Sin James Foley, sin Steven Sotloff

30 septiembre, 2014 • Artículos, Asuntos globales, Latinoamérica, Medio Oriente, Norteamérica, Portada • Vistas: 1363

avatarDefault Karla Iberia Sánchez

Septiembre 2014

“Grita: ¡Devastación! Y suelta a los perros de la guerra”.

Julio César, Acto 3, Escena 1, línea 273.

– William Shakespeare

Terror en curso

Aparecieron dos árboles varando el camino. Frenaron en seco. Abrieron la portezuela trasera. Nos tomaron con fuerza del cabello. Al segundo siguiente estábamos en el piso, golpeados, con la bota de alguien encima. Una tela sobre el rostro, que nos asfixiaba.

Negra. Oíamos gritos en un idioma incomprensible.

Alguien vomitaba de miedo: otra compañera reportera de Rusia. La reconocí.

Amarrados, ciegos, nos dejaron varias horas sin saber qué ocurría.

El momento —traumático— en que uno pierde control de sí, en que el cráneo estalla de turbación y humanidad, está contemplado en el trabajo que hace la empresa inglesa C. Risk Assessment Ltd., fundada por Marines Británicos retirados 2 años después de la intervención militar internacional en Afganistán e Irak.

Sin ese instante, en el que uno se siente —y convierte— rehén y peón del ajedrez de una guerra, el entrenamiento de supervivencia en situaciones de riesgo no está aprobado.

Los primeros años, C. Risk Assesdment Ltd. hacia sesiones de entrenamiento como las descritas a escoltas, personal de embajadas, guardias de seguridad para complejos de funcionarios de la Organización de las Naciones Unidas. Hoy sus servicios se extienden a miembros de organizaciones no gubernamentales, ingenieros civiles involucrados en labores de reconstrucción, expertos en telecomunicaciones, arquitectos, fotógrafos, camarógrafos y reporteros.

Archivo

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En 1995 había dos agencias de este tipo en el Reino Unido. Hoy hay por lo menos quince grupos privados que en cursos de una o dos semanas buscan entrenar al educando en primeros auxilios, estrategias de huida, protección personal en caso de ataques armados o cómo reaccionar ante un secuestro orquestado por grupos(en inicio) no identificados, como se deriva en el que plagió, torturó y ejecutó frente a una cámara a James Foley.

Plumas. Débiles plumas.

La devastación de la que hablaba William Shakespeare se ha extendido:niños y adolescentes, rostros de la sociedad civil en médicos, misioneros, periodistas. Los que curan, los que sanan heridas espirituales, los que documentan y cuentan historias, ya eran amenazados y rehenes hace mucho tiempo.La diferencia hoy es que —desarmados— son sometidos a actos lapidarios, como criminales de guerra.

James Foley,criado en New Hampshire y graduado en periodismo por la Northwestern University, era colaborador de Global Post y AFP, así como un reconocido periodista freelance en el Medio Oriente.

Foley, quien inició sus labores civiles en Teach for America y US Aid, ya había sido secuestrado en Libia en 2011 por fuerzas leales al régimen de Muammar al Qaddafi.

“Uno no quiere ser definido como el tipo que fue capturado en 2011”,declaró Foley tras ser liberado. “Creo en el periodismo que está en el frente de batalla. Sin él, no podríamos decir lo malo que ocurre en el mundo”.

147 foley-iberia FOTO 03 (PressTV)

PressTV

James Foley, de 40 años, centro hoy de un debate fundamental sobre los medios, sus mensajeros, sus alcances y su futuro, fue víctima de un segundo secuestro del que no sobreviviría. Foley fue retenido en el noroeste de Siria tras salir de un café internet con su traductor. Día de Acción de Gracias, noviembre de 2012.

La piel de James Foley, reportero —tan vigoroso como exhausto—, fue objeto de una negociación de 21 meses. El brazo militar del Estado Islámico de Irak y el Levante (que aún no había sido plenamente identificado) exigió a la familia del periodista, a la organización editorial del Global Post y al gobierno de Estados Unidos 132 millones de dólares por su liberación.

Rescate: la cuestión humanitaria-ética-política.

El gobierno de Estados Unidos, por una cuestión que alude a su ética política contra la expansión de grupos de terror, se negó a pagar. Tras el plagio y muerte de Daniel Pearl, corresponsal de The Wall Street Journal, a manos de Lashkar-e-Jhangvi, ligado a Al Qaeda, James Foley ha sido el segundo reportero estadounidense asesinado tras un secuestro político por grupos extremistas.

Hasta 50 extranjeros de origen occidental (diplomáticos, miembros de agencias, especialistas, turistas y reporteros) han sido secuestrados la última década por Al Qaeda y otros grupos identificados como miembros de la yihad. La mayoría fueron liberados tras el pago de multimillonarios rescates, según el equipo de investigación de The New York Times.

Pocos días después de hacerse pública la muerte de Foley a manos de Abdel-Majed Abdel Bary, un ciudadano británico de 23 años, el gobierno del Reino Unido hizo pública una declaración en la que afirma que “enfrenta la mayor amenaza terrorista de su historia” y elevó a “severa” su alerta agrado 4 en una escala de 5 niveles.

