La propaganda del Vaticano

8 octubre, 2015 • Artículos, Asuntos globales, Latinoamérica, Portada • Vistas: 2527

De cómo inventó la diplomacia pública y el poder suave

Z3 News

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avatarDefault F. Alejandro Pedraza Cortés

Octubre 2015

En el mundo contemporáneo la diplomacia pública es una de las estrategias prioritarias en el diseño de política exterior. Se caracteriza por un amplio abanico de herramientas y es implementada en un sinfín de ámbitos, incluso ahí donde no la detectamos. Puede ser la raison d’etre no declarada de un proyecto de cooperación para el desarrollo o una invitación abierta al público internacional para entender las acciones de un gobierno en materia de seguridad. En la medida en que los ciudadanos han dejado de depender de los canales gubernamentales y de los medios locales para formarse una opinión sobre los gobiernos de otros países o sobre problemas internacionales, la diplomacia pública de un gobierno extranjero puede hacer llegar mensajes directamente a dichos ciudadanos y modelar sus opiniones.

La diplomacia pública es más visible en nuestros tiempos de intensos flujos de comunicación. Su presencia se adivina en la operación constante de portales de noticias vinculados a gobiernos nacionales como Russia Today o TeleSur, en la diversificación de identidades vinculadas a la cultura de masas y al comercio −como lo han hecho Corea del Sur y Japón−, en la predominancia global de la ciencia y el pensamiento anglosajón −16 de las 20 mejores universidades del mundo son inglesas o estadounidenses− o en el prestigio que las creaciones artísticas y culturales confieren a un país como Francia y México. De acuerdo a Nicholas Cull, la diplomacia pública cuenta entre sus herramientas con la diplomacia cultural, con los medios de comunicación, con los intercambios académicos, probablemente con la cooperación internacional y con el monitoreo de la opinión pública.

La propagación de ideas siempre ha estado íntimamente relacionada con el ejercicio del poder y con el diálogo, lo cual hace de la propaganda un recurso valioso para todos los gobiernos. Por esto es que Joseph Goebbels, Ministro de Propaganda del Tercer Reich, dijo que el propagandista se caracteriza por conocer las almas de los hombres. La propaganda nos ha heredado instituciones preciosas para el diálogo científico e intercultural contemporáneo como la BBC, las becas Fullbright o el Congreso por la Libertad de la Cultura. Sin embargo, también ha sido materia de reflexión su capacidad, como comunicación de masas, de manipular a la opinión pública. Por todos estos motivos, la diplomacia pública es, en esencia, propaganda.

En este sentido, la propaganda es históricamente un término inseparable de la historia de la Iglesia católica. Comenzó a utilizarse para referirse a la urgencia de propagar la fe católica ante la reforma protestante y, en 1622, el papa Gregorio XVI decretó la creación de la Sacra Congregatio de Propaganda Fide (Sagrada Congregación para la Propagación de la Fe). Si bien en un principio la propaganda se refería a la organización encargada de evangelizar, con el tiempo se aplicó para designar a la doctrina y actualmente la entendemos como los métodos para diseminar un mensaje.

Debido a su compleja historia hay múltiples usos, cuando decimos que podemos ver un ejercicio magistral de propaganda en la visita que realizó el papa Francisco a Cuba en septiembre de 2015, no empleamos de forma acusatoria el término. El Papá promovió la fe católica, la apertura política del régimen cubano y el fin del embargo estadounidense. El pontífice promovió ideas, pero también nos dio una lección en materia de propaganda por medio de sus métodos.

La política exterior del Vaticano

Getty Images

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Una primera pregunta para el internacionalista es si la política exterior del Vaticano puede consistir en algo más que propaganda. La pregunta es pertinente cuando consideramos que el Vaticano, en tanto Estado, es una anomalía no solo por su extensión territorial, sino también porque carece de ciudadanos y de un ejército regular. Tal vez se pueda afirmar que es un actor internacional que carece de capacidades coercitivas y su poder no es duro. Un argumento opuesto es que sus capacidades financieras le dotan de la capacidad para presionar a otros Estados. De ser así, ya sea por la seducción de su mensaje o por su peso en las finanzas mundiales, Joseph Nye Jr. nos diría que no hay un smart power vaticano, pues este es la combinación de los poderes suave y duro. En ausencia de fuerza, ¿qué es la política exterior del Vaticano sino una política basada en el poder de las ideas? El poder del Vaticano reside, pues, en “los corazones y en las mentes”, frase muy manida en los textos de diplomacia pública. Sería interesante aplicar, también, el concepto europeo de poder normativo —en 2008 Zaki Laïdi publicó Norms Over Force, un magnífico libro sobre este tema— para ver si se ajusta al caso vaticano.

