Perú: entre las promesas del futuro y los fantasmas del pasado

19 mayo, 2016 • Artículos, Latinoamérica, Portada • Vistas: 2420

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Mayo 2016

La salida de Alberto Fujimori del poder en 2000 tuvo aspectos que permitirían que fuese descrita como otro episodio de “realismo mágico” al que nos tiene acostumbrados la política latinoamericana. En un escenario en el que enfrentaba numerosas denuncias de corrupción, el entonces presidente viajó a Japón, tierra de sus ancestros, y desde allí envío su renuncia… por fax. Años después el gobierno peruano lograría su extradición para someterlo a una serie de juicios que lo tienen ahora en la cárcel. A mediados de la década de 1990, durante la época en la que gobernaba con puño de hierro y movía los hilos de la política, nadie imaginaba a Fujimori tras las rejas. A principios de la década de 2000, pocos se atrevían a augurar que un decenio y medio después el fujimorismo no solo estaría “vivito y coleando” sino con altas posibilidades de volver a la presidencia de la mano de la heredera de El Chino: su hija Keiko Fujimori.

A diferencia del ascenso de su progenitor, que de ser un desconocido y alguien ajeno a la política se convirtió en pocos meses en un candidato competitivo que derrotó a Mario Vargas Llosa en las elecciones presidenciales de 1990, Keiko no es una recién llegada a este terreno. Luego del escandaloso divorcio de sus padres, en 1994 pasó a desempeñarse como primera dama con tan solo 19 años, lo que le sirvió como primera aproximación a los entretelones de la política peruana y al ejercicio del poder. Su desembarco de lleno en el escenario político fue en 2006 cuando fue electa congresista por el departamento de Lima. En ese momento, quedó claro que retomaría la estafeta como lideresa del fujimorismo. Esto le permitió llegar a las elecciones presidenciales de 2011 como una de las candidatas mejor posicionadas. Si bien su derrota por estrecho margen contra Ollanta Humala en la segunda vuelta le birló la posibilidad de llegar a la máxima magistratura, sin lugar a dudas le sirvió para entender qué debía mejorar en el futuro. Hoy, ante otra segunda vuelta, sus probabilidades parecen aún mayores que en ese entonces.

¿Qué ha permitido que en un sistema político tan volátil como el peruano, en donde los partidos emergen y desaparecen de una elección a otra y candidatos muy poderosos en una contienda lleguen con pocas oportunidades a la siguiente, Keiko se mantenga como una figura de peso? Es la combinación de dos factores la que parece estar detrás de la respuesta. En primer lugar, lo que podemos denominar como una “identidad fujimorista”, que quedó huérfana ante la caída de Alberto Fujimori y que ha sido la base del posterior ascenso de su hija. En segundo lugar, la lección que parece haber aprendido Keiko acerca de la necesidad de no confiar solamente en su carisma y apellido, sino construir una fuerza política con ramificaciones territoriales.

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En efecto, los periodos presidenciales de Alberto Fujimori dejaron una marca indeleble no solo en la política sino también en la sociedad peruana. Si bien ejerció el poder por fuera de las normas democráticas, violó los derechos humanos y se vio inmerso en numerosos escándalos de corrupción, lo cual derivó en el escandaloso final, no menos cierto es que amplios sectores de la población peruana todavía rescatan los éxitos en términos económicos y el combate a la violencia (en particular la asociada a la actividad de Sendero Luminoso) como legados positivos de esos tiempos. Para muchos, particularmente los más pobres, Fujimori representó un bálsamo frente a la crisis económica, política y de seguridad que asolaba a Perú a fines de la década de 1980. Estos resultados materiales se conjugaron con efectos simbólicos menos palpables, derivados de la percepción de Fujimori como alguien que venía de fuera de la tradicional élite política peruana, racialmente homogénea y alejada de las penurias cotidianas de la población. El vínculo se galvanizó debido al propio estilo de Fujimori, quien apostó al contacto directo con la población y cimentó un discurso de condena a los políticos y a los partidos tradicionales, acusándolos de estar en contra de los intereses nacionales.

Lo anterior explica el apoyo que el fujimorismo ha conservado desde entonces, particularmente en las zonas en las que habitan los sectores más vulnerables, como el campo y las periferias de las grandes ciudades. Keiko ha sabido aprovechar esto en su discurso y en sus propuestas, al apelar a los aspectos menos oscuros de ese pasado que muchos anhelan.

Sin embargo, esta dimensión identitaria ha sido reforzada por la actual candidata con la construcción de una maquinaria política propia como nunca logró desarrollar su padre: Fuerza Popular. Sus raíces deben buscarse en los años previos a las elecciones de 2011 y al nacimiento de lo que entonces se llamó Fuerza 2011. Su persistencia y robustez destaca en el escenario de volatilidad del sistema de partidos peruano, cuyos actores tradicionales entraron en crisis desde la llegada de Alberto Fujimori al poder y no han logrado recomponerse plenamente. El politólogo peruano Carlos Meléndez considera que Fuerza Popular se ha logrado constituir como un partido de masas, sustentado en una maquinaria política extendida en el país, lo cual le ha permitido además alcanzar una importante presencia institucional. Por ejemplo, durante el próximo periodo presidencial Fuerza Popular será mayoría en el Congreso, con 68 de los 130 escaños. Esto no quita que sea, al mismo tiempo, un partido personalista que gira en torno a la figura de Keiko.

