Trata de personas o “trabajo sexual”: Dilema de sordos, ciegos y mudos

10 septiembre, 2015 • Artículos, Latinoamérica, Portada • Vistas: 5859

MDZ

MDZ

avatarDefault Oscar Montiel Torres

Septiembre 2015

Actualmente en Argentina, en México y en otros países hay un debate entre las definiciones de trata de personas con fines de explotación, de la prostitución ajena y lo que han definido como trabajo sexual. El debate se venía dando en las organizaciones de la sociedad civil y ahora ha permeado en el ámbito académico. La responsabilidad de la comunidad académica es dar opiniones con base en sus investigaciones, sean de gabinete, con trabajo de campo o conjuntando ambos ámbitos. Hay que tener claro que las opiniones vertidas son posiciones políticas, es decir, la perspectiva con la que se presentan los resultados tiene un componente político y repercute en el debate amplio entre la trata de personas y el “trabajo sexual”.

A palabras necias, oídos sordos: cómo se construye el dilema entre prostitución “voluntaria” y prostitución forzada

La discusión sobre regular, prohibir o abolir la prostitución es histórica, la inició Emma Goldman alrededor de 1910. El debate surge a raíz del interés internacional sobre un fenómeno nuevo en la escena internacional que se conoció como “trata de blancas” y sobre las acciones que emprendería la Sociedad de Naciones, antecedente de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). En las palabras de Goldman:

Nuestros reformistas hicieron de repente un gran descubrimiento: la trata de blancas. Los diarios se llenaron de exclamaciones y hablaron de cosas nunca vistas e increíbles, y los fabricantes de leyes se prepararon para proyectar un haz de leyes nuevas a fin de contrarrestar esos horrores. Es altamente significativo este hecho toda vez que a la opinión pública se le presenta, como si fuera una distracción más, unos de estos males sociales, enseguida se inaugura una cruzada contra la inmoralidad, contra el juego de azar, las salas de bailes, etcétera.

Resumiendo las recientes investigaciones sobre la trata de blancas —por lo pronto muy superficiales— nada de nuevo se descubrió. La prostitución ha sido y es una plaga sumamente extendida y asimismo la humanidad continuó hasta ahora imbuida en sus asuntos, indiferente a los sufrimientos y a la desventura de las víctimas de ese tráfico infame.

Analizar la historia del concepto “trata de personas” y ver su evolución en el tiempo nos permite entender qué está haciendo la comunidad internacional, los gobiernos y las organizaciones de la sociedad civil para abordar este fenómeno. La trata de personas ha sido tema de discusión y de emisión de convenios y de protocolos a nivel internacional, así como de leyes y de reglamentos a nivel nacional. En el ámbito internacional, destacan el Acuerdo Internacional para la Supresión del Tráfico de Trata de Blancas de 1904, el Convenio Internacional para la Supresión de la Trata de Blancas de 1910, la Convención Internacional para la Represión de la Trata de Mujeres y Menores de 1921 y la Convención Internacional relativa a la Represión de la Trata de Mujeres Mayores de Edad de 1933. La particularidad de estos instrumentos es que se persigue fundamentalmente a la trata internacional. Esta tendencia se mantiene hasta 1949 y después se adopta el Convenio para la Represión de la Trata de Personas y de la Explotación de la Prostitución Ajena. Este es importante porque en su preámbulo se define a la prostitución como un práctica “incompatible con la dignidad y el valor de la persona” y, a diferencia de los anteriores instrumentos, en este no es necesario que la trata sea transfronteriza. Es importante señalar que lo que se prohíbe es la prostitución ajena, lo que significa que la prostitución propia, libre y voluntaria no está prohibida.

