La nueva agenda de México en política exterior hacia América Latina y el Caribe

29 octubre, 2018 • Artículos, CEI Gilberto Bosques, Latinoamérica, Portada • Vistas: 1711

Retos, desafíos y oportunidades

Quinta Fuerza

Jacaranda Guillén Ayala

Noviembre 2018

Una colaboración del Centro de Estudios Internacionales Gilberto Bosques

Desde siempre, América Latina y el Caribe han estado presentes no solo en la agenda de política exterior de México, también en el discurso político y en la retórica electoral de la historia del país. Sin embargo, el lugar que realmente ha ocupado la región en la lista de prioridades de México ha transcurrido de lo prioritario a lo secundario. Hace casi 2 décadas, México ha dejado en el olvido a su área de influencia natural, por lo que pasó de ser un líder regional a un promotor de buena voluntad política. Los años de liderazgo quedaron enterrados cuando México centró su mirada y fijó sus deseos en el norte, olvidando sus raíces y tratando de escalar espacios a los que no llegaba preparado. El reciente triunfo político de la izquierda en México trae consigo una nueva estrategia de política exterior hacia la región latinoamericana y caribeña. El gobierno del Presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, promete replantear las relaciones con los países de esta zona y reposicionar al país como líder regional. Esta nueva agenda de política exterior ha generado una ventana de oportunidad entre los líderes regionales que han manifestado su apoyo y una ola de satisfacción con el próximo mandatario.

En México, el tema, puesto en la agenda desde la contienda electoral, ha despertado viejos debates y tradicionales posicionamientos entre los estudios de las relaciones internacionales. Conforme a los discursos, López Obrador y su equipo de trabajo, entre los que destaca el futuro canciller Marcelo Ebrard Casaubón, han manifestado que la política exterior de México retornará a la defensa de los principios de no intervención, la autodeterminación de los pueblos y la solución pacífica de las controversias. Con base en ello se han propuesto ejecutar una política exterior más soberana, en donde América Latina y el Caribe ocupen un lugar “prioritario”. Es de advertir que los objetivos propuestos ―recuperar el liderazgo regional, fortaleza ante Estados Unidos, impulsar el desarrollo regional principalmente en el aspecto migratorio, entre otros― son aristas de una eterna y vieja discusión sobre la diversificación de las relaciones comerciales de México frente a la dependencia con Estados Unidos. En esta ocasión, el nuevo gobierno podría marcar la diferencia del constante discurso a partir de una estrategia regional real que integre al menos dos aspectos: 1) aprender de los errores y aciertos del pasado, y 2) observar el panorama regional mediante un análisis integral de los actores, liderazgos políticos, escenarios socioeconómicos, retos, oportunidades y prioridades para el país.

México no debe olvidar que Latinoamérica ha dejado de ser el hermano menor y dista mucho del panorama de la década de 1980 y de las consecuencias negativas de la década perdida; en contraposición, hay que tener presentes los avances económicos y sociales, así como los cambios políticos de principios del siglo XXI. A la vez, México debe tener presente que hace mucho tiempo perdió su liderazgo regional, derivado de sus posiciones unilaterales y decisiones proestadounidenses que generaron enojo y confrontaciones con los países de la región. No obstante, hoy con el triunfo electoral de López Obrador, México tiene una oportunidad no solo de retomar un papel dado ya sea por geografía o por naturaleza propia, sino en aras de contribuir en el impulso del desarrollo regional y recuperar la dimensión política. Al final, la pregunta no está en si México puede recuperar el liderazgo regional, sino en cómo lo hará y cuáles son los factores prioritarios para replantear las relaciones con los países latinoamericanos y recuperar un liderazgo que satisfaga a los intereses nacionales.

Entre el norte y el sur: ¿líder regional o promotor de buena voluntad política?

La identidad regional de México con el norte o el sur ha sido una cuestión central en los debates académicos, políticos, electorales y los público-sociales. Geográficamente, México es parte de Norteamérica, pero también lo es de Latinoamérica. Con el norte, además de la cuestión geográfica, nos unen las consecuencias del modelo económico adoptado en la década de 1980. Hacia el sur, el curso histórico, la cultura y las tradiciones, las costumbres y los valores, la lengua, e incluso el desarrollo económico y las pautas comerciales, determinan innegablemente nuestra pertenencia con esa región.

