incluso heridos—, así como de cometer atrocidades contra poblaciones enteras. En cambio, en tiempos de relativa paz, se vuelcan más a las actividades domésticas y montan guardias.

Para comenzar, es necesario destacar la dificultad que implica caracterizar a un niño involucrado en un conflicto: cómo se define, qué tipo de participación contempla y cómo tiene que ser considerado por el Estado —y por parte de las fuerzas armadas o de seguridad—, así como qué penas se contemplan de acuerdo con su participación y quiénes son susceptibles de sufrirlas (padres, hijos o ambos). Estas definiciones no son académicas, sino implican posturas morales y políticas con consecuencias operativas, por lo que se vuelve indispensable que los Estados alcancen una definición que les permita combatir este flagelo.

Aunque no contamos con una única denominación, al menos se sabe que existe una serie de cualidades en términos operativos que hacen que las organizaciones beligerantes o criminales busquen el reclutamiento de niños. Entre ellas se destacan: a) su tamaño y versatilidad, que permite mayor movilidad y menor visibilidad en el terreno de operaciones; b) su calidad de inimputables, es decir, que cuentan con un paraguas legal que les permite actuar sin tener que medir costos penales (aunque la edad de imputabilidad depende de la legislación de cada país); c) su inmadurez, lo que los vuelve más maleables y permeables a las órdenes de la organización; d) su necesidad, que por un lado los lleva a formar parte de estas organizaciones a fin de alcanzar la supervivencia socioeconómica y a la vez hace más difícil su deserción, dada la precaria situación familiar, social y económica de la que provienen, y e) su ventaja de no ser considerados como combatientes por los ejércitos regulares, lo que aumenta el factor sorpresa cuando son utilizados para el ataque.

¿Por qué los niños deciden involucrarse directamente con organizaciones criminales o beligerantes no estatales? Para algunos, la razón es la pobreza estructural ante la escasez de recursos lo que puede impulsarlos a sumarse a las filas de grupos armados. Sin embargo, esta explicación resulta insuficiente. Probablemente, es también la sensación de vulnerabilidad y la necesidad de ser reconocidos y formar parte de un grupo que les provea de una identidad social definida: ésta es una razón central por la que los niños (en el caso en que sean reclutados voluntariamente, ya que no siempre es así) deciden participar activamente de tareas que los distraen de los juegos propios de su edad. Participar en estos grupos los “hace visibles”, en un contexto donde todas las miradas están puestas en otro lado, y se sienten protegidos o valorados por aquellos adultos que, en otras situaciones, los ignoran.

El reclutamiento, entonces, se vuelve un mecanismo sustitutivo de inclusión para menores de edad que se encuentran excluidos social y económicamente. En este sentido, es claro cómo falla la socialización, especialmente la primaria, y la sociedad tiene una gran responsabilidad en ese sentido. La necesidad de generarles una identidad nacional que les permita insertarse en la vida social en forma definitiva, basada en normas y valores compartidos, es central para evitar que se siga engrosando la participación de los niños en las organizaciones criminales o en grupos beligerantes.

NIÑOS EN CONFLICTO O NIÑOS DEL CONFLICTO

Aunque el fenómeno de los niños del conflicto parece ajeno a la realidad latinoamericana a primera vista, no hay nada más lejos de ser cierto. Si bien en este trabajo tomaremos sólo dos casos, el de Colombia y el de las maras centroamericanas, en Latinoamérica existe una gran cantidad de ejemplos de menores de edad que vuelcan su vida en las armas, como las favelas en Brasil, los cárteles mexicanos o Sendero Luminoso en Perú (…)

MARINA MALAMUD es doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y magíster en Defensa Nacional, por el Ministerio de Defensa. CAROLINA SAMPÓ es doctora en Ciencias Sociales por la UBA y becaria posdoctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), de Argentina. 

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