Centroamérica: los territorios de la migración y la exclusión en el nuevo siglo

1 octubre, 2013 • Artículos, Latinoamérica, Portada, Sin categoría • Vistas: 5118

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Octubre 2013

Las migraciones transnacionales en Centroamérica ponen al descubierto sinnúmero de formas de exclusión que materializan las expresiones extremas de la desigualdad. Contra éstas y en defensa del migrante, el Obispo José Raúl Vera López, un favorito para el Nobel de la Paz 2013, ha trabajado por años. Con un clásico (vol. 8, núm 2) FAL presenta el contexto.

Si un rasgo simboliza a Centroamérica en la globalización, ése sería el de las migraciones internacionales. Los cambios en el escenario económico, en los tejidos sociales y políticos y en el entramado cultural marcan claramente esa conectividad transnacional entre familias y comunidades establecida por los migrantes. Pero, lejos de las promesas de bienestar para todos y todas, pregonadas en los discursos sobre la apertura de fronteras y mercados y el universalismo de los derechos, esta nueva práctica transnacional pone al descubierto viejas y nuevas formas de exclusión: negación de derechos, rechazo, muros y barreras físicas en los países receptores, que materializan las expresiones extremas de la desigualdad. Veinte años después de la celebración de los primeros acuerdos de paz en Centroamérica, bajo la Declaración de Esquipulas II, las migraciones internacionales desvelan las debilidades del sistema político, sus desigualdades estructurales y retrocesos en el ámbito de la justicia y de la ciudadanía que son causa de la migración, pero que, a su vez, expresan una responsabilidad política negligente del Estado en los países de origen de los flujos.

La condición de puente del istmo geográfico ha facilitado flujos históricos de migración, tanto interna como extrarregional. La historia social de América Central ha estado marcada por ese recurrente contacto entre pueblos, producto de la movilidad humana durante coyunturas de cambio en las economías, crisis sociopolíticas o por la extensión misma de las redes sociales a través de fronteras demarcadas artificialmente sobre la vida de sus pueblos.

Hasta mediados del siglo pasado, la región fue, primero, una zona de atracción de inmigrantes de ultramar —llegados de manera voluntaria unos, y forzada, otros— y, luego, de intensos flujos internos activados por procesos de diversificación agrícola, industrialización y urbanización que llenaron de pobres las ciudades. También entre los densos y porosos espacios transfronterizos que predominan en una región tan pequeña, se ha mantenido un tránsito constante, cuyos trayectos han variado entre países en distintas fases históricas, pero, muchas veces, se han vuelto invisibles o se han ignorado como expresiones de una regionalidad latente.

Flickr / Peter Haden

Flickr / Peter Haden

TIERRA DE REACOMODOS: FASES DE LA MIGRACIÓN EN EL ÚLTIMO SIGLO

Las migraciones forman parte de un continuo regional entre desplazamientos por razones económicas, políticas o sociales, no siempre como una decisión individual y voluntaria, sino bajo distintos patrones de dominación política, de explotación económica, de violencia social o de calamidades ambientales, que han relegado a los grupos sociales tradicionalmente excluidos a peores condiciones de desigualdad. En ese escenario, pueden reseñarse tres fases distintas asociadas al desplazamiento de personas en Centroamérica durante el último siglo.

Una primera fase coincide con los flujos de migración asociados a la formación de mercados de trabajo regionales. Se podría dividir dicha fase en dos momentos: el desarrollo de la producción de agroexportación desde mediados del siglo xix y la fase posterior de modernización rural, industrialización y urbanización a mitad del siglo xx. Con sus variantes, estos procesos migratorios estuvieron asociados con el desplazamiento de poblaciones indígenas y campesinas de sus tierras ancestrales para incorporarlas a los mercados de trabajo asalariado o semiasalariado en zonas de plantación cafetalera o de enclave bananero y, en otros tantos casos, empujarlas hacia las áreas de frontera agrícola. Por otra parte, miles de familias campesinas sin opciones en la agricultura también fueron atraídas por los trabajos en la manufactura y por el crecimiento de la urbanización en zonas metropolitanas. Tales fenómenos variaban en tiempo, según los distintos países y causas que motivaban la salida, así como las actividades que producían su atracción. Esas causas coincidían con los recurrentes enfrentamientos bélicos en los que desembocaban los antagonismos políticos.

