¿Se aproxima un cambio de mando en el sistema internacional de gobernanza?

8 enero, 2018 • Artículos, Asuntos globales, Portada • Vistas: 3713

Tomada de la cuenta de Twitter @realdonaldtrump

Matías Mongan

Enero 2018

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos construyó las bases de un andamiaje institucional que dio pie a la puesta en vigor del sistema internacional de gobernanza, el cual —a pesar de los cambios— aún continúa vigente. A diferencia del realismo que plantea una mirada pesimista del orden internacional, el neoinstitucionalismo sostiene que es posible reducir la anarquía y fortalecer la cooperación entre los Estados por medio de la “institucionalización” de la política internacional. En este marco, los organismos multilaterales desempeñan un papel relevante, ya que “son las encargados de dictar las reglas, normas y costumbres de operación de la estructura. También organizan y unifican al sistema socioeconómico; pues son, al mismo tiempo, las redes que sirven para enlazar y encausar institucionalmente las relaciones de intercambio económico, social y político entre los distintos subsistemas” (Gunnarson, 1990).

Tras la caída de la Unión Soviética, Estados Unidos consolidó su papel como potencia hegemónica mundial, lo que le permitió incrementar su poder estructural. “El poder estructural confiere a determinados Estados la potestad de decidir cómo serán hechas las cosas, la potestad de configurar marcos dentro de los cuales los Estados se relacionarán entre sí; estas directrices también sirven para delimitar la relación con los individuos así como con las empresas” (Strange, 1998).

La globalización económica permitió extender los alcances del discurso neoliberal a niveles nunca antes vistos. De esta forma se presentó al libre mercado como el factor aglutinante que permitía garantizar el correcto funcionamiento de la estructura y la herramienta mediante la cual se alcanzaba el anhelado desarrollo. “Se supone que todos los estados se dedicaban a vivir en desarrollo, que su progreso se podría medir cuantitativa y sincrónicamente, y que sobre la base de los conocimientos derivados de tales medidas los gobiernos podrían acelerar el proceso. Todos los Estados eran capaces de alcanzar los resultados deseados” (Wallerstein, 1997). Esta ilusión permitió construir una identidad común y fortalecer el consenso respecto al andamiaje multilateral hegemónico liderado por la Casa Blanca.

Dentro de este esquema los países periféricos iban a poder alcanzar el nivel de desarrollo deseado siempre y cuando impulsaran las políticas tendientes a reducir el papel del Estado y ampliar la presencia del mercado, una política que en Latinoamérica se conoció como el Consenso de Washington. Según Wallerstein esta situación estuvo lejos de promover un crecimiento equitativo y ahondó las asimetrías entre el centro y la periferia del “sistema mundo”. Para fortalecer esta función “didáctica” se crearon organismos especializados como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, así como el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (que luego mutaría a la actual Organización Mundial de Comercio). Estos organismos estaban encargados de coordinar las políticas financieras y comerciales de los países aspirantes a alcanzar el “desarrollo”. A su vez se promovieron alianzas militares de largo alcance, como por ejemplo la Organización del Tratado del Atlántico Norte, mediante la cual Estados Unidos buscó reasegurar la estabilidad en aquellas zonas del sistema que consideraba vitales para su interés nacional.

Más allá de las características particulares de cada gestión, los sucesivos presidentes estadounidenses buscaron ampliar el liderazgo del país en el sistema internacional de gobernanza. Asimismo, promovieron con ahínco su papel como “adalid” del libre mercado, una doctrina que desempeñó un papel central en la política externa y que actuó como condicionante en la relación de Estados Unidos con el resto del mundo.

El “declive” de la hegemonía estadounidense y la consolidación de las potencias emergentes ilusionaron sobre la posibilidad de que se produzcan cambios en el sistema económico de gobernanza neoliberal. Pero estos nuevos actores finalmente no cuestionaron las asimetrías de la estructura y apostaron por una inserción “silenciosa” a los círculos de poder, sobre todo en el caso de China, lo que los llevó a actuar como garantes del sistema en el marco de la crisis financiera internacional de 2008.

A pesar de esto, Estados Unidos y sus aliados solo accedieron a realizar cambios puntuales en algunas instituciones, como por ejemplo el FMI, que no reflejaron la importancia de las potencias emergentes en el sistema de comercio internacional. De esta manera, se mantuvo intacta su capacidad decisoria y el control de los organismos internacionales estratégicos.

Pero cuando la crisis parecía haber quedado atrás y el status quo volvía a reencausarse, una amenaza de nuevo tipo se cernió sobre las bases del sistema: el populismo. Aunque muchas veces se trata de un concepto polémico y difícil de calificar, Cas Mudde define al populismo como “una ideología delgada que considera que la sociedad debe ser en última instancia separada en dos homogéneos y antagónicos grupos, la “gente pura” en contra de la élite corrupta”, y que argumenta que las políticas deben ser una expresión de la voluntad general de la gente”. Este modelo de gobierno promueve la irrupción de liderazgos fuertes, los cuales se “legitiman” por medio de un contacto directo con el pueblo. Los líderes populistas suelen presentarse como outsiders que representan a los intereses de la mayoría y prometen liberarla del dominio de las élites políticas y económicas (tanto internas como externas) que la sojuzgan.

