México y su embrollo caucásico

2 marzo, 2015 • Artículos, Asia/Pacífico, Europa, Latinoamérica, Portada, Regiones • Vistas: 4731

¿Cómo llegó un conflicto étnico en el Cáucaso a México?

avatarDefault Francisco Soní Solchaga

Marzo 2015

El 13 de julio de 2011 el Gobierno del Distrito Federal y la República de Azerbaiyán firmaron un convenio con el que las autoridades capitalinas se comprometían a construir el Parque de la Amistad México-Azerbaiyán, con un monumento a Heydar Aliyev y el Memorial de Jodyalí en la Plaza Tlaxcoaque, mientras que el gobierno de Azerbaiyán se ocuparía de financiar esas obras de “mejoramiento urbano”. En octubre y diciembre de 2011, las Cámaras de Diputados y de Senadores aprobaron puntos de acuerdo para exhortar al ejecutivo federal para que urgiera a Armenia y Azerbaiyán a poner fin a sus diputas “con respeto a la integridad territorial de Azerbaiyán” y para castigar a los culpables del “genocidio de Jodyalí”. De esta manera, el poder legislativo federal y el gobierno capitalino metieron a México en un marasmo caucásico, y lo que es peor, tomaron partido a favor de Azerbaiyán sin que los mexicanos hubiéramos podido siquiera enterarnos dónde quedan esa república, Jodyalí ni Nagorno Karabaj.

El Cáucaso es una región montañosa entre las estepas rusas y Asia occidental, con el mar Caspio al este y el mar Negro al oeste. Es una región que por siglos ha sido encrucijada entre Estados imperiales: Persia, Roma, los imperios árabes y turcos, Rusia, entre otros. Debido a esta historia, la población es muy diversa, étnica y religiosamente: con poblaciones caucásicas presentes desde la Antigüedad e inmigrantes posteriores de origen túrquico, iraní o ruso. El Cáucaso norte (Ciscaucacia) pertenece al territorio ruso y está dividido entre varios sujetos federales: ocho repúblicas (entre ellas Chechenia, Daguestán e Ingushetia) y dos krais. Por su parte, el Cáucaso sur (Transcaucasia) lo integran tres antiguas repúblicas soviéticas: Armenia, Azerbaiyán y Georgia.

Los armenios y los pueblos turcos —entre los que se cuenta a los azeríes— han sido vecinos desde el siglo X. A principios del siglo XX, los armenios vivían en el Cáucaso ruso y en Anatolia oriental bajo el gobierno otomano; y los azeríes en el Cáucaso ruso y el noroeste de Persia. Los armenios que vivían en Turquía sufrieron un genocidio entre 1915 y 1920, huyeron o fueron asesinados y ahora la población se concentra solo en la actual Armenia, aunque la diáspora es importante en Estados Unidos, Francia y Rusia. Cabe señalar, que Turquía no acepta ninguna responsabilidad por el genocidio armenio, y esto ha sido causa de fricciones diplomáticas entre ambos países, así como entre Turquía y países europeos. Por su parte, la población azerí se concentra aún en la misma región: en la costa de mar Caspio en Transcaucasia y el noroeste de Irán. En Azerbaiyán son 9.5 millones de habitantes y en Irán son 15 millones de pobladores totalmente integrados a la población iraní, al grado que el actual Ayatolá, Alí Jamenei, es azerí.

El presente conflicto entre Armenia y Azerbaiyán es una continuación de la guerra que libraron mientras fueron repúblicas independientes, entre 1918 y 1920, por las regiones de Najicheván —enclave azerí entre Armenia e Irán— y Nagorno Karabaj —enclave de población armenia en Azerbaiyán—. Al conflicto de principios del siglo XX se le puso fin —al menos de forma temporal—cuando la Unión Soviética se anexó la región, pero las condiciones que lo provocaron (sobre todo el nacionalismo entre una población heterogénea con enclaves étnicos) se mantuvieron. Mientras tanto, las atrocidades que ambos bandos cometieron —por ejemplo, en 1918 en Bakú hubo dos pogromos: uno de armenios contra azeríes en marzo y otro de azeríes y turcos contra armenios en septiembre— han quedado grabadas en la memoria colectiva.

