¿Normalizar la extrema derecha?

10 diciembre, 2018 • Artículos, Asuntos globales, PJ Comexi, Portada • Vistas: 1023

The Blackheath Bugle

Javier Martínez Mendoza

Diciembre 2018

Una colaboración del Programa de Jóvenes del Comexi

Después de los resultados electorales de 2018 en Italia, el estado alemán de Baviera, Brasil y la región española de Andalucía, todo parece indicar que un fantasma recorre no solamente Europa, sino las democracias alrededor del mundo: el fantasma de la extrema derecha. No es un fenómeno nuevo, realmente, sino uno que lleva años gestándose y consolidándose, particularmente en Occidente. En 2016, la derecha populista tuvo un papel clave y se vio ampliamente representada en las plataformas que llevaron en el Reino Unido y Estados Unidos a las victorias del brexit y de Donald Trump. Desde entonces, las posiciones de las formaciones reaccionarias no han hecho sino volverse más explícitas y, al mismo tiempo, atraer más seguidores.

En los últimos meses, los partidos de extrema derecha han forzado a partidos de centroderecha a coaligarse con ellos, como fue el caso en Austria; tomado el control de gobiernos de mayoría antisistema y cambiado el termómetro político a su favor en Italia; terminado con la estabilidad política que disfrutó Alemania por los últimos 13 años; llevado al poder a un político nostálgico de la dictadura en Brasil; y roto la llamada “excepción” en España, único país europeo de gran población que hasta hace poco no tenía una formación de ultraderecha significativa.

Los hitos alcanzados por los partidos de extrema derecha en ambas costas del Atlántico llevan a diversas preguntas sobre las causas de su irrupción, el efecto que tendrán en el juego político al interior de las democracias liberales y en consolidación, así como su impacto en las relaciones internacionales. Sobre todo, es imprescindible reflexionar si la extrema derecha llegó para quedarse y qué tienen que hacer la sociedad y la clase política ante su surgimiento y consolidación.

¿Cómo se llegó a este momento?

Sería inverosímil tratar de encapsular en un solo molde las amplias particularidades que cada versión de la extrema derecha despliega en cada democracia en el mundo, incluso en una sola región como Europa. Sin embargo, se pueden identificar los lugares comunes que las vinculan e, incluso, abren la puerta a que colaboren entre sí.

A grandes rasgos, la extrema derecha representa una reacción conservadora a los grandes cambios sociales y económicos que la globalización ha impulsado en los últimos 40 años. Entre ellos, cabe mencionar la intensificación de los flujos migratorios, que llevan a modificaciones en el tejido social y la cultura local, así como las nuevas tendencias en el mercado laboral, llámese el desplazamiento de puestos de trabajo y la automatización.

Por otro lado, la crisis económica que estalló en 2008 hizo más evidentes las consecuencias negativas de la integración de mercados y países. Finalmente, la apertura política permitida por la globalización ha provocado un desafío y un replanteamiento a los valores y tradiciones que por muchos años se asumían como normales o cimientos de las sociedades.

A grandes rasgos, la extrema derecha representa una reacción conservadora a los grandes cambios sociales y económicos que la globalización ha impulsado en los últimos 40 años.

Al respecto, la extrema derecha ofrece como una suerte de remedio la exaltación de lo que identifican como valores y tradiciones definitivos de la sociedad en cuestión, a saber, preceptos que usualmente condenan el progreso social y la integración económica y cultural, es decir, políticas proteccionistas, antinmigración y socialmente conservadoras. Lo anterior se debe a que suelen ver la migración y el avance en los derechos sociales y de minorías como amenazantes o desestabilizadores.

Esta deriva reaccionaria que proponen suele confrontarse con los fundamentos liberales de las democracias, pero de manera casi irónica, está garantizada o protegida por ese mismo cobijo democrático, que respeta su existencia en el debate político de un país, aun cuando la extrema derecha suele ver esa misma apertura democrática como origen del progresismo social que, considera, amenaza su sociedad.

Se estima relevante destacar que, como parte de su plataforma política, las formaciones de extrema derecha apelan a la política de identidad, que idealiza una versión tradicional y conservadora de nación y, al mismo tiempo, fomenta la división social. Beneficiándose de narrativas disruptivas, maniqueas y polarizadoras, canalizan el descontento y la frustración de los sectores sociales azotados por los efectos secundarios de la globalización económica para convertirlos en votos, tanto de castigo como ideologizados.

¿Cuál es el impacto de su disrupción?

Hasta el momento, en los primeros países donde irrumpió esta posición en la política convencional, el Reino Unido y Estados Unidos, la extrema derecha ha desafiado la apertura económica que ambos países han defendido por décadas, por medio del brexit, por un lado, y la guerra comercial con China y los ataques al original Tratado de Libre Comercio de América del Norte, por el otro. Se puede decir que la extrema derecha también ha contribuido a la polarización política de ambos países y ha incrementado los sentimientos contrarios a los movimientos migratorios.

En el caso de los países donde la extrema derecha acaba de irrumpir, el impacto ha sido principalmente en las políticas migratorias, especialmente en Italia, donde se ha desplegado una política de cero tolerancia desde que el partido Liga Norte se volvió socio del actual gobierno del antisistema Movimiento Cinco Estrellas. En el caso de Alemania, se ha complicado el margen de maniobra del gobierno federal para mantener sus actuales políticas migratorias y de asilo.