La política exterior del Vaticano siempre ha sido intensa. Como actor predominante en la política europea previa a la modernidad, el Vaticano se involucró en las guerras, las intrigas internacionales y las finanzas. En la actualidad, su acción internacional se caracteriza por la mediación, la promoción de la paz y por defender la libertad de los pueblos. El Vaticano tiene destacados a miembros del clero de distintos rangos en todo el mundo, además de este contacto permanente con la población de otros Estados, está representado formalmente ante los Estados con los que tiene relaciones diplomáticas formales por medio de las nunciaturas apostólicas.

Sin embargo, el Vaticano es un poder internacional y el ejercicio de dicho poder no siempre sirve a las mejores causas. En muchos sistemas políticos, las fuerzas políticas más conservadoras y represivas han sido aliadas de la Iglesia católica para la preservación del status quo o para el derrocamiento de gobiernos progresistas elegidos popularmente. En Latinoamérica, esta posición es visible en los casos de Chile, El Salvador y Nicaragua. En comparación, tal vez solo en breves periodos, Estados Unidos ha gozado del poder de injerencia en asuntos internos de otros Estados como para competir con el Vaticano. Actualmente, el catolicismo es practicado por más de 1000 millones de personas en todo el mundo, de los cuales el 40% se encuentran en América Latina; si tomamos en cuenta todo el continente, casi la mitad de todos los católicos del mundo son americanos. La presencia mundial del catolicismo da un poder internacional sin par al Vaticano, incluso considerando que en Asia solo el 3.3% de los habitantes como creyentes, o en el Medio Oriente, el 1.1%.

La fe católica ha visto crecer el número de creyentes en el sur del planeta, conforme las sociedades desarrolladas, principalmente de los países de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), se alejan de su credo. En consecuencia, se ha notado un cambio en sus posturas hacia temas importantes para los países en vías de desarrollo, tales como la promoción de los derechos humanos o las críticas a la economía de mercado. En otros temas, el Vaticano sigue siendo una de las fuerzas más conservadoras a nivel mundial.

Con la globalización de los medios de comunicación, las posiciones vaticanas en materia de política internacional se dirigieron no solo a los Jefes de Estado, sino que, de manera preponderante, se integraron como parte del apostolado. Desde este punto de vista, todo miembro del clero es un agente de la diplomacia pública de la Santa Sede. Por el contrario, la diplomacia más tradicional se encarga a un cuerpo más pequeño, denominado nunciatura. La figura del Papa es sumamente interesante en este sentido: en la política exterior vaticana, el Papa es el Jefe de Estado, el portavoz y el mensaje.

Una breve revisión de las posturas internacionales de la Santa Sede pone de relieve el peso y las estrategias en la participación en la política internacional. Juan Pablo II se involucró activamente en promover el fin del régimen socialista en su natal Polonia, incluso por medio del financiamiento del movimiento Solidaridad, de Lech Walesa. Wojtyla también se involucró en la condena del régimen del apartheid en Sudáfrica, tanto como de la Guerra de Irak. Por otra parte, Benedicto XVI criticó abiertamente el impacto social del libre mercado al crear condiciones de mayor pobreza y concentración de la riqueza. Joseph Ratzinger también fue el primer Papa en denunciar los estragos sobre medio ambiente, especialmente con respecto al cambio climático.

