Hiroshima y Nagasaki: sombras de guerra en las ciudades de la paz

3 diciembre, 2015 • Artículos, Asia/Pacífico, Portada • Vistas: 1947

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avatarDefault Silvia Lidia González

Noviembre 2015

Hiroshima y Nagasaki han guardado durante 7 décadas un profundo significado entre la tragedia y la resurrección, entre la retórica de la victimización, la seguridad, la guerra y la paz. En la conmemoración de los 70 años de los bombardeos atómicos, las voces de los sobrevivientes recuperan la dimensión humana de aquel acontecimiento histórico. De alguna forma, la crónica indeleble de su dolor, la resonancia de la lección histórica o su utópico llamado pacifista parecen atraer al mundo.

En este sentido, el Museo de la Paz de Hiroshima ha sido en los últimos años el sitio más visitado por los extranjeros que llegan a Japón. Particularmente, en las conmemoraciones de 2015 se reunió la mayor cantidad de representaciones extranjeras en la historia, con 100 delegaciones de diferentes países en Hiroshima y 75 en Nagasaki.

Entre los asistentes, una voz le dio otro tono a las ceremonias de este año: la del primer ministro Shinzo Abe. Tradicionalmente, las autoridades japonesas acuden a estos actos, aunque, en esta ocasión, pancartas, voces y señales de desaprobación reflejaban la inquietud de muchos. ¿Qué hacía el promotor de una ley para permitir a Japón volver a los conflictos armados, precisamente en los momentos y los lugares más emblemáticos para los movimientos pacifistas del mundo?

Grupos civiles y autoridades locales se han organizado desde hace varias décadas para reiterar su mensaje de rechazo contundente a las guerras y su llamado a la abolición total de las armas nucleares. Para las víctimas de Hiroshima y Nagasaki se trata de una asociación inevitable. Su posición es producto tanto de su propia experiencia como de una inducida línea de pensamiento en la posguerra y de una larga lucha por romper la manipulación informativa que han ejercido los círculos del poder sobre asuntos nucleares.

Silencio: de la victimización al pacifismo

La información sobre asuntos atómicos fue censurada originalmente desde los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, cuando se fabricaban las armas en el Laboratorio Nacional de Los Álamos −dentro del Proyecto Manhattan− en Estados Unidos. Por otra parte, justo después de los bombardeos, las autoridades japonesas se encargaron de controlar la información para no revelar los detalles ni mermar la moral bélica de la población japonesa. Sin embargo, hacia el exterior, los líderes nipones reconocieron los ataques y el 10 de agosto de 1945, a través del gobierno suizo, condenaron el uso de la nueva bomba ante la comunidad internacional.

Tras la rendición de Japón, las nuevas autoridades del Comando Supremo de las fuerzas aliadas dictaron un Código de Prensa el 19 de septiembre de 1945 y organizaron un cuerpo de más de 6 mil censores para vigilar minuciosamente todo tipo de informes que pudieran ser críticos de las fuerzas de ocupación. Aunque en el código no se mencionaba directamente el tema atómico, los efectos radiactivos y las manifestaciones de dolor de las personas que sobrevivieron eran puntos sensibles bajo la óptica de esos censores.

Durante los siete años de la ocupación aliada en Japón –que van de 1945 a 1952− no hubo protestas por el uso de las armas atómicas. De este modo, la sociedad fue silenciada durante los primeros años de la Guerra Fría, que estuvo marcada por ensayos nucleares y por una carrera por el desarrollo de la nueva y poderosa tecnología bélica.

Las fuerzas de ocupación obligaron a las víctimas a transformar sus críticas en resignación o en compromiso con la erradicación de la guerra. Así fue como la censura permitió que hubiera en 1946 en Hiroshima un buró de reconstrucción de los daños de la guerra, Festival de la Paz de Hiroshima y un servicio memorial por los muertos de la guerra. Se permitían las acciones, pero se borraban los vínculos con las bombas atómicas.

En mayo de 1947, las autoridades japonesas, guiadas por las fuerzas de Ocupación encabezadas por Estados Unidos, promulgaron una nueva Constitución de inspiración pacifista, que en su artículo 9° obligaba al país a renunciar a la guerra. Justamente en agosto de ese año, el alcalde de Hiroshima emitió una Declaración por la Paz, que se convertiría en el modelo para el discurso central del festival de paz celebrado cada año en la ciudad.

