Imperios modernos

27 octubre, 2019 • Artículos, Asuntos globales, Portada • Vistas: 31101

Nuevo número de Foreign Affairs Latinoamérica

 Jordi Bacaria Colom

Octubre 2019

FAL

“Imperios modernos” es el tema central de este número de Foreign Affairs Latinoamérica, coordinado por Rodrigo Chacón. Se trata de una monografía relevante por las connotaciones negativas asociadas a la palabra “imperio”, que por un tiempo pareció innecesaria por caduca y que en las décadas de 1980 y 1990 fue remplazada por “hegemonía”. Para Chacón, la crisis del orden internacional contemporáneo se puede resumir en el auge y el declive de dos conceptos fundamentales: imperio y sociedad civil. Desde el 11-S el concepto clave es el de imperio. El imperialismo caracteriza hoy no solo a las grandes potencias, sino también a las instituciones internacionales y el Derecho Internacional. En 2019, la referencia al imperialismo es esencial para cualquier examen serio del significado del liberalismo. Si un imperio actúa unilateralmente fuera de un orden de reglas e instituciones internacionales, entonces Estados Unidos se vuelve imperialista con George W. Bush y, más recientemente, con Donald Trump. Las potencias imperiales, ahora agrupadas en el G-8, ya no gobiernan formalmente la conducta de 120 excolonias, sino que lo hacen por medios como la ayuda económica (a cambio de una restructuración neoliberal), la manipulación del comercio, las sanciones, la dependencia por endeudamiento y la intervención militar. Las grandes potencias y sus corporaciones ejercen informalmente su poder mediante diversas coaliciones y desde las instituciones establecidas tras la Segunda Guerra Mundial. La definición de imperio podría incluir hoy a China, Estados Unidos, Rusia y la Unión Europea.

China es analizada por Ulises Granados. Actualmente, China desea expulsar a Estados Unidos de su zona de influencia y convertirse en hegemón político, económico y militar. Así, el crecimiento económico de China llevará inevitablemente a que Beijing trate de dominar Asia de la misma forma en que Washington domina el hemisferio occidental y a que aumenten las posibilidades de un conflicto con Estados Unidos, la tan citada trampa de Tucídides. Las interpretaciones en Occidente sobre el poder creciente de China están contrapuestas, pues unas proponen frenar su creciente expansión, mientras que otras ven el ascenso de China como el de una economía emergente más. Las interpretaciones chinas de su propia realidad internacional son muy peculiares. En una, China se consolidará como un hegemón de “autoridad humana”, si bien contrasta con las recientes actividades militares en su periferia. Otra, niega una posible hegemonía china en las relaciones internacionales y la emergencia de un imperio chino, y la tercera interpretación remite al concepto chino de “todo bajo el cielo”, que propone un mundo ordenado institucionalmente. Por ahora, parece obvio que la disputa comercial iniciada por Trump es por la supremacía tecnológica más que por un mundo de libre y justo comercio, porque Estados Unidos no está dispuesto a que China lo desplace en liderazgo militar.