El caso de Brasil es interesante debido a que Jair Bolsonaro, próximo mandatario brasileño, se ha opuesto abiertamente a la lucha contra el cambio climático, haciendo eco a otro despliegue de extrema derecha del presidente Trump, quien denunció el Acuerdo de París. Asimismo, Bolsonaro ha enarbolado de manera más explícita su desdén a los derechos humanos (en específico, de minorías) en sus declaraciones y su nostalgia dictatorial, mientras Trump anunció la salida de su país del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

Se ha argumentado que, a pesar de la retórica reaccionaria y contraria al progreso social y las libertades de minorías, la extrema derecha no busca una deriva represiva y antiliberal. Sin embargo, basta conocer las agendas personales de los liderazgos de los partidos. En el caso de Brasil y Andalucía, las declaraciones y las causas personales de Bolsonaro y de los liderazgos del partido español Vox dan indicios alarmantes de sus posibles aspiraciones de dar un vuelco en contra de los derechos y libertades sociales y políticos alcanzados por las democracias brasileña y española.

Asimismo, las similitudes en la retórica y la forma de hacer política entre Bolsonaro y Trump sugieren la posible conformación de una red de colaboración de gobiernos con tintes de extrema derecha para fortalecer su cuestionamiento del orden internacional liberal y promover el avance de sus agendas a nivel nacional. Estos aires de colaboración ya se veían insinuados en la cercanía del extremista Partido de la Libertad en Países Bajos con el otrora Frente Nacional francés. Un bloque de actuales y eventuales gobiernos de extrema derecha podría incrementar las presiones para desestabilizar o estancar el progreso del actual orden internacional y los valores liberales que promueve, sobre todo la promoción de los derechos humanos, la protección de inmigrantes y refugiados, y la lucha contra el cambio climático.

¿Llegaron para quedarse?

Sería ingenuo asumir que la llegada de la extrema derecha es un fenómeno pasajero, así como confiar que solo porque los actuales partidos que tienen el poder o han irrumpido en sus respectivos países no han empezado a avanzar una agenda antiderechos, no lo harían una vez consolidado su poder político. La extrema derecha va a estar presente mientras las alternativas liberales no atiendan oportunamente los problemas que alimentaron el surgimiento y la popularidad de estas formaciones.

En ese sentido, se puede argumentar que una amplia cantidad de simpatizantes de extrema derecha no son realmente fervientes partidarios de su agenda reaccionaria, sino que han apoyado su narrativa como una medida desesperada contra un sistema que no ha escuchado ni empatizado con sus inquietudes y problemas. Asimismo, vale la pena recordar que cualquier extremo pone en riesgo la democracia y su carácter liberal y de derechos. Tanto la derecha como la izquierda, al ser radicales, polarizan y fomentan la división en el debate público, y ponen en riesgo la apertura social, política y económica que mantiene con vida a las democracias liberales y hace crecer a aquellas en desarrollo.

La extrema derecha va a estar presente mientras las alternativas liberales no atiendan oportunamente los problemas que alimentaron el surgimiento y la popularidad de estas formaciones.

Las formaciones políticas de ideologías convencionales deben buscar nuevas formas de conectar con los electores. Un paso significativo se logró en las elecciones de medio término estadounidenses, con figuras como Alejandra Ocasio-Cortez y Beto O’Rourke, quienes propusieron una alternativa a la polarización y la política de identidad de Trump sin caer en el oficialismo convencional que ha condenado últimamente a la corrección política. Demostraron que existe una nueva vía para empatizar con los problemas de la gente sin ceder a discursos radicales como ocurrió con la Unión Social Cristiana en Baviera, con los desastrosos resultados que les provocó.

No se debe normalizar a la extrema derecha, pero sí se debe tomar en cuenta a los electores que han sido captados e incluso radicalizados por esta ideología y sus partidos. En ellos está la clave para descifrar en dónde ha fallado el sistema para conectar con la sociedad y evitar su radicalización en una época marcada por la división y el desafío a los cambios sociales, políticos y económicos de las últimas décadas.

Ceder a la extrema derecha, normalizarla, es la nueva doctrina de apaciguamiento; eventualmente sus partidos van a absorber a las formaciones que los normalicen, como Liga Norte comienza a demostrar en Italia. Tampoco se debe desdeñar y asumir que su discurso es tan inverosímil que no logrará apoyo, como demostró el fracaso de Hillary Clinton al confiar de más en el poder de la corrección política y la indiferencia al poder cautivador de la política de división.

La irrupción de la extrema derecha representa un reto y una oportunidad. Un reto porque puede desestabilizar el orden liberal, el progreso social y la integración económica, social y política que la globalización ha impulsado en las últimas décadas. Una oportunidad, porque abre la puerta a que la política liberal se renueve y apele de manera más sincera y empática al electorado y sus problemas, evitando la división y la radicalización.

JAVIER MARTÍNEZ es asociado del Programa de Jóvenes del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (Comexi). Es licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad Anáhuac y maestrante internacional en Seguridad, Inteligencia y Estudios Estratégicos impartida por la University of Glasgow, la Dublin City University y la Universidad Carolina de Praga. Sígalo en Twitter en @javmarm.

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