Propuestas de política exterior en las elecciones de México

6 junio, 2018 • Artículos, Latinoamérica • Vistas: 1149

  Leonardo Curzio

Material Original de Foreign Affairs Latinoamérica Volumen 18 Número 2

La política exterior no suele ser en México, como en casi ningún otro país, un tema protagónico en las contiendas electorales. Se trata de un espacio reservado a un pequeño círculo especializado y, salvo en coyunturas muy precisas, no es un asunto contencioso en el debate político partidista. Este es el primer elemento contextual por registrar.

En los últimos 12 años, la política exterior se ha ubicado en una zona de moderación general en la que las posiciones sobre los grandes temas de la agenda no entran en confrontación. Algunos asuntos polémicos, como las relaciones con Cuba y Venezuela, que irritaron a la oposición en los primeros años del siglo XXI, han perdido perfil por el doble efecto de una acción cada vez más contenida del gobierno y la consecuente moderación de las oposiciones que prefieren confrontar al régimen en otros frentes. En los últimos meses, el activismo hemisférico del gobierno de Enrique Peña Nieto a favor de una salida democrática en Venezuela no ha levantado la polvareda en el frente interno que se desataba cuando Vicente Fox confrontaba discursiva e ideológicamente al gobierno de Hugo Chávez. Desde que Felipe Calderón optó por reducir drásticamente la intensidad de confrontación con Cuba y Venezuela, que era una agenda muy ideológica del Partido Acción Nacional (PAN), la izquierda depuso su actitud confrontadora. Esto, más el deterioro del poder de Caracas, dio paso a la placidez de una relación menos polémica con el exterior. Hoy los partidos y candidatos han suavizado sus posiciones para favorecer espacios de encuentro con compromisos débiles, pues si bien las relaciones exteriores no provocan mayores fricciones, ninguno de los actores las considera fundamentales. En la actualidad, ningún partido se atreve a defender con firmeza al régimen de Nicolás Maduro (aunque sientan afinidad) o a condenar las conclusiones de un relator de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) (aunque les provoque urticaria soberanista). La política exterior, por tanto, ha entrado a una zona de convergencia donde prevalece más el ánimo de no confrontar (porque no hay grandes creencias o valores en juego) que el de presentar un frente común o una sólida base de unidad para una política de Estado. Tal es el segundo elemento contextual: desde 2006 se han reducido las fricciones por los temas exteriores.

Al no haber tantos temas en disputa, las formulaciones planteadas en las plataformas de los partidos y las coaliciones resultan genéricas y más normativas que propiamente políticas. Son contados los discursos en los que los candidatos desmenuzan temas de la relación externa, y apenas se abordan en los escasos debates. En los partidos (y es uno de los peores males de la democracia mexicana) no hay una tradición de una discusión interna sobre las opciones que tiene el país ante los cambios en el escenario internacional. Es más, ni siquiera se apegan por sistema a las líneas generales de las corrientes internacionales a las que pertenecen —el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el Partido de la Revolución Democrática (PRD) a la socialdemócrata y el PAN a la democristiana—, y con el nuevo pragmatismo electoral el PAN y el PRD comparten una plataforma de política exterior que revisaremos más adelante. Vale la pena señalar que es inusitado que socialdemócratas y democristianos compartan gobierno, pero no inédito. Tanto en Alemania como en Chile se han integrado gobiernos con esas dos fuerzas políticas, pero en México es una novedad que en principio abonaría a la moderación de las posiciones de ambas fuerzas.