Cuando los soviéticos pusieron fin al conflicto, se reconoció a Najicheván y Nagorno Karabaj como parte de Azerbaiyán, el primero como una república autónoma, y el segundo como una región autónoma. Décadas después, con la Glasnost, la población mayoritariamente armenia de Nagorno Karabaj empezó a solicitar mayor autonomía y derechos lingüísticos, pero Azerbaiyán no lo aceptó y el Soviet Supremo los apoyó. Durante 1987 hubo diversos hechos de violencia étnica, y cuando el Parlamento de Nagorno Karabaj votó a favor su anexión a la República Socialista Soviética de Armenia en febrero de 1988, estos episodios violentos empeoraron: hubo expulsiones forzadas de armenios de Azerbaiyán y de azeríes de Armenia. En marzo, el Soviet Supremo envió tropas del Ministerio del Interior a la región, pero la violencia continuó y, tras a la caída de la Unión Soviética, Nagorno Karabaj declaró su independencia. El conflicto degeneró en una guerra abierta entre la república no reconocida de Nagorno Karabaj (con apoyo no oficial de Armenia) y Azerbaiyán.

Para promover una salida negociada al conflicto, se formó el Grupo de Minsk, copresidido por Estados Unidos, Francia y Rusia, que en mayo de 1994 logró que se firmara el Protocolo de Bishkek que puso fin a la guerra. En él, de facto, se otorga el control de la mayor parte de Nagorno Karabaj y distritos aledaños al este y al sur (con esto el enclave quedó unido a Armenia) a la República de Nagorno Karabaj. Esto dio pie a una situación semejante a la de Kosovo: un Estado nación en la definición clásica que apoya la “independencia” de otro Estado menor en su frontera, poblado por el mismo grupo étnico y cuya solución basada en la autodeterminación de los pueblos (su unificación en un solo país) no es posible por circunstancias políticas, por lo que ni siquiera es reconocido por la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Reporte Índigo

Reporte Índigo

Por otra parte, la guerra dejó graves consecuencias para la población: más de un millón de desplazados: 900 000 azeríes y 350 000 armenios. Helsinki Watch —una organización no gubernamental defensora de los derechos humanos creada para vigilar el cumplimiento de los Acuerdos de Helsinki en los antiguos territorios soviéticos— concluyó en su informe de 1992 “Bloodshed in the Caucasus” que ambos bandos habían “atacado civiles indiscriminadamente; destruido infraestructura civil, incluyendo casas, escuelas, […] hospitales; (además de) transportes médicos y misiones de rescate; cometido ejecuciones sumarias; y rutinariamente tomado rehenes, frecuentemente sometiéndolos a abusos y torturas”. Entre las atrocidades contra los armenios destacaron dos pogromos en Sumgait y Bakú al inicio de la guerra, y la Operación Anillo con la que las fuerzas azerbaiyanas sitiaron Nagorno Karabaj durante 1991. Entre las agresiones contra los azeríes se enlistan las conquistas de Jodyalí y Shusha a principios de 1992.

La tragedia de Jodyalí es importante, porque Azerbaiyán acusa a los armenios de haber perpetrado un genocidio. De acuerdo con Helsinki Watch, lo que sucedió, fue que en Jodyalí los azerbaiyanos tenían piezas de artillería y lanzamisiles, que usaban para bombardear Stepanakert, la capital de Nagorno Karabaj. Jodyalí, como Stepanakert, era una población civil, pero los propios azerbaiyanos la convirtieron en un objetivo militar al instalar ahí su artillería. Según la República de Nagorno Karabaj, ellos advirtieron a la población de Jodyalí que la atacarían horas antes y pidieron a los civiles abandonar sus hogares, aunque de acuerdo con los testimonios recogidos por Helsinki Watch la población azerbaiyana no pensó que los armenios fueran a tomar el pueblo y permanecieron en sus hogares.