En la actualidad está el Protocolo para Prevenir, Reprimir y Sancionar la Trata de Personas, Especialmente Mujeres y Niños, que Complementa la Convención de las Naciones Unidas Contra la Delincuencia Organizada Transnacional, conocido también como “protocolo de Palermo”. En él se ofrece la primera definición clara de trata en el derecho internacional. En los instrumentos anteriores se relacionaba trata de personas con prostitución y ahora se suman trabajos o servicios forzados, prácticas análogas a la esclavitud, la servidumbre y la extracción de órganos para su comercialización. Con el protocolo de Palermo se quita del centro a la explotación de la prostitución ajena, que había sido constantemente denunciada. Esto es un arma de dos filos porque por primera vez se ofrece una definición conceptual clara pero, por otro lado, al incluir otros aspectos se le quita la profundidad al tema de la prostitución. Además hay que resaltar que es un complemento a una convención sobre delincuencia organizada trasnacional y por tal motivo se prioriza el aspecto criminológico y de detención con énfasis en la atención de víctimas y se limita a las situaciones en que la trata es de carácter transnacional y supone la participación de un grupo delictivo organizado. Los términos “explotación de la prostitución ajena” u “otras formas de explotación sexual” no se definen, lo que en consecuencia no prejuzga la manera en que los Estados Parte aborden la prostitución en su respectivo derecho interno. Esto abre la posibilidad de que en algunos países no se prevenga y combata a las causas de la prostitución.

Este protocolo también aborda expresamente la cuestión del consentimiento y dice que “el consentimiento dado por la víctima de la trata a toda forma de explotación intencional no se tendrá en cuenta cuando se haya recurrido a cualquier tipo de coacción, engaño o intimidación”. Sin embargo, resulta difícil probar que las víctimas no están ahí por su propia voluntad cuando argumentan que es su deseo “trabajar” en la prostitución, sin tomar en cuenta que ese mundo tiene reglas y normas implícitas, construidas para el consumo masculino de mujeres y de niñas en situación de prostitución.

Bajo Palabra

Bajo Palabra

La geopolítica de la trata de personas en su relación con la prostitución genera ambigüedades y da posibilidades a que discursos de orden proxeneta sean manifestados por medio de las voces de las llamadas trabajadoras sexuales, activistas, organizaciones de la sociedad civil y del ámbito académico para justificar la “libre decisión” de las mujeres para ingresar al mundo de la prostitución. Sería similar a justificar la esclavitud argumentando que los esclavos negros en Estados Unidos eran felices trabajando en los campos de algodón y más felices aquellos que trabajaban en la casa del amo. Son tan ambiguas las definiciones que incluso dentro de instancias dentro de la misma ONU se define al trabajo sexual de la siguiente manera:

En el presente documento, los profesionales del sexo se definen como “mujeres, varones y transexuales adultos y jóvenes que reciben dinero o bienes a cambio de sus servicios sexuales, ya sea de forma regular u ocasional, y que pueden definir o no conscientemente estas actividades como generadoras de ingresos”.

Además, este mismo documento plantea que se deben buscar conceptos que no estigmaticen y que estén de acuerdo al contexto local y temporal. Por este motivo, se pretende que sean las mismas personas implicadas quienes deben autodefinirse, pese a que se advierte que se debe de tomar en cuenta que la mayoría de los profesionales del sexo no se definen a sí mismos como tales. Estas ambigüedades generan poder y control sobre las mujeres en situación de prostitución que están ligadas a la construcción de la demanda y, por supuesto, a las ganancias de esta forma contemporánea de esclavitud.

Para que las palabras dejen de ser necias y lo oídos pierdan la sordera es necesario construir un debate informado de cómo se construye este fenómeno y entender su devenir histórico, no solo opinar desde el (des)conocimiento (des)informado avalado por la comunidad académica.

En el país de los ciegos, el tuerto es el rey. ¿Quién gana en el debate?: la construcción de la demanda.