A pesar de que suelen verlo como una masa homogénea, el pueblo no es un objeto concreto, es más que nada una construcción discursiva que engloba a la vez a toda la sociedad y más precisamente a un sector de la misma (los excluidos). “Desde este punto de vista no existe una identidad nacional pura, sino que esta es siempre construida en un proceso de continua interacción entre los distintos grupos sociales y culturales” (Mudde, Rovira, 2011).

Los parámetros utilizados para definir al pueblo a la postre sirven para diferenciar a los distintos tipos de populismos. Mientras los populismos de izquierda presentes en Sudamérica suelen hacer hincapié en los factores económicos y promueven un discurso orientado a priorizar los intereses de los sectores carenciados de la sociedad, los movimientos populistas de derecha, como los que actualmente existen en Europa y con Donald Trump en Estados Unidos, resaltan la importancia de la identidad étnica como requisito central del ser nacional, lo que los lleva a impulsar un discurso de corte más excluyente. No obstante estas diferencias elementales, el discurso populista se caracteriza por no tener límites ideológicos claros y por ser totalmente maleable en consonancia con su papel como “catch-all party” (Kirchheimer, 1966). Es por esto que es común escuchar en los discursos de los líderes populistas argumentos que caracterizan a los partidos políticos tanto de derecha como de izquierda.

Un caso paradigmático en este sentido fue lo que ocurrió con Trump en Estados Unidos durante las elecciones presidenciales de noviembre de 2016. En su carrera para llegar a la Casa Blanca, el empresario impulsó un discurso totalmente xenófobo basado en componentes étnicos para así construir discursivamente al otro, a quien responsabilizó de los “males” que atravesaba la sociedad estadounidense. Haciendo una utilización política de la teoría del choque de civilizaciones, Trump se presentó como el defensor de la cultura local, la cual según su óptica estaba amenazada como consecuencia de los efectos negativos de la globalización.

Con su slogan America first, el entonces candidato diseñó un discurso muy crítico hacia la globalización económica y prometió impulsar todo tipo de medidas proteccionistas para priorizar al americanismo por sobre los intereses globalistas. Esto le granjeó un fuerte respaldo de aquellos sectores sociales que están siendo perjudicados por el actual sistema económico. “Hemos pasado de la política del americanismo, que se centró en lo que es bueno para la clase media estadounidense, a la política de la globalización, que se centra en cómo hacer dinero para las grandes corporaciones que pueden desviar su capital y puestos de trabajo a otros países, perjudicando así a los trabajadores y a la economía estadounidense”, remarcó Trump en su discurso de aceptación de la candidatura en el cierre del Congreso Republicano realizado en Cleveland el 21 de julio de 2016. Este posicionamiento, que fue muy efectivo en términos electorales, va en contra de los lineamientos económicos enarbolados por el Partido Republicano en los últimos 70 años, y sin duda amenaza con generar un fuerte impacto en el actual sistema internacional de gobernanza.

Desde que llegó a la presidencia, Trump moderó en parte su tono discursivo y a su vez se vio imposibilitado de cumplir con todas las medidas populistas prometidas durante la campaña electoral (como por ejemplo la derogación del Obamacare y la imposición de un veto para impedir que gente de determinados países musulmanes pudieran viajar a Estados Unidos) debido a los límites impuestos por el sistema de “pesos y contrapesos” de la democracia estadounidense. No obstante, el mandatario sigue firme en su decisión de buscar acuerdos comerciales “justos” que beneficien a la economía estadounidense. Con este fin ordenó el retiro de Estados Unidos del Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica (TPP) y del Acuerdo de París contra el cambio climático. Además, amenazó con abandonar otros tratados de libre comercio importantes, como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y el Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones (TTIP) si no se renegociaban siguiendo los intereses estadounidenses.

El aislacionismo estadounidense fue aprovechado por China, quien rápidamente ocupó el “vacío de poder” generado por Trump y fortaleció su papel como promotor de la globalización y el libre comercio. En un encendido discurso realizado en el Foro Económico Mundial de Davos celebrado en enero de 2017, el presidente Xi Jinping rechazó el proteccionismo y señaló que nadie saldrá ganando si se da inicio a una guerra de aranceles. “El proteccionismo es como encerrarse en una habitación oscura: da la impresión de que uno se escapa de la lluvia y del viento, pero también se está quedando sin la luz del sol y sin el aire”, argumentó.

