Violence and Crime in Latin America: Representations and Politics

11 octubre, 2017 • Reseñas • Vistas: 183

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Violence and Crime in Latin America: Representations and Politics, Gema Santamaría y David Carey Jr., Oklahoma, University of Oklahoma Press, 2017, 320 pp., US$29.95.

avatarDefault  Julio César Díaz Calderón

Tanto si se investiga con los indicadores empíricos disponibles, como si se trabaja con las percepciones del imaginario colectivo, la conclusión es la misma: Latinoamérica es la región más violenta del mundo. El libro Violence and Crime in Latin America: Representations and Politics es un intento de explicación por medio de estudios sobre los elementos que fomentan y mantienen la violencia y el crimen en la región. La tesis central es que la forma en que la sociedad percibe el crimen permite realizar un análisis completo sobre por qué la violencia se perpetúa en Latinoamérica. El método es claro: estudiar las representaciones, los discursos políticos y el debate público para entender cómo se representan las prácticas violentas y el crimen, cómo se les da sentido y cómo se responde. Además, se explora cómo estas prácticas se vuelven rutinarias y se hacen parte de la vida diaria; es decir, cómo se normalizan.

En la bibliografía académica sobre la violencia hay dos corrientes dominantes: la económica y la histórica. La primera es de carácter estructural y económico, y explica que el cambio a las políticas económicas neoliberales y la consolidación de las democracias de mercado marginaron a un sector de la población. Así, aumentaron la violencia y los delitos y, con ellos, el vigilantismo. Por otro lado, la corriente histórica se ocupa del empeño del Estado por monopolizar el uso de la fuerza. Según esta teoría, el intento fracasó por la debilidad del aparato gubernamental y la corrupción de las esferas institucionales. Violence and Crime in Latin America sigue una tercera línea, la constructivista, que se concentra en entender cómo la interacción constante de actores estatales y no estatales constituye procesos en los que ciertas formas de violencia son legitimadas y prolongadas.

Una de las consecuencias más importantes del enfoque constructivista es que se replantean las medidas con las que se quiere reducir la violencia en Latinoamérica. Por ejemplo, redoblar la fuerza del gobierno para enfrentar la violencia olvida los antecedentes históricos de gobiernos autoritarios y prácticas abusivas que hicieron fracasar las reformas eficaces y modernas de los cuerpos de seguridad. Además, si se presta atención a la distribución de recursos para eliminar las barreras de acceso y la asimetría social, se dejan de lado matices en la reproducción de la violencia, como las cuestiones de género, identidad, honor o confianza.

El libro se divide en tres ejes temáticos: violencia extralegal y sus justificaciones, determinación de quién es el criminal para apelar al uso de la violencia y del control en la acción estatal, y la política de cómo hacer visible o cómo ocultar ciertas prácticas violentas. La narrativa da la prioridad a las percepciones, más que a los tiempos o las geografías. Este tratamiento se presta para destacar los elementos comunes a los países de la región: impunidad, corrupción, dinámicas de poder, uso discrecional de la fuerza y desconfianza ciudadana. Se sigue un enfoque interdisciplinario para determinar cuáles son las representaciones y cuáles sus consecuencias en el Estado de derecho, las relaciones sociales y las instituciones políticas; cuáles son las trayectorias, las continuidades y los cambios en el fenómeno; y cómo se observa esta realidad hoy.

Estos estudios aportan también información empírica sobre el vigilantismo en Latinoamérica. En esta corriente se analiza cómo diferentes conceptos de lo que es la justicia, la anormalidad y el peligro contribuyen a legitimar ciertas expresiones de violencia. Entre las expresiones más comunes en todo el mundo se encuentran el aumento de las políticas punitivas y de cero tolerancia, la criminalización de juventudes marginalizadas y de minorías étnicas y raciales, las políticas de securitización y la politización de la seguridad, el aumento en los niveles de violencia y el mayor miedo a la delincuencia. Los ensayos contenidos en el volumen permiten constatar estas tendencias mundiales desde la realidad latinoamericana. Por ejemplo, el grado de vigilantismo en Europa del Este y el número de linchamientos en Estados Unidos disminuyeron con la acción de las élites políticas y la formación del Estado; sin embargo, en Latinoamérica los procesos de reconstrucción del Estado no llevaron al reforzamiento ni a la constitución de instituciones que deslegitimaran estas acciones.

La metodología de los estudios es novedosa y se separa de los trabajos que se concentran en los actores tradicionales, los funcionarios nacionales, las autoridades o los criminales (capos de la droga o asesinos marginados) y abarca nuevos personajes, como burócratas de nivel bajo, detectives, policías en servicio, víctimas, activistas, periodistas y otros actores que influyen en la representación del crimen y la violencia y que en ocasiones son difíciles de discernir. Más aún, hay un matiz filosófico en el análisis: la pregunta sobre si es necesario utilizar la violencia para combatir la violencia. En conclusión, el libro Violence and Crime in Latin America: Representations and Politics se coloca al frente de los esfuerzos contemporáneos por entender el uso de la fuerza en la región.

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