Stéphan Sberro trata del regreso de los imperios del siglo XIX con el resurgimiento del Grupo de Visegrado (heredero del Imperio austro-húngaro), Turquía (heredera del Imperio otomano) y Rusia (heredera del zarismo y de la Unión Soviética), en el ámbito de Europa y el Medio Oriente. La reaparición del Imperio de los Habsburgo en el centro de Europa adopta la forma de la alianza de los cuatro países que formaron en 1991 el Grupo de Visegrado (Eslovaquia, Hungría, Polonia y República Checa), para defender sus intereses en las negociaciones de adhesión a la Unión Europea. Después de su adhesión en 2004, la alianza se transformó progresivamente en un grupo de presión que defiende otra visión de Europa, distinta a la del núcleo fundador francoalemán. En Turquía, al legado del Imperio otomano se le atribuyó un nombre técnico: el “neootomanismo”. En 2003, con la elección como Primer Ministro de Recep Tayyip Erdogan cambió el discurso anterior, menos orientado al antiguo imperio; sin embargo, la idea de aprovechar la narrativa neootomana para impulsar a Turquía como potencia regional y mundial no ha sido abandonada del todo. En Bosnia o en Catar, la diplomacia turca sigue promoviendo unas relaciones especiales basadas en un pasado y una cultura comunes y, particularmente, en un vínculo religioso. Los turcos también siguen tratando de influir en la solución de los complejísimos problemas de Libia y Siria. El declive del proyecto neootomano se debe a su naturaleza misma. El gobierno turco está solo y no puede contar con ninguno de los otros países que conformaban el Imperio otomano. En cuanto a Rusia, Putin se propuso restaurar su condición imperial por medio de una política articulada, declarada ya desde 2005. Como en el siglo XIX, la nueva Rusia imperial está preocupada por no quedar cercada. Ha visto con zozobra su expulsión casi total de los Balcanes y del Medio Oriente, y la ampliación continua de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) hasta sus fronteras, y las considera amenazas existenciales. El neoimperialismo ruso intenta, y a veces logra, favorecer a otros imperios que también desafían la hegemonía de Estados Unidos y las crecientes presiones de la Unión Europea, como los países de Visegrado o Turquía.

FAL-Boligán

Luis Herrán Ávila repasa las intervenciones de Estados Unidos en Latinoamérica a la luz de lo que diversos agentes reconocen como imperio. Los mecanismos de intervención estadounidense en Latinoamérica han sido variados y sus resultados, ambiguos. Lograron cierto consenso en el poder legislativo, pero en general fracasó su objetivo principal de provocar un cambio de régimen. En buena medida, esto puede deberse a una característica del intervencionismo que tiene hondas raíces históricas, y que consiste en usar la política exterior como instrumento de política interior. La injerencia en asuntos latinoamericanos no fue solo el ejercicio de poder imperial hacia afuera, sino también una forma de impulsar agendas internas relativas al supuesto papel de Estados Unidos como líder del “mundo libre”.

Considerar a la Unión Europea como un imperio puede resultar sorprendente si se tiene en cuenta su corta historia. Sin embargo, Gabriel Goodliffe destaca una visión de la Unión Europea como un condominio imperial alemán a raíz de la crisis de la eurozona, o bien como un imperio benigno, un “imperio no imperial” altruista que gobierna siguiendo los principios de reciprocidad, solidaridad y cooperación, según la descripción de algunos líderes europeos. Ambos puntos de vista comparten el concepto básico de la Unión Europea como un imperio, y así abordan el problema central de cómo gobernar un espacio geográfico único, pero socialmente diferente, que ha confrontado a los imperios a lo largo de la historia. Esta experiencia imperial benigna y pacífica encuentra su referente más cercano en el primer medio siglo de integración europea de la posguerra. Desde 1953, con la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, hasta el advenimiento del mercado único y el inicio de la unificación monetaria, este proyecto de integración coincidió con el periodo más largo de prosperidad económica y paz social y regional de Europa. Sin embargo, el liderazgo hegemónico alemán y las reacciones negativas que ha provocado en la Unión Europea plantean dudas sobre el futuro de la integración.