Estas migraciones, antecedidas o acompañadas por el arribo de comunidades extrarregionales —asiáticos, africanos y afrocaribeños, y diversas generaciones de europeos—, caracterizaron a los países centroamericanos como espacio de recepción de inmigrantes hasta mediados del siglo anterior. Esos flujos se cruzaron con migraciones internas constantes, pero también con los recorridos de una fuerza de trabajo transfronteriza que comenzaba a modelar mercados de trabajo binacionales e incluso regionales. Las fronteras de Guatemala y México, así como las de los cuatro países del polígono norte de la región (Guatemala, El Salvador, Honduras y Belice), capturaban esa movilidad entre economías transfronterizas, prácticamente soslayada en la historia de la región. La magnitud del fenómeno se puso al descubierto debido al encuentro armado entre El Salvador y Honduras, en abril de 1969. Aunque verdaderamente nunca medió una disputa deportiva, la enemistad de ambos países dio origen a la mal llamada “Guerra del Fútbol”. En realidad, empujados por reclamaciones territoriales y disputas entre sus respectivas élites políticas y empresariales, los ejércitos de ambos países protagonizaron otra guerra que, aunque inútil, sirvió de pretexto para emprender una carrera armamentista, cuyas consecuencias se experimentaron en los conflictos de los años ochenta. Parte de la guerra fue la masiva expulsión, desde Honduras, de miles de familias salvadoreñas que, desde los años treinta, habían emigrado hacia el país vecino. Ese acontecimiento marcó, entonces, un viraje en la distribución de los flujos de migración que comprometían a esos dos países, y obligó a la búsqueda de nuevos destinos para la emigración desde El Salvador.

En su dimensión interna, los flujos de migración, hasta la década de los setenta, estaban compuestos por grupos familiares que se movilizaban entre zonas agrícolas dentro de un mismo país o hacia las ciudades. Mientras, las migraciones transfronterizas, según Castillo y Palma, eran más selectivas: sobresalía la condición masculina, en edad activa, con baja instrucción escolar, poco calificada, de origen rural, jefes de familias de bajos ingresos y pertenecientes a grupos relegados. Las características podían variar, pero constituían la fuerza de trabajo de mercados laborales que se comenzaban a modelar como regionales, fundamentalmente agrícolas. Según los ciclos de las cosechas, se marcaba la temporalidad y la estacionalidad de los flujos, casi completamente al margen de cualquier tipo de regulación. Aquellos movimientos no llamaban la atención, debido a que se encontraban subsumidos dentro de los flujos de migración interna, especialmente de las migraciones rural-urbanas. Sin embargo, cabe reconocer en esos movimientos migratorios uno de los primeros rastros en la expansión de las contradicciones sociales del plano de las sociedades nacionales a la arena regional.

Otra fase importante estuvo comprendida por los desplazamientos forzados, asociados a la crisis política y a las guerras internas en la década de los ochenta. Las convulsiones políticas de entonces dieron un nuevo momento, nuevos rumbos y nuevos perfiles a los flujos migratorios. A diferencia del patrón migratorio ante- rior, en estos nuevos desplazamientos participaban individuos con mayores niveles de instrucción, intelectuales, dirigentes políticos y líderes sindicales y campesinos, procedentes de ámbitos urbanos. Las salidas se producían de forma individual, con el objeto de huir de la represión y, en algunos casos, involucraba a grupos familiares. Desde finales de los setenta, la emigración se había convertido en una fuga de proporciones masivas por la agudización de las crisis políticas y la intensificación de las guerras civiles en Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Esa situación afectaba tanto a actores políticos como a colectivos de población que no estaban directamente involucrados en los conflictos, pero que sufrían por igual los efectos directos de la guerra o eran víctimas de represalias, tanto de las fuerzas armadas gubernamentales como de las insurgentes. Dichos grupos de población se dividieron en dos frentes migratorios: a) los desplazados internos, que se refugiaron dentro de sus respectivos países; b) los refugiados y desplazados externos, que se movilizaron a través de las fronteras nacionales, primero hacia los países vecinos y, luego, de manera cada vez más intensa, hacia países fuera de la región, en particular México, Canadá y Estados Unidos. El refugio de centroamericanos en países europeos y en Australia fue menos importante en términos numéricos.

