Ébola: el reto para la salud mundial

1 diciembre, 2014 • África, Artículos, Asuntos globales, Portada, Regiones • Vistas: 2700

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 Diciembre 2014

A escasos 5 años de la aparición de la influenza AH1N1 en el continente americano, un nuevo virus acapara los titulares en el mundo entero: el ébola. Este virus cruzó la barrera de las especies al pasar de su huésped natural ─el murciélago de la fruta─ a los humanos. El fenómeno ocurrió en el centro de África, en la ahora República Democrática del Congo, donde uno de los primeros brotes de la enfermedad se registró cerca del río Ébola, del cual toma su nombre.

Dos características de esta enfermedad, que nada tienen que ver con su biología, saltan a la vista. Primero, no se trata de una enfermedad emergente, toda vez que se detectó por primera vez hace casi 40 años, en 1976. Segundo, es una enfermedad que desde su origen afecta prioritariamente una región del mundo caracterizada por sus condiciones de pobreza y debilidad institucional, en donde los determinantes sociales de la salud han desempeñado un papel crucial en su génesis y en los alcances actuales.

Al ser una enfermedad con una tasa de letalidad elevada, durante décadas su transmisión fue limitada y pasó a engrosar la lista de enfermedades exóticas en países en vías de desarrollo. Sin embargo, esta situación cambió cuando el 22 marzo de 2014, la organización no gubernamental Médicos sin Fronteras (MSF) hizo un llamado a la comunidad internacional respecto a la amenaza que representaba para la salud mundial un brote atípico de ébola detectado en Guinea. Sin duda, el papel de MSF resulta crucial para el conocimiento de la situación por la que atraviesan los países afectados por este brote ─como Guinea, Liberia y Sierra Leona─, y también en la respuesta en el campo, al mostrar las fortalezas que algunos actores no tradicionales de la arena internacional tienen frente a los actores tradicionales.

En síntesis, la respuesta a su llamado de alerta fue inadecuada y tardía. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ─órgano especializado del sistema de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y cuyo objetivo es “alcanzar para todos los pueblos el grado más alto posible de salud” ─ no respondió de manera oportuna y rápidamente fue rebasada por las circunstancias. Esta fue la falla más evidente, pero no la única. La comunidad internacional en su conjunto, incluyendo los países que después fueron contagiados, no se percató de la gravedad del nuevo brote que pasó de presentar unos cuantos contagios y defunciones en marzo de 2014 a casi 5000 muertos y 13 000 enfermos, incluyendo casos en España, Estados Unidos, Mali, Nigeria y Senegal.

Debilidad institucional

El ébola no solo ha generado terribles pérdidas humanas, sino que ha puesto en evidencia un padecimiento grave, igualmente conocido y olvidado: la debilidad institucional. A la par de las alarmantes noticias de contagios y de muertes, el mundo se enteró de las revueltas en los países afectados: ataques a clínicas, a personal de salud, resistencia a cuarentenas desesperadas, entre otros. La debilidad institucional en estos países también permite reconocer la importancia que adquieren las condiciones sociales como elementos que determinan el curso de una epidemia en ausencia de una autoridad con capacidad de respuesta.

Esta situación, que a nivel nacional es tan evidente, pocas veces se manifiesta con tanta claridad en el escenario internacional. Esto muestra lo que, cuando menos, podemos diagnosticar como una crisis en el sistema de gobernanza internacional en salud. La falta de guía oportuna de la OMS es la cara más evidente de esta crisis. Sin embargo, es necesario reconocer que las limitaciones de los organismos internacionales emanan desde sus ordenamientos constitutivos, pues se crearon en una realidad mucho menos compleja que la actual.

Es importante señalar que los Estados miembros deberían redoblar esfuerzos para fortalecer los mecanismos de la OMS y para abrir espacios de interacción efectivos con actores no tradicionales ─como los organismos no gubernamentales─ en tanto se mantiene un blindaje de la agenda salvaguardándola de intereses comerciales tan presentes en cuestiones de salud. Esto no es una tarea fácil. Sin embargo, la tardía declaratoria de la OMS sobre el ébola como “amenaza a la salud pública internacional” ─emitida el 8 de agosto de 2014, cuando el actor in sitú hacía un llamado desde marzo de ese mismo año─ muestra la necesidad que esta organización tiene para interactuar con nuevos actores de la arena internacional, evitando generar controversias que, en el caso del ébola, incluso actúan en detrimento de la respuesta rápida y asertiva que se requiere.

Igerontologico

Igerontologico

Más aún, la falta de un mecanismo para reconocer en el llamado de MSF, mismo que la estructura local de la OMS no tuvo la capacidad de emitir, hizo que se perdiera la ventana de tiempo en la que incidir oportunamente para contener la epidemia era factible. La declaratoria de la OMS es piedra basal de la articulación de esfuerzos internacionales ante brotes epidémicos, ya que parte de sus funciones como rectora del régimen de salud mundial incluyen la elaboración de normas y de procedimientos de acción para atender este tipo de crisis, así como la implementación del Reglamento Sanitario Internacional.