La combinación de ambos elementos explica en gran medida que Keiko haya sido la candidata más votada en la primera vuelta el 10 de abril de 2016, donde obtuvo el 39.86 % de los votos, y sea la favorita para ganar la segunda vuelta contra Pedro Pablo Kuczynski (PPK), de Peruanos por el Kambio, quien alcanzó el 21.04%. Pero así como el ying no puede entenderse sin el yang, el fujimorismo no puede conceptualizarse sin la fuerza contraria que genera, el antifujimorismo. Tal como aconteció en la segunda vuelta de las elecciones de 2011, este será probablemente el clivaje que divida las aguas en los comicios del próximo 5 de junio. El antifujimorismo se sustenta en la visión de los años de Alberto Fujimori en el poder como una etapa oscura de la historia peruana reciente, en la cual las instituciones democráticas se vieron avasalladas y el Presidente ejerció su cargo con mano de hierro. Fueron años en los que la concentración del poder se entrelazó con la utilización de los recursos públicos para beneficio y enriquecimiento personal, y la lealtad política se construyó con base en un esquema de chantaje operado en las sombras por su exasesor de inteligencia Vladimiro Montesinos. Las revelaciones que luego de su caída salieron a la luz sobre numerosos escándalos de corrupción reafirmaron esta visión en un amplio sector de la población, que considera a la propia Keiko como beneficiaria de dicho sistema. Por ejemplo, todavía flota la sospecha de que sus estudios de posgrado en Estados Unidos se financiaron con dinero resultante de actividades ilícitas.

Esto explica que, para una parte importante del electorado, una victoria de Keiko en la segunda vuelta no pueda ser sino entendida como un regreso al pasado, más si se tienen en cuenta los rumores (negados por la propia candidata) que, de convertirse en presidenta, promulgaría una amnistía que favorezca a su padre. Keiko no ha permanecido inmóvil frente a este escenario y parece haber entendido que para ganar no necesariamente le alcanza con el favor de los votos fujimoristas más leales. A partir de esto es que debe entenderse el importante giro, para algunos arriesgado, en su discurso para desmarcarse del pasado, lo cual se ha combinado con la depuración en su partido de algunas de las figuras más controvertidas de los gobiernos de su padre. En octubre de 2015, al ser invitada a disertar en la Universidad de Harvard para exponer su plan de gobierno, la candidata sorprendió a muchos mostrándose crítica ante ciertos aspectos del gobierno de su padre —al condenar, por ejemplo, la política de esterilización forzosa o la “re-reelección”— y abierta a discutir sobre políticas a las que su partido se ha opuesto tradicionalmente, como la unión civil entre personas del mismo sexo o el aborto.

Sin embargo, en términos de sus propuestas, los planteamientos de Fuerza Popular retoman algunas de las banderas del fujimorismo más clásico: mano dura en términos de seguridad; valores conservadores en términos sociales, y políticas dirigidas a los más pobres. Si la situación económica de Perú, uno de los países de Latinoamérica que más ha crecido durante la última década, no guarda ningún parecido con el escenario de crisis que posibilitó el ascenso de Alberto Fujimori, los crecientes niveles de violencia agitan viejos fantasmas y posibilitan que el discurso de “populismo penal” de Keiko cale hondo en ciertos sectores de la sociedad.

Si a Humala le fue posible aglutinar en 2011 el voto antifujimorista desde una posición que lo ubicaba a la izquierda, el desafío para PPK será mayor dadas las importantes similitudes entre sus posturas en términos ideológicos con la candidata fujimorista y su poco alcance en los sectores populares. Dado que fue Ministro de Economía durante el mandato del presidente Alejandro Toledo, amplios sectores ven a PPK como otro representante de la élite política tradicional.

De darse la victoria de Keiko, Perú se sumará a los casos en los cuales una fuerza política con pasado autoritario regresa al poder por medio de las urnas. No es posible argumentar que un gobierno de Keiko será una mera continuidad de las presidencias de su padre, pero tampoco es posible negar que tienen la misma sangre. Al igual que en México, cuando en 2012 se discutió mucho acerca de en qué medida el regreso del Partido Revolucionario Institucional a la presidencia suponía un retroceso en términos del desarrollo democrático, un eventual regreso del fujimorismo a la presidencia enfrentará a los peruanos ante un escenario en el cual confirmarán si los instintos autoritarios fueron domesticados o, por el contrario, se enfrentarán a un futuro que será muy parecido al pasado.

JUAN C. OLMEDA es doctor en Ciencia Política por la Northwestern University. Es profesor e investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México. Sígalo en Twitter en @juancolmeda.

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