Joshua Simon relaciona el Derecho Internacional con el imperio y sitúa el inicio de esta relación en el descubrimiento del Nuevo Mundo y en las relaciones entre el derecho natural y el de las naciones. El derecho de las naciones justificaba el imperialismo europeo en el Nuevo Mundo. Así, los orígenes del Derecho Internacional radican en “el encuentro colonial”: el descubrimiento, la conquista, el asentamiento y el gobierno de América por las grandes potencias de Europa. La descolonización coincide con la institucionalización de la política internacional y suele considerarse como el fin de la estrecha asociación entre el Derecho Internacional y el imperio. Sin embargo, esta interpretación oscurece las maneras como las nuevas instituciones internacionales contribuyeron a preservar las desigualdades de riqueza y poder después de la descolonización formal. Por ejemplo, la Liga de las Naciones, la primera institución realmente internacional del mundo, vigilaba lo que para fines prácticos era un sistema de gobierno imperialista, ya que se encomendaba a las “naciones avanzadas” la administración de “las colonias y los territorios habitados por pueblos incapaces aún de encarar solos las condiciones extenuantes del mundo moderno”. También las instituciones creadas después de la Segunda Guerra Mundial, los tratados, los acuerdos y las convenciones, así como las leyes que apuntalan el sistema internacional institucionalizado, son universales en la forma pero dispares en el efecto. Actualmente, algunos gobiernos de derecha incumplen manifiestamente los principios del Derecho Internacional. Trump se niega a cumplir con los términos del Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular aprobado por la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas en 2018. En Italia, Matteo Salvini no permite que buques con migrantes rescatados en el mar atraquen en sus puertos, lo que constituye una violación de costumbres jurídicas internacionales que se remontan al jus gentium del siglo XVI.

En el contexto actual de los nuevos imperialismos, los imperialismos nostálgicos o las instituciones internacionales de origen y curso imperialista, tal como se explica en esta primera parte de la revista, retomamos las conclusiones de Simon. Los internacionalistas liberales tendrán que eliminar las características imperialistas del orden internacional que ellos construyeron y aún defienden, y reconocer que el universalismo oficial del Derecho Internacional no siempre produce en la práctica un mundo igualitario. Y los internacionalistas de izquierda deben admitir que el potencial del Derecho Internacional no se anula debido a su historia. Es posible un mejor mundo, pero debe construirse sobre los cimientos, y no las ruinas, del mundo en el que vivimos.

FAL-Darío Castillejos

En Diálogo Ñ, Dani Rodrik analiza las consecuencias de la globalización o la hiperglobalización a partir de sus causas y de una perspectiva crítica sobre las políticas que la han desencadenado. Rodrik advierte que, a pesar que no se puede regresar al sistema de Bretton Woods de tipos de cambio fijos ni al proteccionismo comercial desmedido, sí se pueden aprovechar las lecciones del antiguo sistema para concebir una globalización más sana. Para ello se requiere el apoyo popular basado en que los países apliquen las normas de la Organización Mundial del Comercio que permiten a los países ricos reconstituir los contratos sociales internos. Ello implica evitar la competencia desleal, cierto control de capitales, sobre todo a corto plazo, y liberar la movilidad laboral trasfronteriza, junto con políticas para compensar a los perdedores de la globalización.

Susan Lund, James Manyika y Michael Spence apuntan las ventajas de la globalización desde la perspectiva de los próximos ganadores y advierten que los países ricos eligieron un muy mal momento para cerrarse al comercio, la inversión y la inmigración, ya que ahora, cuando es el momento para aprovechar los beneficios de la globalización, con su proteccionismo van a provocar que todos pierdan. Con el requilibrio de la economía mundial después de la Gran Recesión, las economías emergentes generan la mayor parte de la demanda en el mundo. Además, debido al avance de las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial, también cambian los patrones de comercio. Al mismo tiempo que se desaceleró el comercio de mercancías, se incrementa el de servicios, sobre todo de bienes intangibles. Sin embargo, las mercancías todavía importan y los aranceles distorsionan sus precios. Por esto, los argumentos a favor del libre comercio siguen tan en boga como hace 3 décadas y así deberían seguir en beneficio de todos.

En la sección Mundo, Luis Estrada y Daniela Sánchez Herrera analizan las pautas y herramientas de comunicación de los líderes populistas americanos, con los antecedentes de Getúlio Vargas, Juan Domingo y Eva Perón, Hugo Chávez y Rafael Correa, y profundizan en los actuales, Trump, Jair Bolsonaro, Nayib Bukele y Andrés Manuel López Obrador. En el artículo se define el populismo como el movimiento político liderado por un personaje carismático, que defiende los derechos de la clase trabajadora, urbana y rural, frente a la élite gobernante. Los populistas utilizan herramientas de comunicación para difundir mensajes directos y básicos, con referencias históricas y un lenguaje sencillo.