El número de refugiados centroamericanos, según estimaciones oficiales, sin duda la cifra más conservadora, fue de 129 000 personas; según el cálculo más exagerado, un millón y medio de personas abandonaron sus países por razones derivadas del conflicto o por la crisis económica asociada al mismo. Pese a la falta de información para caracterizar esa dinámica poblacional, es posible presumir hoy en día que las motivaciones políticas de tales desplazamientos no estaban del todo disociadas de los detonantes estructurales que explicaban después la emigración por razones económicas o laborales. La de los refugiados y desplazados no fue estrictamente una migración económica, pero se combinó con los escenarios en los cuales se afincaron posteriormente los migrantes laborales, y de esa manera contribuyeron al establecimiento de las redes migratorias que permitieron después la integración de trabajadores migrantes en mercados de trabajo transnacionalizados.

El último momento corresponde a la transnacionalización de las economías y de las sociedades del área. Desde mediados o finales de la década de los ochenta, paralelamente a la negociación de los conflictos armados, se produjo en la región centroamericana una serie de procesos que, con diferencias de matiz y de grado, procuraban la inserción de las economías locales en las dinámicas de apertura y globalización. Esa situación tuvo consecuencias sobre diversos escenarios, y el de los mercados laborales fue uno de los más sensibles. Según Pérez-Sáinz y Cordero (1997), los sectores orientados al mercado externo se mostraron más dinámicos en la generación de empleos, con excepción de Nicaragua, donde hubo una crisis del sector agrícola moderno. El empleo en el sector terciario creció, pero en el sector público cayó, tanto en número como en calidad. El sector de subsistencia agrícola entró en crisis, con más severidad en unos países que en otros, y con expresiones importantes de descampesinización y profundización de la migración desde el campo, tanto hacia las ciudades como hacia el exterior. Se produjo una caída del nivel promedio de los salarios reales y aumentó la participación de las mujeres en el mercado laboral. El mercado laboral de cada uno de los países entró en una profunda reestructuración, con una clara tendencia hacia la desregulación y la precarización del empleo. El Salvador y Nicaragua fueron los casos extremos con respecto al lugar que ocupó el sector informal como sustituto de la agricultura en la generación de empleo, hasta que llegó el momento en que dejó de contribuir a la creación de puestos de trabajo.

Junto al aumento del desempleo y de la informalidad, la migración comenzó a funcionar como el mecanismo de adaptación del mercado laboral a una nueva fase caracterizada por la transnacionalización de la fuerza de trabajo. Los análisis sobre el tema muestran que la migración hacia Estados Unidos ha sido uno de los principales mecanismos de dicho ajuste. No obstante, la reestructuración de los mercados laborales del sector agrícola y urbano ha desempeñado una importan- te función en el reordenamiento de los flujos laborales a escala transfronteriza y regional; ese último aspecto es relevante, sin duda alguna, a partir de la década de los noventa y, con mayor ímpetu, a partir de su último quinquenio.

Flickr / Peter Haden

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EN DISTINTAS DIRECCIONES: LA CONFLUENCIA DE FLUJOS MIGRATORIOS EN EL NUEVO SIGLO

Al cambiar el siglo, la región centroamericana se constituyó en un espacio en el que confluyen distintos tipos de migración, según la relación entre origen y des- tino. La intensificación migratoria, cuyo desarrollo, como se ha visto, ha tomado casi dos decenios, resume tres características: la primera, el mayor peso relativo de la emigración hacia fuera de la región o emigración extrarregional; segunda, la combinación y yuxtaposición de ésta sobre las migraciones internas y las trans- fronterizas; y, tercero, la heterogeneidad de sus dimensiones y características. En efecto, puede advertirse que actualmente en la región centroamericana confluyen las siguientes situaciones migratorias:

Migraciones internas.

Los desplazamientos entre una y otra región de un mismo país continúan siendo recurrentes. Sus causas son la severa crisis de la producción agrícola, la mala distribución de la propiedad rural y los frentes de colonización agrícola que, a su vez, causan que el conflicto ambiental vaya en aumento. Como en el modelo anterior, la demanda de trabajadores estacionales para la producción de agroexportación, la maquila y los procesos de metropolitanización siguen siendo factores de atracción de estas migraciones internas.

En el nuevo siglo, estas migraciones son visibles en todos los países de la región. Sin embargo, sus efectos son mayores en Guatemala, Honduras y Nicaragua. En los demás países, el fenómeno no ha perdido importancia, pero su incidencia es menor. No obstante, en el caso de Costa Rica, este movimiento se yuxtapone con la migración transfronteriza nicaragüense y panameña. En todos los países, la movilidad interna de personas está constituida por trabajadores temporales en la agricultura, la migración hacia una exhausta frontera agrícola (Guatemala y Nicaragua) y la migración hacia las ciudades.