No obstante, en la madrugada del 26 de febrero de 1992, los armenios rodearon Jodyalí casi por completo —dejaron un pasaje libre hacia un paso montañoso para que la población pudiera huir— e iniciaron el ataque. Los civiles comenzaron a abandonar el pueblo cerca del amanecer y en un paraje cercano fueron atacados. El saldo de muertos varía, según la fuente, de al menos 160 muertos (estimaciones de Armenia y de algunas organizaciones no gubernamentales de derechos humanos), hasta más de 600 caídos (cifra del gobierno de Azerbaiyán).

Según los armenios, con base en en las declaraciones del entonces presidente de Azerbaiyán Ayaz Mutalibov, la masacre podría haber sido, al menos, propiciada por los paramilitares del Frente Nacional Azerbaiyano (partido político de Heydar Aliyev), que impidieron la salida de la población civil con el objetivo de provocar una masacre y con ello la caída de Mutalibov, como efectivamente sucedió en los días posteriores. Por su parte, Azerbaiyán considera al hecho como un genocidio: “actos perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal”, lo que implica el grado más extremo de violencia intergrupal y las autoridades azerbaiyanas buscan que el mundo lo reconozca así.

Sin embargo, Helsinki Watch concluyó que entre los civiles azerbaiyanos había soldados y paramilitares armados y uniformados. En otras palabras, los azerbaiyanos serían, al menos, corresponsables de la tragedia por haber usado de escudo a los civiles, tanto por emplazar su artillería en un pueblo cercano al frente, como por la manera en que sus fuerzas armadas se retiraron; aunque también destacan que los armenios debieron haber tratado de minimizar el número de civiles muertos y heridos. Según el periodista Thomas de Waal, miembro de la Fundación Carnegie para la Paz y especialista en el Cáucaso, las muertes fueron resultado de la confusión durante la retirada y no de un plan para exterminar a la población (un genocidio). Además, da crédito al testimonio de la reportera checa Dana Mazalová, que señaló que la escena pudo haber sido manipulada para hacer parecer la masacre como algo más grave.

Lo que se observó en la guerra de Nagorno Karabaj fueron sí, atrocidades y limpieza étnica, la expulsión de los “otros” de determinadas regiones, pero no un esfuerzo concertado de destruir a armenios ni a azeríes. Cabe comparar los hechos del Cáucaso con los de los Balcanes en la misma década, donde la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de la ONU recientemente falló en contra de que hubiera habido genocidio entre croatas y serbios, dado que “la intención no era destruir a los croatas [o serbios], sino expulsarlos”. En contraste, la CIJ sí consideró las masacres de Srebrenica y Žepa perpetradas por serbios contra bosnios como genocidio, pero las diferencias con Jodyalí o Shusha saltan a la vista: en Srebrenica los hombres bosnios fueron hechos prisioneros y asesinados exclusivamente por su identidad étnico-religiosa.

A pesar de esto, la política exterior azerbaiyana tiene como objetivo promover el reconocimiento de las atrocidades cometidas por los armenios durante la Guerra de Nagorno Karabaj como genocidio, a la vez que se olvide que ellos también perpetraron atrocidades contra los armenios. Con este objetivo y a fin de promover la figura de Heydar Aliyev, fue que los azerbaiyanos en México acordaron sufragar el costo de la remodelación de las plazas y el embajador Ilgar Mukhtarov cabildeó en el Congreso para que se aprobaran exhortos favorables a Azerbaiyán. Además, Mukhtarov hizo lo mismo en Colombia. Asimismo, Azerbaiyán promovió ante la Asamblea General de la ONU la resolución 62/243, que favorece su posición y en todas las visitas de dignatarios extranjeros —incluyendo las reuniones interparlamentarias a las que han acudido legisladores mexicanos— se les lleva a visitar los monumentos a las víctimas de las guerras contra Armenia (denominadas siempre como genocidios).