Desde el sentido común se ha definido a la prostitución como “el oficio más antiguo de la humanidad”, aunque este en realidad debió ser el de partera. Pero, ¿qué está detrás de la existencia de la prostitución?, ¿qué argumentos o justificaciones la explican? Muchos autores, tanto hombres como mujeres, sostienen que este espacio de la sexualidad transgresora tiene utilidad social al mantener protegidas a las mujeres “de bien”. Al mismo tiempo, en algunas modalidades de construcción de la masculinidad, está presente la idea de una naturaleza sexual incontrolable del hombre y que, si no se tienen los canales adecuados para “su desahogo”, la sociedad, principalmente las mujeres buenas, correrían el riesgo de ser violadas sexualmente.

Laura Segato afirma que la violación es una estructura profunda de subordinación que lleva a las mujeres a padecerla y a experimentar su terror. Sobre esta estructura de subordinación se edifica una de las principales “justificaciones” de la prostitución: si los varones no tienen donde satisfacer sus deseos sexuales, la mayoría de las mujeres “buenas” correrían el riesgo de ser atacadas sexualmente. Por eso se dice que es importante la presencia de mujeres en quienes poder satisfacer esas necesidades construidas. Saïd Boumana plantea la hipótesis de que el cliente, al ser el resultado de un modelo de sexualidad desigual, actúa como reflejo y agente de una relación desigual entre los sexos fundada en un imaginario social de las necesidades masculinas y femeninas. Esto permite a los varones considerar sus prácticas como necesarias, inevitables y normales. Tenemos a las necesidades sexuales diferenciadas de hombres y de mujeres en el trasfondo del imaginario social y de la construcción social de los géneros.

La necesidades sexuales masculinas, el papel de las mujeres como objetos sexuales para el “desahogo”, la protección de las mujeres consideradas como “buenas” y el imaginario social sobre la utilidad de la prostitución para prevenir violaciones en masa son los constructos sociales que están en la base del sistema de la prostitución en la mayoría de los países en los que se ha hecho investigación al respecto. Estamos ante la presencia de un fenómeno transcultural. El motor que mueve a la prostitución es la “necesidad sexual” del hombre y el catalizador de estas prácticas es respetar el tabú del incesto y proteger a la mujeres consideradas como “buenas y decentes”. Pensando en que la demanda tiene que ser satisfecha, el sistema proxeneta encuentra su razón de ser: producir cuerpos para la satisfacción sexual. Pueden ser proxenetas varones o mujeres quienes proveen de mercancías sexuales a esta demanda construida.

Muchos autores y representantes de organizaciones de la sociedad civil argumentan que sin la demanda no existiría la trata de personas con fines de explotación sexual. En el binomio de oferta-demanda existe el varón que realiza el intercambio monetario por los servicios sexuales de mujeres en situación de prostitución. Existe un gran debate entre el abolicionismo y el reglamentarismo sobre la participación de los hombres en el fenómeno de la trata de personas. Quienes están a favor del abolicionismo manifiestan que sin la demanda no existiría la oferta y, por lo tanto, no existiría la explotación de la prostitución ajena. Con tales razonamientos exigen la abolición de cualquier forma de prostitución, ya sea forzada o consentida. Por el contrario, existe el sector de las trabajadoras sexuales que defienden su derecho a vender sus servicios como una manifestación más de la liberación femenina.

Notimex

Notimex

El sistema prostitucional está construido sobre los cimientos de dos grandes sistemas estructurales: el patriarcal y el capitalista. Dentro de este contexto, el consumismo juega un papel fundamental en la construcción del campo de comercio sexual con fines de explotación, pues se construyen cuerpos para el consumo sexual.

Para curar la ceguera es necesario compartir los diversos análisis en torno a los porqués de la existencia de la prostitución y no solo centrarse en la voluntad o no de las mujeres en situación de prostitución. No se trata de culpar a los hombres, sino de hacernos responsables de cómo reproducimos una de las violencias contra las mujeres más antiguas de la humanidad.

No hay peor ciego que el que no quiere ver. ¿Cómo resolver el debate?