La experiencia de las precampañas, que terminaron a mediados de febrero de 2018, es que candidatos y partidos se apegan más a un texto pensado para ser presentado en un taller de literatura que a un manifiesto político; es decir, parecen más atentos a la forma que al análisis del entorno regional y mundial en el que se mueve México y mucho menos a una elaboración compleja de lo que el país puede hacer. Las formulaciones suelen ser benignas (no tenemos partidos agresivos, ni racistas ni de un nacionalismo extremo), en el sentido de que se abrazan las grandes causas de la humanidad y todas son consonantes con los principios generales de política exterior marcados en la Constitución y de apego al multilateralismo. La diferencia más importante es cronológica: la coalición Por México al Frente (conformada por el PAN, PRD y Movimiento Ciudadano) y el PRI hablan más de los desafíos que vienen y el Movimiento Regeneración Nacional (Morena) plantea, en palabras de Héctor Vasconcelos, una visión restauradora de un tiempo idílico, literalmente: “Nuestro proyecto de nación propone una política exterior que, exenta de protagonismos artificiales, recupere la dignidad y la eficacia que la diplomacia mexicana ha logrado en sus momentos estelares”.

Uno de los debates oficiales

Del INE tendrá como

eje la política exterior:

es una novedad

digna de ser apreciada.

En las elecciones de 2018, y si se considera que el futuro del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) es un asunto de primer orden en la agenda nacional, uno de los debates oficiales del Instituto Nacional Electoral (INE) tendrá como eje la política exterior, lo cual es una novedad digna de ser apreciada. Tercer elemento contextual: las formulaciones generales que hoy dominan deberán dar paso a mayores precisiones, debido a la coyuntura adversa e ineludible que ha provocado el triunfo de Donald Trump.

Cabe matizar diciendo que la ausencia de debates sonoros en política exterior no implica que no haya habido fricciones y discusiones políticas que, en algunos casos, llegaron incluso a ser por breve tiempo asuntos destacados en la conversación nacional. Cuatro argumentos de disputa ideológica han estado presentes con más o menos intensidad y en general se han diluido en un consenso nebuloso pero eficaz: 1) la participación de México en las Operaciones para el Mantenimiento de la Paz (OMP) de la ONU; 2) la apertura del país al escrutinio internacional en derechos humanos y derechos políticos; 3) la defensa de la democracia en la región como un valor propio, y 4) el libre comercio.

Participación de México en las OMP

El largo debate sobre el multilateralismo incompleto de México, muy estridente en el gobierno de Fox y silenciado durante el gobierno de Calderón por no representar una prioridad, se cerró finalmente en 2014 con la decisión del gobierno de Peña Nieto de participar de manera gradual en las OMP, auspiciadas por la ONU. El anuncio presidencial no generó una polémica fuerte en el Congreso, ya que el partido que se había opuesto sistemáticamente a enviar tropas mexicanas había sido el PRI, con argumentos nacionalistas poco adaptados a los tiempos modernos.

Tomada la decisión por un gobierno del PRI, las fuerzas políticas dejaron de prestar atención al tema y ninguno de los candidatos se ha inclinado hasta ahora en un sentido o en otro. Cabe esperar que la normalización de la participación mexicana en la agenda de paz y seguridad se mantenga en el sexenio que viene.

Escrutinio internacional sobre derechos humanos

Una de las transformaciones más importantes que ha traído la democracia mexicana es el escrutinio externo. Hasta el gobierno de Ernesto Zedillo (de 1994 a 2000), se consideraba una injerencia inadmisible la observación internacional de procesos políticos y derechos humanos. Baste recordar las fricciones que generaron las misiones de europeos que vinieron a verificar la situación de los derechos humanos tras el conflicto chiapaneco y la actitud pueblerina y plúmbea del gobierno cuando se propuso un régimen internacional de observación electoral de los comicios presidenciales de 2000.

En los gobiernos panistas la apertura fue considerable y, a mi juicio, benéfica; ya no se practicaba solamente la política del candil de la calle, sino que el candil de la calle ahora ayudaba a alumbrar el callejón nacional. Relatores, observadores, organizaciones no gubernamentales e incluso misiones de observadores del Parlamento Europeo y de la Organización de los Estados Americanos (OEA) entraban con naturalidad en el territorio nacional. El retorno del PRI al poder en 2012 planteó una nueva realidad, y aunque no se dio marcha atrás en la apertura, se manifestó velada pero clara la molestia que provocaba en el gobierno el escrutinio internacional en asuntos de justicia y derechos humanos. Incluso en diálogos y consultas bilaterales con países amigos, el tema de los derechos humanos causaba la irritación del régimen. Sin embargo, a pesar de las críticas a relatores y, en particular, de una actitud ambivalente hacia el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes que colaboró en las investigaciones del caso de Ayotzinapa, el escrutinio externo ya forma parte de la conversación nacional. No hay pretensiones de dar marcha atrás y más aún, el Frente parece abrazar este mecanismo con cierto optimismo. Morena también recalca el punto: la participación de México en organismos multilaterales será siempre en defensa radical de los derechos humanos.