Durante los años siguientes hubo en Hiroshima y Nagasaki eventos como la promulgación de leyes de reconstrucción, la celebración de marchas mundiales y eventos de beneficencia que, de acuerdo con diversas cronologías, se identificaban siempre con el eslogan de la paz. El vocablo mismo llegó a convertirse en una estrategia mercantil que, según algunos historiadores, identificaba todo lo que era natural de Hiroshima.

Cambio de paradigma: las armas y las guerras

El primer gran cambio en la retórica del silencio atómico y de la propaganda pacifista se registró en octubre de 1949 durante la marcha para preservar la paz, en la que se emitió una declaración solicitando la abolición de las armas nucleares. Después de varios años de eufemismos disimulando las críticas y las dolorosas experiencias de las víctimas, ¿por qué dejarlos manifestarse entonces? Probablemente el criterio de los censores se modificó ante un evento crucial: cinco semanas antes, el 29 de agosto de ese año, la Unión Soviética había realizado en Siberia la primera prueba de una bomba atómica.

Commons

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El tan publicitado monopolio sobre asuntos nucleares –que fue la carta fuerte de Estados Unidos durante la Guerra Fría− perdía validez. En manos de una potencia antagonista, las bombas cobraban otra dimensión y, a partir de entonces, se colocarían en el centro de las críticas mundiales. En ese contexto, Hiroshima y Nagasaki podrían manifestarse contra las armas atómicas.

Posteriormente, el discurso pacifista inculcado en estas ciudades también se vería afectado por nuevas circunstancias políticas. En 1950, la tradicional conmemoración anual del Festival de la Paz de Hiroshima fue cancelada por órdenes del comando supremo. De este modo, no hubo declaración ni festival en nombre de la paz. Aunque no era esta la explicación oficial, resultaba evidente que el eslogan pacifista podría convertirse ahora en una crítica, ya que Estados Unidos −el país que había impuesto en Japón la no beligerancia− participaba directamente en la guerra de Corea desde enero de ese año. No era momento para permitir que los japoneses juzgaran al mundo y condenaran los movimientos bélicos.

El peso de una historia oscura

Con el Tratado de Paz de San Francisco y con el Tratado de Seguridad entre Estados Unidos y Japón se terminó oficialmente el periodo de ocupación en 1952. Esto permitió el surgimiento de voces críticas desde Hiroshima y Nagasaki que se convertirían en el centro de atracción de movimientos pacifistas, de líderes religiosos y de artistas de todo el mundo. La misma población local, en atención a ese interés, fue consolidando sus propias agrupaciones civiles y políticas, promoviendo manifestaciones artísticas y, en 1955, ambas ciudades cumplieron su misión de recolectar las muestras escondidas de las tragedias al abrir sus correspondientes museos conmemorativos. Con el tiempo, se fue fortalecido además su llamado de rechazo a la guerra y a las armas atómicas.

Sin embargo, dentro de Japón las experiencias de los ataques atómicos continúan siendo incómodas y, hasta cierto punto, desconocidas. La cadena informativa NHK decía que en 2010 solamente 27% de la población japonesa recordaba las fechas de los bombardeos en Hiroshima y Nagasaki.

En términos generales, Japón no tiene una gran tradición en el debate de asuntos públicos. Durante estos 70 años −salvo en breves periodos− el país ha estado gobernado por el Partido Liberal Democrático, que ha eludido por mucho tiempo temas delicados de su historia. Además, en los últimos años se ha dedicado a reinterpretarlos desde su perspectiva conservadora.

La posición oficial durante todo este tiempo ha sido la de acompañar simbólicamente a las ciudades de Hiroshima y Nagasaki durante las conmemoraciones por los bombardeos y respaldar el llamado antinuclear. En las ceremonias de este año el mismo Abe manifestó que su gobierno presentaría “un nuevo proyecto de resolución sobre la eliminación total de las armas nucleares en la Asamblea General de las Naciones Unidas este otoño”.

Esta noticia no forja grandes esperanzas porque el gobierno japonés ha apoyado y ha utilizado la posición de las víctimas de los bombardeos ante instancias internacionales sin obtener muchos resultados. Así sucedió en mayo de 2015 en Naciones Unidas durante la Conferencia de Revisión del Tratado sobre la no proliferación de las armas nucleares en la que no se llegó a ningún consenso.

