200 días bajo la lupa

25 julio, 2016 • Latinoamérica, Opinión, Portada • Vistas: 1579

La visión macrista de la política exterior argentina

REUTERS/Argentine Presidency/Handout via Reuters

REUTERS/Argentine Presidency/Handout via Reuters

avatarDefault María Elena Lorenzini y Gisela Pereyra Doval

Julio 2016

La muerte de Hugo Chávez fue el inicio del fin de los progresismos latinoamericanos. Este nuevo proceso encuentra en los liderazgos políticos de Álvaro Uribe, Juan Manuel Santos y Sebastián Piñera los bastiones de la resistencia más liberal. Con el correr del tiempo comenzaron a sumarse otros hechos que debilitaron la continuidad de “la marea rosa”: la crisis política brasileña, el triunfo de Mauricio Macri en Argentina, la victoria de la oposición en las elecciones parlamentarias venezolanas y la derrota de Evo Morales en el referendo para otro periodo de gobierno. Tales acontecimientos parecerían reflejar una parcial pérdida de apoyo popular que se traducía en un menor grado de legitimidad que la que tuvieron los gobiernos de izquierda de la primera década del siglo XXI.

Este nuevo escenario refuerza la modificación de la autopercepción del gobierno argentino. Después de 12 años de los gobiernos kirchneristas del Frente para la Victoria —que se identificaban con el ideario neodesarrollista asociado al giro a la izquierda—, el frente Cambiemos ganó las elecciones presidenciales en la segunda vuelta. Cambiemos se identifica como cercano al ajuste neoliberal ligado a un desplazamiento hacia la derecha. El frente construyó un discurso basado en la percepción de una crisis multidimensional que comprende los aspectos económicos, sociales, políticos, institucionales y de imagen externa. Sin embargo, se percibe y se presenta a la crisis como una oportunidad, como un nuevo punto de partida. De esta forma, el nuevo gobierno elaboró un diagnóstico de la situación que supo canalizar la sensación de malestar de buena parte de la sociedad argentina. La política exterior se contaba dentro del grupo de políticas necesitaban un “ajuste”.

La reinserción internacional surgió como un tema que se repetía como parte de la democratización, cuando lo correcto sería aludir a una redefinición del lugar de los actores prioritarios y de ciertos contenidos de esta política pública. Se infiere que hay una visión “nueva” del lugar del mundo que Argentina debería ocupar en el escenario internacional. La política exterior se piensa como un instrumento que puede contribuir a resolver los problemas internos y que describe la propia visión que tiene el gobierno acerca del mundo.

Mucho se ha escrito sobre los cambios sustanciales de la política exterior de Macri. Sin embargo, a juzgar por lo actuado hay giros, más bien graduales, que dependen de quién sea la contraparte y de los temas en cuestión que se traten. Del devenir de los hechos surgirá una clasificación más precisa acerca de la metamorfosis que pudiera experimentar esta política. Resulta acertado que Cambiemos no quiera “cambiar” todo.

Uno de los elementos que comprende la perspectiva del gobierno es pensar a los funcionarios como expertos en el área. La canciller Susana Malcorra es un claro ejemplo de expertise por su recorrido profesional y por el trabajo que realizó en la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Tampoco tiene una trayectoria política dentro del país, lo que denota un perfil más autónomo que toma distancia del derrotero político partidario y puede ser pensado como un gesto de madurez que busca hacer de la política exterior una política de Estado. Al respecto, Malcorra expresó que todo aquello que sirva a los intereses argentinos va a ser usado de manera madura y que se debe construir sobre lo que se hizo correctamente. Al menos discursivamente, el gobierno manifiesta una visión clara de cómo transcurrir el carril internacional para contribuir a aliviar el peso de las condiciones internas.

Miguel Enesco

Miguel Enesco

SOCIOS Y METAS

En el breve tiempo de esta gestión, algunos analistas catalogaron la política exterior como occidentalista. Para ello se basaron en que el gobierno se ocupó de recuperar los vínculos con Estados Unidos y la Unión Europea, teniendo en cuenta que estas relaciones se fueron deteriorando progresivamente por desavenencias —en su mayoría económicas, comerciales y financieras— desde 2006. Esta etiqueta resulta parcial y sesgada pues solo contempla una parte. En este sentido, si abrimos el espectro se pueden identificar actores prioritarios que no se ajustan a esta descripción. A manera de ejemplo, se pueden señalar la continuidad de los vínculos con China y Rusia así como también en el escenario regional. Desde nuestra perspectiva, la caracterización de occidentalista tendría más fuerza como argumento si se la vinculara con la frase de la Canciller sobre la necesidad de desideologizar la política externa.

La “desideologización” puede ser interpretada de dos formas. Una de ellas adquiere una connotación negativa pues se asocia a la idea de “vaciarla de contenido” y suele utilizarse como sinónimo de “despolitizar”. La otra forma, es considerar que el mensaje que se intentaba transmitir se relaciona con la aplicación coherente de los principios pragmáticos en el establecimiento de los intereses prioritarios que debieran orientarse a reducir la vulnerabilidad externa del país. Asimismo, se puede pensar que busca tomar cierta distancia de lo que se denomina como “eje-ALBA”, despegando el discurso y la praxis de la política exterior de una impronta antiestadounidense y contrahegemónica Es poco probable que un canciller utilice la primera acepción, pues sería un despropósito intentar despojar a la política exterior de su contenido.