Leonardo Curzio examina el cambio radical que se produjo en las relaciones entre Estados Unidos y México desde la llegada a la presidencia de Trump. Se ha pasado de ser socios que buscan soluciones conjuntas a los desafíos mundiales y regionales, a ser vecinos confrontados en muchos temas que determinan la convivencia cotidiana. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte ha sido ampliamente cuestionado y ha desembocado en la renegociación de un nuevo tratado comercial. En seguridad, aunque no había reglas ni tratados, existía un entendimiento de fondo para abordar los problemas, como la lucha contra el crimen organizado, el antiterrorismo, la cooperación en defensa y el aseguramiento del perímetro norteamericano. Ocurría lo mismo con la gestión de la frontera común. Con Trump, se ha pasado de ser socios con intereses convergentes a una nueva etapa en la cual los intereses de México son vistos como contrarios a las prioridades de la potencia. A Norteamérica le hace falta una nueva narrativa que México debe crear con una acción política decidida y una estrategia de comunicación coherente, que siente las bases de una política de Estado en comercio y movimientos migratorios. Hace falta un discurso o un artículo en el cual el Presidente defina con claridad su gran estrategia de política exterior. Hay que deslizar el argumento de que debilitar a un gobierno de izquierda moderada, sin tintes antiestadounidenses, como el de López Obrador, abriría la puerta a otras corrientes ultranacionalistas, globalifóbicas y antiyanquis, como ha ocurrido en varios países latinoamericanos. Hay que evitar, sobre todo, la venezolización de México, que sería catastrófica para la región.

Reuters-Callaghan O’Hare

Fabián Medina y Judith Arrieta presentan la posición de México a favor del desarme y la  paz mediante acuerdos con Estados Unidos para cerrar el flujo ilícito de armas. La proliferación de armas y municiones representa la amenaza más importante para la seguridad humana en la región. Pero para limitarlas, se requieren consensos entre los países productores (Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Ecuador, Estados Unidos y México), los importadores (primordialmente Brasil, Chile, Colombia, México, Panamá y Paraguay), los exportadores (con Brasil a la cabeza en América Latina y el Caribe) y los países de tránsito. Para reducir los niveles de violencia, los Congresos de Estados Unidos y México deben sostener un debate franco, constructivo y con visión regional sobre la prohibición y regulación de la venta, desvío y tráfico ilícito de armas de asalto. El control de las armas, exportaciones y transferencias debe estar a cargo de las autoridades, con el apoyo de las empresas privadas, y no de la delincuencia organizada trasnacional. El ataque terrorista de un estadounidense el 3 de agosto de 2019 en un centro comercial en El Paso, Texas, donde perdieron la vida ocho mexicanos de entre veintidós víctimas, es un claro ejemplo de la necesidad de controlar la posesión y el tráfico de armas.

Para Mira Rapp-Hooper y Rebecca Friedman Lissner, Estados Unidos no recuperará el papel de hegemón indiscutido cuando Trump deje la presidencia. La dominación reciente de Washington fue una anomalía histórica que descansaba en una rara combinación de condiciones favorables que simplemente ya no existen, entre ellas, una opinión pública nacional relativamente unificada y la falta de rivales serios en el exterior. Hoy, potencias rivales como China y Rusia participan en el orden liberal, aun cuando desafían abiertamente la primacía del liberalismo. Los avances tecnológicos en computación e inteligencia artificial les están dando a actores más débiles los medios para competir con Estados Unidos. La prioridad de Washington debe ser mantener la apertura internacional en vez de esforzarse por difundir los valores políticos y económicos liberales. Estados Unidos debería enfocarse en garantizar que todos los países sean libres de tomar decisiones independientes en lo político, económico y militar. Geopolíticamente, un compromiso con la apertura significa que Washington debe impedir que un adversario o bloque hegemónico delimite una zona de influencia en Asia o Europa. En vez de tratar de transformar el mundo según el ideario liberal, Estados Unidos debe priorizar la apertura y la independencia política. Los líderes estadounidenses deben reconocer esta verdad y ajustar su estrategia en consecuencia.

