Siria en búsqueda de la unificación de su fe

24 noviembre, 2016 • Artículos, Medio Oriente, Portada • Vistas: 1228

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Noviembre 2016

La ilustrada escritora siria Ikram Antaki decidió vivir en México para escapar de la persecución política de Siria en la década de 1970. La selección de su destino la dejó al azar colocando en un mapamundi un compás abierto de punta a punta desde Damasco, la capital de Siria, hasta el punto distante opuesto, que resultó ser el golfo de México. Hoy, miles de sirios perseguidos políticos o expulsados por las circunstancias de inseguridad por la violencia en sus zonas de origen, huyen sin compás ni mapamundi de ese Leviatán que los reprime en sus libertades y los arroja a un mundo inseguro, pero que les ofrece futuro.

Siria en el siglo XXI

En 2010, Túnez inició la Primavera Árabe con el despojado Mohamed Bouazizi, un comerciante inconforme con el statu quo que se inmoló en la plaza pública. Este hecho generó conciencia de clase y conciencia de sí en diversos segmentos de la población. Se desencadenaron protestas en redes sociales y surgieron grandes movilizaciones en todo el país que pronto contagiaron al mundo árabe, hasta lograr el derrocamiento de dictadores en la región. Sin embargo, ha sido un proceso inconcluso, pues ni en el “ocaso de los ídolos”, ha surgido el superhombre de Nietzsche que imponga una moral alejada de las religiones y se apegue a la realidad de las personas. La democracia en el Medio Oriente resulta ser en este momento el sueño de Occidente.

En Siria el conflicto nace con el arresto y aparente tortura de un grupo de niños en Daraa, que realizaban pintas callejeras en una escuela, utilizando expresiones en contra del gobierno como “el pueblo quiere derrocar al régimen”. Este hecho no solo exacerbó las protestas, sino las detenciones que conllevaron, en 2011, a las movilizaciones sociales nacionales que clamaban por la liberación de presos políticos y exigían reformas en el país. Se dio entonces una confrontación violenta entre los civiles y los encargados de hacer cumplir la ley, dejando docenas de muertos.

Esto dio cauce a la actual guerra civil en Siria, que no es más que la expresión de un cúmulo de desafortunados episodios propios de los pueblos dominados. Siria fue ocupada por los cananeos, fenicios, hebreos, asirios, babilonios, persas, griegos, romanos, bizantinos y los turcos otomanos, quedando posteriormente bajo el mandato de Francia y luego a merced de reiterados golpes de Estado tras su independencia en 1946. Es un país que solo halla consuelo en sus religiones: Siria no sabe lo que es la paz. Pero la guerra civil en Siria no solo se produce por su atormentada historia o por los impactos de la globalización y la integración de los mercados europeos y los Estados árabes del Golfo (Kuwait, Bahréin, Omán, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos), sino por el debilitamiento del Estado sirio.

Este debilitamiento del Estado, centrado en la concentración del poder y la riqueza en unos cuantos, es la principal razón de que emerjan grupos oprimidos que quieren reivindicar sus derechos. Estos grupos son los sunitas, que son mayoría en Siria, los chiitas con los diferenciados de alauitas (del islam chií y cercanos a quienes ostentan el poder), los duodecimanos y los ismailíes. Entre los grupos minoritarios se encuentran árabes cristianos y drusos. Los kurdos, aunque existen dispersos en el Medio Oriente, se consideran en Siria dentro de los grupos sunitas. El Estado, como resultado de la organización social, del pacto o del contrato social de Thomas Hobbes o de Jean Jaques Rousseau, pasa de una relación superior al reconocimiento de una relación anterior, que configuran estos grupos. La guerra civil y el caos que le caracteriza se extienden a Irak, sede del Estado Islámico. Este escenario es el que produce la crisis humanitaria más grande de este siglo.

El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) publicó en octubre de 2015 que 4.1 millones de sirios habían abandonado el país para escapar del conflicto, lo que constituye una sexta parte de la población total. Esta cifra incluyó a 2.1 millones de sirios registrados en países vecinos como Egipto, Irak, Jordania y Líbano, además de los 1.9 millones de sirios en Turquía y más de 26 700 refugiados en el norte de África. No se consideró a los más de 7.5 millones de desplazados internos en Siria, ni a los 270 000 sirios solicitantes de asilo en Europa. Las alarmantes cifras podrían elevarse si se considera que no todos los sirios que huyen del conflicto se registran con el ACNUR.

