Elecciones en Alemania

11 septiembre, 2017 • Artículos, Europa, Portada • Vistas: 2650

Un repaso del escenario a 2 semanas de ir a las urnas

Reuters

Zirahuén Villamar

Septiembre 2017

El domingo 24 de septiembre de 2017 las y los ciudadanos alemanes están convocados a elecciones del Parlamento Federal (Bundestag). De ahí surgirá un nuevo gobierno que conduzca por 4 años a la mayor potencia europea y a un jugador en política mundial cada vez más importante, pero también con crecientes desafíos internos. ¿Cómo se ve la campaña desde Berlín? ¿Cómo leer sus efectos en clave internacional?

La prensa internacional, sobre todo en Europa, reportó que el domingo 3 de septiembre de 2017 tuvo lugar el debate televisado entre los candidatos de los dos partidos con mayor preferencia electoral en Alemania: Angela Merkel, de la Unión Cristiano Demócrata (CDU) y Martin Schulz, del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD). Para ninguno de los lectores el nombre de la primera será desconocido: desde hace años la doctora Merkel ha encabezado los gobiernos de coalición surgidos de tres distintas elecciones (2005-2009, 2009-2013, 2013-2017), y actualmente lidera las encuestas para repetir el cargo de Canciller Federal.

El nombre del segundo candidato tal vez sea menos conocido. Así también lo fue para muchos alemanes hasta finales de 2016. Sin embargo, a aquellos con interés en la Unión Europea el apellido Schulz les resulta familiar: tras presidir el Parlamento Europeo, regresó a Berlín a participar en la ecuación electoral alemana. A partir de febrero de 2017, su retorno abrió la posibilidad de un cambio de liderazgo político en ese país. El líder socialdemócrata entusiasmó a militantes que se sentían decepcionados de su institución, atrajo a muchos ciudadanos jóvenes a ingresar al partido; en sondeos elevó las preferencias de voto del SPD y hasta empató a Angela Merkel. A lo largo de un par de semanas, la imbatible Canciller pareció que podría ser derrotada por un contendiente. Pero el vertiginoso ascenso de Schulz se detuvo y empezó su caída gradual, tendencia que hasta hoy no ha remontado.

La campaña electoral de 2017 ha resultado para la mayoría de los observadores alemanes una de las más aburridas en la historia de la República Federal Alemana. La razón de ello está en la poca diferenciación práctica que existe entre los dos principales partidos políticos, pues llevan cogobernando 4 años en la llamada gran coalición (GroCDU/CSU (Unión Social Cristiana de Baviera, aliado en el estado federado de Bavaria) y SPD. A eso debe sumarse el papel totémico de la canciller Merkel, cuya habilidad para sortear problemas y la experiencia de 12 años al frente del gobierno de un país que se ha posicionado como fundamental en el escenario europeo, la hacen prácticamente invencible en el gusto de un electorado que aparenta ser conservador. Pero esta cifra alrededor de 37% de votantes en favor de CDU/CSU hasta hoy, con un SDP rondando el 21%, y terceras fuerzas entre 10% y 8%, debe relativizarse en el escenario en que poco menos del 50% de los votantes aún están indecisos. Por lo tanto, todavía hay margen de maniobra para todos los partidos.

Aunque la tendencia puntera de Merkel es muy difícil de revertir, los dados sobre qué porcentajes recibirán el Partido Democrático Libre (FDP), los Verdes o la Izquierda, aún no están echados. De los números exactos que tengan y, especialmente, quién sea la tercera fuerza dependerá del tipo de coalición gobernante que se conforme para el periodo de 2017 a 2021.

El debate televisivo del domingo 3 de septiembre, o “duelo” como lo llaman sus organizadores, tenía que ser el momento para que los dos candidatos se diferenciaran. Esta tarea era fundamental para el retador Schulz, quien necesitaba mostrar que los socialdemócratas tienen una agenda más allá de ser socio menor de la coalición que gobierna desde 2013. El eslogan de la campaña de Martin Schulz, quien en marzo de 2017 fue el primero de los candidatos en ofrecer iniciativa temática, es la justicia social. Y razones para enarbolar esa bandera en Alemania hay de sobra: crecimiento de la inequidad por ingresos, aumento del número de personas en riesgo de pobreza, salarios que por más de una década no crecen al ritmo de la productividad, un mercado laboral dinamizado a costa de empleos precarios; salarios hasta 20% menores para mujeres que realizan igual trabajo que hombres; baja inversión pública en infraestructuras de educación y conectividad; insuficiente vivienda costeable para las clases bajas y medias, y un largo etcétera.