Migraciones transfronterizas

Entre países vecinos, se han intensificado los flujos de una migración laboral que tradicionalmente se había concentrado en las localidades adyacentes a las fronteras y zonas de plantación y, en menor medida, en las ciudades. Las zonas fronterizas adquirieron una enorme importancia para la filtración de movimientos de personas, pues es allí donde se ha concentrado la interacción migratoria que compromete especialmente a países vecinos. En efecto, las poblaciones móviles y la interacción migratoria se concentran en cuatro regiones fronterizas, principal- mente: Guatemala-Belice, Guatemala-México, Nicaragua-Costa Rica y Costa Rica-Panamá. Algunos flujos de migración interna se alimentan también de la inmigración desde el exterior, debido a que los trabajadores extranjeros, al seguir la trayectoria de los ciclos de cosecha y de los demás empleos, se convierten, a su vez, en inmigrantes internos en los países receptores.

En el escenario regional actual, el mayor flujo de personas migrantes se registra entre Nicaragua y Costa Rica. Éste es un proceso que se ha producido a partir de los últimos dos decenios. Costa Rica, habituada a contar con el recurso de las personas migrantes como fuerza de trabajo, o caracterizada por su política de acogida a quienes fueran objeto de persecución política, se convirtió en receptora de un flujo con nuevas características. La nueva inmigración compartía ciertos rasgos de continuidad con las migraciones anteriores: predominio de flujos transfronterizos compuestos por población económicamente activa e insertada en segmentos no especializados del mercado laboral. Sin embargo, mostraba un mayor crecimiento, una mayor diversidad demográfica y distribución geográfica, con su correspondiente extensión en el mercado laboral e interacción con las comunidades receptoras.

Desde el decenio de los ochenta, Costa Rica experimentó un cambio de su modelo productivo y social: la construcción, el turismo, el sector inmobiliario y otras actividades del sector servicios se convirtieron en nuevos núcleos de la di- versificación y apertura de la economía, asociados también a cambios importantes en el mercado de trabajo y en los patrones de interacción social. En esas condiciones económicas, se puso una vez más de manifiesto que el tamaño y las características de la economía rebasaban la oferta de mano de obra disponible en el mercado laboral local. Esa brecha tuvo entonces relación con un crecimiento del flujo de personas inmigrantes desde comienzos de la década de los noventa. De esa forma, el porcentaje de personas que se había mantenido relativamente constante —alrededor del 3.2%, como promedio— durante los períodos intercensales entre 1950 y 1984, pasó a 7.8% en 2000. Ese crecimiento fue el resultado directo del aumento del flujo desde Nicaragua que, de constituir entre 1950 y 1984 poco más de la mitad del total de inmigrantes, en 2000 abarcó a más de tres cuartas partes de esa población. Sin embargo, también en la región continúan registrándose importantes migraciones hacia Belice o, la más reciente, de personas de origen nicaragüense u hondureño hacia El Salvador.

Migraciones extrarregionales

Este fenómeno consiste en los movimientos de migrantes desde los países de la región hacia otras zonas del mundo. De ese fenómeno se conocen las emigraciones de nacionales de los distintos países centroamericanos hacia Estados Unidos y Canadá. También incluye flujos de emigrantes hacia otros continentes. Quizás el escenario más cercano de la emigración a Europa sea el de los nacionales de la República Dominicana en España, junto con los colombianos y ecuatorianos. En realidad, la emigración extrarregional de los centroamericanos está concentrada en Estados Unidos, que es el destino común de la mayor parte de los emigrantes del área.

De menos de 100 000 personas, según el censo de 1970, la inmigración centro- americana en Estados Unidos creció a tasas cercanas al 9% en 1980 y en 1990. El grupo más numeroso está conformado por los salvadoreños, seguido por el de los guatemaltecos y el de los nicaragüenses. A partir de 2000, esa inmigración ha crecido menos como conjunto regional, pero ha evidenciado el crecimiento vertiginoso de una emigración de hondureños casi completamente desregulada, así como una fuerte emigración de guatemaltecos desde nuevos territorios de expulsión dentro de ese país.

Transmigraciones

Debido a su particular posición en el hemisferio y a su cercanía con Estados Unidos, los países centroamericanos también sirven como puente de un importante flujo de personas que emigraron desde otros países de la misma región, de otras regiones del hemisferio o bien desde otros continentes. Aparte de los cambios mencionados en los flujos migratorios, los países centroamericanos y caribeños se han convertido en lugares de recepción de inmigrantes llegados desde otras regiones, e inclusive desde otros continentes, que han utilizado a Centroamérica y a las Antillas como vía en su intento de llegar a Estados Unidos. Conforme se han intensificado los controles en las fronteras terrestres, se han establecido rutas por mar hacia las costas del Caribe y el Pacífico, lo que, a su vez, está asociado con el incremento de los costos del viaje y de los riesgos para las personas migrantes.

