El papado ya no será lo mismo

13 marzo, 2015 • Artículos, Asuntos globales, Portada, Regiones • Vistas: 4248

  • Notimex
    Notimex
  • Twitter de Andrés Beltramo
    Twitter de Andrés Beltramo
  • Notimex
    Notimex

Previo a su viaje a México, el papa Francisco dialogó con la sociedad mexicana en un ejercicio periodístico encabezado por Andrés Beltramo para Notimex en colaboración con el Centro Televisivo Vaticano.

avatarDefault Andrés Beltramo Álvarez

Marzo 2015

“Es claro que Francisco opera con principios de conducción destinados a recuperar el poder de decisión de la Iglesia imponiendo su agenda. Para ello va construyendo una relación particular con sus fieles, que impida interferencias en las líneas de comunicación y de mando. Es un conductor que transmite seguridad y confianza. Está en condiciones de convertirse en un ícono de alcance mundial.”

Hoy esas palabras parecen una obviedad, casi un lugar común. No lo eran en septiembre de 2013, apenas 6 meses después de la elección de Jorge Mario Bergoglio como vicario de Cristo. Sin embargo, para esa fecha, en Argentina ya existía quien aseguraba que la imprevista fama del Papa “venido del fin del mundo” no sería pasajera. Ni casual.

Aquellas proféticas consideraciones quedaron plasmadas en un informe secreto redactado entonces por un observador aparentemente marginal, un exmilitante peronista convertido, con los años, en un estudioso del pensamiento político y social originado por Juan Domingo Perón. El reporte, compilado por aquel hombre de 60 y tantos años, Norberto Monestés, se convirtió rápidamente en material de consumo de algunos círculos intelectuales católicos argentinos y, a finales de ese año, terminó en el escritorio del mismo Francisco, en El Vaticano.

Habían pasado pocos meses de la elección papal y la Iglesia católica parecía sacudida por un terremoto de alta intensidad cuyo epicentro estaba en Roma, pero sus réplicas se hacían sentir en los cinco continentes. En cuestión de días, el nuevo Pontífice fue capaz de modificar sensiblemente el clima de asedio mediático que envolvía a la Santa Sede. Atrás habían quedado los años de tensión que caracterizaron el papado de Benedicto XVI, opacado por varios escándalos, entre ellos el robo y la filtración a la prensa de documentos confidenciales del Papa, bautizado como “vatileaks”.

Los meses de “veneno” y acusaciones cruzadas en los palacios romanos precipitaron la dramática renuncia de Joseph Ratzinger, el 11 de febrero de 2013. Y en medio de la zozobra, nadie esperaba ver asomarse a un argentino a la Logia de las Bendiciones de la Basílica de San Pedro, tras la fumata blanca y el habemus papam.

La noche de aquel miércoles 13 de marzo, en la sala de prensa del Vaticano se percibía un sentimiento generalizado: por el cardenal elegido, por sus orígenes, por su primer mensaje al mundo y por su actitud, era claro que —con Francisco— se abría una nueva era para la Iglesia.

Aquel hombre de 76 años, casi un desconocido hasta entonces, no defraudó las expectativas y generó una inmediata respuesta popular. Según los datos oficiales de la Prefectura de la Casa Pontificia, en los primeros 10 meses de su pontificado 6 millones 623 mil feligreses asistieron a sus celebraciones en la Plaza de San Pedro. Y durante todo el 2014 fueron 5 millones 916 mil. Todo un récord. Pero los datos reales son mucho mayores, considerando que la oficina vaticana no incluyó en su contabilidad los datos de las visitas apostólicas, tanto dentro como fuera de Italia.

“Esa atracción no es ni mucho menos el resultado del carisma mediático de Francisco; hay algo mucho más profundo que él hace emerger de las necesidades y anhelos de las personas. Se derrumban muros de prejuicios y resistencias, se plantean preguntas y expectativas incluso en los que pensaban haber cerrado sus cuentas con la fe y con la Iglesia”, explicó hace unos días Guzmán Carriquiry, uruguayo, Secretario de la Pontificia Comisión para América Latina del Vaticano.

Un fenómeno fuera de lo ordinario, que los medios catalogaron como “efecto Francisco” y que el Papa supo capitalizar a la hora de afrontar los desafíos más delicados de su ministerio. Antes del cónclave los cardenales acordaron que, sea cual fuese el elegido, debía encarar una reforma profunda para la Curia Romana, el entramado de organismos que colaboran con el pontífice en el gobierno de la Iglesia.

Bergoglio respondió a las exigencias y puso las bases para una reforma encarada en dos carriles paralelos. Por un lado abrió un proceso de cambio en las estructuras vaticanas concretas y, por el otro, empujó con gestos, ejemplos y discursos incisivos, una verdadera “revolución cultural” para los católicos.

