El primer hombre global

1 enero, 2013 • Reseñas • Vistas: 1045

América antes y después de Colón

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1491: Una nueva historia de las Américas antes de Colón, Charles C. Mann, Taurus, 2006, 632 pp., MX$299.00. (edición rústica, $16.95).

1493: Uncovering the New World Columbus Created, Charles C. Mann, Knopf, 2011, 560 pp., US$30.50.

El último medio siglo no ha sido amable con Cristóbal Colón. Según un artículo publicado en la edición más reciente del Yearbook of Physical Anthropology, basado en un estudio aplicado a cráneos exhumados de la Europa del siglo XV, cuando la tripulación de Colón regresó al viejo continente era portadora de la sífilis, una enfermedad que se diagnosticó por primera vez en Europa en 1495. En menos de una década, la bacteria se propagó a los soldados europeos en la India, quienes infectaron a la población de Asia, con lo cual la sífilis se convirtió en la primera epidemia mundial. Colón, el otrora gran explorador, se había convertido en mero portador de una enfermedad venérea.

El navegante genovés es desde hace tiempo parte medular de los debates sobre la globalización: cuándo y cómo se inició, y a quiénes ha ayudado y perjudicado durante los 5 siglos transcurridos desde que Colón llegara a tierras americanas en 1492. El descubrimiento de América fue fundamental para el proceso de integración y de interdependencia que se dio, y se da cada día más, entre las distintas regiones del mundo.

Durante muchos años, los historiadores y la población en general vieron en Colón a un visionario, a un descubridor heroico, a un combatiente de la ortodoxia. Sin embargo, la perspectiva académica que predominó en la década de 1960 veía al marinero genovés desde otra óptica menos halagüeña. Se culpó a Colón de toda la destrucción que siguió a su desembarco: decenas de millones de pobladores indígenas nativos fallecieron y diez millones de africanos fueron esclavizados. Sí, Colón conectó a los hemisferios e inició el capítulo de la modernidad, pero fueron los europeos quienes obtuvieron más beneficios. Distintos historiadores revisionistas, incluido Kirkpatrick Sale, tomaron nota de esta animosidad. En su popular The Conquest of Paradise, publicado en 1990, Sale argumenta que Colón encabezó una campaña para saquear y destruir el mundo paradisíaco de las Américas. En vez de celebrar 500 años del descubrimiento de América, Sale y otros lamentaron el suceso e hicieron eco del creciente descontento ante la propia globalización.

Entre los académicos, el debate simplista de si Colón fue bueno o malo exhibe más matices. La relevancia de 1492 para la historia del mundo —y de la globalización— se ha puesto en marcado contraste. Los historiadores ahora se centran más en el papel que desempeñaron los indígenas americanos durante la expansión y conquista europea, considerándolos menos como víctimas pasivas y más como participantes activos en la integración global.

También ha ocurrido un cambio de punto de vista. En vez de ver el descubrimiento y la colonización de América como uno entre varios avances e hitos, algunas corrientes ahora consideran que 1492 es un año pivote en la historia mundial. El primero en afirmarlo fue el científico Jared Diamond en su exitoso libro, Armas, gérmenes y acero (1997), en el que intenta explicar cómo fue que los europeos pudieron dominar al mundo, y cómo obtuvieron tecnologías letales e inmunidad biológica. Para Diamond, la Conquista era prácticamente inevitable, y los efectos de tal choque, menos importantes que sus circunstancias.

El periodista Charles Mann ha utilizado este trasfondo para publicar dos importantes libros en los que, de manera más incisiva que otros autores, se pregunta cómo influyó 1492 en los siglos posteriores de integración global. El tema abordado no es la Conquista de los pueblos nativos de América, sino los efectos y los legados de la Conquista, inclusive las lecciones que los indígenas americanos y sus descendientes pueden enseñarnos respecto al uso de los recursos. Es posible que los indígenas americanos hayan sido víctimas, pero Diamond considera que ya estaban condenados debido a su atraso tecnológico, mientras que Mann muestra que ya habían acumulado una gran cantidad de conocimiento cuando ocurrió la Conquista. Las innovaciones indígenas detonaron un auge económico y lo que hoy conocemos como globalización.