Considerar a la masacre de Jodyalí como genocidio tiene importantes consecuencias jurídicas y diplomáticas. Por eso, la Cancillería mexicana había procurado mantener una posición neutra sobre el conflicto de Nagorno Karabaj, apoyó las resoluciones del Grupo de Minsk, y se abstuvo de votar en la resolución 62/243. Sin embargo, cuando ambas cámaras del Congreso mexicano y el Gobierno del Distrito Federal creyeron la versión azerbaiyana promovida por Ilgar Mukhtarov, arrastraron al país entero a un conflicto en el que nada tenía que hacer y del que no se podrá salir con buena cara.

Diario de México

Diario de México

Por un lado, México quedó mal con Armenia por apoyar la posición azerbaiyana, cuestión que quedó clara cuando su Ministro de Relaciones Exteriores, Edward Nalbandian, visitó México en octubre de 2012. Se entrevistó con la entonces Secretaria de Relaciones Exteriores, Patricia Espinosa, a la que le reclamó que la placa en la Plaza Tlaxcoaque y puntos de acuerdo adoptados por ambas cámaras “contradicen la posición de la comunidad internacional expresada por el Grupo de Minsk; […] y afectan negativamente las relaciones entre México y Armenia”. Quizá directamente la relación con Armenia sea irrelevante para México, pero se deben considerar otras cuestiones: es aliada de Rusia, en la ONU cada país es un voto (cuestión de importancia al negociar protocolos, tratados multilaterales, resoluciones, proponer candidaturas, etcétera), y la diáspora armenia en Estados Unidos tiene poderosos grupos de cabildeo.

Por el otro lado, México también quedó mal con Azerbaiyán, cuando debido a las protestas —correctas a mi parecer— de diversos líderes de opinión se tuvo que retirar la estatua de Heydar Aliyev de Paseo de la Reforma y la palabra “genocidio” del monumento a las víctimas de Jodyalí. Actualmente, el Gobierno del Distrito Federal busca salir del problema tratando de quedar bien —o no tan mal— con todos: entregó en comodato una casa de Las Lomas a la embajada azerbaiyana para que puedan instalar la estatua en un espacio privado y la usen como casa de cultura. Sin embargo, esta solución también ha enfrentado oposición del mismo grupo de intelectuales y del propio Congreso, puesto que la Comisión Permanente aprobó un punto de acuerdo para exhortar al gobierno capitalino a no entregar la casa.

Además, el gobierno azerbaiyano sí tomó ofensa de que la estatua se retirara. En noviembre de 2013, como consecuencia del retiro de la estatua, Ilgar Mukhtarov anunció que estaban congeladas inversiones “por 3800 millones de pesos en México” e incluso sugirió que podrían romper relaciones diplomáticas. En este sentido, el vocero del Ministerio de Relaciones Exteriores, Elman Abdullayev, dijo que “Azerbaiyán podría retirar sus inversiones y embajada de México.” Por su parte, Elnur Majidli, líder exiliado de la oposición azerbaiyana, también criticó la instalación de la estatua de Aliyev.

Aunque finalmente la amenaza azerbaiyana de romper relaciones no se hizo realidad, y las inversiones previstas por 3800 millones de pesos probablemente eran una exageración (equivale a 5.5% del PIB de Azerbaiyán), el altercado con ese Estado sí puede tener consecuencias. Por ejemplo, en el ámbito económico, Azerbaiyán dio a Serbia un crédito blando por 300 millones de euros para la construcción de carreteras, luego de que aceptaran colocar un monumento a Heydar Aliyev.

Además, mantienen muy buenas relaciones con Turquía —país al que México trata de acercarse— y el bloque antirruso de exrepúblicas soviéticas (los países bálticos y Ucrania). Asimismo, luego de 10 años de “diplomacia de caviar”, financiada con petrodólares, mantienen también buenas relaciones con otros países musulmanes y se han esforzado por acercarse a África y Latinoamérica: como prueba, la resolución 62/243 de la Asamblea General de la ONU fue aprobada.

