Al mal tiempo, buena cara

6 diciembre, 2017 • Artículos, Norteamérica • Vistas: 63

Frente a un nacionalismo renovado

Arturo M. Fernández

Diciembre 2017

Material original de Foreign Affairs Latinoamérica Volumen 17 Número 2

El nacionalismo está resurgiendo en el mundo desarrollado. Diversas circunstancias nos permiten explicar esta tendencia: la intensificación de los movimientos migratorios, la adopción del euro en una región que no constituye un área monetaria óptima, las secuelas de la crisis financiera de 2008, así como el impacto de la liberalización de China y su ingreso a la Organización Mundial del Comercio (OMC), lo que ha aumentado sustancialmente la oferta mundial de mano de obra no calificada.

Y desde el norte, una poderosa tormenta nos acecha: el estilo y los propósitos del presidente Donald Trump, su obsesión contra el libre comercio, el proyecto de nuevo impuesto corporativo en Estados Unidos y el aumento de las tasas de interés. El talante acosador del nuevo Presidente estadounidense es inusitado y preocupante, pues también interviene, de manera amenazante, en las decisiones de negocio de las empresas.

Como lo ha dicho el economista Lawrence Summers, Estados Unidos parece moverse de un capitalismo de reglas y leyes a uno de compadres (crony), guiado por una ignorancia fundamental del funcionamiento de una economía que él mismo ha bautizado como voodoo economics. Este renovado nacionalismo desprecia la contribución de las instituciones multilaterales e impugna el liderazgo asumido por Estados Unidos desde Bretton Woods como proveedor de bienes públicos al mundo, como la seguridad, la protección del libre comercio y la estabilidad financiera internacional.

Poner puertas al campo

En un entorno de creciente globalización, la obsesión del presidente Trump contra el comercio internacional resulta muy inquietante. Todo parece indicar que el Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica (TPP) está muerto. Frente a las posibles acciones de Trump, pueden ocurrir dos cosas. La primera es la más simple: What you see is what you get, es decir, es posible que Trump conduzca una política industrial y proteccionista en detrimento de la economía estadounidense y poniendo en riesgo la estabilidad mundial. La segunda posibilidad es que la realidad y los intereses contengan los impulsos proteccionistas. El profesor Nouriel Roubini es pesimista y no se explica la mejora del mercado de valores de Estados Unidos; la considera como un “optimismo irracionalmente exuberante”.

Con respecto al comercio con la región de Norteamérica, es prematuro determinar hacia dónde se dirigirá el proceso y cuál será el desenlace de las negociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Sostengo que México no debe negociar de rodillas ni debe aceptar medidas gravosas o que contengan cláusulas proteccionistas. Se podría aceptar, sin embargo, una elevación moderada del contenido regional exigible en las reglas de origen para tener acceso al arancel de 0%.

Si el TLCAN fuera abrogado, México debería enfrentar los aranceles comprometidos por Estados Unidos ante la OMC. Estos aranceles son relativamente bajos: poco menos del 3%, con algunos picos. Tal escenario no sería el ideal, pero de ninguna manera sería desastroso para México.

México no debe negociar de rodillas ni debe aceptar medidas gravosas o que contengan cláusulas proteccionistas.

¿Qué podemos hacer para minimizar sus efectos? México tiene registrados en la OMC aranceles mucho mayores, que deberían reducirse unilateralmente para no dañar el comercio con Estados Unidos y Canadá; esto beneficiaría a todos los miembros de la OMC. La aplicación del drawback sería muy útil para devolver el arancel que cobremos, para que no se afecten las cadenas productivas construidas con el TLCAN. Si se lleva a cabo esta propuesta, el impacto sobre la economía de México sería realmente muy pequeño.

¿Una inminente guerra comercial?

En junio de 1930, Estados Unidos desató una guerra comercial con la Ley Smooth-Hawley. Esto profundizó la depresión internacional y condujo a la Segunda Guerra Mundial. La guerra comercial y cambiaria debilitó aún más a la economía alemana que salía de la hiperinflación. La fragilidad económica de Alemania, su vulnerabilidad geopolítica y la frustración de un pueblo humillado por el Tratado de Versalles facilitaron que Hitler tomara el poder.

Hoy, la situación de la economía de Estados Unidos es bastante halagüeña: hay casi pleno empleo, lo que haría difícil políticamente un viraje tan abrupto en la política comercial; pero puede ocurrir. Por eso, a pesar de sus constantes amenazas, Donald Trump no puede aplicar unilateralmente un arancel del 25% a los vehículos importados de México, por ejemplo; ello conllevaría eventualmente al abandono de Estados Unidos de sus compromisos con la OMC. Y si Estados Unidos abandona la OMC, se desataría una guerra comercial mundial con graves daños a la propia economía de Estados Unidos.

