Actividades extractivas y violación de derechos humanos

25 Mayo, 2017 • Artículos, Asuntos globales, Portada • Vistas: 1134

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 Juan Arellanes Arellanes

Mayo 2017

Una colaboración de la Facultad de Estudios Globales de la Universidad Anáhuac México

El metabolismo social y las actividades extractivas

Hemos construido un mundo tan complejo que la civilización global funciona como un organismo gigantesco. Se le llama “metabolismo social” al flujo constante de materia y energía obtenido, a través de las actividades extractivas, de la naturaleza que es tanto nuestra fuente de recursos como nuestro depósito de desechos. El metabolismo social es sostenible si el consumo de recursos y la generación de desechos no rebasan la capacidad regenerativa de los ecosistemas. Nuestra civilización, guiada por la ideología del crecimiento, dirige el flujo de materia y energía a escala global, extrayendo recursos naturales de todos los rincones del planeta.

Las actividades extractivas, esenciales para el funcionamiento de la civilización, comprenden actividades mineras, agrícolas, ganaderas y forestales, así como proyectos de extracción de energéticos fósiles (petróleo, gas, carbón y uranio) y de energías renovables (represamiento para plantas hidroeléctricas o construcción de parques eólicos). Todas ellas requieren la construcción de infraestructuras complementarias como carreteras, puertos y equipamientos a gran escala.

La rentabilidad de las actividades extractivas depende de factores externos como el precio de las materias primas en los mercados internacionales. Aun así, históricamente, las actividades extractivas han sido muy lucrativas por su capacidad de externalizar costos. Si los costos se externalizan, no desaparecen. Simplemente los asume alguien más, como las poblaciones locales o el medio ambiente.

Las actividades extractivas son atractivas tanto para las empresas involucradas como para la mayoría de los políticos. Steve Stockman, un congresista republicano en Estados Unidos, afirmó que “lo mejor de la Tierra es que le haces agujeros y sale petróleo y gas”. La frase, lejos de ser una afirmación aislada, forma parte de una visión del mundo muy arraigada: que la Tierra es un cuerno de abundancia infinita del que puede extraerse riqueza a perpetuidad, lo que hace posible un crecimiento económico infinito.

En Latinoamérica y muchas regiones de México hay una profunda dependencia en las actividades extractivas, especialmente cuando las condiciones locales han sido degradadas y no se vislumbran otras opciones de desarrollo. Las actividades extractivas se presentan como la única alternativa de modernización económica y de integración a la economía global. Políticamente, se consideran un motor del crecimiento económico y una fuente de recursos monetarios para combatir la pobreza. Gobiernos de todo el espectro político promueven la inversión en actividades extractivas como la forma más viable (si no, la única) de lograr el desarrollo en territorios rezagados.

Consecuencias de las actividades extractivas

Las actividades extractivas producen desarrollo geográfico desigual: algunos territorios y poblaciones se benefician por el consumo de recursos y la generación de empleos especializados en la industria y los servicios que utilizan tales recursos. Otros territorios y poblaciones —especializados en extraer— padecen la destrucción ambiental de sus ecosistemas locales, la alteración de sus modos de vida tradicionales y, cada vez más, la violación de sus derechos humanos. Se crean territorios que Naomi Klein ha definido como zonas de sacrificio: “lugares que, más allá de su utilidad lucrativa, no importan a sus extractores y pueden ser envenenados, apurados hasta el límite o simplemente destruidos en aras del presunto bien mayor representado por el progreso económico”. Es un drama humano que no puede ser ignorado.

REUTERS

A escala global, las actividades extractivas generan dos graves problemas: 1) agotan los recursos naturales y 2) deterioran de forma constante los ecosistemas. Respecto al primero, el deterioro comienza por los recursos de alta calidad. Tanto en el sector minero como en el energético hemos entrado a la era de los “recursos no convencionales”. En cuanto al segundo, se deterioran de forma constante los ecosistemas, que no pueden asimilar todos los desechos producidos por el metabolismo global que deviene insostenible. Un estudio científico reciente, publicado en el Journal of Industrial Ecology, afirma que “se está haciendo evidente que la escala del metabolismo de la humanidad es insostenible y debe reducirse. No se dispone de los recursos materiales y energéticos necesarios para extender el patrón metabólico actual de los países industriales hacia el resto del mundo”.

A escala nacional, el modelo de desarrollo basado en las actividades extractivas produce efectos negativos ulteriores sobre la actividad económica. Se utiliza el término “mal holandés” para describir la situación de un país, rico en recursos naturales exportables, al que ingresan muchas divisas que elevan el valor de su moneda y perjudican a su sector manufacturero. La economía nacional se hace dependiente del sector primario y se debilita la industria que, de forma potencial, agrega más valor a la producción y genera más empleos mejor pagados. Adicionalmente, desde 2013 hay una caída constante del precio de las materias primas en el mercado internacional. Pero en lugar de aminorar la actividad extractiva, los gobiernos la promueven todavía más, buscando que al aumentar el volumen exportado se compense la caída de los precios.