Al interior de Japón, algunos académicos han confrontado recientemente la censura oficial al discutir temas sensibles. Entre estos se encuentran las atrocidades cometidas por la Armada Imperial Japonesa en sus afanes colonizadores y las graves violaciones a los derechos humanos, especialmente considerando a las llamadas “confort women” o esclavas sexuales sometidas por los soldados. Además, el tema de los bombardeos atómicos remite a la memoria del inicio de las hostilidades entre Estados Unidos y Japón con los ataques a Pearl Harbor. De hecho, precisamente de estos puntos derivan las principales críticas de países asiáticos como China y Corea que rechazan la retórica de victimización japonesa, mientras este país no reconozca sus propios abusos en la guerra.

Llamar a la guerra frente a las voces de paz

La posición del gobierno japonés, lejos de resultar favorable, ha eclipsado así los llamados de Hiroshima y Nagasaki sobre la abolición de las armas nucleares. Por otra parte, el rechazo a la guerra se vuelve también un tema que distancia a estas poblaciones de la élite política.

Shinzo Abe ha promovido una ley de seguridad que permitiría a Japón volver a participar en conflictos armados, especialmente en apoyo a su principal aliado: Estados Unidos. Esta paradójica reinterpretación del citado artículo 9° de la Constitución japonesa termina con los conceptos que los mismos gobernantes infundieron en la sociedad y en el sistema legal japonés en la posguerra.

El Primer Ministro fue centro de las miradas este año en las conmemoraciones de Hiroshima y Nagasaki. De manera directa escuchó las inquietudes y las súplicas de los voceros del pacifismo. Sumiteru Taniguchi, a nombre de las víctimas y con sus heridas aún abiertas, advirtió al mandatario que su reinterpretación de la Constitución japonesa “puede llevar de nuevo a la guerra”. Por su parte, en su Declaración por la Paz, el Alcalde de Hiroshima Kazumi Matsui pidió respetar la constitución y “crear sistemas de seguridad… que no dependan de la fuerza militar”, mientras que su homólogo de Nagasaki, Tomihisa Taue, se hizo eco de la ansiedad colectiva ante la desaparición del “principio de paz que ha mantenido siete décadas la constitución japonesa”.

Reuters

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Abe los escuchó, al igual que a las decenas de miles de personas que los días 17 y 18 de septiembre manifestaban en las calles su absoluto rechazo a la guerra. Escuchó a cerca del 60% de la población que está en contra de su medida y a los senadores que, a unos centímetros de él, protagonizaban una inusual escaramuza discutiendo la aprobación de la ley dentro del recinto parlamentario. Los escuchó y los observó, impasible. Ninguna voz hizo eco en sus intenciones.

Finalmente, el 19 de septiembre de 2015 la Cámara de Senadores, con mayoría del Partido Liberal Democrático, aprobó la Ley de Seguridad, una medida que, según Abe, es “indispensable para proteger la vida y la paz de los ciudadanos”. El Primer Ministro fue apoyado por quienes consideran que la medida “normaliza” la posición de Japón en los conflictos internacionales.

La retórica del poder reitera que, en un mundo conflictivo, prepararse para la guerra garantiza la paz. Esta postura de la disuasión, predominante en la Guerra Fría, resulta familiar para la gente de Hiroshima y Nagasaki. Es una reminiscencia de los argumentos que han impulsado la carrera armamentista que ha dejado en el mundo más de 16,000 cabezas nucleares.

A 70 años de los bombardeos atómicos, Hiroshima y Nagasaki reiteran su inspiración pacifista en el mundo. Así, se oponen a la retórica oficialista que los relega a ser solamente el eco de una tragedia incómoda en la historia y no un llamado a la conciencia moderna de las sociedades y las élites en el poder.

SILVIA LIDIA GONZÁLEZ es Doctora en Estudios de Asia y África, especializada en historia japonesa, por El Colegio de México. Es periodista con experiencia en diversos medios y autora de Hiroshima: la noticia que nunca fue y de otros libros sobre comunicación, paz y derechos humanos. Actualmente es profesora en la Universidad de Estudios Internacionales de Kanda (KUIS) en Japón.

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