México es la decimoprimera economía del mundo (lugar estimado por el pib ajustado por paridad de poder de compra). Por eso, aun en un escenario extremo, no sería el fin de nuestro país. El tamaño que ha alcanzado la economía mexicana en los últimos 25 años y su dinamismo intrínseco le permitirán prosperar, incluso en circunstancias internacionales muy adversas, si todos hacemos nuestra tarea. Lo hicimos con éxito en las décadas de 1930 y 1940, en circunstancias muy graves.

En este momento, lo más delicado para México es la incertidumbre que conlleva el proceso de negociación del TLCAN, que está paralizando algunas inversiones en los sectores vulnerables. No debemos olvidar que la inversión extranjera solo representa 15% de la inversión total. A ciencia cierta, no sabemos en qué van a terminar las conversaciones; podría ser preferible dejar a un lado el TLCAN que padecer una larga e infructuosa negociación: este ánimo debe fortalecer nuestra posición negociadora.

Un nubarrón sobre los impuestos corporativos

Otra amenaza a la economía internacional proviene del proyecto de sustitución del impuesto sobre la renta (ISR), aplicado a las corporaciones en Estados Unidos, por un impuesto sobre el flujo de efectivo. Ciertamente, el sistema fiscal estadounidense sufre una grave distorsión, pues el ISR corporativo no está integrado al ISR personal; como consecuencia, se grava dos veces a los ingresos del capital generados en las empresas. México tiene un sistema integrado que ha evitado el problema anterior: por medio de la cuenta de utilidad fiscal neta (CUFIN), se permite acreditar el ISR pagado en la empresa (y registrado en esa cuenta) a la retención impositiva que se hace a los dividendos que se paguen a las personas físicas.

La propuesta del nuevo impuesto corporativo que se discute en el Congreso de Estados Unidos, impulsada por el congresista republicano Paul Ryan y vista con alguna simpatía por el equipo del presidente Trump, es una joya teórica porque no solo elimina la doble tributación del ISR de los ingresos corporativos, sino que prácticamente elimina la tributación corporativa. Sin embargo, el diablo está en los detalles de la transición, que parecen insalvables.

La iniciativa presentada ante el Congreso estadounidense adopta una nueva base impositiva (casi similar al Impuesto Empresarial a Tasa Única, IETU, de México, en el cual no se permitía deducir los salarios): se gravan solo los ingresos por ventas internas y se deducen los costos, los salarios, los gastos y las inversiones de origen nacional, exclusivamente. No se permite la deducción de intereses ni la depreciación por activos fijos adquiridos anteriormente. Así, el ISR corporativo pasa de ser un impuesto sobre el ingreso y se convierte en un impuesto al consumo. Por otro lado, al excluir las ventas de exportación como ingreso y no permitir la deducción de las compras de importación, se está implícitamente aplicando un ajuste fiscal fronterizo (Border Tax Adjustment o bta) que, por ser un impuesto a las importaciones y un subsidio a las exportaciones, tiene como efecto una revaluación equivalente del dólar. De ser así, esta medida, por sus efectos neutrales, no tendría implicaciones comerciales. No obstante, si la revaluación del dólar es menor a la tasa del impuesto, esta diferencia tendría un impacto proteccionista.

Sin duda, lo que sí tendrá una consecuencia económica importante es que, en el ámbito corporativo, se dejarán de gravar los rendimientos normales del capital (digamos del 8% o 10%) y solo se gravarán las llamadas utilidades extraordinarias que exceden ese umbral. Esto convertiría a Estados Unidos en un gran polo de atracción de capitales del resto del mundo. Así, el costo de capital de la actividad económica realizada en Estados Unidos sería más bajo que en el resto del mundo.

En resumen, este proyecto de nuevo impuesto corporativo consiste en gravar el valor agregado tipo consumo al 20% y aplicar simultáneamente un subsidio del 20% a los salarios. Por esto último, la recaudación será muy pequeña.

Los problemas de transición de este gravamen son tan graves que difícilmente el Congreso de Estados Unidos aprobará esta reforma, porque sus implicaciones sobre la carga fiscal y de índole distributiva son sumamente costosas para muchas empresas estadounidenses. Ya no serían deducibles ni la depreciación de activos fijos adquiridos antes de la vigencia del impuesto ni los intereses, y el ISR pagado en el extranjero ya no sería acreditable contra el impuesto estadounidense; en el mejor de los casos, solo sería deducible.

¿Cuál sería el impacto del drástico cambio del sistema fiscal estadounidense sobre la rentabilidad de las empresas? Una empresa apalancada con una proporción alta de activos fijos adquiridos en el pasado ¡podría ver incrementada su carga fiscal a niveles que podrían exceder el 100% de las utilidades! ¿O qué pasaría con una multinacional estadounidense con una alta proporción de activos en el extranjero que ya no pueda acreditar el ISR pagado en el extranjero?

