Robespierre para radicales

1 enero, 2013 • Reseñas • Vistas: 1297

Cómo salvar una revolución sin perder la cabeza

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Robespierre para radicalesRobespierre: A Revolutionary Life, Peter MCPhee, Yale University Press, 2012, 352 pp., US$40.00.

La Francia revolucionaria de 1794 fue un crisol que combinó todos los elementos que se materializarían en la política occidental de los siglos XIX y XX. Todos los ojos estaban puestos en París. Maximilien Robespierre era un héroe o un villano, según quién lo mirara. Robespierre, quien fuera un abogado poco conocido del norte de Francia, se transformó en 4 cortos años, o al menos eso parecía, hasta convertirse en el artífice principal de la transición del odiado Antiguo Régimen a un incierto nuevo orden. Ese nuevo orden se vio amenazado por ejércitos invasores de los países vecinos, por contrarrevolucionarios en la región de la Vendée y por profundas divisiones entre las filas revolucionarias, incluida la facción jacobina a la que pertenecía Robespierre. La derecha católica y conservadora temía la idea de una república y deseaba un regreso a la estabilidad. La izquierda deseaba crear una sociedad virtuosa, pero también quería simplemente más pan. Bienvenido a la política moderna.

Implacable en sus ataques a todos aquellos a los que acusó de querer detener la revolución y temerario en su denuncia de la corrupción, Robespierre se aseguró un lugar entre los doce miembros del Comité de Seguridad Pública que sirvió como la rama ejecutiva del gobierno de 1793 a 1794. En esa posición, ejerció un enorme poder. Sin embargo, su espacio de maniobra era, de hecho, bastante estrecho. Robespierre se enfrentó a los mismos dilemas que han aquejado a todos los revolucionarios democráticos desde entonces: cómo mantener la defensa de la propiedad mientras se persiguen los derechos universales; cómo llegar a un equilibrio entre los derechos individuales y los de la comunidad en general, y cómo lograr un resultado acorde con los ideales revolucionarios sin recurrir a medios que reproducirían los pecados del viejo orden. Fatídicamente, Robespierre decidió resolver este problema tratando de imponer por la fuerza una ciudadanía virtuosa a la sociedad francesa.

La respuesta de Robespierre a la resistencia (real o imaginada) fue, según el planteamiento de Hegel, cortar cabezas como si fueran coles. Durante el Régimen del Terror alrededor de 17 000 personas fueron condenadas a la muerte en la guillotina, y decenas de miles fueron encarceladas. En total, cientos de miles murieron durante las guerras civiles que siguieron a la Revolución y que sólo terminaron cuando Napoleón Bonaparte subió al poder en 1799.

¿Por qué Robespierre tomó el camino del terror, o “terrorismo”, un término que fue utilizado por primera vez en un contexto político por los enemigos de Robespierre para describir sus métodos? La nueva biografía de Peter McPhee intenta desentrañar las motivaciones personales y psicológicas que dieron forma a las acciones de Robespierre. Sin embargo, también les recuerda a los lectores que el Terror fue resultado de los dilemas que enfrentan todos los revolucionarios, incluidos los que hoy tratan de construir mundos felices.

La revolución me obligó a hacerlo

Para comprender a Robespierre, es necesario ver la Revolución francesa en términos trágicos. La Revolución no degeneró en el Terror debido al celoso afán de los revolucionarios por conseguir liberté, égalité y fraternité. Por el contrario, degeneró pues, para julio de 1794 la gran mayoría de los revolucionarios ya no quería alcanzar esos objetivos, cuyos efectos inmediatos para ellos (al menos eso temían) podrían haber sido ser la confiscación de su propiedad o la guillotina, o ambos. En efecto, una vez en el poder, los jacobinos demostraron ser totalmente incapaces de resolver las contradicciones de su propio programa revolucionario.

Pero también es cierto que la Revolución se vio influida por los conflictos internos de Robespierre, quien detestaba la violencia y se oponía a la pena capital. No obstante, insistió en creer, contra toda evidencia, que al aplastar conspiraciones invisibles (y a menudo imaginadas) y ejecutar a sus oponentes resolvería sus problemas y los de la Revolución.

McPhee admite que Robespierre era, en última instancia, paranoico y cometió graves errores de juicio. Sin embargo, no era “el frío y cruel monstruo emocionalmente impedido y rígidamente puritano de la historia y la literatura”. En opinión de McPhee, no fue Robespierre quien arruinó la Revolución francesa: fue la Revolución la que llevó a un demócrata decente, sincero y trabajador a su perdición.