Los indígenas americanos tienen talento

¿Cómo era el mundo antes de 1492? Ésta es la pregunta que Mann plantea en 1491, en el que muestra al hemisferio occidental antes de que se iniciara en el comercio global y la inmigración. Mann, escritor popular de temas científicos, ha publicado varios libros sobre la intersección de la ciencia, la tecnología y el comercio. Sin involucrarse en las disputas de los estudiosos, Mann se las arregla para poner los hallazgos académicos perspectiva y despojarlos de toda terminología especializada. Mann contribuye a la divulgación de la ciencia con su narración de los descubrimientos; sus héroes son los antropólogos, los arqueólogos y los demógrafos, capaces de hacer añicos las ideas preconcebidas acerca del pasado cuando ponen manos a la obra para explicar la historia y sus anomalías.

En particular, Mann se emociona cuando los hallazgos echan por tierra la información que aparece en los libros de texto que utilizó en la escuela, como la Historia universal de William McNeill, publicada en 1967, que hace caso omiso del continente americano como una de las fuentes de la civilización. Mann perdona a McNeill por suscribir el conocimiento convencional de su época, cuando se señalaba que el llamado “auge de Occidente” era el resultado de una capacidad europea endógena para lograr el progreso. Pero es implacable con los historiadores que, varias décadas más tarde, cometen el mismo descuido en los libros de texto que utiliza su hijo. “La teoría del libro que tienen en sus manos —les dice a sus lectores— es que la historia de los indígenas americanos amerita bastante más que nueve páginas.”

Los libros de Mann invitan a los lectores a ver el pasado de manera diferente. Les pide imaginar que sobrevuelan la gran zona urbana de Tiahuanaco, en la actual Bolivia, una de las metrópolis más antiguas de los Andes, o contemplar desde las alturas la granja de Doña Rosario, descendiente de esclavos fugitivos en Brasil. Estas imágenes del Nuevo Mundo muestran cómo se explotaba la naturaleza, se organizaban los recursos y cuidaban sus tierras. Lo que desde un ángulo parece desvencijado y en ruinas, desde otro ángulo tiene mucho sentido.

A partir de esos puntos de vista tan inusuales, Mann elabora una contranarración sobre América antes de la Conquista. Donde Diamond señala algunas diferencias fundamentales entre los pueblos (su poderío tecnológico, su inmunidad biológica y su cultura bélica), Mann subraya las características humanas que tenían en común. Por ejemplo, Mann plantea que los euroasiáticos y los indígenas de América trataban a la naturaleza de manera parecida. Mann se propone sepultar el mito de que el Nuevo Mundo constituía un edén inmaculado, donde las personas vivían suspendidas en el tiempo y eran incapaces de convertir su hábitat en un jardín. Con frecuencia, los conquistadores justificaron la devastación que causaron con el argumento de que los vencidos tan sólo formaban parte de la naturaleza, pues no la habían dominado. Resulta irónico que, siglos más tarde, escritores supuestamente ecologistas, como Sale, señalaran que los indígenas americanos vivían “en un equilibrio espiritual con la naturaleza”, como dice Mann. Más bien, Mann muestra que los indígenas nativos eran algo muy diferente y hasta familiar: personas creativas que moldearon su entorno.

Para defender su planteamiento, Mann recurre a demógrafos y arqueólogos, como Henry Dobyns y William Denevan, cuyas investigaciones recientes han confirmado que las civilizaciones precolombinas explotaron la naturaleza para mantener a grandes urbes densamente pobladas. Mientras que, en los primeros años de la década de 1960, predominaba la opinión de que sólo unos cuantos millones de habitantes poblaban el Nuevo Mundo a la llegada de los españoles, las cifras aceptadas actualmente rondan entre cuarenta y ochenta millones de habitantes, e incluso doscientos millones según algunos investigadores.