Uno de los referentes de política exterior del candidato de Morena, Andrés Manuel López Obrador, fue su viaje a Estados Unidos para entregar una carta a Andrew Gilmour, Secretario General Adjunto de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos y titular de la Oficina del Alto Comisionado para Derechos Humanos en Nueva York, en la cual se refería a la situación de México:

En los últimos 30 años la economía de México es de las que menos han crecido en el mundo; se abandonó la política de fomento al campo; se dejaron de crear empleos y se desatendió por completo a los jóvenes, a los cuales se les ha negado el derecho a la educación y al trabajo. Esto explica, en gran medida, el resentimiento social y el estallido de violencia que desde hace años aqueja a mi país. En medio de esta crisis, obligados por las circunstancias, millones de mexicanos han emprendido un interminable y doloroso éxodo por los desiertos para cruzar la frontera a fin de ganarse la vida con su trabajo honrado en Estados Unidos. Por si fuese poco, ahora, millones de mexicanos que han sido expulsados de nuestro país por las privatizaciones y la falta de empleo y que emigraron para mitigar su hambre y su pobreza están siendo víctimas de la política de odio y discriminación promovida desde la campaña presidencial por el ahora presidente Donald Trump y su equipo de asesores.

Una vez hecho el diagnóstico y dado el ninguneo del gobierno de Peña Nieto, procedía a suplantarlo y a solicitar una recomendación contra el gobierno de Trump en los siguientes términos:

Es un hecho que las órdenes dictadas por el mandatario de Estados Unidos para construir un muro en la frontera y perseguir a los migrantes en este país, violan en diversos aspectos la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, documentos fundamentales de la legalidad internacional y referentes obligados de las legislaciones nacionales de los Estados miembros de la ONU, incluido Estados Unidos de América. En virtud de lo anterior, y dado que la subordinación del presidente Enrique Peña Nieto a los dictados estadounidenses equivale a una total ausencia de gobierno en México, venimos a solicitarle que tenga como presentada esta queja y la eleve a las instancias correspondientes para que se emitan las recomendaciones necesarias y urgentes contra el gobierno de Estados Unidos por violación de diversos derechos humanos y por prácticas de discriminación racial.

Defensa de la democracia regional

Una de las consecuencias de ser un régimen autoritario es que los valores políticos que lo sostienen no los comparten fácilmente otros países. Durante el siglo XX el país optó por una política de no pronunciarse sobre la forma de gobierno de terceros, salvo en contadas ocasiones, que eran como excepciones que confirmaban la regla. A partir de 2000, México pudo asumirse como una democracia con alternancia y la libre circulación de ideas y, en consecuencia, podía abrazar los valores alentados por las estructuras hemisféricas sin sentirse incómodo, señalado o fuera de contexto.

Los panistas nunca tuvieron reparo ni mala conciencia para proclamarse demócratas y exigir, por tanto, a otros países que se condujeran de la misma manera. Al PRI, que arrastra una vieja cultura autoritaria, esto le ha costado más, pero se debe reconocer que, particularmente desde que Luis Videgaray asumió la cancillería, el país ha tenido un papel activo y sin aparentes complejos al exigir y presionar para que en Venezuela se celebren elecciones democráticas. La última resolución de la OEA sobre este tema fue patrocinada por México y se votó el 23 de febrero de 2018. No hay todavía menciones específicas de parte del candidato del PRI José Antonio Meade, pero probablemente será uno de los puntos por despejar en el debate de los candidatos.