Pero McPhee dice poco acerca de por qué hubo una Revolución francesa en primer lugar, o por qué continuó de manera tan implacable. La mayoría de los historiadores han recurrido a explicaciones deterministas de las causas más profundas de la Revolución para explicar su trayectoria. Para algunos en la izquierda, como el escritor Jean Jaurès y el historiador Albert Mathiez, 1789 fue un paso fundamental para el avance proletario que tomaría fuerza en las revoluciones europeas de 1848, en la comuna de París de 1871 y en las sublevaciones rusas de 1905, antes de concretarse en 1917, cuando Oriente fuera rojo y Occidente estuviera preparado. Para otros, como Alexis de Tocqueville, la naturaleza de la Revolución francesa se reveló más por su continuidad con el pasado que por su discontinuidad. En 1789, el Antiguo Régimen murió para nunca renacer. Pero, aun así, la Revolución que lo destruyó fracasó estrepitosamente porque los franceses no estaban listos para el autogobierno, ya que los malos hábitos adquiridos durante siglos de monarquía absolutista los habían corrompido.

En este debate, McPhee marca sutilmente una preferencia por ver a la Revolución —y a Robespierre, por extensión— como un modelo permanente para todos aquellos que anhelan un republicanismo ciudadano. Con este fin, McPhee cita al historiador francés Georges Lefebvre, quien escribió que “Robespierre debe ser descrito como el primero en defender la democracia y el sufragio universal […] el intrépido defensor de la Revolución de 1789 que destruyó la dominación de la aristocracia en Francia”.

Al suscribir este punto de vista, McPhee sostiene que la Revolución pasó de la celebración fraternal después de la caída de la Bastilla entre 1789 y 1790, al terror asesino y la guerra civil entre 1793 y 1794 debido a que, lamentablemente, la dedicación de Robespierre por los principios de la democracia republicana no era compartida. “A lo largo de la Revolución”, escribe McPhee, Robespierre “vio a aquellos en quienes había confiado traicionar su confianza por compromiso o perfidia”. Por ende, para salvar a la Revolución de sí misma, Robespierre tuvo que actuar como lo hizo.

A favor antes que en contra

Sin embargo, McPhee, de manera frustrante, dice poco sobre la responsabilidad moral de Robespierre en las ejecuciones y el derramamiento de sangre durante el Terror. Podría ser cierto, por supuesto, que si Robespierre quería conservar su autoridad, no tuvo más opción que aceptar la represión violenta. No obstante, eso no explica por qué lo hizo de manera tan brutal. Otros biógrafos han propuesto todo tipo de explicaciones psicológicas, pero McPhee las encuentra poco convincentes. “Entre las evidencias que tenemos de las acciones y creencias de Robespierre antes de mayo de 1789, no hay ninguna que nos permita predecir que, en circunstancias especiales, él encontraría en la represión y en la pena capital la respuesta para la disidencia”, escribe.

McPhee, sin embargo, no ahonda en la turbulenta infancia de Robespierre, cuyos acontecimientos más notables fueron la muerte de su amada madre cuando él tenía 7 años de edad y el vergonzoso y negligente abandono de su padre poco tiempo después, tras lo cual, Maximilien, su hermano menor y su hermana fueron criados por varios parientes. Aunque McPhee no lo hace, es posible concluir que esta agitada niñez contribuyó para convertir a Robespierre en un hombre que amaba y odiaba la vida burguesa y la autoridad; fue un hombre que tendía a resolver sus problemas personales y profesionales abstrayéndolos lo mejor que podía, elevándolos de un contexto irresoluble, cotidiano y material a un plano más alto, en el que él nunca se equivocaba. En lo político, el ejemplo más obvio de este hábito psicológico fue su constante insistencia en que algo que en primera instancia podía parecer un acto delictivo de una facción —por ejemplo, la toma del poder por los jacobinos— era de hecho un movimiento nacional y universalista. También tenemos el caso inverso, por supuesto, cuando se trataba de los actos de sus enemigos. En la práctica, este tipo de autoengaño permitió a Robespierre oponerse a autoridades de todo tipo, hasta que fue necesario transformarse en un asesino autoritario.

Pero la Revolución planteaba una serie de contradicciones que él no podía resolver mediante la abstracción mental. En la primavera de 1794, para ser el líder de la Revolución jacobina, Robespierre debía estar a favor del Estado de derecho y de su suspensión, defender y atacar la propiedad privada, apoyar y rechazar el nacionalismo, abrazar el feminismo y el antifeminismo, y promover la religión y la falta de religión.

Del mismo modo, aunque McPhee presenta un argumento convincente de que Robespierre estaba totalmente dedicado al ideal de la fraternité, no se puede negar que a menudo se opuso visceralmente a las aplicaciones de dicho ideal. En febrero de 1793, cuando los sans-culottes se amotinaron para exigir alimentos y jabón, Robespierre reprendió a estos hambrientos, desesperados y ateridos soldados de la Revolución. “No estoy diciendo que el pueblo sea culpable”, se quejó, “pero cuando se subleva, ¿no debería tener un objetivo digno de ellos?, ¿debería preocuparse por bienes insignificantes? […] El pueblo se debe sublevar, no para pedir azúcar, sino para derrocar a los tiranos”.

