Trata y migración en Centroamérica

6 Febrero, 2017 • Artículos, Latinoamérica, Portada • Vistas: 3141

Los problemas persistentes

EFE

 José Daniel Rodríguez

Enero 2017

En la actualidad, como en ningún otro momento de la historia, el fenómeno migratorio se ha colocado en la agenda política, mediática y pública de forma prácticamente permanente. Esto está relacionado con el actual volumen migratorio. De acuerdo con la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), se estima que en el mundo hay 232 millones de migrantes internacionales y 740 millones de migrantes internos, una cantidad nunca antes vista.

Estos números se deben analizar desde el actual contexto, en el cual la liberalización de las economías y la búsqueda de una reducción radical del Estado ha significado un duro golpe para los países en vías de desarrollo y, consecuentemente, para sus poblaciones. Esto es una derivación de lo que otrora fue la promesa del neoliberalismo. Así también, otra eterna promesa, la de la globalización, ha sido un vehículo importante para los modelos económicos que imperan en Occidente, aquellos que enfilan a las economías locales y convencen a las clases políticas de los países más débiles a favorecer con las mayores ventajas a quienes prometen traer consigo mayores niveles de desarrollo.

Es a partir de estas condiciones que las clases sociales más bajas —las que históricamente han resentido con más fuerza los vaivenes de los cambios en la dirección de las políticas económicas y sus consecuencias— se ven obligadas a buscar formas para sobrevivir y hacerle frente a tales efectos. De éstos, uno de los más comunes es la migración, tanto a nivel interno como externo.

Estos procesos económicos desafían a las personas y los grupos sociales. Quienes no pueden adecuarse e incluirse de manera exitosa a las formas y los contenidos de estos modelos, son excluidos. Incluso, se les puede negar los derechos más básicos, como el derecho a la alimentación o el derecho al trabajo. Así, las migraciones internacionales van de la mano de estos procesos de exclusión, marcándose con fuerza en países con altos niveles de desigualdad.

Centroamérica: una situación crítica y la migración como solución

En muchos casos, partir a un país diferente al de origen es la única solución que encuentran millones de personas marginadas para poder subsanar las necesidades del día a día. Esta es una solución común en gran parte de Centroamérica.

Aunque cambios recientes suponen excepciones a la regla, la situación económica centroamericana ha sido históricamente difícil. De hecho, Centroamérica es, efectivamente, la región más desigual del mundo; es decir, la brecha entre ricos y pobres es más pronunciada que en cualquier otra región del planeta.

Otra característica que ha prevalecido, y afecta todos los demás ámbitos, es la inestabilidad política. Apenas pasados 20 años de la consolidación de los acuerdos de paz que pusieron fin a las guerras civiles en la región —específicamente en Guatemala, Nicaragua y El Salvador—, ha habido un repunte de casos en los cuales la inestabilidad política no ha dejado de ser noticia. Un golpe de Estado a Manuel Mel Zelaya, presidente hondureño, en 2009, o el reciente triunfo electoral de Daniel Ortega, a costa del práctico veto a la oposición, son dos ejemplos de una inestabilidad que, en términos generales, nunca ha dejado de ser.

Reuters

Pero los aspectos económicos y políticos no son, desafortunadamente, lo único que afecta negativamente la región y lleva a su gente a migrar. La posición geográfica del istmo centroamericano le convierte en un puente importante para el tráfico de drogas desde el sur, con el norte del continente americano y Europa —aunque en menor grado— como meta. Esto ha tenido consecuencias profundas en las sociedades centroamericanas, con efectos en la conformación de redes internas de narcotráfico con miras a servir de puente para el exterior, así como para suministrar a las redes de narcomenudeo interno.

Esto ha llevado a la proliferación del crimen organizado —más agravado en el denominado Triángulo Norte (El Salvador, Guatemala y Honduras)—, pero del cual no están exentos los demás países. Ni siquiera Costa Rica, que se muestra como el país de la región con los índices sociales y económicos más estables y sostenidos, se exime.

Es entendible que la conjunción de estos complejos elementos tenga un efecto directo, tal cual se sugirió, en las clases más bajas de la región, que son desde luego la mayoría. Éstas se ven perjudicadas no solo por la exclusión económica devenida del sistema globalizado desigual, sino por la ausencia de políticas públicas que les integren al resto de la sociedad por medio de sistemas de asistencia sólidos y progresivos. Finalmente, también se ven perjudicadas por la creciente violencia que resulta del crimen organizado, sobre todo, el ligado al narcotráfico. En las clases bajas, este efecto ocasiona que se vean obligadas a buscar formas para huir de la miseria y de la violencia, siendo desde luego la migración, interna y externa, una de las más recurrentes.