Kori Schake entra igualmente en el ámbito del gobierno de Trump y considera que su agresivo nacionalismo y su oposición al multilateralismo y a las instituciones internacionales son actos excesivos como replanteamiento fundamental de la estrategia estadounidense. También considera, como las autoras del artículo anterior, Rapp-Hooper y Friedman Lissner, que la hegemonía de Estados Unidos es una anomalía histórica. En política exterior, la pregunta sobre si los aliados de Estados Unidos hacen lo suficiente está mal planteada. La pregunta correcta es qué política se requiere para que hagan más. El gobierno de Trump cree que si Washington da un paso atrás, los aliados darán uno adelante. De hecho, cuando Estados Unidos retrocede, sus aliados retroceden aún más y sus adversarios avanzan, sobre todo China y Rusia. Los aliados no van a actuar exactamente como Washington quisiera. Sin embargo, si Estados de mentalidad similar asumieran el liderazgo, Estados Unidos ahorraría recursos y tendría aliados más responsables. Oponerse a las erráticas políticas del Presidente no es lo mismo que diseñar una política exterior sostenible después de su mandato.

Reuters-Marco Bello

La dimisión del gobernador de Puerto Rico Ricardo Rosselló en julio de 2019, ha vuelto a colocar a la isla en primer plano. Aunque este suceso ocurrió después de redactado el artículo de Antonio Weiss y Brad Setser, no es ajeno a lo que estos autores explican: la situación de abandono político y económico en que la mantiene Estados Unidos. Para que Washington siga siendo vocero de la democracia y la autodeterminación en el escenario internacional, debe acabar con su injusta relación colonial con Puerto Rico y con el dañino purgatorio que representa su estatus político, a pesar de la ciudadanía estadounidense de la que gozan los puertorriqueños. Para acabar con la relación colonial, los autores proponen una serie de medidas, que van desde el apoyo económico para hacer frente al déficit de infraestructuras, en parte consecuencia del huracán María en 2017, hasta una enmienda constitucional en Estados Unidos que otorgue a los puertorriqueños un estatus equiparable al de los demás estadounidenses, con derecho al autogobierno, la representación electoral en las elecciones presidenciales y un tratamiento igual en los programas de seguridad social. La segunda opción sería la independencia, aunque tiene sus costos y parece poco deseada en la isla, y la tercera, la incorporación como estado de la Unión. Cada opción plantea cuestiones económicas, culturales y constitucionales complejas que requieren una transición larga y que deben diseñarse junto con el pueblo puertorriqueño.

La reciente caída del PIB en Alemania resalta la importancia del análisis de Robert Kagan, quien, partiendo del histórico problema alemán y de su solución con la integración europea y la seguridad atlántica, remite al dilema actual de la falta de acción del país en contraposición con el protagonismo del pasado. Si los alemanes no se hubieran sentido vinculados a los ideales comunes al resto de Europa y Estados Unidos, habría sido imposible sumar su soberanía a la de otros por pertenecer a la nueva institución paneuropea, sobre todo en lo referente a cambiar el marco alemán por el euro y aceptar las restricciones que la membresía a la OTAN impuso a la independencia alemana. Cuatro elementos acabaron con la antigua cuestión alemana: la garantía de seguridad de Estados Unidos, el régimen de libre comercio internacional, la ola democrática y la supresión del nacionalismo, pero ahora están en el aire. En los años por venir, los alemanes quizá vivan en una Europa mayormente renacionalizada. En tales circunstancias, ¿podrán resistir un regreso al nacionalismo? La franca hostilidad del gobierno de Trump a la Unión Europea fomenta estas tendencias. En la pugna europea, que ha enfrentado a liberales con iliberales e internacionalistas con nacionalistas, los segundos han sido los favorecidos por Washington, que además se ha vuelto contra el régimen de libre comercio mundial que afianza la estabilidad política europea y alemana. El blanco específico del Presidente estadounidense es Alemania. Los efectos de más presiones y enfrentamientos serán una desaceleración de la economía alemana y, con ella, el regreso del nacionalismo resentido y la inestabilidad política. Hay que pensar en la Europa de la actualidad como una bomba sin explotar, pero con el detonador intacto y los explosivos todavía activos. Mientras, Trump es un niño con un martillo que la golpea alegre y despreocupado.

