¿Necesitamos una (parte de la) Copa Mundial en México?

18 Mayo, 2017 • Norteamérica, Opinión, Portada • Vistas: 924

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 Luis Mingo

Mayo 2017

Una Copa Mundial en México es sinónimo de romanticismo. Los fanáticos del fútbol que nacieron (y me incluyo) después de 1986 han visto imágenes de Edson Arantes de Nascimiento Pelé en los hombros de su equipo tras ganar la Copa Jules Rimet, de Diego Armando Maradona al anotar la “mano de Dios” y de la tijera acrobática de Manuel Negrete. He visto esos videos tantas veces que todavía puedo escuchar cientos de miles de gargantas coreando el nombre de los ídolos. Crecí escuchando las historias de los viajes de mi padre por México para apoyar a la Selección Mexicana con mi hermano mayor todavía en brazos —e indiferente desde la cuna a cualquier deporte—. Fui un niño celoso, imaginando que algún día sería yo quien vería un partido del Tri en una Copa Mundial en el Estadio Azteca y corearía un gol de México hasta quedar ronco. Unos 40 años después, en 2026, ese sueño podría hacerse realidad.

Recientemente, las federaciones de fútbol de Canadá, Estados Unidos y México anunciaron que lanzarán una propuesta “novedosa”. Tienen la intención de organizar la primera Copa Mundial

“trinacional” en 2026, la cual estrenará un formato con 48 selecciones (actualmente son 32) y 16 partidos adicionales. El debate en torno a si el nuevo formato es idóneo para el deporte será para otro espacio.

La política y el deporte son hermanos siameses. El simbolismo detrás de esta propuesta es perfecto como antítesis frente a la coyuntura regional: mientras que en política se habla de levantar muros entre países, el fútbol funciona para derribarlos. Mientras el neoproteccionismo económico busca imponer restricciones al comercio internacional, el liberalismo futbolístico es una vitrina para el talento. Mientras los discursos de la diplomacia tradicional suenan a palabras vacías y disco rayado, la diplomacia deportiva es novedosa. Canadá, Estados Unidos y México, países dispares en muchos indicadores y actualmente con amplios desacuerdos políticos, pueden trabajar hombro con hombro. México es un jugador y no un espectador de las iniciativas transfronterizas.

De acuerdo con la información preliminar, Estados Unidos sería sede de sesenta partidos, mientras que Canadá y México solo serían sede de diez partidos cada uno. La inequitativa “fórmula 10-60-10” ha generado mucho descontento ente analistas, comentaristas y aficionados. No nos apantallemos todavía por los retos logísticos —hay menos distancia entre la Ciudad de México y Toronto o Nueva York que entre Cancún y Tijuana— y tendríamos casi 10 años para entender y atender retos de seguridad en las fronteras. Por ahora vale la pena preguntar de manera clara cuáles son los argumentos para apoyar que México sea sede de diez partidos de fútbol y, de forma más importante, de dónde van a provenir los recursos públicos para pagar este proyecto.

¿Por qué ser sede de un evento deportivo de esta magnitud? Hay tres argumentos principales: 1) mejora la imagen de un país ante el mundo, 2) atrae inversiones millonarias y 3) genera bienestar para la población.

 

AP

 

El primer argumento es que mejora la imagen de un país ante el mundo. Es común decir que vivimos en un mundo hipermediatizado, donde la atención, y no la información, constituye un recurso escaso. Ningún país se puede darse el lujo de proyectar una imagen negativa. Una Copa Mundial permite que miles de millones de personas se acerquen al país aunque sea de manera tangencial. Pero, seamos realistas: la frágil imagen de México difícilmente mejorará por albergar a diez partidos de fútbol. Es más, debemos estar conscientes de que atraer los reflectores puede ser contraproducente. Por ejemplo, acusaciones de violencia en Sudáfrica, de corrupción en Brasil y Rusia, de desplazamientos forzados en China y de informes sobre trabajo forzado en Catar han sido potenciados por los eventos deportivos a gran escala que decidieron albergar.

La intención de ser sede de una Copa Mundial (o de unos Juegos Olímpicos) no es una decisión arbitraria: Brasil, Catar, China, Rusia y Sudáfrica son países en desarrollo que han apostado a organizar eventos deportivos para proyectar una imagen internacional novedosa. Pero, hasta ahora, los resultados han dejado más dudas que respuesta. Lo cierto es que los procesos de selección de sedes suelen estar más enlodados que un potrero de tercera división.

El segundo argumento es que atrae inversiones millonarias. Uno de los supuestos argumentos más convincentes suele ser que albergar un evento deportivo permite que millones de dólares se inviertan en obras públicas que, a la larga, llevarán a mejoras sustanciales para la población. Este argumento, como señalan los economistas de FiveThirtyEight no se sostiene, ya que los costos superan los beneficios en el largo plazo. Una gran parte de las manifestaciones en Brasil en oposición a la Copa Mundial y a los Juegos Olímpicos exigían mejoras a servicios públicos por encima del gasto destinado a estadios disfrazados de elefantes blancos. Además, mientras estos eventos deportivos suelen generar miles de millones de dólares en ganancias para las empresas organizadoras y en derechos de transmisión, ello no necesariamente se traduce en mejoras tangibles para la población, quienes sí pagan los costos.

El tercer y último argumento es que genera bienestar para la población. De acuerdo con la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA), organizar una Copa Mundial incrementa la cooperación y voluntad entre diferentes actores de la sociedad, el empoderamiento comunitario y la eliminación de barreras sociales para lograr mayores niveles de participación y rendimiento por parte de mujeres y jóvenes, entre otros. Suena utópico pensar que todo ello se logre con diez partidos.

Antes de apoyar ciegamente que México sea sede de una Copa Mundial, considero que deberían de publicarse cuántos recursos públicos planean utilizarse y de dónde van a provenir. El diario mexicano El Economista sitúa esta cifra en 6600 millones de dólares, cantidad relativamente baja para ser sede de un evento de tal magnitud y que, por ahora, no incluye la construcción de nuevos estadios. No obstante, el actual contexto político y económico —en el cual se han levantado alertas sobre el gasto público de México, la transparencia en su uso y la depreciación del peso mexicano— levanta muchas dudas sobre la implementación de recursos para organizar una Copa Mundial. El problema con el romanticismo deportivo es que suele ser antónimo de política pública responsable. Que no nos metan un gol.

LUIS MINGO es internacionalista por la Universidad Iberoamericana y maestro en Medios y Comunicación Global por la London School of Economics and Political Science y la Fudan University. Actualmente trabaja en el Consulado de México en Seattle. Sígalo en Twitter en @Luis_Mingo_. Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva del autor.

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