Las prioridades de Estados Unidos

23 Marzo, 2017 • Artículos, Norteamérica, Portada • Vistas: 3935

Reuters

 Jessica De Alba Ulloa

Marzo 2017

Una colaboración de la Facultad de Estudios Globales de la Universidad Anáhuac México

Los Principales Riesgos de 2017, documento escrito por Ian Bremer y Cliff Kupchan, de Eurasia Group, se titula La Recesión Geopolítica. En macroeconomía, recesión indica una disminución o pérdida generalizada de la actividad económica medida por el Producto Interno Bruto (PIB) durante un periodo prolongado de tiempo. En geopolítica, los autores argumentan que el mundo tendrá a un Estados Unidos desinteresado en asumir el liderazgo, que sus aliados tratarán de encontrar alternativas, que la errática política del gigante hará que los “enamigos” (del término frenemies) China y Rusia se sigan acercando entre sí, además de afirmarse como poderes alternos en su región. Lo anterior, se da en un contexto de protesta contra la globalización, como si fuera el mal responsable de todos los problemas, así como de movimientos catalogados como populistas que se presentan en el mundo (aunque Francis Fukuyama piense que son llamados así por las élites a las que incomodan). El más significativo es la elección de Donald Trump como presidente del país más poderoso del mundo. Make America great again significa una política exterior que, según Bremer y Kupchan, acabará con 70 años de Pax Americana, donde se ligaba a la globalización con la americanización y donde la hegemonía en seguridad, comercio y promoción de valores representaba un terreno fértil para la economía global.

La recesión geopolítica supondría que Estados Unidos abandone su rol en el mundo para concentrarse en sus asuntos. Sin embargo, una lectura apresurada daría la impresión incorrecta de regreso al aislacionismo, que caracterizó la política exterior estadounidense a principios del siglo XX. Se recordará que el mensaje de Trump durante su campaña, así como el del Partido Republicano durante todo el periodo presidencial de Obama, fue la recriminación de la pérdida de liderazgo de Estados Unidos, derivada de sus decisiones en política exterior. Adicionalmente, el retiro de Irak, que dejó un vacío que rápidamente llenaron radicalismos, dejó insatisfechas a unas fuerzas armadas que dieron la vida por un proyecto que, si bien empezó mal, terminó peor. Lo anterior, no solo por la impavidez con la que se presenciaron decapitaciones o el uso de armas químicas contra la población civil, sino por su contribución a una de las peores crisis de refugiados de los últimos tiempos.

Si bien es cierto que Trump no tiene dentro de sus planes proponer soluciones para el mundo entero, tampoco optará por una postura aislacionista. Su estrategia será proyectar el poderío estadounidense de acuerdo con sus propios intereses y no con los de los demás. Es decir, más al estilo unilateral, algo que tampoco es nuevo en su política. Lo han hecho demócratas y republicanos. No es una cuestión de partidos, sino de sentido común y de saber leer el realismo que, se quiera o no, impera en el mundo.

Las diferentes ideologías

Sin embargo, el tema no es blanco y negro. Se encontrarán muchos tonos de gris en el medio. Por ello, hay que apuntar a un análisis detallado de las diversas ideologías en juego. En el último número de Foreign Affairs, Walter Russell Mead desarrolla un análisis particularmente fino que permite observar las grandes diferencias y acomodar cada una en su lugar. Primero, distingue entre las posturas de los “hamiltonianos”, cercanos a los “wilsionianos” posteriores a la Segunda Guerra Mundial, que consideraban que el interés de Estados Unidos era remplazar al Reino Unido en el orden mundial, utilizando valores como la democracia y las instituciones internacionales. La otra variante son los neoconservadores, que también apoyan una agenda liberal, pero de manera unilateral. Mismo objetivo, no necesariamente mismos medios. Pero al parecer en este gobierno no hay muchos que pertenezcan a esta corriente.

Getty Images

Mead continúa con la explicación de las posturas y menciona al otro bando: a los “jeffersonianos” y a los “jacksonianos”, que caracterizaron la política exterior de Estados Unidos desde la independencia de las trece colonias hasta la Segunda Guerra Mundial. De acuerdo con Meade, el primer grupo se acercaría a los realistas y a la ideología libertaria. Su percepción sobre los realistas es altamente debatible. Pero la postura libertaria se explica perfectamente. Un magnífico ejemplo fue el candidato presidencial Gary Johnson, quien no sabía qué era Aleppo cuando Siria vivía una de sus peores crisis, derivada de su conflicto interno y la violencia del Estado Islámico. Si el tema no estaba entre las preocupaciones del entonces presidente Obama, no tenía por qué estarlo en las de un candidato cuya ideología presiona para una total concentración de los recursos del Estado para su población y para avanzar los intereses del país de la manera más económica posible. Dentro de las propuestas de los jeffersonianos está limitar el gasto militar y hacerlo más eficiente, restringir el gasto en defensa en apoyo de otros países, llevar a cabo políticas pragmáticas con Estados considerados problemáticos (como Rusia, con el que se considera debe haber compromisos con la fuerza necesaria para desincentivar comportamientos ofensivos y evitar un aumento en sus capacidades). En suma, un repliegue al exterior y una concentración en asuntos internos.