Finalmente, el aumento de las tasas de interés en Estados Unidos seguirá siendo una presión sobre los flujos internacionales de fondos. La fortaleza del dólar será un fenómeno persistente.

Al mal tiempo, finanzas sanas

¿Qué tan preparados estamos en México ante este tsunami? ¿Debemos resguardarnos en las zonas altas?

No es que tengamos las manos atadas; México podría encontrar respuestas para mantener la competitividad de su economía: para calmar las inquietudes que pueda ocasionar el nuevo gravamen en Estados Unidos, las autoridades mexicanas podrían sugerir que estaríamos dispuestos a equiparar nuestro sistema fiscal si fuese necesario. La Secretaría de Hacienda ya estudió muy bien este tipo de gravamen en 2006 e incluso entiende el problema de transición. El reto será cómo ajustar las finanzas públicas para llenar el boquete.

Sin duda, nuestro talón de Aquiles sigue siendo la situación deficitaria de las finanzas públicas, lo que obliga al gobierno a recurrir al mercado de crédito. Aunque las finanzas públicas mejoren un poco en 2017, el superávit primario planteado es de apenas un 0.4% del pib. Esto no alcanza para cubrir los intereses a pagar por 2.8% del pib. El endeudamiento nominal será equivalente al 2.4% del pib. El déficit en cuenta corriente (cercano al 3% del pib) refleja gran parte del desequilibrio de las finanzas públicas.

El insuficiente ajuste al gasto público obliga al Banco de México a contener la demanda agregada, subiendo más las tasas de interés para reducir el gasto privado. De esta manera, el efecto negativo sobre el crecimiento es mayor que el ajuste del gasto público.

Los mexicanos debemos estar más unidos que nunca para enfrentar las dificultades que nos acechan.

Además, la situación internacional es muy delicada, pues ha comprometido la renegociación del TLCAN y ha sufrido el impacto del aumento en las tasas de interés en Estados Unidos. Ambos hechos amenazan los flujos financieros hacia nuestro país. La situación vulnerable de las finanzas públicas, y la correspondiente necesidad de seguir acudiendo al mercado de crédito, no es la manera más adecuada de sortear los desafíos que acechan a la economía mexicana.

Para enfrentar el tsunami, necesitamos movernos rápidamente de la zona costera a las zonas altas. México deberá protegerse con finanzas públicas sanas, con un superávit primario que permita pagar el servicio de la deuda pública. Eso nos hará menos vulnerables frente a los golpes externos.

Los mexicanos debemos estar más unidos que nunca para enfrentar las dificultades que nos acechan. Los ciudadanos tenemos que reconducir la lucha política hacia una tregua en cualquier aspecto que pueda debilitarnos frente al exterior; de esta manera, el gobierno estará obligado a tomar medidas prudentes de resguardo y aquellas que nos unan (por ejemplo, remediar los agravios que irritan a la población), para enfrentar la tormenta que se avecina. Los ciudadanos no debemos tolerar el oportunismo político que nos lleve a desunirnos. Lo anterior no significa renunciar a la pluralidad y a la crítica, sino actuar con prudencia para reaccionar ante la posible desinformación que venga de fuera.

Nuestras familias y la nación están en juego: la historia del siglo XIX debe ser nuestra maestra.

“Para, templar, mandar”

El analista catalán Juan José López Burniol explica en un artículo (El País, 20 de julio de 2009) que el talentoso torero Juan Belmonte no tenía la complexión atlética que requería el toreo de esa época; al contrario: “Era bajo, enteco y malcarado. Poco dotado físicamente, estaba provisto de un valor sin fisuras, de una ambición sin límites y de un talento original y profundo… Su revolución [en el toreo] —como toda revolución que se precie— se concretó en una tríada —parar, templar y mandar—, que hizo trizas la vieja máxima de Lagartijo, ‘o te quitas tú o te quita el toro’, para sustituirla por otra: ‘ni te quitas tú ni te quita el toro, si sabes torear’”.

Esta es la lección. Ante el toro bravo y rijoso, de nombre “el Narciso del Norte”, nuestra nación, unida, debe torear con firmeza en torno a los intereses de México y debe “parar, templar y mandar”. Parar, para controlar el pánico y detener el oportunismo político y las rencillas internas que nos puedan debilitar frente al exterior. Templar “con prudencia y cálculo” y, unidos, establecer nuestras prioridades y centrar nuestra atención. Mandar, es decir, “dominar la situación con inteligencia y estrategia, y extraer de ella lo mejor que se pueda, con resolución en el empeño, elegancia en la ejecución” y armados de un “valor sin fisuras”.

ARTURO M. FERNÁNDEZ es Rector del ITAM.

Este artículo es una versión actualizada del texto que se presentó en el Seminario de Perspectivas Económicas 2017, organizado por el ITAM y su Asociación de Exalumnos el 12 de enero de 2017. La revista Nexos publicó el texto original con el título “La tormenta que viene”.

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