A finales de julio de 1794, parte del “pueblo” hizo precisamente eso, y el hecho de que Robespierre no fuera capaz de determinar dónde podrían estar los verdaderos límites de la democracia burguesa lo llevó, finalmente, a la guillotina. Temerosos de convertirse en el objetivo de la siguiente purga y de ser sentenciados a muerte, varios de los antiguos aliados de Robespierre en el Comité de Seguridad Pública y en la Convención Nacional y la Asamblea Legislativa, ordenaron su detención. Capturado unas horas más tarde, y probablemente después de haber tratado de darse un tiro, fue llevado al día siguiente a la guillotina.

¿Dios, pistolas y guillotinas?

Hoy en día, Robespierre es considerado a menudo el padre del terrorismo. McPhee rechaza esta aseveración, pues la considera injusta. “El Terror”, escribe, “no fue obra [de Robespierre]; fue un régimen de intimidación y control respaldado por la Convención Nacional y por ‘patriotas’ en todo el país”. Es cierto que Robespierre no le dictó la política al Comité de Seguridad Pública; no obstante, fue su miembro más dedicado, y fue considerado, con razón, su primer portavoz. Si no hubiera estado en el poder, el Terror bien podría haber sido menos feroz y muy probablemente no habría durado tanto tiempo.

¿Pero acaso también fueron las ideas de Robespierre, no sólo sus acciones, culpables del Terror? Ése es el argumento de algunos miembros de la derecha estadounidense contemporánea, ansiosos de vincular el liberalismo con los excesos autoritarios. Según Rick Santorum, quien fuera candidato a la nominación republicana a la Presidencia y actual abanderado del conservadurismo estadounidense, la crueldad de 1789 provocó inevitablemente el terrorismo estatal. “Lo que queda es un gobierno que nos dirá quiénes somos, qué es lo que haremos y cuándo lo haremos”, declaró Santorum durante su campaña. “Lo que queda en Francia, se convirtió en la guillotina”, concluyó, y advirtió que si los estadounidenses “siguen el camino del presidente Barack Obama y su abierta hostilidad a la fe en Estados Unidos, entonces estamos destinados a seguir ese camino”. En las líneas generales de esa predicción, Santorum podría encontrarse, casualmente, en compañía de otros historiadores marxistas, que de manera resonante y aprobatoria creyeron que probablemente las circunstancias de París en 1794 se repetirían algún día.

Por supuesto, es poco probable que las versiones de la derecha y de la izquierda de esa predicción resulten ciertas, al menos en Occidente. Entre 1789 y 1794, Francia fue la primera nación moderna que se vio forzada a elegir entre el universalismo político y el logro de metas populistas o utópicas, y lo que les sucedió a los franceses entonces generalmente ha abrumado a sus sucesores. Los estadounidenses no tuvieron que enfrentar esa alternativa después de 1776, y sus descendientes probablemente no la enfrentarán en el futuro cercano. El movimiento Ocupa Wall Street y el Tea Party podrían representar pasos para ese tipo de conflicto. Sin embargo, a excepción de un colapso económico importante, es difícil imaginar que estos dos movimientos puedan captar la imaginación política estadounidense como lo hizo el jacobinismo en el caso de los franceses, y de sus enemigos, entre 1789 y 1794.

Sin embargo, actualmente hay una situación más cercana a la Francia revolucionaria en las incipientes democracias del mundo árabe. Cuando son confrontados por el auge de los partidos islamistas, los revolucionarios liberales de países como Egipto podrían sentirse tentados a acotar sus objetivos democráticos y universalistas, y recurrir a la fuerza y al gobierno militar para garantizar el orden. Por supuesto, las fuerzas intolerantes también pueden enfrentarse a una versión del dilema de Robespierre, y los radicales salafitas podrían estar dispuestos a dejar de lado su compromiso con una teocracia genuina para buscar un espacio en el ejército totalmente secular.

No obstante, quizá la lección más sobresaliente que puede ofrecer Robespierre a los Ocupa y a los miembros del Tea Party, a los salafitas y a los seculares es que, contrario a lo que pudieran desear en ocasiones, los problemas económicos, políticos y sociales no se pueden resolver cortando cabezas.

Patrice Higonnet es profesor de la cátedra Goelet de Historia Francesa en la Harvard University y autor de Goodness Beyond Virtue: Jacobins During the French Revolution, entre otros títulos.

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