Pena capital

1 julio, 2014 • Artículos, Reseñas • Vistas: 754

Por qué un impuesto global sobre la riqueza no terminará con la desigualdad

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Capital in the Twenty-First Century, Thomas Piketty, Belknap Press, 2014, 696 pp., US$39.95.

De vez en cuando, del campo de la Economía surge un libro importante: este es uno de ellos. La obra de Thomas Piketty colocará la riqueza capitalista de nuevo en el ojo del huracán, revivirá el interés en el tema de la distribución de la riqueza y revolucionará la manera como vemos la historia de la brecha en los ingresos. Además de eso, aunque la prosa del libro (traducido del francés) tal vez no sea maravillosa, cualquier persona con instrucción escolar podrá entenderlo. Esta característica lo distingue de la gran mayoría de los trabajos publicados por los más grandes teóricos de la economía.

Piketty es mejor conocido por sus colaboraciones durante el último decenio con su colega, el economista francés Emmanuel Saez, en las que utiliza datos censales históricos y registros de archivos tributarios para demostrar que el grado de desigualdad en los ingresos en Estados Unidos es casi el mismo que poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Sus revelaciones respecto de la riqueza en manos del 1% de la población más rica de Estados Unidos —y, para sorpresa de muchos, en manos del 0.1% más acaudalado— han proporcionado abundantes argumentos intelectuales y estadísticos a la izquierda en los últimos años, sobre todo durante los debates tras las manifestaciones del movimiento Ocupa Wall Street en 2011 y durante las elecciones presidenciales de 2012 en Estados Unidos.

En su libro, Piketty se concentra en la desigualdad, pero aspira a algo más que a un mero diagnóstico de los males del capitalismo. Presenta una teoría general del capitalismo encaminada a responder una pregunta básica pero muy importante. Así la plantea Piketty:

¿La dinámica de la acumulación de capital privado inevitablemente lleva a concentrar la riqueza en unas pocas manos, como pensaba Karl Marx en el siglo XIX? O, más bien, ¿las fuerzas en equilibrio del crecimiento, la competencia y el avance tecnológico conducen, en etapas posteriores del desarrollo, a una menor desigualdad y una mayor armonía de clases, como pensaba Simon Kuznets en el siglo XX?

Aunque no llega a acoger la visión ominosa de Marx, Piketty sí se ubica en el extremo pesimista del espectro. Piensa que, en los sistemas capitalistas, ciertas fuerzas poderosas pueden empujar en ciertos momentos hacia la igualdad o hacia la desigualdad y que, por lo tanto, “deberíamos estar alertas ante cualquier determinismo económico”. Pero al final, llega a la conclusión de que, contrariamente a los argumentos de Kuznets y otros intelectuales en boga, “no existe un proceso natural ni espontáneo que impida que las fuerzas desestabilizantes e inequitativas se impongan de manera permanente”. Para impedir tal desenlace, Piketty propone, entre otras cosas, un plan de gran alcance para la tributación global de la riqueza, esto es, un llamado a redistribuir radicalmente los frutos del capitalismo y garantizar la supervivencia del sistema. Esta conclusión es poco satisfactoria, tratándose de una obra de análisis revolucionaria que es brillante, pero imperfecta a la vez.

Los ricos son diferentes

Piketty basa gran parte de su análisis en el escrutinio de un detonador importante, pero casi siempre ignorado, de la desigualdad económica: en la economía de mercado contemporánea, la tasa de rendimiento de la inversión con frecuencia es más elevada que la tasa general de crecimiento, un desequilibrio que Piketty representa como r > g. Gracias al efecto de la capitalización, si esta discrepancia continúa, la riqueza en manos de los capitalistas aumenta con mucha mayor rapidez que otros tipos de ganancias, superándolos en el largo plazo por un amplio margen. Para medir este efecto, Piketty se concentra en la proporción capital-ingreso anual, que expresa el tamaño del caudal de riqueza total de un país en relación con el ingreso que genera su economía en un solo año. La riqueza del capital generalmente es mucho mayor que el ingreso nacional anual, entre cinco y seis veces mayor en el caso de las economías desarrolladas de la actualidad.