Pero el debate del 3 de septiembre sorprendió porque sobre justicia social Martin Schulz casi no habló, y Angela Merkel aprovechó para manejarse en los temas que conoce bien: gobernar predominantemente de forma reactiva y con poca visión de iniciativa o con una decidida hoja de ruta. De las soluciones a los desafíos nacionales, esos que son los que ocupan y preocupan constantemente a los ciudadanos de a pie, se habló realmente poco. Esa sí que fue una sorpresa en la campaña. Y menos esperado fue que en el duelo televisivo Alemania parecía el país más globalizado del planeta. En esta perspectiva analítica de Relaciones Internacionales, los países tienen tantas y tan estrechas relaciones con el resto del mundo, que resultan efectos de interdependencia entre las esferas interna y externa. Si bien es claro que Alemania es una potencia económica y campeón exportador, el motivo por el que los temas de política internacional y política exterior ocuparon más de la mitad de la duración del debate entre Merkel y Schulz es que en esa dimensión de análisis enmarcaron la cuestión de los refugiados.

DPA

El tema de los refugiados —como la fracción más grande del total de inmigrantes— se expuso como eje transversal de la política alemana: expectativas del mercado laboral, variable fundamental de la seguridad social, y también de los temores de los ciudadanos. En la órbita del tema refugiados, Merkel y Schulz hablaron sobre religión, integración, seguridad interior, formación y derechos humanos. La interpretación que puede hacerse sobre tal énfasis discursivo del tópico de refugiados es una que apunta al triunfo de las fuerzas políticas más conservadoras en este país para imponer la agenda pública. La conversación sobre políticas en Alemania está profundamente influida por el partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) que, al ser un partido contra la moneda única europea en plena crisis del euro, se ha vuelto el partido antiinmigrante e islamófobo. Sí, incluidos ataques contra alemanes con orígenes migrantes.

Las preguntas de los moderadores y las respuestas, ataques y contraataques de los candidatos, demostraron que jugaban en la cancha de las ideas de AfD. Lo peor es que ese terreno es de arenas movedizas, en las que difícilmente puede decirse que los electores indecisos se hayan convencido de votar a alguno de estos partidos tradicionales y no votar por AfD. Sin necesidad de tener un tercer atril en el escenario donde participar, las nociones que desde hace 3 años la ultraderecha alemana ha sembrado en el debate público fueron una especie de contrincante fantasma que combina argumentos de política internacional con interior que impedía continuar la discusión sobre otros temas también valiosos para los alemanes. Si la votación fuera hoy, la ultraderecha ganaría un 10% de los votos, pero ni Merkel ni Schulz los incluirán en coalición para formar gobierno.

Para los estudiantes y los estudiosos de Relaciones Internacionales, este duelo fue fascinante. Por ejemplo, a nivel de conceptos, la discusión recordó mucho a Hanns Maull, académico alemán que en los años del tornasiglo popularizó en círculos académicos la noción de potencial civil (Zivilmacht) aplicado a la identidad de política exterior alemana. Maull pudo sentirse felizmente reafirmado en los mensajes de Merkel y Schulz. Ambos candidatos discutieron el papel de Alemania en el escenario mundial, que tan urgentemente requiere de esfuerzos de estabilización a las crisis, como actor con responsabilidad para denunciar regímenes donde se violan derechos humanos —Turquía—, o que amenazan la paz mundial con ejercicios nucleares —Corea del Norte—, en la era de la presidencia de Donald Trump. Los candidatos de CDU/CSU y SPD comparten la visión normativa y mulitlateralista del papel que Berlín debe desempeñar. Los detalles de cómo lograrlo —ella defendía su actuar, él proponía acciones más audaces, pero no menos válidas— revelan las diferencias de forma, pero en el fondo asumen la necesidad de atender los problemas de forma colegiada con socios europeos y otros socios afines. Justamente, al hablar de los socios con los cuales resolver en la era Trump los desafíos de autocracias como la turca, o dictaduras como la norcoreana, Martin Schulz señaló que Alemania debe conversar con las democracias europeas (lo que deja fuera de su conteo a países que incluso son miembros de la Unión Europa), hablar con líderes como Justin Trudeau de Canadá, y como “el amigo mexicano” (en referencia, a Enrique Peña Nieto).