Actualmente, Francisco continúa con esa línea discursiva, pero además se pronuncia enérgicamente en las crisis internacionales de la coyuntura actual. Ha hecho llamamientos a la paz y el compromiso internacional en Siria, donde es una de las voces más potentes en pedir ayuda para sus refugiados. El Vaticano fue una de las partes que presionó a Irán para cesar su programa nuclear y llegar a un tratado en la materia. Con respecto a Turquía —la cual se debate entre el laicismo kemalista y la línea mulsulmana de Erdogan— ha sido el único líder internacional que explícitamente ha denunciado el genocidio armenio.

El establecimiento de relaciones entre Cuba y la Santa Sede

ABC

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La historia reciente de las relaciones entre Cuba y la Santa Sede tiene como un antecedente importante la reforma al artículo 8 de la Constitución cubana en 1992, en la cual el Estado cubano dejó de autodenominarse “ateo”. El nuevo Estado cubano, ahora “laico”, también confirmó la libertad religiosa. Como signo de apertura, contribuyó a que Juan Pablo II visitara la isla en 1998. Pocos países han sido visitados por los tres papas más recientes; en 2012 Benedicto XVI visitó la isla y en septiembre de 2015, fue el turno de Francisco.

Por parte de la Santa Sede ha habido continuidad en la postura y el mensaje de los tres papas con respecto al régimen cubano. Antes de ser nombrado Arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio escribió un libro titulado Diálogos entre Juan Pablo II y Fidel Castro. En él compila los discursos y defiende el papel de la iglesia en Cuba. Otro tema importante establecido en la visita de Juan Pablo II de 1998 fue la denuncia el embargo estadounidense. Bergoglio reflexiona que el diálogo fue una premisa importante en el papado de Karol Wojtyla, pues se trató de un diálogo que libera y lleva a la reconversión. En el texto se da cuenta de las críticas que Fidel Castro dirigió hacia la historia de la Iglesia, pero recalcó las similitudes entre la fe en los ideales revolucionarios y los católicos, pues ambos se ganan con penurias y mártires.

Según Bergoglio, Juan Pablo II no buscó desestabilizar al régimen, sino que su propósito se centró en plantar la semilla de las relaciones oficiales y de la unión entre los católicos. Su frase emblemática en dicha visita fue: “Cuba debe abrirse al mundo y el mundo debe abrirse a Cuba”. Con la visita de Juan Pablo II se aseguraron algunas libertades básicas para los católicos cubanos, entre las que destaca la tolerancia a la celebración de la Navidad y del Viernes Santo. A Juan Pablo II le preocupaba el estatus de la religión en el entorno social cubano, principalmente la santería. Un mensaje importante de su gira cubana consistió en hacer alusiones al respecto, recomendando que no se confundiera el sincretismo cultural con la religión. Por su parte, Benedicto XVI visitó la isla en 2012. En ella, no hizo alusiones directas al régimen de Castro sino que enfatizó la importancia del levantamiento del embargo.

La política exterior de Francisco I hacia Cuba

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Tal vez en el presente las relaciones entre Cuba y la Santa Sede se encuentren en su punto más alto de toda la historia, sobre todo si consideramos que Francisco I medió en las pláticas para el restablecimiento de relaciones entre Estados Unidos y la isla. El prestigio del pontífice es evidente pues, cuando Raúl Castro visitó el Vaticano en mayo de 2015, hizo un reconocimiento público a Francisco I por esta labor.

Es probable que este proceso hubiera sido más lento e incompleto sin la participación del Jefe de Estado vaticano porque durante las negociaciones entre Estados Unidos y Cuba, que se desarrollaron en Canadá desde junio de 2013, el Papa se mantuvo activo en los intercambios epistolares con Obama y Castro. El punto culminante de la operación mediadora papal fue la organización de una cumbre secreta en el Vaticano que ayudó a resolver el tema más delicado que impedía el avance de las conversaciones: la liberación de Alan Gross, acusado de espionaje. Con la activa diplomacia de Francisco I llegó a su fin el periodo de 53 años en que no existieron relaciones diplomáticas entre los dos países, por lo que su deuda con Francisco I es grande.