Lo particular de esos movimientos es que se organizan con la pretensión de llegar a Estados Unidos. Una gran proporción de estos inmigrantes, carentes de documentos legales para realizar su viaje, son víctimas de redes de traficantes y, en incontables oportunidades, ven frustradas sus pretensiones de llegar a su destino final. Por esa razón, una gran cantidad de esos inmigrantes puede quedarse rezagada en la región, lejos de su país de origen.

Flickr / Peter Haden

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PUNTO DE INFLEXIÓN: LA RUTA CRÍTICA DE LAS MIGRACIONES?

Las migraciones han constituido un eje central de las transformaciones económicas, sociales y culturales experimentadas por América Central durante su posguerra. Sus efectos se muestran sobre dos nuevas rupturas: una territorial y otra social. Si bien es un fenómeno que tiene alcances regionales, la primera ruptura se manifiesta sobre una fragmentada regionalidad centroamericana de nuevo tipo. En segundo lugar, aunque la migración se ha trazado como una práctica social emergente para contener la pauperización, su impacto real también implica una nueva ruptura y se traduce en la ampliación y la aparición de viejas y nuevas desigualdades. Aunque sus rasgos aparecen en etapas tempranas, las migraciones, en su fase más reciente, han sido el producto combinado de los cambios políticos iniciados en las décadas de los ochenta y noventa y de los ajustes en los procesos económicos, de apertura y liberalización frente a las corrientes del cambio global. El ajuste de los mercados de trabajo, expresado en la flexibilización de los regímenes laborales y en el declive del empleo formal, se tradujo en la adopción de un conjunto de estrategias de sobrevivencia de muchos sectores y, simultáneamente, en la transnacionalización de las lógicas de la reproducción social.

La creación de una oferta de mano de obra emigrante se produjo junto al giro de las estrategias de acumulación flexible del capital y favoreció la política económica subordinada a la apertura comercial. En esa combinación, las migraciones, que habían sido una modalidad marginal de sobrevivencia, se constituyeron en una práctica social central en la vida centroamericana. Los diversos tipos de la migración se han encadenado entre sí mediante la creación de una oferta flexible de fuerza de trabajo para distintos mercados laborales, agrícolas y de la economía urbana, segmentados en razón de la competencia, de los mecanismos de regulación y del estigma social de ciertos oficios. A las tradicionales migraciones internas, sobrevinieron la migración transnacional, la de alcance transfronterizo y la extrarregional. Esos flujos diversos se articularon a partir de su propia continuidad histórica, pero también de su secuencia espacial y de su integración funcional. La expresión más reciente de ese encadenamiento ha sido la formación de dinámicas de migración de relevo, no sólo entre mercados de trabajo, sino también entre microrregiones y entre países, en las que se intercalan los tres flujos mencionados. Esto, además, influyó sobre la creación de un conjunto de interacciones territoriales, de espacios a diferente escala, lo que ha dado lugar a un proceso de fragmentación y de competencia que ha debilitado la cohesión territorial necesaria para la reconstrucción regional de Centroamérica.

La interacción de las lógicas de la reproducción social transnacional y de los mercados de trabajo produjo un proceso contradictorio de integración de los inmigrantes mediante su doble función económica: como fuerza de trabajo, aunque en condiciones de inserción precaria, y como emisores de remesas a sus países de origen. De esta manera, contribuyen simultáneamente al mantenimiento de rubros poco competitivos de las economías de los países receptores, pero también a la estabilidad macroeconómica de los países de origen que se benefician de tales remesas. Las remesas se constituyen, a su vez, en un mecanismo que sirve a la reproducción de la fuerza de trabajo y al mantenimiento de economías familiares y comunitarias. La migración ha sido una industria de ganancias para las élites centroamericanas que controlan los servicios de intermediación bancaria, las telecomunicaciones y el transporte. Pero, en contraste, los migrantes permanecen doblemente excluidos: tanto en las sociedades de origen como en las de destino. Su exclusión responde a la segmentación de los mercados de trabajo. Además de las condiciones propias del régimen laboral, las personas migrantes son excluidas por su condición jurídica, que es una especie de discapacidad legal para reclamar derechos que pueden existir formalmente pero que no se aplican; asimismo, son objeto de la estigmatización social, el rechazo cultural y la xenofobia. La exclusión tampoco es uniforme, pues, aparte de las desigualdades socioeconómicas, jurídicas y culturales, existen otras relacionadas con el género, la edad y otros atributos no reconocidos socialmente, sino estigmatizados.