La lucha por el libre comercio

El libre comercio se ha convertido en el tema principal de la relación con Estados Unidos. El PRI y el PAN mostraron siempre una actitud positiva hacia este enfoque económico. El PRI, porque fue su promotor y articulador, y el PAN, porque coincidía con sus tesis de apertura y economía desregulada. Las críticas al libre comercio de la izquierda (PRD y Partido del Trabajo), que fueron muy duras en la década de 1990, se han moderado con los años, al grado de que las campañas contra el TLCAN dejaron de figurar en el debate público y se han ido diluyendo los movimientos sociales tipo globalifóbicos, así como el tejido de organizaciones contrarias al libre comercio. El movimiento zapatista, que apareció en 1994 justo en el momento en el que México ingresaba al mecanismo comercial norteamericano y que formuló una devastadora crítica al Tratado, ha perdido tanta presencia que su precandidata, María de Jesús Patricio Martínez, Marichuy, no alcanzó las firmas necesarias para obtener su registro como postulante independiente para competir en las elecciones presidenciales.

El libre comercio ha dejado de tener una connotación negativa en la sociedad mexicana. Según la encuesta “México, las Américas y el Mundo”, que el Centro de Investigación y Docencia Económicas realiza periódicamente y que es la referencia en el tema, el 55% de los mexicanos consideraba que el libre comercio ha mejorado su nivel de vida, mientras que el 20% tenía una opinión diferente. Además de este corrimiento hacia el centro de la opinión nacional, la posición de las formaciones de izquierda también ha tendido a centrase, especialmente después de la agresiva retórica contraria al TLCAN del gobierno de Trump. Así como al PRI se le notan impuestos los temas de escrutinio externo y los valores democráticos, a la izquierda le resulta extraño el libre comercio. Una buena parte de la izquierda que militó en contra del acuerdo comercial hoy se enfrenta a la terrible paradoja de que la amenaza de eliminarlo venga de la derecha nativista estadounidense y su agresiva retórica antimexicana. Pragmáticamente, su oposición se fue corriendo hacia una tímida pero decisiva defensa. La principal discrepancia de Morena estriba en el calendario de las negociaciones, ya que ha planteado siempre que no es conveniente que el gobierno saliente de Peña Nieto negocie las modificaciones al Tratado.

Consenso por la diversificación

Todas las fuerzas políticas concuerdan en que a México le conviene diversificar sus relaciones con el exterior. El conjunto coincide con que México tiene una ubicación geográfica privilegiada y puede aprovechar mejor sus múltiples pertenencias.

La propuesta de Meade consiste en identificar el enorme potencial del país. Que México tiene una vocación de potencia es la idea y fuerza del discurso y, como es natural, la posición del candidato del PRI no puede alejarse demasiado de las formulaciones generales del gobierno en turno, del que fue, entre otras cosas, titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE). En sus funciones de Canciller comprobó, en primera persona, que la ubicación de México permite, en efecto, un juego de múltiples pertenencias. A Meade, que participó como Secretario de Hacienda en los trabajos del G-20, le tocó crear estructuras que quedaron en el plano de la definición como MIKTA (grupo de potencias medias integradas por México, Indonesia, Corea del Sur, Turquía y Australia) y otras que se malograron, como el nuevo acercamiento a China. Su propuesta deberá abundar en esos temas. Su gestión fue muy exitosa en la consolidación de estructuras regionales latinoamericanas, como la Alianza del Pacífico. Propone igualmente la diversificación de nuestras relaciones comerciales con Asia-Pacífico, Europa y agrega el Medio Oriente, que en su propuesta parece tener un promisorio futuro. No ha sido, hasta ahora, una zona de atención prioritaria. Durante su gestión se intensificó la relación con Israel y ha sido propuesta como una expresión real y concreta de la diversificación.

Las fuerzas políticas

 Concuerdan en que a México

le conviene diversificar

sus relaciones con el exterior.