Piketty narra con mucha destreza la historia de cómo esa brecha ha desempeñado un papel importante en la historia económica desde el inicio de la era moderna. La paz y la relativa estabilidad de las que disfrutó Europa occidental durante la segunda mitad del siglo XIX permitieron una tremenda acumulación de capital. Se dieron concentraciones sin precedentes de riqueza que dispararon la desigualdad. Pero las dos Guerras Mundiales y la Gran Depresión destruyeron el capital e interrumpieron esa tendencia. Tales cataclismos condujeron a una nueva era, más igualitaria, determinada por la reconstrucción tras la guerra, una fuerte demanda de mano de obra, poblaciones en rápido crecimiento e innovación tecnológica. Las 3 décadas entre 1950 y 1980 realmente se salieron de lo común; la constelación de variables económicas y demográficas que produjeron prosperidad durante ese periodo probablemente no volverán a darse pronto.

Después de 1980, la acumulación de capital, la ralentización del avance tecnológico y la desigualdad creciente auguraban una regresión a algo más parecido a las condiciones del siglo XIX. No obstante, pocos notan el parecido entre ahora y entonces, sobre todo en un aspecto crucial: el papel de la riqueza heredada. En ese siglo, hubo tantos novelistas obsesionados con las herencias —Jane Austen, George Eliot y Charles Dickens— precisamente porque recibir riqueza de los padres era una manera muy común de prosperar en esa época. En la Francia decimonónica, el caudal hereditario representaba entre el 20% y el 25% del ingreso nacional durante un año típico. De acuerdo con los cálculos de Piketty, el mundo occidental se dirige hacia una situación más o menos similar. Los baby boomers, relativamente frugales y adinerados, pronto empezarán a morir en grandes cantidades, y las herencias como fuente de ingreso beneficiarán desproporcionadamente a las familias de los muy ricos.

El quid de la historia de Piketty son las consecuencias trágicas del éxito del capitalismo: la paz y una población en decremento producen ganancias sobresalientes, pero también crean una sociedad dominada por la riqueza y el ingreso provenientes del capital. En esencia, Piketty presenta una manera nueva y algo desconcertante de razonar cuán difícil es evitar la desigualdad creciente.

Pero su relato tiene fallas. Aunque r > g es una explicación elegante y atractiva del aumento persistente de la desigualdad, Piketty no es del todo claro respecto a qué quiere decir con tasa de rendimiento del capital. Como admite Piketty sin reparos, no hay una tasa de rendimiento única para todos. Los bonos del Departamento del Tesoro de Estados Unidos no producen mucho rendimiento: históricamente, poco más del 1% tras considerar la inflación y, por el momento, su rendimiento real es negativo. Por otra parte, la tasa de rendimiento histórica de las inversiones en valores, como los títulos accionarios, es de alrededor del 7%. En otras palabras, asumir riesgos —un concepto que prácticamente no se menciona en el libro— es lo que deja dinero.

Esta circunstancia complica el argumento de Piketty, quien estima que la tasa de rendimiento del capital durante un año en términos generales ha promediado entre 4% y 5% (antes de impuestos) y es improbable que se salga demasiado de este rango. Pero muchas veces su argumento parece asumir que los inversionistas pueden obtener tales rendimientos automáticamente, con el mero paso del tiempo y no como resultado de una toma de riesgos estratégica. Una imagen más precisa de la tasa de rendimiento incluiría el riesgo y tomaría en cuenta que, incluso si la masa del capital normalmente crece cada año, las reversiones súbitas y los estancamientos son inevitables. Repetidamente, Piketty señala los méritos y las limitaciones de su modelo, pero aun así, su análisis y las políticas públicas que él recomienda reflejan su concepción del capital: una masa amorfa, homogénea y creciente que, por lo menos en condiciones de paz, termina eclipsando a las demás variables económicas.

Asimismo, incluso si uno pasa por alto la definición ambigua de Piketty de tasa de rendimiento, resulta difícil estar tan seguros como él de que dicha tasa, sin importar cómo se la defina, probablemente será más alta que la tasa de crecimiento de la economía. Normalmente, los economistas consideran que la tasa de rendimiento del capital está disminuyendo debido a que los inversionistas acumulan más capital, dado que las oportunidades de inversión más rentables son las que se toman primero. Pero en el modelo de Piketty, las inversiones lucrativas en el extranjero y la complejidad financiera creciente de los superricos mantienen altos los rendimientos del capital en todo momento. La realidad más prosaica es que la mayor parte del capital se queda en el país de origen y, además, le resulta difícil superar a un conjunto de títulos accionarios seleccionados aleatoriamente. Por estas razones, el futuro del ingreso producto del capital parece mucho menos glamoroso que como Piketty lo pinta.

