La ONU, 70 años después

22 octubre, 2015 • Asuntos globales, Portada • Vistas: 2120

 

EFE

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Octubre 2015

A 70 años de la existencia de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) es pertinente hacer una breve evaluación de su desempeño. La ONU no es cualquier institución internacional, sino que es la más emblemática que hayamos podido imaginar. Esto se debe no solo a que en ella están representados prácticamente todos los Estados del mundo, sino también a que en su seno se tratan todos los temas referentes al entorno internacional, aunque su finalidad última sea el mantenimiento de la paz y de la seguridad internacional.

A partir de consideraciones que parecen obvias, analizar a la ONU significa adentrarse en sus orígenes y en la forma en la que conceptualmente se han manejado sus principales encomiendas, lo que nos remite de forma general al uso del lenguaje como un instrumento de poder, lo cual ha pasado desapercibido. Dentro de sus principales tareas destacan el papel de la cooperación internacional y de diversas instancias inmersas en ella, la elaboración de múltiples planes para erradicar la pobreza −aunque se haya fracasado continuamente en la gran mayoría de ellos− y propiciar el desarme, que ha presentado éxitos. No obstante, no se puede ignorar la persistente crisis multidimensional −de legitimidad, de credibilidad y de financiamiento− que padecen los organismos intergubernamentales.

 No hay que perder de vista que la ONU es la primera instancia internacional que tiene su sede fuera de Europa, desplazando el centro de decisiones políticas hacia Estados Unidos y colocando a este país en la cúspide del poder internacional, donde se encontró también por un tiempo con la extinta Unión Soviética. Aunque con el reacomodo interno, Rusia vuelve a colocarse en un lugar relevante en el sistema internacional. Esta configuración de fuerzas post-Segunda Guerra Mundial llevará a la creación prácticamente simultánea de una red de instituciones de índole político, militar y económico que hará realidad la institucionalidad internacional dentro de la cual se van a enquistar relaciones de poder. Sin embargo, estas nuevas instancias de diálogo, negociación y discusión van a perder de origen su autonomía, su capacidad de gestión y sus posibilidades de acción.

Maniatada y con camisa de fuerza, la ONU apenas sobrevive y el futuro no parece reconfortante. Siempre con múltiples intereses contrapuestos en su interior, sus primeros éxitos se ubican en la labor desempeñada por el Consejo Económico y Social pues, bajo su égida, se agrupan organismos que llevan a cabo una importante tarea de cooperación técnica que facilita la vida en el planeta, como la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI), la Organización Marítima Internacional (OMI) y la Organización Mundial de la Salud (OMS), entre otras. Por otra parte, esto asegura la continuidad del sistema −produce y reproduce el capitalismo− y la estructura de poder vigente porque todas ellas armonizan relaciones que de otra forma serían totalmente caóticas. Luego entonces, esta cooperación técnica va a partir de una conveniencia proveniente de los centros de poder para reproducir relaciones jerárquicas. La “cooperación” se convierte así en un mecanismo más de sujeción y de inserción subordinada al sistema.

El énfasis desarrollista

Por otro lado, intentando aplicar algunas nociones básicas de las corrientes postmodernistas podemos, a partir del análisis de los documentos emitidos dentro de Naciones Unidas, configurar una crítica agria a esta institución. Sin pretender hacer una exposición exhaustiva, bastará con centrarnos en los discursos o narrativas relacionadas a los Objetivos de Desarrollo del Milenio y los promovidos en los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

El núcleo de ambos documentos es el concepto de desarrollo, definido por la misma Asamblea General como un proceso de tipo integral −esto es económico, social, cultural y político− que tiende a mejorar de forma constante el bienestar de toda la población y a lograr una distribución más equitativa de todos los beneficios. Así entendido, el desarrollo se convierte en la meta para todos los Estados que están en el comienzo del camino (llamados eufemísticamente países en desarrollo) o a la mitad del proceso (llamados países emergentes o de renta media). Sin embargo, esta concepción de desarrollo es, al igual que la de la cooperación internacional, una creación elaborada desde los centros de poder que convierten a la ONU en instrumento para su divulgación. De este modo, el desarrollo se presenta como una necesidad de carácter universal a imagen y semejanza de lo que hoy llamamos “mundo desarrollado”.