Ubicado en un lugar simbólico e incluso privilegiado en la región y en el mundo, y derivado de su grado de desarrollo y crecimiento, México siempre se ha colocado como un país intermedio, alcanzando el grado de país emergente. Esta posición es precisamente la que ha otorgado a México una dimensión distinta en comparación con los países del sur del continente. No obstante su ubicación y nivel de crecimiento, la política exterior de México entre el norte y el sur ha estado condicionada por un factor rotundo que ha limitado y supeditado el papel de México como un líder natural en la región latinoamericana: el histórico. Basta recordar que en los orígenes de los principios y las estrategias de política exterior la defensa ante las agresiones, intervenciones y despojos, primero coloniales y luego estadounidenses, en conjunto con los desafíos y retos regionales propios del sur y a los que México no podía ser indiferente, han tenido un peso importante en la configuración del actuar externo.

Sin embargo, más allá de la historia como factor determinante, de la ubicación geográfica y del grado de crecimiento, ¿realmente México ha sido un líder regional? ¿Cómo podría medirse ese liderazgo? Las respuestas se encuentran en la misma historia. Transcurrida la mitad del siglo XX y hasta la década de 1990, México se posicionó como el indiscutible líder de la región latinoamericana. Al cobijo de sus principios de no intervención y la autodeterminación de los pueblos impulsó un gran activismo y mantuvo una intensa presencia regional. Los espacios más destacados estuvieron en la participación en los procesos de paz en Centroamérica y el Grupo Contadora, el Tratado de Tlatelolco, la política de asilo regional y la política tercermundista y de apoyo a los no alineados.

México no debe olvidar que Latinoamérica ha dejado de ser el hermano menor y dista mucho del panorama de la década de 1980 y de las consecuencias negativas de la década perdida.

Pero la debacle económica de la década de 1980 llevó a México a adoptar un nuevo modelo económico y, además de que los esfuerzos nacionales se centraron en este objetivo, las prioridades externas fueron reorganizadas. La crisis había llevado a México a concentrar su mirada en el modelo de desarrollo afín al norte. En consecuencia, América Latina y el Caribe pasó a ocupar un segundo plano y, desde entonces, solo estuvo presente en el marco de la agenda comercial de política exterior de México. Incluso, debido a que lo suscitado en el sur del continente antes de la década de 1990, generó no solo posiciones encontradas con Estados Unidos sino además confrontaciones, luego de la apertura económica y de la adopción del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), los gobiernos mexicanos diseñaron su política exterior regional a partir de evadir esas confrontaciones, lo cual implicó disminuir la presencia y el activismo regional.

Desde ese momento y hasta hoy, mientras México buscaba integrarse cada vez más al norte, la política hacia Latinoamérica persistió sin cambios menores y su importancia quedó supeditada a un discurso político que reitera que la región es una tarea pendiente y prioritaria de la agenda externa. Durante los gobiernos de Vicente Fox y Felipe Calderón, la línea hacia América Latina y el Caribe no solo se mantuvo sino que además sufrió sobresaltos mayores y atípicos en la historia de las relaciones entre ambas partes. Lo peor llegó con Fox, quien a la par de priorizar los temas migratorios y de libre comercio con el norte, buscó promover el Plan Puebla Panamá y el Área de Libre Comercio de las Américas. La tendencia proestadounidense de Fox y una posición divergente en los temas y foros de discusión regionales le ocasionaron desencuentros que involucraron el aspecto personal y llegaron al ámbito estatal principalmente con Argentina, Brasil, Cuba y Venezuela. A su llegada a la presidencia, Calderón trató de recuperar la presencia y el liderazgo de México en la región a partir de una estrategia de reencuentro con los países antes mencionados. No obstante, la agenda interna, enfocada en la lucha contra el narcotráfico, volvió a limitar las posibilidades.

Si bien México no había roto completamente los lazos regionales, los modificó, y con ello era claro que México había perdido su liderazgo natural y regional. El liderazgo natural lo perdió porque, a pesar de la geografía, al concentrar toda su atención en el norte, particularmente en las relaciones con Estados Unidos, olvidó que el respeto, la autonomía y la independencia por las que constantemente luchó durante siglos frente a ese país, dependía del equilibrio que mantuviera con el sur. En tanto la pérdida de liderazgo regional fue confirmada luego de las críticas, rechazos e incluso condenas provenientes de los países latinoamericanos: el hermano mayor se ganó el recelo y surgieron nuevas inconformidades que generaron competencias desde los países con mayor peso en la región, el caso más particular es el de Brasil, al que además le siguieron Argentina y Chile. Tras este paso y encerrado en su discurso político de importancia, prioridad e interés hacia la región, México pasó de ser un líder regional a un mero promotor de voluntad política.