En la visita de Francisco I, el discurso de bienvenida de Castro se centró en la condena del embargo y en el desalojo de Guantánamo. Por su parte, Francisco I agradeció la visita a los hermanos Castro y habló de paz y de reconciliación citando a José Martí, quien, dijo, se oponía a las dinastías. Fuera de eso, no hubo ningún otro mensaje político en el resto de la visita, ni reuniones con disidentes del régimen como las Damas de Blanco. A pesar de la opinión general, Francisco I no se define como de izquierda, sino que recalca apegarse a la Doctrina Social de la Iglesia

En el aspecto mediático, la diplomacia de Francisco I ha sido exitosa. Raúl Castro declaró que el pontífice lo impresionó tanto que ha considerado regresar al catolicismo (los hermanos Castro estudiaron en colegios jesuitas). La visita papal también sirvió para la liberación − previamente a la visita − de 3522 presos, aunque ninguno era preso político.

La relación con el Vaticano es altamente redituable para Cuba por razones internas. Por un lado, Cuba necesita evitar el avance de las iglesias evangélicas, puesto que tiene el porcentaje más pequeño de católicos en todo el continente: tan solo 27% de su población. Aunado a esto, la expansión evangelista en la isla se beneficia de no necesitar una gran infraestructura, mientras que no existen iglesias católicas suficientes en las 11 demarcaciones políticas de la isla y construirlas tomará tiempo. Además, la juventud practica otra creencia, el castrismo, por lo que −como se ha visto en las visitas papales a Cuba− el catolicismo ha apelado sobre todo a los mayores.

Conclusiones

 El Vaticano es muy activo en la política internacional y la diplomacia pública vaticana es la rama más visible de su política exterior. Sin embargo, esto no es sinónimo de eficacia, pues los mensajes no siempre son suficientes para cambiar el curso de las tendencias históricas o para alterar el proceso de toma de decisiones de los líderes mundiales. Un ejemplo de esto lo encontramos en 2014, cuando Francisco I logró unir en la oración a Shimon Peres y a Mahmoud Abbas. La imagen fue esperanzadora y constituyó un éxito mediático, pero una semana después se reestablecieron las agresiones entre Israel y Palestina.

Con respecto a la diplomacia pública, el regreso a los orígenes de la propaganda por parte de Francisco I y sus predecesores es algo bueno. En primer lugar, en lo que respecta a Cuba, se avanza en el ejercicio de libertades religiosas, las cuales solo se pueden garantizar en un entorno democrático. En segundo lugar, la unidad de las comunidades católicas en Cuba también tendrá efectos en la posibilidad de articular el disenso y el debate político, a la vez que se dota de cohesión, solidaridad y organización social para los problemas comunitarios que no son de índole política. También se abre la puerta para que comunidades católicas extranjeras se involucren en materia de desarrollo social, por lo menos en cuanto a su financiamiento.

Al gobierno cubano le conviene esto porque tiene importantes preocupaciones por la alta penetración de otras iglesias, más arraigadas en la vida colectiva norteamericana mientras que el catolicismo se arraiga en Latinoamérica. Además, como lo señaló el papa Juan Pablo II, el catolicismo se encuentra presente en el pensamiento de José Martí y es compatible con el discurso de líderes latinoamericanos de izquierda como el del difunto Hugo Chávez.

El mensaje del Vaticano es propaganda en un sentido de propagación de la fe. En el discurso de los últimos tres pontífices no ha existido el uso de narrativas maestras que reduzcan los conflictos a la fórmula de un problema con un villano que afecta a determinada víctima, como resultado de la cual, sólo existe una solución. A su vez, no ha dependido solo de la difusión unilateral del emisor, sino que es replicada, retransmitida y construida de manera colaborativa por los católicos de todo el mundo. Pese a que el mensaje religioso del Vaticano sigue siendo restrictivo en materia de libertades reproductivas y de diversidad sexual, lo cierto es que, con respecto a los problemas internacionales contemporáneos, el Vaticano se sitúa a la vanguardia.

ALEJANDRO PEDRAZA CORTÉS es profesor del Centro de Relaciones Internacionales de la UNAM, donde imparte asignaturas sobre cultura y diplomacia pública. Fue editor de la Revista de Relaciones Internacionales de la UNAM. Actualmente se desempeña como Secretario de Investigación en el Centro de Relaciones Internacionales de la UNAM.

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