Los emigrantes centroamericanos son, con frecuencia, personas de escasos recursos y poca o nula educación, que parten de zonas marginales mayormente rurales —incluyendo las zonas transfronterizas que, por sus características específicas, son muy pobres y objetivo constante de las redes criminales—. Entre sus principales destinos están las zonas urbanas de sus países, esa  migración denominada “sur-sur” (como la migración entre Belice y Guatemala o entre Nicaragua y Costa Rica), o la migración hacia el norte económico, especialmente hacia Estados Unidos.

Víctimas de las redes de trata

Cabe esperar que estos potenciales emigrantes no cuenten con los recursos económicos necesarios para llegar hasta los destinos que han trazado. Al no contar con los medios para un desplazamiento seguro, inician un camino muy duro para lograr acceder a mejores oportunidades en zonas urbanas o en otros países. Esto último, en calidad de migrantes irregulares y potenciales víctimas de actos crueles.

En el caso de la migración internacional, una de las formas más utilizadas por los centroamericanos para buscar llegar a su destino es pagando a traficantes de personas —los conocidos “coyotes”— para que les guíen en el cruce de fronteras. En muchos de estos casos, los traficantes dejan abandonadas a las personas que les han contratado, siendo éstas captadas por redes de trata de personas, las cuales operan en las zonas de paso de los flujos migratorios irregulares.

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Otra forma muy común de tráfico en la región ocurre cuando integrantes de redes de trata llegan a las zonas marginadas, pueblos fronterizos y similares ofreciendo trabajo y mejores oportunidades dentro o fuera del país. Esta captación mediante engaño es relativamente fácil, pues el alto grado de pobreza y el consecuente bajo nivel educativo, permiten que no exista mucha resistencia. Las carencias en materia educativa también contribuyen a que las víctimas conozcan poco del delito; hasta la fecha todavía existe mucho desconocimiento sobre la trata, sus características y consecuencias en zonas altamente vulnerables, como las transfronterizas. Esto, desde luego, lleva a concluir que estas poblaciones vulnerables son presas aún más fáciles de la trata de personas de lo que se pensaba inicialmente.

Las víctimas de la trata de personas en Centroamérica provienen de todos los estratos poblacionales. Alrededor de un 10% son hombres jóvenes para trabajos forzados o de esclavitud. Pero el porcentaje más amplio es el ocupado por mujeres, niños y niñas para explotación sexual. Gloria Fontes ha planteado que, desde hace varios años, se está produciendo un cambio de forma progresiva y ciertamente silenciosa en el perfil de los migrantes. Los nuevos actores, que dicha autora caracteriza como “pobres pero emprendedoras”, son mujeres. Este fenómeno, conocido como feminización de las migraciones, se ha convertido a su vez en un factor de alto riesgo para las mujeres en cuestión. Ser mujeres y migrantes las hace aún más susceptibles a ser atrapadas por las redes de trata.

Una cantidad de informes e investigaciones realizadas en la región dan cuenta de que existe un mercado amplio y consolidado de trata para explotación sexual tanto a lo interno (de lo cual hay pocos datos) como hacia afuera del país de origen. En el camino hacia Estados Unidos, muchas mujeres y niñas son trasladadas para ser explotadas en bares y prostíbulos mexicanos, particularmente, en Chiapas. De acuerdo con datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), el porcentaje de crímenes de abuso sexual y de violación a migrantes que se desplazan de Centroamérica a México aumentó en un 50% de 2014 a 2015. La situación es alarmante.

¿Qué hacer?

Existen pocas estadísticas oficiales sobre trata de personas en Centroamérica. Esto es una limitante para acabar con el problema y a su vez es un indicador del poco trabajo que se ha hecho en esta dirección. Si bien debe reconocerse que en los últimos años ha existido un esfuerzo al respecto, aún falta mucho por hacer. En la región debe existir un esfuerzo conjunto para terminar con la trata, pues es un problema común y cada vez más grave. La coordinación con la comunidad internacional también será clave, pues aunque las repercusiones son locales, el problema es de alcance mundial. A largo plazo, deberá existir una inversión social fuerte para que cada vez sean menos las personas que, por desesperación, caigan en las redes de la trata de personas. Una reducción en la brecha social, es una reducción en el riesgo de la trata.

JOSÉ DANIEL RODRÍGUEZ es licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad de Costa Rica. Es profesor e investigador de la Escuela de Ciencias Políticas, del Centro de Investigación y Estudios Políticos, en temas de migración, refugio, trata de personas y derechos humanos, así como de la Comunidad Casabierta. Sígalo en Twitter en @josedanielcr.

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