El gobierno saliente, desde campaña, también dejó ver que la región era una tarea pendiente y la enlistó como una prioridad. Asimismo, la vocación tradicional latinoamericana también continuó, pero en el discurso lo único que prevalece es el peso económico-comercial que para nuestros representantes merece la región en la agenda del país. A pesar de ello, todavía persisten espacios y esferas de oportunidad donde México puede intercambiar diversas experiencias positivas en ámbitos como la energía, la educación, la agricultura, el deporte, prácticas electorales, desarrollo de la población indígena y otros aspectos enmarcados dentro de la cooperación para el desarrollo y la cooperación sur-sur que, en Centroamérica, ya refleja resultados positivos.

Los retos, desafíos y las oportunidades para México

Hace 24 años entró en vigor el TLCAN, el elemento considerado como el punto de ruptura en las relaciones entre México y la región latinoamericana. Hoy, México regresa su mirada a su área de influencia natural, a los que un día fueron sus hermanos menores. Sin embargo, la región ya no es la misma, la llegada de nuevas ideologías político-electorales, cambios sociales, de desarrollo, económicos y comerciales, expectativas intra y extrarregionales, son algunos de los retos que México y el nuevo gobierno deben tener presentes en el diseño de la nueva agenda de política exterior hacia la región.

A pesar de que hoy la región dista de la Latinoamérica del siglo XX, donde los conflictos, los vaivenes políticos, la violencia y la paz prevalecieron sobre el desarrollo y crecimiento económico-social, aún son muchos los desafíos tanto a nivel nacional como regional que estos países no han logrado resolver. Entre los internos están las tareas cruciales en lo económico y social (pobreza, desarrollo urbano y servicios públicos, medio ambiente, igualdad de género, consolidación de la democracia, derechos humanos, desigualdad y falta de inclusión social, educación, corrupción, transparencia y fiscalización, inversión extranjera, innovación, entre otros). Por otro lado, a nivel regional, los retos provienen de manera especial de la desintegración, las prácticas arancelarias, los esquemas de comercio, el intercambio y el acceso a los mercados regionales y mundiales que deberían ser simplificados, a la par de una falta de impulso en las cadenas de valor y en la competitividad de estos países.

De México dependerá no quedarse rezagado ante los cambios regionales, principalmente los liderazgos que desde hace tiempo se vienen gestando.

En el ámbito político-electoral, la balanza de poder en la región se ha inclinado hacia la derecha, dejando atrás el predominio histórico de los regímenes de izquierda. Además de México, entre 2018 y 2019, América Latina y el Caribe enfrenta procesos electorales (Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Cuba, El Salvador, Guatemala, Panamá, Paraguay, Uruguay y Venezuela) que determinarán la ruta del continente al menos durante la próxima década. Cabe tener presente que la tensión electoral en la mayor parte de la región continúa marcada por el fenómeno de la corrupción en diversos países (el más emblemático es el caso Odebrecht), el desgaste de la confianza hacia el sistema político y las instituciones, y el debilitamiento y deslegitimación de las élites y bases políticas. Derivado de este panorama, y de la mano de los desafíos económicos y sociales con mínimos niveles de crecimiento, es que la derecha ha alcanzado un ascenso en el continente.

El triunfo de López Obrador no solo representa un cambio de rumbo para México, sino también para la región latinoamericana. Luego de la victoria, el apoyo más fuerte y positivo vino precisamente del sur. Las felicitaciones regionales incluyeron a líderes políticos y mandatarios de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Cuba, Ecuador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Venezuela, entre otros, que han señalado que la llegada de López Obrador a la presidencia mexicana significa un punto de ruptura al avance de la derecha regional, una recomposición del mapa político y un retorno de los gobiernos comprometidos con la justicia social y la soberanía. También han manifestado su deseo de que México replantee el punto de partida en un nuevo balance entre la correlación de fuerzas latinoamericanas y sea un impulso a la solución de problemas comunes que siguen aquejando a la región (conflictos internos, territoriales y marítimos, migración, medio ambiente, derechos humanos, integración económica-comercial, entre otros).

Un punto de partida del nuevo papel de México en la región, será su participación para solucionar los principales conflictos actuales: la crisis en Venezuela y su participación en el Grupo de Lima; la continuidad de los acuerdos de paz en Colombia, luego del regreso del uribismo con el mandatario Iván Duque y un mayor acercamiento con Estados Unidos; la migración centroamericana, particularmente tras la reciente caravana de migrantes que han entrado al país y ante las políticas estadounidenses impulsadas por el gobierno de Donald Trump; la crisis sociopolítica en Nicaragua y su impacto en Honduras; la política continental en materia de producción y consumo de drogas; los esquemas de integración (Alianza del Pacífico; Asociación Latinoamericana de Integración; Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños; Mercado Común del Sur: Tratado Integral y Progresivo para la Asociación Transpacífico); el conflicto sobre las islas Malvinas; el fin del bloqueo económico a Cuba; el conflicto entre Bolivia y Chile por una salida al mar, entre otros.