Brett McGurk, que participó en la respuesta internacional para derrotar al Estado Islámico, analiza la estrategia de Estados Unidos en Siria a raíz de la orden de Trump de retirar de todas las tropas, aunque posteriormente fue modificada. Los objetivos de prevenir un resurgimiento del Estado Islámico, controlar las ambiciones de Irán y Turquía, y negociar con Rusia un buen arreglo después de la guerra, dejan de ser viables si las fuerzas estadounidenses abandonan Siria. El autor, conocedor del terreno, explica claramente la complejidad de las relaciones entre los distintos actores que han combatido al Estado Islámico. El despliegue estadounidense en Siria posibilitó que Estados Unidos, hombro con hombro con Rusia, contuviera a Irán, refrenara a Turquía, mantuviera alineados a los Estados árabes y, lo más importante, impidiera un resurgimiento del Estado Islámico. Lo mejor que podría hacer Trump es cancelar su orden de retirada. Pero si la mantiene, Estados Unidos no puede suponer que dejar un puñado de soldados en Siria le evitará tener que reformular su estrategia. Washington debería alinear sus fines con sus ahora limitados medios y enfocarse en dos preocupaciones: un resurgimiento del Estado Islámico y cómo impedir una presencia militar reforzada de Irán que tal vez amenace a Israel.

Judd Devermont y Jon Temin presentan a cinco líderes que podrían transformar el África Subsahariana: João Lourenço de Angola, Abiy Ahmed Ali de Etiopía, Muhammadu Buhari de Nigeria, Félix Tshisekedi de la República Democrática del Congo y Cyril Ramaphosa de Sudáfrica. Cinco líderes comprometidos con los avances democráticos y la lucha contra la corrupción que cambian el signo que ha caracterizado a los gobiernos autoritarios de África durante mucho tiempo. Cinco países que suman casi la mitad de la población de África Subsahariana. Son cuatro de las cinco economías más grandes de la región y tienen a las fuerzas armadas más poderosas del continente. Los autores describen la situación y concluyen que en el camino al progreso democrático de estos países se encuentran dos grandes obstáculos. El primero es el estancamiento económico y el segundo es político. Los cinco caminan sobre la cuerda floja al intentar hacer reformas sin detonar una reacción violenta. Así como la situación en los Estados africanos más grandes puede cambiar el modo como la región trata con el resto del mundo, de eso también depende la manera como Estados Unidos se relaciona con la región, que hasta ahora ha consistido en no correr riesgos y en cuidar la estabilidad conservando las relaciones con socios predecibles.

JORDI BACARIA COLOM es Director de Foreign Affairs Latinoamérica. Sígalo en Twitter en @bacaria_jordi.

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5 Responses to Imperios modernos

  1. Pedro Moreno dice:

    Muy interesante.

  2. Pedro Moreno dice:

    Estoy sumamente complacido con tan rica información e indignado en algunos casos por el incremento del imperialismo inhumano.

  3. Pablo Tactuk dice:

    Sería interesante actualizar este análisis tomando en cuenta dos aspectos fundamentales: la pandemia (incluyendo la postpandemia) y la incidencia de los países que los analistas consideran imperios en el desarrollo económico y social de los países en vías de desarrollo. Esos dos aspectos son de importancia fundamental, pues nos permitirían ver un horizonte del peso positivo que podrían tener esos países real o potencialmente imperiales en la evolución del futuro cercano de la humanidad.

  4. Citlali dice:

    No da la información que yo quiero

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