Este reglamento indica los pasos que los gobiernos deben seguir para hacer frente a brotes epidémicos, incluyendo sus capacidades básicas de respuesta. Cabe señalar que para el caso de Guinea, Liberia y Sierra Leona no existía un diagnóstico claro sobre la capacidad de respuesta ni fue desarrollada a partir de la cooperación técnica. Por otra parte, los éxitos de Nigeria y Senegal en el control del contagio en sus países ─mediante procesos de comunicación eficaces y sistemas de salud fortalecidos─, dejan al descubierto los retos que la OMS enfrenta en otros países de la región para generar capacidades mediante el fortalecimiento de los sistemas de salud.

De igual forma, a nivel mundial, el reglamento rige la respuesta ante las amenazas a la salud pública internacional, así como los controles en puntos de salida y de entrada, los lineamientos sobre la pertinencia de restringir el libre tránsito tanto de personas como de bienes ─que en este caso, por el comportamiento epidemiológico del ébola, no están recomendadas─, y otros aspectos que impactan a las interacciones internacionales en el marco de la aparición de una nueva enfermedad. En este punto también, durante meses, hubo un vacío.

Desinterés internacional

Ante estos aspectos más apremiantes, es fácil perder de vista que el primordial fallo del liderazgo internacional es que, durante décadas, no se pudo revertir la tendencia económica natural de la investigación sobre la enfermedad. Desde 1976, cuando el virus fue identificado por primera vez, la comunidad internacional no ha tenido ni la capacidad, ni los mandatos, ni los recursos para promover el desarrollo de vacunas y de medicamentos contra la misma. Esto se debe principalmente a que la región afectada no representaba una ventaja comercial. Cabe preguntarse si esta incapacidad no va de la mano con el hecho de que, en fechas recientes, las agendas de fundaciones filantrópicas o de la sociedad civil parecen prevalecer cuando se trata de enfermedades con estas características. En definitiva, este caso es una importante lección que no habría que olvidar en el futuro.

A la luz de lo anterior, no es de sorprender que ─ante la crítica y las amenazas de varios actores internacionales a la lenta respuesta─ la Organización de las Naciones Unidas (ONU) atrajera el tema al Consejo de Seguridad y creara la Misión de la ONU para la Respuesta de Emergencia al Ébola, que tiene como objetivo “dar una respuesta rápida, sólida y efectiva que ayude a los gobiernos y a los pueblos de Guinea, Liberia y Sierra Leona”. Aún está por verse cómo esta acción a corto plazo podría tener fuertes implicaciones, tanto para el futuro de la OMS, como para el del propio sistema de la ONU para hacer frente a problemáticas más complejas y con más aristas que la unidireccional causa biológica. En el futuro, la vacuna para la debilidad institucional deberá centrarse en la prevención con mejoras en la articulación del trabajo entre las diversas agencias, sobre todo en aquellas en las que la autoridad nacional no tiene la fortaleza para generar sinergias de la labor interagencial.

Tribune

A la par de este escenario tan complejo, resulta interesante revisar como en el continente americano el virus del ébola propicia la aparición de liderazgos regionales insospechados, reflejo de procesos que rebasan el ámbito de la salud. Tal es el caso de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) que busca no solo articular una respuesta subregional y regional ante la eventual introducción del virus en el continente, sino también generar una propuesta de solidaridad internacional. Esta situación muestra la sensibilidad particular a este tipo de problemática, tanto ante brotes epidémicos de gran impacto como frente a la debilidad institucional en el marco de condiciones sociales y económicas de bajo desarrollo.

En su momento, la Presidenta de MSF, Joanne Liu, manifestó que “la complacencia es un enemigo peor que el virus del ébola,”. Quizá este es el mejor diagnóstico de la enfermedad del sistema de gobernanza global en salud. A la par que se trabaja en una respuesta fuerte y articulada para contener la transmisión y disminuir las muertes, los países ─principales actores en la gobernanza internacional en salud─ deben trabajar de manera firme en modificar el actual sistema. La buena noticia es que la puerta ya está abierta.

Desde 2011, la OMS, dirigida por Margaret Chan, dio inicio a un proceso de reforma que “tiene por objeto que la organización esté en mejores condiciones para afrontar los desafíos cada vez más complejos que plantea la salud en el siglo XXI(…) y cumplir con mayor eficacia nuestro mandato constitucional como autoridad directiva y coordinadora de la acción sanitaria internacional”. Quizá la crisis actual del ébola ponga a los países en la ruta para redirigir este proceso de reforma al llevarlos a responder la pregunta clave: en el siglo XXI, con la gran cantidad de nuevos actores en la arena internacional ─desde organizaciones no gubernamentales, hasta fundaciones, filántropos y empresas─ ¿qué tipo de Organización Mundial de la Salud se requiere y se necesita? ¿Es necesaria una OMS que centre sus acciones en el desarrollo de los países o una OMS que sea un líder real, que articule procesos a partir de sus funciones legítimamente normativas amparadas en la sólida evidencia científica? La cura a esta enfermedad aún está por descubrirse.

PABLO KURI MORALES es Subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud de la Secretaría de Salud de México. MARTHA CABALLERO ABRAHAM es directora de Cooperación Bilateral y Regional en la Dirección General de Relaciones Internacionales de la Secretaría de Salud de México. Sígala en Google Plus en +MarthaCaballero. 

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