Como titular de la SRE, a Meade le tocó reformular la relación con Estados Unidos, que, durante el sexenio de Calderón, estuvo concentrada fundamentalmente en el tema de seguridad. La propuesta del gobierno de Peña Nieto fue asentarla en otros pilares, como el económico y el educativo. Meade no ha elaborado mucho sobre el tema, pero es de suponer que retomará ese impulso diversificador de la relación. En sus primeros escritos, habla de los temas más importantes, como la protección de connacionales y un no rotundo al muro propuesto por Trump. Uno de los aspectos en los que le falta abundar es la edificación de infraestructura de vanguardia en la frontera.

En el Frente, encabezado por Ricardo Anaya, el único elemento aglutinador es la plataforma de política exterior que han registrado en el INE. Su primer punto es que esa política debe ser una palanca del desarrollo, pues México tiene, además de sus ventajas geográficas, características demográficas y una economía de tal tamaño que permite competir ventajosamente en los mercados mundiales.

Un tema interesante es que la pertenencia y la participación de México en los organismos internacionales debe ser producto de una estrategia de Estado. En el pasado reciente, y particularmente en los gobiernos panistas, México participó en el Consejo de Seguridad de la ONU sin que mediara una política bien delineada. No está claro todavía si debemos participar cada cierto tiempo en ese órgano o modificar nuestra posición tradicional de no pedir un asiento permanente. En todo caso, se plantea consensuar el tema, lo cual es una expresión más del recentramiento de las fuerzas políticas.

Otro asunto igualmente importante es cómo contrarrestar la vulnerabilidad del país por su dependencia de Estados Unidos, con la defensa y promoción de los principios democráticos y derechos humanos que, como dijimos, es uno de los distintivos de las gestiones del PAN. Este punto es de los que más contrastan con el PRI, que tradicionalmente se ha mostrado refractario al escrutinio internacional.

Otras propuestas del Frente que corresponden a su oferta política general de cambiar el régimen político son la ampliación de las facultades de la Cámara Alta en política exterior, así como la integración de un sistema de inteligencia estratégica para la planeación y la toma de decisiones. Se habla también de la creación de un comité consultivo ciudadano de política exterior. Otro tema importante es la coordinación entre dependencias y la elaboración un nuevo programa de cooperación con Estados Unidos enfocado en la reducción de la violencia y la contención de tráficos ilícitos.

La política exterior de López Obrador tiene una vocación restauradora. Verbos como “recuperar” y “restaurar” son frecuentes en las alocuciones y documentos programáticos de esa fuerza política. Es un manejo principista que invoca como propios los principios constitucionales y esgrime, como elemento central, que la mejor política exterior es tener en orden la casa. En la presentación de su programa, el 20 de noviembre de 2017, se dejó en claro que el propósito central era volver a los tiempos “estelares” de la política exterior, lo que en el documento se expresa de la siguiente manera: “Son estos principios los que hicieron posible que México obtuviera logros internacionales como el Tratado de Tlatelolco y nuestra actuación en la Asamblea General de la OEA en Punta del Este”.

Con Estados Unidos, Morena plantea una relación de respeto, aunque su primer movimiento fue pedir un señalamiento de la ONU al gobierno de Trump. El objetivo central es cambiar una alianza basada en la seguridad por otra que tenga el desarrollo como prioridad. Habrá que esperar mayores definiciones.

Dediquemos el último apunte a señalar la mayor de las ausencias: China. No es sorprendente que en una política exterior nostálgica como la de Morena, a China se le ubique como un desafío del futuro y no del presente. China es nuestro segundo socio comercial y la potencia mundial emergente, y ni el Frente ni Meade han dicho nada que pueda considerarse como propuestas novedosas sobre este tema. Las campañas no han empezado, y harán falta posiciones más concretas en temas ineludibles como las relaciones con el coloso asiático, las migraciones y el combate a las drogas.

 

LEONARDO CURZIO es miembro del Centro de Investigaciones sobre América del Norte (CISAN) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y de la Junta Directiva del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (Comexi). Sígalo en Twitter en @LeonardoCurzio.

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