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El Estado Islámico y la personalidad del mal

En el siglo XX aparecieron nuevos sujetos del Derecho internacional y el Estado dejó de ser el protagonista natural del orden mundial. Estos sujetos tienen la capacidad para interponer reclamos internacionales, celebrar acuerdos válidos en el plano internacional y obtener privilegios e inmunidades en jurisdicciones nacionales. Bajo estos criterios, se observan tres clases de sujetos comúnmente estudiados por el Derecho internacional: sujetos con personalidad legal, sujetos especiales y sujetos controvertidos. Entre los sujetos con personalidad legal se observa a al Estado, las confederaciones, las organizaciones internacionales, los territorios administrados por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), los principados, entre otros. Entre los sujetos especiales están los movimientos de liberación nacional, los grupos beligerantes, los insurrectos (todos estos existen en la medida en que interactúan con otros), y las entidades sui generis (Hong Kong, Macao y Taiwán entre otras). Mientras que entre los sujetos controvertidos se consideran a las organizaciones internacionales o nacionales no gubernamentales (OING), a las corporaciones estatales y a los individuos.

¿Dónde entra el Estado Islámico como sujeto del Derecho internacional? ¿Qué clase de personalidad ostenta? El Estado Islámico posee territorio desde Irak hasta Siria (la ciudad de Raqqa se erige como la capital de su pretendido califato), tiene adeptos que conforman su población (convencidos por la razón o la fuerza) y mantiene un poder de hecho (bajo la ley islámica). Además, el financiamiento con el que se sostiene deriva de múltiples actividades con otros sujetos del Derecho internacional.

¿De dónde obtienen armas? ¿Con quiénes comercializan petróleo? ¿De dónde obtienen recursos? Determinar quiénes son esos otros sujetos no define su personalidad como sujeto en este ámbito, si acaso deja al descubierto la corrupción y la impunidad en la que incurren éstos al fomentar actos terroristas. Si bien es cierto que el Estado Islámico puede representar el fracaso de Estados Unidos y sus aliados tras la invasión en Irak en 2003, también es cierto que responde a la omisión o inacción de la comunidad internacional para prevenir, reprimir y sancionar la violencia generalizada en contra de los pueblos.

Ecos de la Guerra Fría

Esta omisión o inacción de la comunidad internacional puede verse a través de la lente de la ONU. En 2012 y 2013, Rusia y China vetaron dos resoluciones del Consejo de Seguridad contra el régimen de Bashar al Assad. Con esto, China mostró su preocupación respecto de la participación de Estados Unidos en este hemisferio.

En abril de 2014, Francia llevó evidencia a la ONU de la tortura en Siria. Presentaron el llamado informe César para lograr el apoyo de los miembros de la ONU y llevar el caso ante la Corte Penal Internacional. Este consistía en 55 000 fotografías de cerca de 11 000 cadáveres, tomadas por un militar desertor del ejército sirio. Uno de los abogados redactores del informe, denunció tras ver las imágenes, “una matanza sistemática e industrializada” por parte del régimen de Damasco. Francia acusaba así la violación de derechos humanos por parte de Siria, ante el Consejo de Seguridad. Nuevamente, Rusia y China vetaron una resolución del Consejo, que estaba orientada a la investigación de estos crímenes de guerra en Siria. Tras este veto, la embajadora de Estados Unidos ante la ONU, Samantha Power, acusó a Rusia y a China no solo de apoyar al régimen de al Assad, sino de promover la impunidad de ese gobierno y de los grupos terroristas en Siria.

En septiembre de 2015, Rusia decidió bombardear al Estado Islámico. Pero la suspicacia no se hace esperar; esta operación es en realidad para debilitar a los rebeldes opositores a al Assad. El suceso ocurrió justo dos días después del encuentro en Nueva York entre los presidentes Barack Obama y Vladimir Putin. El Presidente ruso, contrario a su homólogo, apoya expresamente al régimen de al Assad contra los rebeldes, mismos que son apoyados por Estados Unidos. Esta acción, al menos en la arena movediza del conflicto, hace visible a Rusia de forma más activa.

El 20 de noviembre de 2015, tras 5 años de conflicto, el Consejo aprobó por unanimidad una resolución impulsada por Francia, tras los ataques terroristas del 13 de noviembre en París. Esta resolución promueve que se realicen todas las medidas necesarias para combatir al Estado Islámico y los grupos vinculados como Al Qaeda. En ésta no se alude al capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas, que es la clave para ejercer el uso de la fuerza. Hasta ahora, los Estados de la coalición que participan en la represión de los actores que consideran desestabilizadores en Siria lo hacen bajo las concepciones de la cooperación internacional, pero al margen de la ONU.

El consenso en el Consejo es complejo por el sistema de votación que prevé el artículo 27 de la Carta de las Naciones Unidas, según el cual “las decisiones del Consejo de Seguridad sobre todas las demás cuestiones serán tomadas por el voto afirmativo de nueve miembros, incluso los votos afirmativos de todos los miembros permanentes”. Es claro que con la división actual entre Estados Unidos y Rusia respecto del conflicto, así como por la posición de China, alcanzar esta votación resulta improbable si de lo que se trata es de perder aliados en el Medio Oriente. Aquí, tanto la geopolítica como ciencia explican las rivalidades del poder. Siria es clave para la paz y la estabilidad en el Medio Oriente.