La tarea, por supuesto, no será nada fácil. A la par de los retos y desafíos internos y regionales, en el ámbito bilateral hará falta evaluar las políticas de intercambio comercial, principalmente ante su fragilidad y la similitud de los mercados, así como diseñar una estrategia con mayor precisión hacia Centroamérica. Las oportunidades más próximas se centran en el área político-diplomática, donde es necesario que México continúe solidarizándose con la región en temas tradicionales a favor de la libertad, la igualdad, la justicia internacional, las oportunidades de cooperación y las transformaciones político-electorales. Será primordial que retome su participación como mediador regional en defensa de la paz para retomar una posición sólida con los países latinoamericanos, y consistente con la tradición diplomática mexicana. Finalmente, que impulse con más fuerza y sea un mayor partícipe de los procesos de integración y de la cooperación para el desarrollo.

En esta nueva tarea, el reto para México, más allá de retomar el poco exitoso liderazgo regional y seguir abanderando la idea de contrarrestar con este papel la dependencia con Estados Unidos y erigir una mayor presencia internacional, está en convertirse en ejemplo para la región a partir de soluciones concretas y reales; en institucionalizar la relación más allá de los problemas internos y la cercanía con Estados Unidos, y en dejar de adoptar posiciones de indiferencia y poco prudentes con la región. De México dependerá no quedarse rezagado ante los cambios regionales, principalmente los liderazgos que desde hace tiempo se vienen gestando. Además, de esta oportunidad dependerá la tan anhelada autonomía e independencia hacia Estados Unidos, en aras de alcanzar la diversificación comercial.

JACARANDA GUILLÉN AYALA es licenciada en Relaciones Internacionales y maestra en Estudios México-Estados Unidos por la Universidad Autónoma de México (UNAM). Desde 2010 es miembro de la Asociación Mexicana de Estudios Internacionales (AMEI). Fue asesora parlamentaria en asuntos internacionales en la Consultoría Jurídica del Senado de la República. Actualmente es investigadora del Centro de Estudios Internacionales Gilberto Bosques del Senado de la República. Sígala en Twitter en @jackyga3.

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2 Responses to La nueva agenda de México en política exterior hacia América Latina y el Caribe

  1. Marco Antonio Guzman dice:

    Estimada colega, la felicito por su analisis. Hoy, cuando nuestra carrera y oficios inherentes conexos en RRII, esta tan usurpada por pichones de “analistas internacionales” de otras carreras u oficios, es grato encontrarse con analisis reales, precisos y muy sencillos, donde entre lineas, su contenido, cuenta la larga e incomoda historia resumida, y proyecta un horizonte. Mexico es ejemplo de modelos de todos los estilos, buenos y malos. El nuevo Presidente necesita mas colaboracion q comprension, dos flagelos ancestrales son los enemigos: Corrupcion y Desconfianza. El mexicano de a pie ya dio su paso adelante, ahora le toca al estamento altamente educado, para q ese binomio coloque su bello pais en un alto puesto en la historia. Le saludo, poniendome a sus ordenes. Lic. MARCO ANTONIO GUZMAN. INTERNACIONALISTA Y Diplomatico (R). Caracas. Venezuela.

  2. Gulllermo G. Espinosa dice:

    A veces la generalización de ideas nos lleva a conclusiones equivocadas. Suponer que México era hasta los ochenta el líder indiscutible de América Latina es un planteamiento que minimiza la voluntad y la acción de Brasil como país de fuerte influencia en América del Sur, muy a pesar de haber caído en una dictadura que duró 21 años. Los liderazgos regionales en América Latina más bien son subregionales: México en América Central y Brasil en Sudamérica. Venezuela se ha esforzado además por influir en la política de países como Costa Rica y El Salvador, cuando menos. La izquierda que gobernó países como Argentina o Ecuador sostiene desde hace años que México se entregó a Washington y “dio la espalda” a sus hermanos latinoamericanos. Pero afirmar que México se apartó de América Latina porque el Estado mexicano se involucró en una relación necesaria de consolidación económica regional norteamericana es un enfoque limitado, porque se pierde de vista que, según cifras de Aladi, México ha multiplicado su comercio y sus inversiones con América Latina como nunca antes en la historia. ¿De verdad se ha perdido el liderazgo porque la diplomacia mexicana cedió en ciertos papeles protagónicos? El liderazgo no es solo cuestión de discursos y acciones políticas. La economía tiene mucho que ver en eso y este artículo ni siquiera se lo plantea.

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