Cansado de reclamar en “silencio” el lugar de predominancia que le corresponde dentro del sistema internacional de gobernanza debido a sus imponentes atributos de poder, en estos últimos años China se alejó de la estrategia de inserción “armoniosa” planteada por Deng Xiaoping y pacientemente comenzó a construir su propio andamiaje institucional que a la postre consolidó su poder estructural en distintas partes del mundo. La diplomacia china demostró ser rápida de reflejos y estar lista para actuar en el momento oportuno. Así por ejemplo cuando Estados Unidos oficializó su retiro del TPP, acuerdo comercial impulsado durante años por el gobierno de Barack Obama para contener el liderazgo de China en Asia, Beijing rápidamente se mostró dispuesto a contener a los jefes de gobierno molestos con la decisión de Trump y para ello relanzó la Asociación Económica Integral Regional (RCEP), un mega acuerdo comercial que incluye a 16 países (entre los que destacan India y Japón) que aglutina a cerca del 50 % de la población mundial y el 24% del PIB mundial.

Este tipo de iniciativas se engloban en el marco de una estrategia desarrollada por el gobierno comunista para garantizar la estabilidad regional y de paso limitar la importancia de las instituciones de Bretton Woods (y por consiguiente de Estados Unidos) en su área influencia, sobre todo en momentos que Beijing enfrenta disputas territoriales en el mar de China Meridional con algunos de sus ahora socios en el RCEP como Filipinas, Japón, Malasia y Vietnam. Pero China no solo promueve medidas defensivas sino que también tiene trazado un programa de inserción amplio orientado a ampliar su poder suave a nivel internacional.

En consonancia con esta estrategia Beijing dio un giro en su política económica, la cual dejó de estar centrada en la inversión y la exportación de manufacturas de escaso valor agregado—las cuales resultaron altamente competitivas gracias a la mano de obra barata y la devaluación sistemática de su moneda— para enfocarse más en el consumo interno y el desarrollo del sector de servicios, sobre todo de alta tecnología. Los esfuerzos por modificar su matriz productiva apuntan a que el país deje de ser visto como un polo de industria barata y contaminante, lo que según Beijing los acercaría a su objetivo de ser reconocido como “economía de mercado” en el marco de la Organización Mundial de Comercio.

Para que pueda continuar profundizando su ascenso mundial, afirma Montobbio, China necesita ampliar su liderazgo no solo en el plano comercial, sino también en el político, diplomático, cultural, para de esta manera construir una nueva universalidad que compita con el discurso occidental imperante. En este marco se entiende la faraónica iniciativa del “Cinturón y Ruta de la Seda”, la cual apunta a fomentar el intercambio comercial y cultural de Beijing con los principales países de Asia, Europa y África.

El aislacionismo del nuevo gobierno estadounidense puede servir como aliciente para que China profundice en los próximos años su política exterior de “suma cero”, mediante la cual aspira a construir las bases de un nuevo sistema de gobernanza. El gobierno de Trump quiere contener esta tendencia fortaleciendo el discurso belicista y aumentando un presupuesto militar totalmente atrofiado, lo que puede llevar a un incremento del conflicto y de las rispideces entre las dos potencias.

A pesar de la tentación de ciertos sectores de exacerbar el escenario de disputa con Estados Unidos y así proponer una especie de “trampa de Tucídides”, el gobierno chino es consciente que la fuerte asimetría militar le impide adoptar una posición unilateral y por eso promueve una relación armoniosa y de mutuo interés con Washington. Una suerte de concesión táctica mientras pacientemente continúa concentrando el mayor poder posible para disputar el liderazgo estadounidense en el futuro.

Habrá que ver hasta qué punto el volátil Trump va a permitir que esta estrategia continué adelante. Más allá de que el empresario bajó notablemente el tono de las amenazas hacia China desde que se instaló en la Casa Blanca, la tensión sigue latente ya que el republicano ha amenazado con intervenir militarmente en Corea del Norte, uno de los principales aliados de Beijing en Asia. En este marco, recientemente ordenó el traslado de buques de guerra al mar de China Meridional, lo que produjo una fuerte reacción del gobierno comunista. Este tipo de situaciones pueden ser muy peligrosas, ya que pueden dar lugar a una escalada armamentística (el presupuesto militar chino creció 7 % durante 2017, aunque aún sigue estando muy lejos en comparación con el estadounidense) que puede generar consecuencias catastróficas para la comunidad internacional.

MATÍAS MONGAN es licenciado en Comunicación Social y maestro en Relaciones Internacionales por la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Nacional de La Plata. Ha trabajado en distintos medios periodísticos, tanto escritos como radiofónicos. Actualmente estudia la maestría en Derechos Humanos, Interculturalidad y Desarrollo por la Universidad Pablo de Olavide en Sevilla, España.

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3 Responses to ¿Se aproxima un cambio de mando en el sistema internacional de gobernanza?

  1. Victoria Gómez dice:

  2. Alberto Gloria dice:

    Молодец-молодец!!!

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