“En Afganistán, los talibanes estaban preparados para acoger células de Al Qaeda. Con el Ejército del Estado Islámico de Irak y el Levante, estamos frente a una organización terrorista que no ha sido acogida, pero que busca establecerse y expandir violentamente su propio Estado de Terror (…) Estamos en medio de la batalla de una generación con una ideología extremista, venenosa. Y creo que lucharemos por años, sino es que por décadas”, apuntó David Cameron. Hasta 500 ciudadanos británicos, anotó en una editorial en Foreign Policy, podrían estar involucrados en actividades del llamado ISIS que gana posiciones en Irak y Siria.

La difusión masiva de la ejecución de Foley en agosto de 2014 cuestionó severamente la solidaridad de los medios internacionales con los deudos. En una carta abierta publicada por el diario británico The Guardian, Phil Bigley, hermano del ingeniero Ken Bigley, asesinado en 2004 en Irak apunta: “Para las familias de las víctimas, no importa en qué región del mundo estén capturados, ver estas imágenes al encender sus ordenadores, abrir el diario o encender el televisor es perturbador. Genera un miedo inimaginable para cualquiera que no haya pasado por esta experiencia”.

“No puede haber interés público involucrado en seguir usando estas imágenes”, añadió Bigley.

Interés público

La génesis de un periodista es el interés público: honrarlo, transparentarlo, respetarlo, perseguirlo.

“Para conservar el mensaje, protejamos al mensajero”, ha añadido desde hace más de 15 años la Federación Internacional de Periodistas.

Escalofrío.Es probablemente la sensación que un reportero intenta contener al abrir el recuento del Comité para la Protección de Periodistas (CPJ): 33 informadores asesinados hasta agosto de 2014, 19 muertes concentradas en Irak, Israel, Palestina y los territorios ocupados, Siria y Ucrania.

AFP / Marco Ugarte

AFP / Marco Ugarte

Desde 1992, el CPJ ha registrado la muerte por asesinato de 1073 colegas en el mundo. En México, datos de la Procuraduría General de la República confirman la muerte de 102 periodistas en 14 años. La Fiscalía Especial para la Atención de Delitos contra la Libertad de Expresión ha abierto 541 averiguaciones previas desde 2010.

En una de las tesis más claras sobre el valor del periodismo, T.D. Allman declara que el periodismo genuino, no solo comprueba los hechos, sino los ubica en el contexto correcto. Resiste el día de hoy y se sostiene en la prueba del tiempo. Es validado no solo por fuentes confiables sino por el propio paso de la historia.

James Foley

Coraje podría ser una palabra correcta para describir a James Foley.

Coraje verdadero en periodismo no tiene que ver con temeridad: coraje verdadero en periodismo, habla de ver, cuestionar, exhibir, hablar, mantener viva la médula de medios como bienes públicos.

La cuestión a la luz es el estado de vulnerabilidad de fotógrafos, camarógrafos, editores, sonidistas, cronistas e ingenieros que prestan sus servicios como freelance: sin seguros, sin contratos fijos, bajo la promesa de “compra” de las agencias. Negociadores solitarios con un galón de gasolina, el médico, los mapas que lleven a la historia no oficial.

El deseo puesto sobre la mesa es la valoración del periodismo y los periodistas en medio de la circulación masiva de información. La necesidad social de que existan los reporteros y de que los cuidemos. Que los reporteros cuidemos a los ciudadanos y que los ciudadanos cuiden a sus reporteros.

Archivo

Archivo

En este mundo de democracias híbridas, de economías turbias, de regímenes (aún) crueles, de ciudades asoladas por el horror, de virus incontenibles (los que matan personas y los que matan reputaciones) es necesaria todavía la figura del vigía, ese que se apuesta afuera de la casa para ver quién entra y quién sale.

Ese que espera que se vayan los deudos para saber quién, en verdad, está en el féretro.

Ese que se queda un poco más leyendo, hurgando: que encuentra cuando no coinciden las fechas y las cifras.

Ese Christopher Vanegas que se atrevió a acudir a un bajo puente en Coahuila y ganó el tercer lugar del World Press Photo con una obra descrita, por su propia sordidez, como “sofisticada y poética”: dos hombres colgando amordazados en Saltillo como en Kandahar, Alepo, Basora, Ramala, Veracruz o San Pedro Sula.

En todos lados hay preguntas incómodas, crueldad, abusos detrás de las ventanas.

Una sociedad que no procura al periodismo de investigación detiene su propia evolución hacia un diálogo crítico e instituciones transparentes.

Anna Politkovskaya, Marie Colvin, Martin Adler, Armando Rodríguez “El Choco”, Ricardo Ortega, Jaime Garzón…la lista es un millar.

James Foley.

Steven Sotloff, su compañero de cautiverio. También ejecutado.

Quién, si no ellos, contarán los horrores y la devastación del mundo.

KARLA IBERIA SÁNCHEZ es periodista de investigación de Grupo Televisa en México. Fue nominada a The Global HealthAward y fue ganadora del Premio Nacional de Periodismo en temas de salud. Es conductora del informativo Hora21, en ForoTV. Sígala en Twitter en @karlaiberia.

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