Si se hace un paralelismo con las gestiones anteriores, se identifica un elemento común entre quienes disienten con las orientaciones de la política externa. En ese sentido, las voces más críticas consideraban que existía un vacío en la formulación de la política exterior y que esta no constituía un área relevante en la agenda de los gobiernos kirchneristas. En la misma sintonía, los detractores de la política exterior actual identifican su “occidentalización” como un error que es necesario corregir.

En esta lógica, también cobra protagonismo el sentido que se le asigna a los procesos de integración. El Mercado Común del Sur (Mercosur) en sus 25 años ha sido relanzado cada vez que han cambiado las orientaciones políticas de los gobiernos. Esta actividad se relaciona directamente con el clima de ideas y el significado que se le asigna a la integración regional en general, y al Mercosur en particular. Hubo momentos en los que la integración fue pensada con un carácter más bien instrumental y, otros, en los que se la concibió como una pauta constitutiva de la identidad regional de sus miembros. La creación del Mercosur respondió a la primera idea mientras que en el siglo XXI se aproximó a la segunda, colocando un mayor énfasis en lo político con continuidad en la dimensión comercial. En esta última interpretación se inscribió la visión de la integración de los gobiernos kirchneristas; mientras que en la actualidad se diagnostica un estancamiento del proceso. La solución se asocia con la liberalización comercial reivindicando un mayor margen de maniobra para flexibilizar la fórmula 4+1. Si esta situación tuviera lugar, los Estados Parte del Mercosur podrían avanzar, bilateralmente, en procesos de liberalización comercial y en la firma de acuerdos de libre comercio con Estados extra-bloque. En los hechos, transparentaría la precariedad de la unión aduanera y la opción por reducirlo a una simple zona de libre comercio.

Resulta evidente que el  gobierno de Macri tiene la intención de buscar una mayor diversificación de los socios que pareciera estar guiada por un criterio de funcionalidad que satisfaga sus intereses. En esta línea se enmarca la notoriedad que adquiere la Alianza del Pacífico. En la misma dirección se inscribe el impulso que recuperan las negociaciones entre el Mercosur y la Unión Europea. Este esquema incipiente de relaciones externas deja abierto interrogantes acerca del rol y lugar que se le asignará a la cooperación sur-sur y a la construcción de alianzas de geometría variable.

Clarín

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DESAFÍOS FUTUROS

Malcorra afirmó que, durante la era Kirchner, Argentina había perdido la capacidad de manejar los grises, lo que la llevó a que su inserción internacional fuera un poco más restringida que la deseada. Ante esto, hay un rosario de cuestiones que deberían ser tomadas en cuenta para que la política exterior argentina sea funcional a los intereses del país.

La primera es que se debe continuar construyendo sobre los proyectos ya iniciados. De modo tal que los ajustes no se transformen en cambios radicales que impliquen una ruptura y deriven en el abandono de algunos ejes estructurales que orientaron la diplomacia. Tal es el caso de los procesos de integración regional en los que Argentina participa. Por un lado, es innegable que el Mercosur no atraviesa su mejor momento, pero que también podría constituirse en una plataforma para proyectar al país al mundo de forma concertada. Por otra parte, Argentina no está en posición de descartar de manera anticipada ninguna opción que pudiera ser “redituable”. Tomando en cuenta esto, la Alianza del Pacífico deberá ser estudiada como un espacio alternativo y no excluyente de inserción. El reto es evitar que esta sea visualizada como una panacea que conduzca a quebrar los lazos y las confianzas construidas con tanto esfuerzo.

La segunda es hacer más previsibles las líneas de acción de la política exterior, respetando las reglas de juego establecidas y siendo coherentes con los principios adoptados. Cabe subrayar que los principios orientadores se refieren tanto a una ética de comportamiento, como a un camino práctico. Es decir, la coherencia entre principios y formas concretas de actuación diplomática que apuntan a la compatibilidad entre el discurso, la acción y la proyección internacional. La política externa no podrá perder la perspectiva de continuidad puesto que es un factor que alimenta la confianza.

La tercera está basada en los interrogantes sobre la permanencia de Malcorra en la Cancillería. Uno de ellos está vinculado con la posible sucesión de la funcionaria y las capacidades de gestión de su heredero. En este caso, no está en duda la continuidad de las líneas de acción del actual diseño pues un posible reemplazo provendría del círculo de confianza más cercano al Presidente. El otro gira en torno a las implicancias que tendría si una argentina resultara electa como Secretaria General de la ONU. Si bien esto no reportaría beneficios directos e inmediatos para Argentina, sin dudas, es un lugar de prestigio que ofrece una oportunidad sin igual de visibilidad internacional. En tal caso, tanto la transparencia, la coherencia y la obtención de logros así como las falencias y los errores se verán amplificados bajo la lupa internacional.

MARÍA ELENA LORENZINI y GISELA PEREYRA DOVAL son doctoras en Relaciones Internacionales. Ambas son profesoras en la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario, Argentina, e investigadoras del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONICET). Sígalas en Twitter en @melorenziniok.

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