El conflicto, aún con la presencia de estas potencias, permanece bajo la clasificación de conflicto armado no internacional, teniendo que observar las disposiciones del Derecho Internacional Humanitario (DIH) de limitar los métodos de combate y respetar, entre otros, el principio de distinción. El anterior consiste en no atacar a personas civiles que no participan activamente en las hostilidades, ni atacar a los bienes civiles protegidos. Este principio en Siria no se respeta por ninguno de los actores en el conflicto.

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Bashar al Assad ¿víctima de sus circunstancias?

Odiado por unos y amado por otros, al Assad es para Estados Unidos y Francia, un personaje clave en el conflicto que impide la pacificación y que requiere ponerse a un lado para dar paso a nuevos liderazgos conciliadores de los intereses endógenos y exógenos del conflicto. Para Rusia, él es un elemento catalizador o el legítimo interlocutor entre las fuerzas que emergen del mismo. Al suceder al Assad a su padre en 2000, realizó cambios en el estilo y los contenidos de sus discursos públicos, manejando mayor esperanza en el terreno de lo político y lo económico.

En lo político, su primer gran acto fue liberar a más de 600 presos políticos opositores al régimen. Cerró la principal cárcel, decretó una amnistía, puso fin a la ley marcial y al Estado de excepción, permitió a intelectuales reunirse informalmente sin ser encarcelados o asesinados, y formalizó la existencia de los Comités de Resurgimiento de la Sociedad Civil. Comenzó la reforma política y nacieron nuevos partidos políticos. Al Assad dio pauta, aunque incipiente, a la existencia de medios privados de comunicación, La información ya no emanaría solo desde el poder. Con esto parecía enviar el mensaje de apertura y de prometedores tiempos para los sirios.

Era demasiado bueno para ser cierto y el sueño duro poco. En menos de un año comenzó nuevamente la represión contra los líderes de la nueva oposición, como Riad Seif, un político disidente procedente del ámbito empresarial. Se suscitarían una serie de detenciones en foros civiles independientes y se establecerían para su realización, la expedición de permisos gubernamentales. La tradición dominante de quienes ostentaban el poder, resurgía con mayor fuerza o mayor descaro, pero esta vez a la luz de la lupa internacional atenta a las denuncias de las organizaciones de derechos humanos internacionales y nacionales. Dadas estas denuncias, en marzo de 2001, el Comité de Derechos Humanos de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (OACDH), a cargo de la supervisión del cumplimiento por parte de los Estados del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, examinó la situación de Siria y emitió el informe donde señaló, entre otros aspectos contrarios a derechos humanos, la existencia del Estado de excepción que se tenía como extinto a la llegada de al Assad.

En la respuesta siria a este informe, emitida el 28 de mayo de 2002 (, se estableció que conforme al artículo 4 del Pacto, podía proclamarse el Estado de excepción en situaciones extremas y excepcionales que pongan en peligro la vida de la nación. Lo anterior, “en atención a que Israel ocupa el Golán sirio y partes del sur del Líbano, ataca y mata a los palestinos y los convierte en refugiados, y no cesa en las hostilidades contra el Líbano, como atestiguan las “uvas de la ira” y otros actos de agresión y ensañamiento”. La incursión israelí del 15 de abril de 2001 contra las instalaciones de radar sirias en la región de Bekaa, en el Líbano, que causó decenas de muertos y heridos entre sus operarios, proveyó a los sirios con una situación merecedora para tales excepciones en la región. En el informe se lee que es Israel el que mantiene a la región “al borde del abismo y de crear una atmósfera propicia al mantenimiento de un estado de guerra permanente”.

En el mismo informe, la OACDH mostró preocupación por el número de ejecuciones desde 1990, por lo que solicitó a Siria la estadística de ejecuciones desde esa fecha. En su respuesta, el gobierno sirio afirmó que la pena capital en Siria estaba prácticamente en desuso, y solo se aplicaba en muy raros casos, la última vez que se aplicó fue en 1987. Adujeron que esto era consecuencia de que las sentencias con pena de muerte eran apeladas en tribunales y conmutadas por penas de prisión, lo que explicaba la insuficiencia de estadísticas. En la respuesta también añadieron que si se trataba de ejecuciones extrajudiciales, no era sino información divulgada por los órganos que se oponían a Siria para causar daño y confusión. El informe contiene varias observaciones más, que son argumentadas puntualmente por el Estado sirio.