Para mantener a una población tan elevada y ciudades inmensas como Cahokia (en lo que ahora es el medio oeste de Estados Unidos) y Tiahuanaco, los pobladores nativos de América tuvieron que hacer algo más que recolectar frutos: debieron transformar su entorno. Como prueba de ello, Mann se apoya en hallazgos recientes de que los primeros habitantes del continente cruzaron de Siberia a Alaska mucho antes de lo que usualmente se ha pensado, quizá hace unos 25 000 años. Por lo tanto, esos primeros pobladores tuvieron tiempo para desarrollar técnicas propias que modificaran ese entorno virgen. En la región central de México, los indígenas diseñaron sistemas hidráulicos complejos. En una época en la que los europeos todavía contaban con los dedos, los olmecas ya habían inventado el número cero. Para el año 3000 a.C., ya se habían erigido veinticinco grandes ciudades en el Nuevo Mundo. Y Mann considera que antes de la llegada de Colón, casi dos tercios del actual territorio continental de Estados Unidos estaban cubiertos de sembradíos, y gran parte de la región del sureste contaba con sistemas de riego y terrazas.

En pocas palabras, los europeos no fueron los únicos que causaron estragos en América; también los pobladores nativos. Pero Mann presenta argumentos a favor del enfoque de los indígenas respecto del ambiente y el uso de los recursos naturales que haríamos bien en estudiar y, sobre todo, emular. En los miles de años que les tomó a los indígenas americanos adaptarse a su hábitat, diseñaron estrategias para que la explotación fuera sustentable. La selva amazónica, por ejemplo, sería tan sólo un humedal si se cultivara a la usanza europea debido a que la labranza intensiva privaría a su suelo ácido de la energía que necesita. Los nativos convirtieron ese bosque pluvial en una frontera cultivable capaz de alimentar a millones.

La Conquista europea no sepultó por completo la evidencia de este modelo alternativo de aprovechamiento de los recursos. Cuando, en la década de 1980, Mann escribió un artículo para una revista sobre la batalla para salvar al salmón del Pacífico, encontró pruebas de que los nativos de Oregón encontraron tiempo atrás la manera de pescar grandes cantidades sin acabar con la especie. Sus descendientes han conservado esa práctica. Por lo tanto, los indígenas americanos fueron, y muchos siguen siéndolo, ejemplo de un método equilibrado para extraer recursos. La lección para el mundo actual no es que debamos renunciar al progreso tecnológico y ser siervos de nuestro entorno, sino que debemos dominar la tierra sin sembrar las semillas de la destrucción.

El comercio injusto

En el libro 1491, Mann demuestra que los indígenas americanos, al igual que los euroasiáticos, atesoraban sus antiguas tradiciones de innovación y transformaron su entorno. Sin embargo, hubo una diferencia fundamental entre ambos. En el hemisferio oriental, los inventos se extendieron rápidamente mediante el comercio y, con ello, surgieron nuevas tecnologías. En tanto que en la mitad occidental del planeta, el contacto entre los centros de progreso humano era ínfimo o nulo.

Mann insiste en que todas las sociedades se pierden de algunos avances tecnológicos y poseen algunos puntos ciegos, situación que se subsana mediante el intercambio de productos e ideas. El problema de los indígenas americanos antes de 1492, y que les impidió llenar huecos, fue su aislamiento con respecto a los descubrimientos en África, Asia y Europa, e incluso con las innovaciones ocurridas en su propio continente. Carentes de embarcaciones marítimas y de bestias de carga eficientes (la llama no lo es), las comunidades indígenas americanas no podían viajar grandes distancias y, por ende, se encerraron en sí mismas.

La secuela de Mann, 1493, constituye un relato de América y la globalización: de qué manera el comercio y la inmigración, desencadenados por Colón, transformaron el Nuevo Mundo y cómo el Nuevo Mundo, a su vez, transformó al Viejo Mundo. Mann toma la idea del intercambio colombino de uno de sus héroes científicos, el historiador ambientalista Alfred Crosby. El revolucionario libro de Crosby, El intercambio transoceánico: consecuencias biológicas y culturales a partir de 1492, publicado en 1972, se concentra no sólo en los seres humanos que viajaron entre el Viejo y el Nuevo Mundo, sino también en las enfermedades (la viruela que llegó a América y la sífilis a Eurasia), en los cultivos (el azúcar que viajó hacia occidente y las papas hacia oriente) y los animales (los cerdos que arrasaron con el sotobosque americano al carecer de predadores) que los acompañaron. Este intercambio representa el acontecimiento ecológico más relevante de la historia del planeta desde la desaparición de los dinosaurios. Crosby echó por tierra la tradición académica, por largo tiempo aceptada, de que la integración de los hemisferios había sido unidireccional, de Europa a América. También ayudó a derribar la idea de que el crecimiento económico y el progreso eran endógenos de Europa.