A pesar de su función central en el mantenimiento del orden económico y social, las migraciones plantean una ruptura con el orden normativo y con las formas de regulación de la vida social. Constituyen una muestra de los límites del ejercicio de la ciudadanía, tanto de la ciudadanía civil dentro de cada Estado-nación como de la ciudadanía social dentro del regionalismo neoliberal emergente. La gestión gubernamental de las migraciones se caracteriza por la contradicción entre el oportunismo económico en torno a la apropiación política y económica de las remesas, y la securitización expresada en la adopción de políticas sustentadas en la seguridad nacional y distanciadas de las normas internacionales de protección a los trabajadores migrantes.

En ese marco de inhabilitación institucional de las personas migrantes como ciudadanas, operan otras tantas prácticas de exclusión de las oportunidades de una vida socialmente digna, debido a la falta de acceso al trabajo digno, a la salud, a la educación y a la vivienda, así como al crecimiento de la xenofobia. Como con- secuencia de eso, la desciudadanización es tanto la pérdida de un estado de integración del individuo dentro del sistema como la imposibilidad del acceso a un estado de justicia y de pertenencia, como dimensiones centrales de una nueva ciudadanía. En ese eje, las personas migrantes se mueven entre la condición de una ciudadanía precaria y los riesgos de su muerte civil.

Esa contradicción expresa entonces varias fracturas del nuevo orden social regional, entre la democracia como mecanismo de gobierno y la democracia como marco para el ejercicio de los derechos, entre los principios y la práctica de la ciudadanía, entre los modelos de regulación política y las prácticas sociales, entre la vida social y el territorio, entre el Estado-nación y las lógicas transnacionales de reproducción social. Sobre esa contradicción, se establece un escenario en el que se activan diferentes estrategias de movilización por el reconocimiento social y político de las personas migrantes y de sus derechos, su aceptación, aunque informal, en el espacio público, su deliberación política mediante estrategias de cabildeo y de resistencia social y política, frente a los Estados y frente a otros actores sociales y políticos.

Si bien la migración produce una nueva interdependencia territorial a partir de la orientación de los distintos flujos —entre territorios de origen y de destino o entre espacios de diferente escala, o entre territorios con diferentes niveles de desarrollo—, también es cierto que genera nuevas fragmentaciones sociales, culturales y políticas entre territorios sometidos a otras tantas divisiones. La contradicción territorial más importante produce una separación en las funciones territoriales de espacios que concentran relativamente un acceso mayor a inversiones, servicios, tecnología y otros recursos, respecto de otros espacios que tienden a constituirse en simples enclaves de fuerza de trabajo. Esas separaciones pueden corresponder o no a las divisiones entre Estados, como también a procesos sociales contradictorios dentro de algunos espacios en los que se cruzan ambas dinámicas, como las regiones transfronterizas o las ciudades en donde sobresalen las nuevas fronteras de la exclusión. Esas fronteras territoriales podrían corresponder a la separación de diferentes espacios de la ciudadanía, por ejemplo, entre territorios de ciudadanos relativamente integrados, territorios propios bajo expresiones de ciudadanías precarias, hasta el extremo de los territorios de la desciudadanización.

Así las cosas, si bien la región ha cambiado mucho a lo largo de casi tres decenios y las personas migrantes no han sido ajenas a tales cambios, la estructura social de las migraciones muestra la gran paradoja existente para el establecimiento de la democracia, la consolidación de la ciudadanía, y el logro de la justicia social y la integración bajo un proyecto común de región centroamericana. Hoy, las migraciones tienen una función central en el orden económico y sociopolítico de América Central. Sin embargo, queda el reto de encarar los desafíos que este proceso entraña para el fortalecimiento de la ciudadanía en sociedades polarizadas y democracias precarias.

ABELARDO MORALES GAMBOA es profesor e investigador de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO, Costa Rica). Ha investigado y publicado sobre procesos regionales e integración regional, y fronteras y migraciones laborales en América Central. Es miembro del Consejo Directivo de la Red Internacional de Migración y Desarrollo y miembro del Grupo Regional de Investigación (GRILAC) de Migraciones de FLACSO.

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