Aunado a esto, por su posición geopolítica, Azerbaiyán tiene importancia para Estados Unidos y Europa. A Europa le interesa la producción de hidrocarburos de Azerbaiyán, en tanto que permitiría diversificar los países de origen de la energía (actualmente, Rusia provee 27% del gas y 32% del petróleo). El oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhán puede llevar a la costa turca un millón de barriles por día, 7% del consumo diario de la Unión Europea, y si prosperara el proyecto del gasoducto Nabucco, el gas que este transporte (producido en Azerbaiyán y Turkmenistán) podría cubrir entre 25% y 30% de las necesidades de la Unión Europea. Para Washington, Azerbaiyán representaría un aliado importante en la frontera rusa, aunque actualmente su influencia ahí es poca.

Ciertamente, las consecuencias de la relación de México con países tan lejanos son pocas, pero acciones descuidadas como esta dañan nuestro prestigio internacional y ponen obstáculos innecesarios en el camino para alcanzar nuestros objetivos de política exterior (al generar oposición en la ONU, por ejemplo). Comparto la opinión de Salvador Campos, exembajador mexicano en Turquía y Azerbaiyán, quien considera que la causa del problema entre México y Azerbaiyán fue que ni los legisladores ni el Gobierno del Distrito Federal consultaron a la Cancillería ante un tema por demás delicado. También culpo a la falta de pericia de los gobernadores y legisladores (así como de sus equipos) en temas de relaciones internacionales, puesto que en este caso se dejaron engañar y estuvieron dispuestos a arriesgar el prestigio internacional de México a cambio de viajes a Bakú, un poco de caviar y 7 millones de dólares para embellecer dos espacios urbanos, sin siquiera percatarse de las consecuencias hasta que fue demasiado tarde.

 

FRANCISCO SONÍ SOLCHAGA es licenciado en Relaciones Internacionales por el Colegio de México. Actualmente, trabaja en la Oficina de la Presidencia de la República. Sígalo en Twitter en @Pancho_Soni.

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3 Responses to México y su embrollo caucásico

  1. […] Сони Солчага в своей статье на сайте журнала «Foreign Affairs Latinoamerica» отмечает, что в октябре и декабре 2011 года парламент […]

  2. gustavo dice:

    Quisiera felicitar al redactor del artículo por el gran trabajo investigativo que seguramente ha conllevado. Pero ante todo saludar al pueblo mejicano por su honestidad y búsqueda de la verdad y justicia.
    La región en cuestión, Karagaj para los turcos y actualmente Artzaj, se rebeló luego de las matanzas y persecuciones de armenios que se hicieron más intensas en Bakú y se extendieron a todo el entonces Azerbaiján. Digo que se hicieron más intensas porque la limpieza étnica de armenios no se detuvo desde que dicho país fue creado en una mesa de negociaciones, entre el gobierno turco responsable del genocidio armenio y los soviéticos en 1922, sin participación armenia. Desde entonces se fue limpiando étnicamente a los armenios de territorios históricos como Nahichevan y otros sitios.
    Vale aclarar, por un cierto error en la nota, que el Azerbaiján iraní no tiene nada que ver en su posición geográfica o composición étnica con el Azerbaiján creado en el Cáucaso. Tanto es así que los propios iraníes se manifiestan contrarios a ese país. El Azerbaiján iraní, una provincia al norte pero bastante alejado del Cáucaso, si bien tiene una población de iraníes étnicos turquificados posee una población fundamentalmente armenia e iraní, algunos de los cuales son cristianos, otros musulmanes, y también muchos mazdeístas.

  3. […] Сони Солчага выступил в журнале «Foreign Affairs Latinoamerica» со статьей о том, почему нельзя ради икры помогать […]

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