Ricardo Redux

En cierta forma, Piketty ha actualizado la labor del economista británico David Ricardo, quien, a principios del siglo XIX, señaló el poder de lo que él denominó “rentas”: el ingreso obtenido por aprovechar la diferencia en el valor entre tierras más productivas y menos productivas. En el modelo de Ricardo, las rentas, el único tipo de ingreso que no registraba rendimientos decrecientes, envolvía por completo casi todo lo demás, razón por la cual Ricardo  temía que los terratenientes llegaran a dominar la economía.

Por supuesto, desde los días de Ricardo, la importancia económica relativa de la tierra ha disminuido marcadamente, y su temor ahora parece infundado. Durante el siglo XX, otros economistas, como Friedrich Hayek, y algunos pensadores que pertenecían a la llamada Escuela Austriaca entendían que era casi imposible predecir qué factores de producción proporcionarían los mejores rendimientos, dado que los resultados económicos futuros dependen de la dinámica y de las oportunidades básicamente impredecibles que crean los empresarios futuros. En este sentido, Piketty es como un Ricardo moderno que le apuesta demasiado a la importancia de un solo activo en el largo plazo, a saber: el tipo de capital accionario complejo que resulta que los ricos poseen en la actualidad.

La preocupación de Piketty por la riqueza heredada también parece infundada. Lejos de crear una clase estancada de rentistas, la creciente riqueza del capital ha permitido una circulación bastante dinámica de las élites financieras. En la actualidad, las fortunas de los Rockefeller, los Carnegie y los Ford se encuentran bastante dispersas, y sus herederos difícilmente dirigen Estados Unidos o rivalizan siquiera con William Gates o Warren Buffett en la lista de los más ricos. Los herederos de Gates seguramente recibirán miles de millones de dólares, pero, con toda seguridad, su fortuna también será superada por la de aquellos futuros innovadores y magnates que provengan de familias con menos dinero.

Sin duda alguna, dejando de lado a las superélites, Estados Unidos padece de inequidad en términos de quién sale adelante en la vida, mientras que la falta de movilidad ascendente afecta profundamente las posibilidades de los estadounidenses de bajos ingresos. No obstante, el éxito de ciertos grupos de inmigrantes sugiere que los factores culturales influyen más en la movilidad que la proporción capital-ingreso, dado que los hijos y nietos de los inmigrantes de esos grupos tienden a progresar en el plano socioeconómico, incluso si sus antepasados llegaron sin grandes riquezas.

También cabe señalar que muchos acumuladores de riqueza nunca diversificaron realmente sus activos o siquiera intentaron hacerlo. Gates, por ejemplo, todavía tiene muchas acciones de Microsoft, tal vez por un deseo de control o porque siente cierto apego sentimental a la compañía que ayudó a fundar, o tal vez debido a un optimismo excesivo. Sin importar las razones, con el tiempo, tal concentración de participaciones accionarias acelera la circulación de las élites al permitir que los ricos sufran grandes pérdidas muy rápidamente.

Y al final, incluso las compañías más exitosas algún día se irán a la ruina y las fortunas relacionadas con ellas se esfumarán. En el muy largo plazo, las instituciones con visión de futuro y sentido común suficiente como para diversificarse al 100% serán las que cosechen las mayores ganancias. Como señala Piketty, esa categoría incluye a las principales universidades privadas estadounidenses y, de hecho, la lista de las principales escuelas no ha cambiado gran cosa en muchas décadas. Harvard y otras universidades de élite podrían, de hecho, surgir como verdaderos rentistas de la época contemporánea: hasta 2008, las 800 universidades más importantes de Estados Unidos controlaban casi 400 000 millones de dólares en activos.

A quien le va bien, obrará bien

Piketty teme la inmovilidad y el aletargamiento del rentista, pero lo que parecen ser bloques estáticos de riqueza han hecho mucho para elevar la productividad dinámica. El propio libro de Piketty fue publicado por la editorial Belknap Press de Harvard University Press, que recibió su financiamiento inicial en 1949 como una herencia de Waldron Phoenix Balknap, Jr., arquitecto e historiador del arte que heredó mucho dinero de su padre, Vicepresidente de Bankers Trust. (Los fondos de la casa editorial posteriormente se complementaron con un donativo de la madre de Belknap.) Y consideremos al país de origen de Piketty, Francia, donde las veintenas de artistas que dependieron de herencias o apoyo familiar para llevar a buen fin su carrera incluyeron a pintores como Camille Corot, Eugène Delacroix, Gustave Courbet, Édouard Manet, Edgar Degas, Paul Cézanne, Claude Monet y Henri de Toulouse-Lautrec, así como escritores como Charles Baudelaire, Gustave Flaubert, Paul Verlaine y Marcel Proust, entre otros.