Archivo

Archivo

En el primero de los aspectos Francisco se movió con velocidad. A un mes de haber sido elegido, el Papa estableció un consejo de nueve cardenales encargados de asesorarle (C-9). A ellos les confió la tarea de realizar una gran consulta encaminada a recoger propuestas de modificación a la estructura vaticana. Asimismo conformó dos comisiones independientes: una para estudiar el futuro del Instituto para las Obras de Religión (IOR), conocido coloquialmente como “Banco Vaticano”, y la otra para analizar mejoras específicas en materia de administración financiera.

Los resultados no necesitaron tiempos bíblicos. Bergoglio decidió mantener en vida el IOR pero renovó toda su directiva. En apenas 6 meses cambió a los integrantes de su consejo cardenalicio de vigilancia y de su consejo de administración, designó nuevos director y vicedirector. Además dio la orden de negociar con las autoridades financieras italianas para acabar con el secreto bancario, aquella prerrogativa que en el pasado permitió escándalos vergonzosos. Al mismo tiempo determinó crear dos organismos clave: el Consejo y la Secretaría, ambos de Economía, nuevos ministerios que concentrarán los poderes de vigilancia sobre el uso de los recursos en la Santa Sede.

Con estas decisiones el Papa anticipó la gran reforma de la Curia Romana, en la cual sigue trabajando el C-9. Cada 2 o 3 meses el consejo se reúne con él y avanza en el estudio de un nuevo diseño del organigrama vaticano. Al final del proceso, que no será en 2015, se espera un significativo adelgazamiento de la burocracia. Porque para Francisco la Iglesia necesita pastores “con olor a oveja”, cercanos a la grey, y no funcionarios de una “aduana religiosa”, fiscales de la espiritualidad de la gente.

Por eso, él mismo aclaró que considera “secundaria” la reforma financiera y económica. Su obsesión es la otra, la “revolución de los corazones”. Y en eso ha empeñado todos sus talentos. Una revolución que empezó por él mismo. Con gran libertad. De ahí su opción de cambiar el apartamento pontificio en el Palacio Apostólico por la Casa Santa Marta, una austera residencia en la “periferia” del Vaticano. La determinación de usar sus zapatos negros, de viajar en autobús con los cardenales, de moverse en un automóvil utilitario sin blindaje, de embarcar en sus viajes apostólicos internacionales con un portafolios negro gastado y de haber reducido al mínimo su escolta personal.

Con estos gestos sencillos se ganó el consenso popular, pero también desató no pocas críticas. De hecho, a 2 años de pontificado, ya resulta evidente la existencia de un bloque “anti-Bergoglio”. Un frente internacional muy activo, aunque numéricamente menor en comparación con las multitudes que atrae Francisco.

“No hay que subestimar el desconcierto que provocan los que siembran confusión y división. En algunas ocasiones la espontaneidad y expresividad en las palabras del Papa pueden también jugar malas pasadas, manipuladas por la prensa que las maneja a su modo. Tal vez la providencia de Dios permite que a las persecuciones externas se sumen algunas internas, para moderar cualquier tentación de triunfalismo y recordar que la cruz es siempre una muestra de auténtica experiencia cristiana y de ministerio al servicio de Dios y del pueblo. En todo caso, el papa Francisco mira siempre más allá de los corrillos y pujas eclesiásticas, a veces nos ‘pega’ fuerte pero siempre nos abraza, sin miedo a nuestras fragilidades e infidelidades”, ilustró el ya citado Carriquiry.

Los detractores van desde cardenales incómodos por el rumbo del pontificado, funcionarios de la Curia vaticana molestos por recortes de privilegios, obispos que se sienten amenazados por el discurso tan directo de Francisco, asociaciones de fieles desconcertados porque el pontífice les exige constantemente que salgan de su “zona de confort” y grupos cultores de la tradición litúrgica del pasado, que ven en el Obispo de Roma a un enemigo jurado o, directamente, a un “papa hereje”.

Periodista Digital

Periodista Digital

Ninguna de estas críticas parecen hacer mella en Bergoglio. Hasta ahora no ha cambiado su modo de ejercer el ministerio papal. Pese a los errores cometidos, muchos de los cuales han pasado desapercibidos para una prensa proclive a “perdonarle” sus “autogoles”, como los suele llamar. Francisco no es perfecto, como no lo era Benedicto XVI. Pero su carisma y su capacidad de imponer la propia agenda en el circuito mediático lo han convertido en una figura comunicativa fuerte, respetada y admirada.