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En el segundo informe de la OACDH del 9 de agosto de 2005, el Comité celebró la adhesión de Siria a otros instrumentos de derechos humanos como la Convención Internacional sobre la Protección de los Derechos de Todos los Trabajadores Migratorios y de sus Familiares; la Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes; la Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer y los dos protocolos facultativos de la Convención sobre los Derechos del Niño. Pero también indicó que las recomendaciones que formuló a Siria en 2001 no se habían satisfecho completamente, en particular en relación al Estado de excepción, detenciones, derechos de la mujer, de los niños y niñas, instituciones de derechos humanos, entre otros asuntos.

Estos embates desde el plano internacional y nacional, llevaron a al Assad a tratar de recuperar el control sobre su régimen. El 10 de diciembre de 2001, el presidente al Assad pidió al Primer Ministro Miró formar un nuevo gobierno, buscando un cambio hacia la liberalización económica y política del país, a través de la responsabilidad del gobierno, la modernización de la legislación y la disminución de la burocracia. Pero en 2003 dimitió el primer ministro Miró y esto atrasó los planes de cambio.

Mientras que al Assad intenta reconstruir Siria, el ámbito regional le supone otro problema. En octubre de 2003, Siria acusó de agresión militar a Israel por los ataques aéreos contra un campamento palestino cerca de la ciudad de Damasco. Como contrapeso a este evento, en 2004, al Assad visitó Turquía, con quien no se tiene buenas relaciones. Fue el primer líder sirio en hacer una visita oficial a dicho país. Frente a este panorama, Siria llegó a las elecciones de 2007. El referendo sobre la presidencia de al Assad prolongó el statu quo, pues en las elecciones parlamentarias no se obtuvieron muchos cambios.

Israel denunció que Siria estaba desarrollando un reactor nuclear, por lo que la agencia de vigilancia nuclear de la ONU, la Agencia Internacional de Energía Atómica (OIEA), envío inspectores para investigar estas afirmaciones. El director de la OIEA, Mohammed al Baradei, señaló que había poca evidencia de que Siria tuviera los recursos humanos para crear un programa nuclear. En ese momento no se pudo probar la denuncia de Israel.

Sin embargo, en 2011, la Junta de Gobernadores de la OIEA denunció a Siria ante el Consejo de Seguridad de la ONU por construir en secreto el reactor nuclear, lo cual había sido denunciado por Israel durante los bombardeos de septiembre de 2007. La Junta de Gobernadores de la OIEA aprobó en Viena la resolución con 17 votos a favor, 6 en contra y 11 abstenciones. La mayoría de los países a favor eran occidentales, dirigidos por Estados Unidos y la Unión Europea. Rusia y China, con derecho de veto en el Consejo de Seguridad, votaron en contra; al igual que Azerbaiyán, Ecuador, Pakistán y Venezuela. Países como Argentina, Brasil, Chile y Perú se abstuvieron en la votación, lo que ayudó al bloque occidental a adoptar la resolución. El texto aprobado consideró el informe previo del organismo sobre Siria, en el que se aseguró que las evidencias reunidas en casi 3 años permitían inferir que Damasco estaba por completar lo que podía ser un reactor nuclear y con ello violentaba el Tratado de No Proliferación Nuclear (TPN). La evidencia eran restos de uranio e instalaciones similares a las que se utilizan para desarrollar este tipo de reactores.

Estos hechos proveen de evidencia sobre las dificultades internas y externas para estabilizar Siria. El 25 de agosto de 2009, Irak y Siria llamaron a sus embajadores a consultas ante un conflicto diplomático provocado por la denuncia de Bagdad de que Damasco estaba dando refugio a los insurgentes responsables de ataques en esa ciudad, con un saldo de 95 muertos y 600 heridos. Bagdad retiró a su embajador y Damasco al suyo. Turquía medió en este diferendo. En septiembre de 2010, Irak y Siria acordaron restablecer relaciones diplomáticas completas con el intercambio de embajadores.

En 2011, las protestas contra el gobierno de al Assad se extendieron en el mundo árabe, pero no se exigían la renuncia a su cargo, sino la libertad política y el freno a la corrupción. Siria guarda graves conflictos al interior, pero también ha sido objeto de sanciones por varios países y es despreciado, como ha quedado expuesto por Estados fuertes de la comunidad internacional. Ni todo el petróleo que posee ha sido suficiente para negociar una salida. Las tensiones geopolíticas con Israel y Turquía, y las sospechas sobre el uso de armas químicas, pusieron en jaque a Siria. La cumbre de paz en Ginebra terminó sin conseguir resultados y la guerra civil en Siria continúa. En esta historia aún no hay vencedores, solo se sabe de su calamidad y derrota. Siria aún no conoce lo que es la paz.

ILIANA RODRÍGUEZ SANTIBÁÑEZ es doctora en Derecho y maestra en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Es Directora del Departamento de Derecho y Relaciones Internacionales del Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM) e investigadora del Sistema Nacional de Investigadores nivel II. Sígala en Twitter en @ilrodrig.

 

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