Nótese también cómo muchos de esos apellidos provienen del siglo XIX. Piketty está inclinado favorablemente hacia una proporción capital-ingreso bastante baja. Pero el siglo XIX, con su proporción capital-ingreso tan elevada, fue de hecho uno de los periodos más dinámicos de la historia europea. Caudales de riqueza estimularon la invención al liberar a los creadores de las demandas inmediatas del mercado y permitirles explorar sus caprichos y así enriquecer a las generaciones venideras.

El punto focal de Piketty, la proporción capital-ingreso, es novedoso y valioso. Sin embargo, su libro no logra demostrar convincentemente que tal proporción es importante ni revelar lo suficiente como para ser una clave que permita comprender el cambio social significativo. Si la riqueza sigue aumentando en relación con el ingreso, pero los salarios también suben, la mayoría de la gente estará contenta. Por supuesto, en las últimas décadas, la media salarial se ha estancado en muchos países desarrollados, incluido Estados Unidos. Pero el verdadero problema, entonces, son los salarios, no la riqueza. Una proporción capital-ingreso elevada podría ser un factor que contenga los salarios, pero difícilmente parece ser el motivo principal… Y Piketty no afirma, ni mucho menos demuestra, que lo sea.

Otros dos factores han resultado ser mucho más importantes: los cambios tecnológicos de las últimas décadas, que han creado un mercado laboral globalizado, que recompensa a quienes poseen conocimientos técnicos y habilidades computacionales, y genera competencia entre los empleos de baja capacitación y las fuerzas laborales en el extranjero, principalmente China. Piketty ahonda en ambos temas, pero lo hace lateralmente y no desde el frente ni el centro.

Por supuesto, la desigualdad en el ingreso y la riqueza también ha aumentado en la mayoría de los países desarrollados del mundo, una situación que probablemente continuará y tal vez se intensificará en el futuro inmediato. Pero para el mundo en general, las desigualdades económicas se han reducido desde hace varias décadas, principalmente gracias al ascenso económico de China y la India. El crecimiento en esos países ha dependido, en parte, de las políticas de apertura económica, que tuvieron como inspiración y vehículo habilitador, en cierta medida, la acumulación de capital en Occidente. La paz global relativa de la posguerra tal vez fue caldo de cultivo para la desigualdad en los países ricos, pero también ha propiciado las reformas y las oportunidades económicas en los países más pobres. No es ningún accidente que el comunismo se originara en la guerra y el conflicto civil.

Recaudador de impuestos

Los últimos capítulos del libro, que incluyen las políticas públicas recomendadas por Piketty, son más ideológicos que analíticos. En estas secciones, las ideas preconcebidas del autor conducen a algunas conclusiones insostenibles. Su propuesta principal es establecer un acuerdo internacional de amplio alcance para crear un impuesto escalonado sobre la riqueza individual, definida esta como cualquier tipo de activo. Piketty admite que se trata de una “idea utópica”, pero insiste en que es la mejor solución posible al problema. Evade proporcionar cifras exactas, pero sugiere que la riqueza equivalente a menos de 200 000 euros se grave a una tasa del 0.1%; aquella entre 200 000 y 1 millón de euros, al 0.5%; la comprendida entre 1 millón y 5 millones de euros, al 1%; y la riqueza de más de 5 millones de euros, a un 2%.

Aunque admite la inviabilidad política obvia de dicho plan, Piketty no dice nada respecto a las dificultades prácticas, los efectos distorsionantes o la posibilidad de abuso que inevitablemente acompañarían a un control gubernamental tan estricto de la economía. Cita las estimaciones que ha publicado en otros documentos académicos como evidencia de que tal régimen confiscatorio no afectaría la mano de obra disponible en el corto plazo. Sin embargo, omite que, en el largo plazo, este tipo de impuestos sin duda reduciría la inversión en capital humano y la creación de nuevas empresas. Tampoco reconoce una implicación crucial de su propio argumento acerca del poder de los rendimientos no decrecientes del capital: si el capital es tan móvil y dinámico que puede evitar los rendimientos decrecientes, como Piketty afirma, entonces probablemente también evitará ser gravado, lo que significa que la búsqueda de ingresos fiscales tendrá que irse a otra parte y que los gobiernos descubrirán que exprimir a los ricos no funciona en realidad.