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A este concepto se le han agregado dos adjetivos: humano y sostenible. Tanto el término de desarrollo humano como el de desarrollo sostenible −que debería ser mejor entendido como durable− nacen en un contexto histórico y social compartido en el que realidades no estudiadas a fondo provocaron una ola de inconformidades que cuestionaba el enfoque unidireccional del desarrollo. Para dar salida a esta problemática se empieza a gestionar el desarrollo de manera multidimensional. Sin embargo, aun cuando ha habido esfuerzos por sacudirse la carga neocolonial, estos programas siguen respondiendo a la lógica de los grandes intereses en la medida en que se desvirtúa su verdadero significado.

Poner en el centro del debate el concepto de desarrollo significa revelar las relaciones de poder que se entretejen en el discurso de las instituciones internacionales. Estas, parafraseando a Robert W. Cox, se convierten en herramientas útiles para el mantenimiento del status quo al promover la difusión de imágenes colectivas que sean consistentes con esas relaciones de poder. En el proceso, esas instituciones crean una dinámica propia y los Estados poderosos, para evitar perder su influencia, comienzan a hacer concesiones para asegurar la lealtad de los subordinados. De este modo, se establece una relación más de consenso que de fuerza (remitiéndonos a la concepción de hegemonía gramsciana) logrando hacer pasar sus intereses particulares como si fueran realmente intereses universales.

Por otro lado, el programa de los Objetivos de Desarrollo del Milenio se dará por terminado en diciembre de 2015 sin haber cumplido sus objetivos, pues solo se puede hablar de algunos éxitos medianos de tipo cuantitativo. Entonces, ¿bajo qué lógica se crean ya no ocho sino diecisiete objetivos para cumplirse en el 2030? ¿Cómo se puede catalogar a la pobreza por niveles o estratos, para suavizar el dato duro de que el 25% de la población de los países subdesarrollados viven con 1.25 dólares al día? ¿Con qué mecanismos de cooperación se pretende hacer frente a la pobreza lacerante, a la inseguridad persistente, a la desigualdad tangible y a la creciente exclusión de gran parte de la población de este planeta?

Conclusiones

Por estos motivos, la institucionalidad se transforma en un campo de batalla entre los poderosos y los subordinados, donde en la medida de lo posible se elude el uso de la fuerza. Sin embargo, si no hay otra salida, esta se usará, provocando las continuas crisis de legitimidad a las que se ha visto sujeta la ONU.

AFP

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Mientras sigan prevaleciendo los intereses de los poderosos, difícilmente mecanismos como la ONU tendrán posibilidades reales de incidencia. Es de vital importancia no perder de vista que los planteamientos de esta institución desde finales de la década de los 70 están enmarcados dentro de esquemas neoliberales, en los cuales se privilegia al mercado sobre la sociedad y a la mercancía sobre el ser humano, donde la cooperación ya no tiene cabida. Por ello resulta relevante hacer visibles los intereses que se insertan dentro de Naciones Unidas para crear nuevas alternativas de pensamiento y de acción, para utilizar un lenguaje diferente y lograr una verdadera descolonización. Es indispensable empezar a ensamblar una nueva realidad desde nuestra perspectiva.

Desde los foros que ofrece la ONU es posible empezar a construir un futuro diferente. Precisamente por su misma formación brinda los espacios propicios para fomentar otro tipo de diálogo, otro discurso y otro lenguaje: el que hablan cerca de seis mil millones de excluidos en el mundo.

MARÍA DE LOS ÁNGELES MENESES MARÍN es licenciada en Relaciones Internacionales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM y ha hecho estudios de maestría en Relaciones Internacionales de la misma institución. Imparte materias en las áreas teórico metodológicas y de política internacional.

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