Tiempo diplomático

1 enero, 2013 • Reseñas • Vistas: 689

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Tiempo diplomático, Manuel Montobbio, España, Icaria, 2012, 120 pp., 14.00€.

No es común encontrar un libro que sea a la vez testimonio de una profesión y fe de vida. El embajador español Manuel Montobbio está ubicado entre aquellos para quienes la diplomacia y la función de representar a un Estado no es sólo una actividad laboral, sino es una profunda vivencia, es un oficio que permite conocer culturas, personas, pueblos, y saber buscar su esencia. Además, como él mismo lo dice, la carrera diplomática, que lo es por su estricta naturaleza profesional, también se vuelve la carrera de la vida y la fuente de lecciones que le dan sentido al papel de representar a un Estado y gobierno en el exterior. En otras palabras, la diplomacia no sólo es una ciencia, sino un arte.

De las experiencias desprendidas por Montobbio al haber vivido en su primera misión el intenso momento de las negociaciones de paz en El Salvador, el autor se traslada a Indonesia, donde coincidió con el difícil momento que significó el proceso de independencia de Timor Oriental. Después, regresa a América y se asienta en la Ciudad de México. Su tercera misión exterior lo lleva a regresar a Centroamérica y volver a vivir la intensidad de los procesos de paz en la región, en Guatemala, formando parte del llamado “Grupo de Amigos” del proceso de paz y responsabilizándose de los contactos con la guerrilla. Después de este tiempo en el exterior, regresa a Madrid a las oficinas centrales del Ministerio de Asuntos Exteriores, y finalmente, es nombrado como primer Embajador de España en Albania. Para los jóvenes que se inician en la diplomacia, este libro ofrece una perspectiva de existencia, de debate para sí mismos y para que sepan a lo que se enfrentan, pero también la forma como podrían vivir su profesión de elección con gran intensidad. La narrativa novelada de este periplo enriquece la perspectiva de lo que es ser diplomático.

Tiempo diplomático se divide en nueve capítulos, que corresponden a los diferentes períodos a los que se enfrenta el diplomático, arrancando por la propia definición de qué es la diplomacia. El autor aborda el fenómeno de manera peculiar y original cuando España, viviendo en una dictadura, no era reconocida de facto por muchos gobiernos y sus representantes estaban aislados, y describe cómo poco a poco se le fueron abriendo las puertas a medida que el cambio político en España construía su democracia, lo que para el país era una forma de ser reconocido en el mundo.

El cuarto capítulo es del que más enseñanzas se pueden extraer desde el punto de vista de la disciplina de las Relaciones Internacionales. Con el sugerente título “En rumbo. Ejerciendo las funciones del diplomático”, además de las tres clásicas de representar, las de catalizar y “traducir mundos”, para transformar al diplomático en un explorador. Así, a las representaciones formales, el autor le agrega lo que todos los diplomáticos ejercen con maestría, pero que nunca lo incluyen en sus cursos universitarios. El diplomático se transforma en los ojos, los oídos, el olfato, el gusto y el tacto, los sentidos y la sensibilidad del Estado en y frente al otro Estado y su sociedad. En este capítulo, encontramos lo que el autor define como la esencia del trabajo de representar a un país: negociar. Y sobre ello desarrolla un profundo análisis que parte de una premisa: la primera opción es no negociar. Así, desarrolla una serie de hipótesis sobre lo que es la negociación, arrancando con el factor de que la negociación es ponerse en la piel del otro, comprender sus intereses y percepciones, y configurar las propias en juegos de suma positiva. Incluso para ello Montobbio se refiere a que la negociación incluye los aspectos relativos a quiénes, qué y cómo se va a negociar, o sea, negociando a los negociadores y mediadores, y el contenido: lo que sí se puede negociar y lo no negociable. Esta reflexión sobre la negociación se desprende básicamente de la gran experiencia de Montobbio de vivir in situ los acuerdos de paz de El Salvador y Guatemala, donde se menciona que las partes (gobierno y movimientos armados) se pusieron de acuerdo en lo básico para alcanzar la paz, y con ese objetivo todo lo demás estaba en la mesa de negociación. O sea, el aprendizaje que transmite el libro no se saca de libros, sino de algo más profundo que son las experiencias.

Para Montobbio, representar a España significa estar presente en situaciones en las que la presencia del diplomático puede hacer una diferencia sustancial en situaciones de profundas crisis, por ejemplo, respecto de los derechos humanos. Su experiencia, como el retorno de los refugiados de Honduras a El Salvador o el juicio de Xanana Gusmao en Indonesia, con las dificultades que implicó esa negociación, le da al diplomático una vivencia que lo marca para su vida.

Los capítulos restantes del libro se leen como una novela de la vida de un diplomático, y le agregan a la seriedad de la reflexión de la negociación lo sutil que se acompaña de la vida diplomática: cómo se llega a un país, cómo se sale y todo lo que significa. Este libro se inscribe en una escuela de “escritores diplomáticos” muy enriquecedora, pues ayuda a entender el “todo” de la ruta de vida de un diplomático y transmite la esencia: representar, negociar y vivir.

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