Piketty también pasa por alto otros problemas que seguramente se derivarían de tanta redistribución de la riqueza y tanto control político de la economía. Asimismo, el libro adolece de la desconexión de Piketty con la política práctica, un problema que seguramente no le restará estatura en los círculos intelectuales de izquierda en París, pero que parece inexperiencia ante la realidad económica y política, más amplia, en el mundo. En lo que tal vez es la oración más reveladora del libro, Piketty, de 42 años, escribe que no ha salido de París desde que tenía 25 años, “salvo para unos cuantos viajes cortos”. Tal vez es la falta de exposición a las condiciones y la política en otras partes lo que permite a Piketty escribir las siguientes palabras sin ambages: “Antes de que podamos aprender a organizar eficientemente las finanzas públicas equivalentes a entre dos tercios y tres cuartas partes del ingreso nacional” —el efecto práctico del plan tributario de Picketty—, “sería bueno mejorar la organización y operación del sector público existente”. Sí que lo sería. Sin embargo, Piketty hace que un proyecto de reforma de gran envergadura parezca un mero problema de ingeniería, parecido a crear un registro público de niños vacunados o ampliar la perrera municipal.

Peor aún. Picketty no enfrenta la historia real del tipo de impuesto a la riqueza que está promoviendo, un tema que ha sido  estudiado a fondo por el economista Barry Eichengreen, entre otros. Históricamente, este tipo de impuestos se ha aplicado poco a poco, con un alto grado de oposición política y mínimo éxito en la generación de ingreso, dado que los recursos potencialmente gravables suelen guardarse en paraísos fiscales o disfrazarse bajo compañías fantasma o fideicomisos. Y cuando los gobiernos han cobrado impuestos elevados sobre la riqueza rápidamente —en contraste con, por ejemplo, el lento incremento de los impuestos consensuados sobre bienes inmuebles—, lo han hecho en circunstancias de economía en ruinas e inestabilidad política.

Los regímenes que en épocas recientes han cobrado impuestos a la riqueza en la Unión Europea no han sido la excepción a esta regla general. En 2011, Italia introdujo un impuesto sobre la riqueza a través de los bienes raíces, pero Roma se retractó después de que el gobierno en funciones recibiera un duro golpe durante las elecciones del año pasado, en parte debido al descontento ciudadano con el plan tributario. El año pasado, el gobierno de la República de Chipre impuso un gravamen sobre los depósitos bancarios, pero el impuesto no solucionó los problemas económicos de la isla, sino los agravó.

La cruda realidad es que el impuesto sobre las grandes fortunas no empata bien con las normas y prácticas que exige una democracia capitalista exitosa y próspera. Resulta difícil encontrar sociedades donde todo marche bien que no se basen en otra cosa más que el respeto y apoyo jurídico, político e institucional firmes a sus ciudadanos más exitosos. Ahí radica el problema de fondo de la política que propone Piketty. En las mejores secciones de su libro señala que, si no se les pone límites, el capital y los capitalistas inevitablemente acumulan demasiado poder; sin embargo, Piketty parece creer que los gobiernos y los políticos de cierta forma son ajenos a tal dinámica.

Una agenda de políticas más lógica y viable para reducir la desigualdad incluiría llamados a la creación de más fondos de riqueza soberanos, que Picketty comenta pero no apoya; a la reducción de las deducciones fiscales aplicables a las organizaciones sin fines de lucro que no son instituciones de beneficencia; a la desregulación de la construcción urbana y al relajamiento de las leyes de urbanismo, que fomentarían más construcción de vivienda y harían más fácil y económico vivir en ciudades como San Francisco —y sí, incluso París—; al otorgamiento de más becas a los jóvenes, y al mejoramiento de la educación. Crear más valor en una economía tendría más impacto que redistribuir la riqueza para subsanar los efectos dañinos de la desigualdad.

TYLER COWEN es profesor de Economía en la George Mason University y colabora en el blog Marginal Revolution. Sígalo en Twitter en @tylercowen

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