Incluso las víctimas del desembarco de Colón contribuyeron al bienestar de los euroasiáticos. Por ejemplo, las mejoras genéticas del maíz y la papa, logradas durante siglos por los indígenas americanos, permitieron al resto de la humanidad obtener más calorías por hectárea. A pesar de que las enfermedades traídas por Colón y sus seguidores casi exterminaron a la población nativa, después de 1492, el resto de la población mundial comenzó a crecer a un ritmo constante. Al arrasar con los territorios en América, los europeos adquirieron los medios para reconstruir su sociedad, diezmada por la peste y las invasiones en la Edad Media. Mientras lo hacían, por supuesto, también inventaron el cuento de que habían descubierto al “hombre natural” en la selva virgen.

Durante las últimas 4 décadas, los historiadores han vivido bajo la sombra de El intercambio transoceánico y, de hecho, Crosby, sigue siendo el personaje principal de 1493. Por esa razón, la publicación de la secuela de Mann causó menos olas que 1491: la esencia de su exposición y muchas evidencias ya eran bastante conocidas. Los cultivos del Viejo Mundo, como el tabaco y el azúcar, hicieron posible lugares como Virginia y Brasil. Y como los parásitos acabaron con los habitantes nativos, los europeos esclavizaron a los africanos, quienes se convirtieron en la mano de obra de reemplazo. Con base en las investigaciones de Crosby, Mann denomina a los años que siguieron a 1492 como el “nuevo Homogenoceno”, una era biológica de homogeneización creciente, porque la Conquista creó las condiciones para la mezcla, el intercambio y la fusión que originó un planeta más uniforme en términos biológicos. A pesar de que 1493 presenta conceptos menos revolucionarios que 1491, ciertamente demuestra la gran dimensión del intercambio y añade más evidencias empíricas de apoyo al modelo fundamental de Crosby.

La narración de Mann está salpicada de giros e incluso da algunos ejemplos de venganza involuntaria de los indígenas americanos. Mann describe cómo el explorador Francis Drake llevó la papa a Inglaterra, y de ahí pasó a Irlanda y a Ucrania, donde traicionó a los campesinos que dependían de ella cuando sucumbió a enfermedades para las que el tubérculo no tenía inmunidad. (Lo más irónico es que el culpable fue un hongo que llegó con el guano proveniente de las islas peruanas que se utilizaba como fertilizante en las granjas europeas.) El círculo del intercambio se cerró tras la hambruna de 1845 a 1852, cuando los irlandeses comenzaron a emigrar en desbandada hacia América.

Mann también globaliza lo que para Crosby resultaba ser un intercambio esencialmente transatlántico. Los recursos y cultivos del Nuevo Mundo llegaron hasta China, con lo que se estableció una red comercial de alcance mundial. La plata extraída de América les permitió a los europeos intercambiarla por seda china, con lo que China se reincorporó al orden internacional del que se había retirado en el siglo XV. China también importó nuevos granos y tubérculos, lo que a su vez le permitió la expansión de su frontera agraria y el crecimiento de su población. El modesto camote (o batata) americano ayudó a que China duplicara su población a 300 millones, para 1800.

Estos acontecimientos sustentan la opinión de Mann de que la globalización comenzó mucho antes de lo que la mayoría de los académicos piensa. Pero las cifras que proporciona no resultan tan confiables como podría esperarse. Por ejemplo, su estimación de que China absorbió la mitad de la plata extraída en el Nuevo Mundo no cuenta con bases sólidas. El libro de Mann también contiene varias afirmaciones exageradas, como que la Ciudad de México fue la primera “megalópolis moderna y globalizada” del mundo.