Fueron 90 minutos de debate y las reacciones en la prensa alemana dieron cuenta de una sensación de cansancio entre la audiencia. Los sondeos de opinión inmediatos tras el encuentro arrojan que Schulz no logró convencer, y por tanto tampoco logró su cometido de restarle ventaja a Merkel. Se ha criticado el formato del debate mismo: las preguntas y el tiempo dedicado a los temas, que obvió otros asuntos. El SPD luego de ver el mal resultado general de esa noche dijo en redes sociales que estaban listos para participar en un segundo debate donde se discutieran a profundidad tópicos de la agenda nacional como educación, mercado laboral, política económica. Pero los que desean un segundo debate tendrán que esperar hasta la elección de 2021. En la campaña para elegir la décima novena legislatura del Bundestag no habrá otro frente a frente entre Merkel y Schulz. Eso deja a las y los votantes alemanes básicamente en las mismas condiciones que antes para conocer argumentos que contribuyan a tomar una mejor decisión de voto.

Spreeradio

La ciudadanía indecisa (46% del electorado) pero interesada en conocer qué partido político se acerca más a su posición existente cuenta con una herramienta interactiva en línea muy atractiva: el “Wahl-o-mat” (algo así como “votomático”). El Centro Federal de Educación Cívica (BpB), institución que depende del Ministerio Federal del Interior, ofrece desde 2002 un sistema que compara las respuestas de todos los partidos políticos que participan en la elección (sea una elección a nivel estado federado o a nivel nacional) a preguntas sobre muchos aspectos de políticas públicas. Esas preguntas son después presentadas al ciudadano en forma de afirmaciones ante las que ella o él se pronuncia de acuerdo, indiferente o en desacuerdo. Treinta y ocho preguntas componen la batería de tesis que darán como resultado un listado de qué partidos son más cercanos a la opinión del usuario (el programa arroja un porcentaje total de afinidad por partido y también la argumentación detrás de cada afirmación por cada partido). Aunque el sistema ha sido criticado, podría ayudar a los indecisos a orientar su voto. Para extranjeros que observan la política alemana, es una forma de conocer los matices de los partidos (y también para comparar con amigos y familiares).

A pesar de que en el debate del 3 de septiembre de 2017 Merkel y Schulz hablaron mucho de temas vinculados con las relaciones exteriores germanas, es poco probable que los alemanes voten el domingo 24 de septiembre pensando en el papel internacional de su país. Mientras tanto, el resto del mundo observa con interés la elección debido al lugar que ahora ocupa Alemania en la política mundial.

Quien sea que resulte canciller según la coalición gobernante que se forme, entre finales de 2017 y 2021 encontrará en su escritorio un orden del día de la política mundial que incluirá puntos como combate y control de terrorismo, evitar que sucumba el Acuerdo de París de cambio climático, implementar los Objetivos de Desarrollo Sustentable, avanzar de alguna forma en regímenes mundiales de comercio, culminar negociaciones de acuerdos de libre intercambio y hacer que entren en vigor, mejorar la gobernanza financiera del mundo, evitar otra crisis en la Eurozona, impedir la proliferación nuclear, la violación de la integridad de territorios, o que se debilite la alianza militar noratlántica. En todos estos tópicos Berlín seguramente se esforzará con sus capacidades diplomáticas. Pero el protagonismo que ahora ocupa Alemania en política y economía mundiales demandará de ella todavía más poder blando, y emplear más decididamente su poder duro. El problema que esto implica es una curva de aprendizaje que, al ritmo de los sucesos mundiales en los últimos meses, se prevé muy empinada y no libre de tropiezos.

Angela Merkel o Martin Schulz, además de sus colegas de partido y los socios de coalición que estarán al frente de los Ministerios Federales de Relaciones Exteriores, de Finanzas, de Cooperación Económica y Desarrollo, y de Economía y Energía, entre otros, conducirán una Alemania que se debate entre las demandas internas de seguridad y bienestar, y el deseo de élites locales y de otros actores mundiales para que este país asuma más responsabilidad en temas internacionales.

ZIRAHUÉN VILLAMAR es candidato doctoral en Ciencia Política por la Universidad Libre de Berlín. Académico de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Sígalo en Twitter en @zirahuenvn. Esta reflexión se nutrió de los comentarios de Franco Delle Donne (@fdelledonne) y Raúl Gil (@raulgilb) del Hintergrund AG.

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