Las posturas de Trump durante la campaña y en las primeras semanas de gobierno tienen bastante parecido con esta ideología. Sin embargo, se ha demostrado que la retórica no siempre acompaña a la práctica. Para muestra, Japón y el llamado Estado Islámico. Como candidato, Trump reiteró que los aliados de Estados Unidos debían pagar por su propia seguridad y que las alianzas deberían tener solamente un componente transaccional o, de lo contrario, no tendrían razón de ser. No obstante, como presidente ha recibido al primer ministro japonés Shinzo Abe y ha refrendado el respaldo de Estados Unidos ante las amenazas en la región por parte de Corea del Norte, que insiste en desarrollar y lanzar misiles cada vez con mayor alcance. Los jeffersonianos argumentarían que Japón es el mayor beneficiario de la cooperación estadounidense en materia de defensa y al mismo tiempo, el país más capaz de defenderse a sí mismo. Tiene en su arsenal el mejor equipo comprado a Estados Unidos y cuenta con industrias de defensa que producen equipamiento de punta. Por otro lado, el Estado Islámico no significa una amenaza directa a la seguridad de Estados Unidos. No obstante, hay un compromiso de enviar tropas en apoyo que tendrían base en Kuwait, listas para desplegarse en Irak y la parte de Siria controlada por los terroristas.

 

AFP

Regresando a Mead, la explicación e ideología en la que clasifica al presidente y a sus seguidores es el nacionalismo populista jacksoniano, que entiende la excepcionalidad de Estados Unidos no como una función del atractivo universal de sus ideas ni de su vocación única para transformar el mundo, sino como una excepcionalidad que se arraiga en el compromiso del Estado con la igualdad y la dignidad de sus propios ciudadanos. Ya muchos analistas han referido el triunfo de Trump a factores como la pérdida de empleos y de oportunidades económicas, la falta de movilidad social, el estancamiento de los salarios y el aumento en el consumo de drogas que se ha extendido fuera de las llamadas ciudades del interior (inner cities), pobladas en su mayoría por afroamericanos, hacia estados blancos y rurales, como New Hampshire, con el consecuente aumento en la violencia. Efectivamente, como en todas las elecciones anteriores, el factor económico fue primordial. Sin embargo, igual de importantes fueron los factores culturales y de identidad, que históricamente han jugado un papel primordial en la política de Estados Unidos. Trump fue el candidato que respondía directamente a estos sentimientos de inseguridad acerca del futuro de esta parte de la población. En un sondeo de la Quinnipiac University de abril de 2016, el 80% de los seguidores de Trump sentía que el gobierno estaba yendo demasiado lejos en asistir a grupos minoritarios y el 85% estuvo de acuerdo en que Estados Unidos ha perdido su identidad. Estos grupos ven su defensa como moralmente plausible, en detrimento de lo que ello puede significar para la política exterior.

La realidad de política exterior y Estados Unidos

Habrá que ver en la realidad cómo se desarrollan estos temas y lo que finalmente se convertirá en la prioridad de Estados Unidos. Donald Trump tiene que responder a su electorado y, por ello, en la superficie ha iniciado la política de construcción de un muro en la frontera sur, aunque ha moderado su postura sobre una posible reforma migratoria y sobre la expulsión de migrantes indocumentados. También se retractó sobre la ruptura de la política de “una sola China”, aunque la retórica en contra de las acciones chinas en la región y en materia económica sigue siendo de confrontación. Y no se sabe si el cambio de embajada de Tel Aviv a Jerusalén se materialice. Lo que más preocupa a los europeos es que en un inicio llamó obsoleta a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Ahora ya no la cataloga como tal, pero sigue insistiendo en que los aliados deben contribuir más al presupuesto y a que se realicen operaciones encaminadas al combate al terrorismo y al apoyo de Estados fallidos. Cabe señalar que solamente Estados Unidos, Estonia, Grecia, Polonia y el Reino Unido cumplen o exceden la aportación de 2% del PIB a la organización, según cifras de la OTAN de 2016.

Aun así, hay inercias que pueden dificultar un cambio pronunciado. No se sabe bien hasta dónde se materialicen las prioridades relacionadas al Make America great again: de reducción de la ayuda externa, de empuje a los aliados para que paguen por su seguridad y de cambio sustancial en la política militar contra el Estado Islámico. Ahora bien, que ello llegue a implicar una pérdida del poder e influencia estadounidenses ningún gobierno permitirá, pese al discurso propagado. No se consentirá que Indonesia, Myanmar, Singapur y Vietnam decidan —ante un real desinterés de Estados Unidos— ceder ante China, ni que los pocos Estados europeos al límite del área de influencia de Occidente volteen finalmente hacia Rusia. Tampoco se permitirá que Medio Oriente, especialmente las monarquías del Golfo, decida negociar de manera subrepticia con Irán. ¿Latinoamérica? no hay muchas opciones.

JESSICA DE ALBA ULLOA es investigadora de la Facultad de Estudios Globales en la Universidad Anáhuac México. Pertenece al Sistema Nacional de Investigadores, nivel 1. Es Fullbright Alumna y O’Gorman Fellow-Columbia University, así como coeditora del Compendium Project (International Studies Association). Además, es coordinadora del Comité de Política Exterior de la Asociación Mexicana de Estudios Internacionales. Es coordinadora de Libia: el final de la primavera. El conflicto libio analizado por las teorías de Relaciones Internacionales. Es internacionalista por la Universidad de las Américas, en México, maestra en Diplomacia y Organizaciones Internacionales y doctora en Ciencias Políticas por la Universidad de París XI. Sígala en Twitter en @JessicaDeAlbaU.

 

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One Response to Las prioridades de Estados Unidos

  1. Interesante analogía geopolítica. Felicidades.

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