A escala local, el “extractivismo” genera enormes costos ecológicos y humanos inmediatos. Conforme se agotan los recursos de mayor calidad, las actividades extractivas se vuelven más agresivas y se extienden por nuevos territorios afectando a un mayor número de comunidades. El modelo extractivista no es sostenible: por más rico que sea un país en recursos naturales, estos terminarán por agotarse. Algunos recursos pueden sustituirse, aunque debe abandonarse la ilusión de que todos los recursos tienen sustitutos. Pero los sustitutos no necesariamente serán extraídos en la misma región o la misma localidad en que se extraía el recurso original. Las inversiones llegan, extraen los recursos, los agotan y se van.

Violencia asociada con las industrias extractivas

Las actividades extractivas provocan el surgimiento de movimientos de oposición local que se multiplican por todo el mundo. El Environmental Justice Atlas puede dar una idea de la dimensión del problema.

SAMUEL BOLLENDORFF

Existe un creciente reconocimiento formal de los derechos humanos de pueblos indígenas, tribales y de la población en general ante las actividades extractivas, así como un reconocimiento de los mecanismos necesarios para que los beneficios lleguen a la población local en caso de que las actividades se desarrollen. Por ejemplo, en Australia, los pueblos aborígenes de la región de Kimberley, que inicialmente se oponían a un gasoducto, obtuvieron apoyos para educación, vivienda, desarrollo económico, preservación cultural y conservación del territorio, gracias a la efectiva movilización política de la población local, tal como lo describe Ciaran O’Faircheallaigh en “Extractive Industries and Indigenous Peoples”.

Pero, de forma lamentable, en la mayoría de los casos el resultado final no es satisfactorio para las poblaciones locales agraviadas. Las actividades extractivas tienden a concentrar de manera local y regional la riqueza y el poder en pocas manos, además de agravar la desigualdad, la pobreza y la corrupción. De forma frecuente, los proyectos extractivos se llevan a cabo sin el consentimiento de la población local, lo que produce conflictos por falta de diálogo, fuertes impactos socioambientales e injusta distribución de los beneficios, los costos, los riesgos y las responsabilidades.

Los habitantes locales pueden ser privados de sus medios de subsistencia (agua, tierra o bosques), pueden ser expulsados de sus hogares (por la construcción de infraestructura como presas y carreteras), pueden perder sus tradiciones (por la fragmentación de sus comunidades) y hasta su vida. A nivel mundial, entre 2002 y 2015, se han documentado 1209 asesinatos de defensores del medio ambiente y la Tierra, la gran mayoría en países latinoamericanos, 47 de los cuales se han documentado en México, según datos de Global Witness.

El periodista italiano, radicado en México, Federico Mastrogiovanni, plantea una hipótesis alarmante en su libro Ni vivos ni muertos. Señala que puede provocarse el desplazamiento forzado y acelerado de las poblaciones que habitan una zona rica en recursos naturales si se permite que se genere y se difunda un clima generalizado de violencia (presencia del crimen organizado, desapariciones, secuestros y asesinatos), por lo que vincula los casos de desaparición forzada con la existencia de recursos naturales en el marco de conflictos entre pobladores locales e industrias extractivas. Concluye que el vínculo es causal.

Sin asumir a priori la validez de dicha hipótesis, la posibilidad de que las desapariciones forzadas formen parte de una estrategia de terror que genere las condiciones adecuadas para la operación de industrias extractivas es motivo suficiente para exigir indagaciones académicas rigurosas e investigaciones judiciales transparentes. La creciente investigación académica sobre actividades extractivas, en nuestro país y en Latinoamérica, no está desmintiendo dicha hipótesis.

También resulta prioritaria la investigación sobre el desarrollo de capacidades locales que ofrezcan una alternativa al extractivismo. Y, más importante aún, debe reconocerse que existen límites a lo que se puede extraer y procesar y, por lo tanto, a lo que se puede crecer y consumir. Pero esta realidad es tan incómoda emocionalmente para nuestras expectativas que, frecuentemente, se rechaza sin la reflexión intelectual suficiente.

JUAN ARELLANES ARELLANES es profesor de Geopolítica, coordinador académico del área de estudios regionales y coordinador del Centro Anáhuac de Investigación en Relaciones Internacionales de la Facultad de Estudios Globales de la Universidad Anáhuac México, Campus Norte. Es doctorando en Seguridad Internacional por la misma institución. Sígalo en Twitter en @JuanArellanes5.

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