Esta es la razón de su éxito en la política internacional. “La gran autoridad moral del Papa viene de la atención popular que tiene. Esto no es fruto de poderes o propaganda, es fruto de su carisma. Los líderes mundiales no pueden ser indiferentes al hecho que el Papa se manifiesta como un personaje al cual los pueblos miran con esperanza, con confianza, como una persona creíble”, advirtió Federico Lombardi, portavoz vaticano.

Esa autoridad moral le permitió ser actor clave en el bloqueo a la invasión militar a Siria o mediador incondicional en el deshielo entre Cuba y Estados Unidos. Por esa misma autoridad fue recibido y escuchado en foros internacionales como el Parlamento Europeo, el Consejo de Europa y la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). Esa es la razón por la cual será el primer Papa en pronunciar un discurso en el parlamento estadounidense, en septiembre de 2015, además de dirigir un mensaje ante el pleno de la ONU en Nueva York.

Han pasado 24 meses desde aquella fumata blanca y la sorpresa del Papa argentino, pero bien podrían haber transcurrido 12 años… o 120, por el dinamismo imparable del pontificado. Al final de este primer tramo, una cosa es clara: es imposible etiquetar a Francisco. Él no ha querido ser el “Pontífice latinoamericano”. Ha procurado, por todos los medios, no privilegiar su origen geográfico. Por eso, en este 2015, visitará tres países de esa región (Paraguay, Bolivia y Ecuador), tras su paso por Brasil en 2013 para cumplir con una cita ya establecida por su antecesor.

Su propuesta es, en realidad, mundial. Sueña con una comunidad católica en camino, que asuma sus errores y sea valiente, capaz de cambiar “las estructuras caducas”, que acoja a todos con misericordia, en la cual los pobres sean los primeros, no como un discurso ideológico sino como una verdadera opción preferencial. Una Iglesia que sepa dar respuesta a los excluidos, a los desorientados, a los aislados y a quienes se sienten al margen de la sociedad. Que reconozca el papel a la mujer, como no ha ocurrido hasta ahora. Que pueda superar la “mundanidad espiritual”, el “espíritu de internas” y “las tentaciones más serias que ahogan el fervor y la audacia”, entre ellas “la conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre”.

He ahí el corazón de este pontificado. Un programa ambicioso, una “revolución” cuyo objetivo principal todavía no está cumplido. Ella será total si logra movilizar de verdad los corazones de la gente, ya tocados por una predicación simple y directa, llevada adelante desde hace 2 años.

Francisco llegó al Vaticano como un externo, ajeno a las intrigas del poder. Ha tenido la libertad suficiente como para plantear una reforma necesaria. La está llevando adelante, no sin dificultades. Pero mantiene el rumbo, con optimismo. Por los pasos dados y su perseverancia, no resulta exagerado afirmar que, después de él, el papado ya no será lo mismo.

ANDRES BELTRAMO ALVAREZ es corresponsal en el Vaticano de la agencia mexicana NOTIMEX y La Red AM910 de Buenos Aires. Escribe para el diario italiano La Stampa de Turín, en su sitio Vatican Insider y mantiene el blog Sacro&Profano. Es autor de De Benedicto a Francisco (2013), ¡Quiero lío! (2014) y La reforma en marcha (2015). Sígalo en Twitter en @sacroprofano.

Tags:, ,

3 Responses to El papado ya no será lo mismo

  1. […] Habían pasado pocos meses de la elección papal y la Iglesia católica parecía sacudida por un terremoto de alta intensidad cuyo epicentro estaba en Roma, pero sus réplicas se hacían sentir en los cinco continentes. En cuestión de días, el nuevo Pontífice fue capaz de modificar sensiblemente el clima de asedio mediático que envolvía a la Santa Sede. Atrás habían quedado los años de tensión que caracterizaron el papado de Benedicto XVI, opacado por varios escándalos, entre ellos el robo y la filtración a la prensa de documentos confidenciales del Papa, bautizado como “vatileaks”. SEGUIR LEYENDO […]

  2. […] Habían pasado pocos meses de la elección papal y la Iglesia católica parecía sacudida por un terremoto de alta intensidad cuyo epicentro estaba en Roma, pero sus réplicas se hacían sentir en los cinco continentes. En cuestión de días, el nuevo Pontífice fue capaz de modificar sensiblemente el clima de asedio mediático que envolvía a la Santa Sede. Atrás habían quedado los años de tensión que caracterizaron el papado de Benedicto XVI, opacado por varios escándalos, entre ellos el robo y la filtración a la prensa de documentos confidenciales del Papa, bautizado como “vatileaks”. SEGUIR LEYENDO […]

  3. […] es la única que ha traído el nuevo Papa a la barca de Pedro. En otros capítulos, así como en un artículo publicado en Foregin Affairs Latinoamérica con motivo del segundo aniversario del inicio del papado, Beltramo nos introduce al papel […]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cargando…