La violencia contra las mujeres tiene orígenes históricos que se remontan a la creación del patriarcado como un sistema que expropia poderes femeninos como el dar vida, el disfrute de la sexualidad y el placer. Además, también tiene implicaciones en la autodesvinculación afectiva de los hombres que ejercen violencia: el honor y la mancha vinculados a fluidos corporales ha construido relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres y de competencia entre estos y genera, tanto en hombres como mujeres, culpas, vergüenzas y enojos por no ajustarse al orden social.

El patriarcado es eficaz y efectivo por el mecanismo de control que ejerce sobre hombres y mujeres: crea, fomenta y difunde la competencia entre hombres, la enemistad entre mujeres y la desconfianza entre ambos sexos. Ante este escenario, mi propuesta es construir conceptos que den herramientas de análisis para erradicar formas contemporáneas de esclavitud. Para construir un modelo teórico, es necesaria la fundamentación de conceptos que describan y develen la realidad o el fenómeno a analizar. En el caso de la trata de personas con fines de explotación sexual, el concepto que propongo es “estructura básica de la explotación sexual”, que permite analizar la relación entre el padrote y la mujer en situación de prostitución, con una base común de comparación. En esta relación ella pierde su autonomía y el proxeneta controla su vida y sus aspiraciones de futuro. Para que este sistema adquiera poderes de dominio sobre la mujer que prostituirá necesita de un marco cultural “tradicional” a la manera de un ritual de paso y así lograr el cambio de la identidad de la mujer prostituida.

Las mujeres sometidas a la explotación sexual padecen la violencia de todo un conjunto de varones que están a su alrededor: proxenetas, clientes, familiares, policías, ministerios públicos, políticos, jueces, etcétera. Las amenazas de muerte en su vida cotidiana son la base del poder del sistema proxeneta y de todo el conjunto de hombres para que las mujeres soporten su explotación sexual. Ellas pierden su autonomía con el engaño de un “futuro mejor” que les construye el sistema proxeneta. En la dialéctica de dicho sistema lo que está detrás no es una lucha a muerte sino una puesta en escena del poder masculino que busca el ejercicio del poder sobre las mujeres. La estructura básica de la explotación sexual de mujeres, es:

Un acto primario de poder que ejerce el proxeneta para anular la autonomía de las mujeres y someterlas a la explotación proceso dinámico y adaptativo.y netaar mujeres en el mundo de la prostitucinas con fines de explotacisexual con base en poderes de dominio, físico o psicológico; con la amenaza de muerte real o simbólica, o con la falsa promesa de un futuro mejor está sustentada en conocimientos y alianzas pactadas por ellos en colectivo en un proceso dinámico y adaptativo.

Y para “ver” son necesarias las investigaciones éticas y sin compromisos políticos con personas que se benefician de la explotación sexual y que crean condiciones de esclavitud para las mujeres que están en el mundo de la prostitución. Con base en los argumentos vertidos sugiero que desde el espacio académico es importante analizar y discutir la evolución histórica del fenómeno en los tratados internacionales. Además, es necesario contrastar y discutir tal evolución con el proceso histórico local del fenómeno y develar cómo se han adaptado las formas de esclavitud sexual en contextos de prostitución.

Es de vital importancia también el discutir la estructura básica de la explotación sexual y el sistema proxeneta como resultado del sistema patriarcal que implica la subordinación y control de las mujeres en situación de prostitución. Finalmente, se debe de analizar la construcción de políticas públicas de prevención, basándose en investigaciones sociales que develen cómo se construye y mantiene la demanda de mujeres en situación de prostitución y la violencia asociada al contexto y las implicaciones de la vida de las afectadas.

OSCAR MONTIEL es doctor en Antropología por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores de Antropología Social. Este artículo es resultado de la estancia posdoctoral que realizó en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Sígalo en Twitter en @Oscar_MontielT.

Tags:, , ,

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cargando…