A pesar de estos vuelos de su imaginación, Mann logra demostrar que después de 1492, el mundo no sólo se interconectó, sino que se volvió interdependiente. De la convergencia de dos viejos mundos surgió uno: el nuestro. Pero 1493 no constituye una historia edulcorada de la globalización. Mann demuestra cómo la transferencia de conocimiento, activos y biota de Europa a América representó un proceso profundo, desgarrador y, para los indígenas nativos, despiadadamente devastador. Para 1650, 90% de la población nativa había sido aniquilada. En 1491, Mann expone qué tan numerosa y sustentable era la población precolombina; en 1493, discute los hallazgos de los historiadores demográficos, como Noble David Cook, quien ha realizado cálculos sobre las epidemias que arrasaron con los sobrevivientes de la Conquista. Mientras tanto, China y España, los países que más ávidamente importaron la plata americana, pronto se vieron acosados por la inflación y la turbulencia económica. Aun así, la biología, y no la tecnología, fue lo que a final de cuentas otorgó a los europeos la ventaja.

El nuevo orden mundial

La contribución más obvia de los libros de Mann a la historia de la globalización es la cuestión, generalmente olvidada, de que el Nuevo Mundo resulta fundamental para la historia de la integración mundial. Sus libros aún ponen en tela de juicio las historias eurocentristas, como el más reciente libro de Niall Ferguson, Civilization: The West and the Rest, en el que media docena de “aplicaciones asesinas” occidentales otorgan el triunfo inevitable a Europa sobre el resto del mundo, incluida América. A quienes tienden a pensar que América permaneció, para fines prácticos, separada del resto del mundo hasta que Estados Unidos no emergió como una superpotencia, Mann les recuerda que los hemisferios realmente tenían una historia de interacción más antigua. Y en términos contundentes, refuta a quienes, como Ferguson, tienden a pensar que, por sí mismos, los europeos inventaron la modernidad. La globalización no es una creación exclusivamente europea; no podría haber sido posible sin los recursos que los indígenas nativos ya sabían explotar antes de 1492.

Mann plantea como segunda idea importante que el conocimiento acumulado por los pobladores nativos de América, su dominio sobre la naturaleza, sobrevivió a la catástrofe del intercambio colombino. Los descendientes de esos primeros pobladores han preservado ese conocimiento y continúan utilizando los recursos de una manera inteligente y productiva. Por ejemplo, Rosario y su familia, en Brasil, al permitir que los exuberantes arbustos crezcan a lo largo de los afluentes del Amazonas, han creado hábitats para pescar camarón, que se encuentran junto a limoneros, cocoteros y otras palmas. Esta mezcolanza no parece una granja bien organizada, pero resulta lucrativa y sustentable. Modelos como éste sirven como refutación a los ambientalistas de moda en Occidente que desean desacelerar o detener por completo la explotación de los recursos naturales. Y también reta a los industrialistas que quieren librar de restricciones al hombre y la máquina, y emprender una loca carrera para aprovechar el auge repentino de precios de las materias primas en la actualidad. El choque de estas dos formas de pensar tiene lugar casi exclusivamente en el Norte globalizado. Mientras que a la mayoría de sus contrapartes en el Sur no le agrada ninguna de las dos opciones y rechaza esa falsa elección entre la deforestación y la depredación completa, por un lado, y la zona natural intacta, por el otro.

No es ningún secreto que la globalización representa un desastre para algunos y una bendición para otros. Pero no ha quedado tan claro que también ha ocasionado grandes transformaciones ecológicas, que datan desde la llegada de Colón a América. Así que cualquier libro de texto sobre historia universal en el futuro deberá tener en cuenta esta situación y la forma como los libros de Mann la presentan.

Jeremy Adelman es profesor de la cátedra Walter Samuel Carpenter iii de Civilización y Cultura Hispánica en Princeton University, donde también ha sido Director del Council for International Teaching and Research. Es autor de Albert O. Hirschman and the Soul of Reform: A Modern Odyssey, de próxima aparición.

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