¿Make Individualist Realism Great Again?

1 marzo, 2018 • Artículos, CEI Gilberto Bosques, Portada • Vistas: 2740

The White House-Joyce N. Boghosian

Arturo Magaña Duplancher

Marzo 2018

Una colaboración del Centro de Estudios Internacionales Gilberto Bosques

El resultado de la elección presidencial de 2016 en Estados Unidos dejó una honda impresión en los analistas y académicos que se ocupan de interpretar la política exterior estadounidense y, específicamente, en el trabajo de los estudiosos versados en la aplicación sistemática de las teorías de las Relaciones Internacionales a la realidad mundial. Como recientemente afirmó el prestigiado académico Robert Jervis, los primeros días, y desde luego el primer año ya del gobierno de Donald J. Trump como el 45º presidente de Estados Unidos provee, como pocos eventos recientes, de un laboratorio para comprobar o falsear teorías y enfoques fundamentales de esta disciplina.

El primer nivel de análisis y el realismo clásico

Una primera sensación generalizada ante las múltiples declaraciones sobre política exterior proferidas durante la campaña, así como en reacción a sus primeras decisiones de política exterior como Presidente en funciones, evoca un presunto cambio de época, reglas y prioridades que, en mayor o menor grado, ha transformado el futuro de las relaciones del país con el exterior. Más aún, el enfoque teórico y conceptual predominante para analizar esta nueva visión del mundo y del lugar, las responsabilidades y las acciones que corresponderá adoptar a Estados Unidos, apunta hacia el triunfo —prematuro pero plausible— de una combinación de teorías del realismo clásico y estructural, así como a la creciente importancia de estudiar la primera imagen o el primer nivel de análisis de las Relaciones Internacionales según la bien conocida caracterización de Kenneth Waltz en su libro canónigo El hombre, el Estado y la guerra (1954).

Por un lado, es evidente que para Trump el carácter esencialmente anárquico del sistema internacional determina como su principal interés la preservación de la seguridad nacional. Como prescribe el realismo estructural, con medidas defensivas incluidas las económicas y las militares, aun si son potencialmente amenazadoras para los demás, el Estado garantiza su supervivencia y eventualmente su hegemonía sobre el resto. La agenda volcada hacia el fortalecimiento económico y militar de Trump bajo el lema nativista de “Estados Unidos primero” (“America First”) junto con una política exterior prácticamente centrada en el combate al extremismo islámico, el fortalecimiento de los controles fronterizos y migratorios, el retiro de Estados Unidos de múltiples espacios de liderazgo mundial y desinteresada de la exportación de modelos democráticos y constitucionales al resto del mundo ofrecen evidencia importante al respecto. Incluso, desde la perspectiva del realismo clásico, el equilibrio de poder adquiere una importancia fundamental como premisa para mantener la estabilidad del sistema y evitar el conflicto. Con todo, ambos enfoques teóricos ofrecen también la posibilidad de ver, con lentes de aumento, las profundas contradicciones en las que la política exterior del gobierno de Trump ha incurrido.

Convicciones morales y balance de poder: la contradicción como norma

De acuerdo con Waltz, es en la conducta de los personajes públicos y especialmente de los líderes políticos donde deberá encontrarseuna explicación apropiada sobre políticas que, de alguna manera, responden directamente a sus nociones morales, intelectuales y psicosociales. Con Trump, como con Woodrow Wilson, la capacidad analítica del enfoque es evidente. En una de sus primeras acciones de política exterior, Trump suscribió una orden ejecutiva para prohibir a nacionales de siete países mayoritariamente musulmanes ingresar a territorio estadounidense, por considerar que, prima facie, los habitantes de estos países eran “potenciales terroristas”, al tiempo que suspendió temporalmente la entrada a refugiados sirios de manera indefinida. Adicionalmente, en otra de sus acciones militares emblemáticas y, hay que decirlo, escasas, durante su primer año de gobierno, autorizó un ataque limitado sobre extensas áreas controladas por el régimen de Bashar al Assad luego de que se documentara el uso de armas químicas contra civiles. El ataque no solo fue descrito por el propio presidente Trump como de “vital seguridad nacional” sino que se insertó en una narrativa específicamente contextualizada en los supuestos del realismo clásico a saber, una actuación fundada en los imperativos de la teoría del equilibrio de poder.

Tanto el ataque en Siria como el denominado Muslim Ban responden a una combinación de factores tanto provenientes del primer nivel de análisis como del realismo clásico. Mientras el primero aparece motivado por una personal convicción islamófoba y una estrategia de seguridad nacional frente al terrorismo que privilegia medidas por debajo de las exigencias mínimas en materia de derechos humanos, y que seguramente calcula beneficios relevantes en materia de política interna, el segundo surge como una medida típicamente enmarcada en el mantenimiento o restauración del equilibrio de poder en el Medio Oriente, donde Estados Unidos ha procurado mantener históricamente una situación de predominio y hegemonía. Con todo, es innegable la profunda contradicción interna de ambas políticas vistas a través, por un lado, de la incongruencia en el combate a Al Assad en Siria y, por el otro, el impedimento a los perseguidos sirios de ese gobierno a ingresar a Estados Unidos y obtener el estatus de refugiados. No solo es profundamente problemático plantear cómo ambas decisiones pueden ser armónicas, sino que al considerar prácticamente un hecho que Estados Unidos permitirá que el régimen de Al Assad, fortalecido enormemente por las campañas militares rusas en contra del autodenominado Estado Islámico y el resto de las milicias opositoras al gobierno, se mantenga en el poder por lo menos hasta 2021, se evidencian profundas carencias estratégicas de la acción bélica y de la intención, manifestada todavía en octubre de 2017 por parte del secretario de Estado Rex Tillerson, de “no dejar a Al Assad un papel en el gobierno de una nueva y unificada Siria”.

Otras contradicciones evidentes pueden encontrarse, por ejemplo, entre la decisión de, por un lado, buscar estrechar las relaciones de Estados Unidos con Rusia a fin de contrapesar la creciente influencia china y, por el otro, abandonar el Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica (TPP). De acuerdo con la previsión de John Mearsheimer, quizá el más importante teórico actual del denominado “realismo ofensivo”, el nuevo acercamiento con Rusia podría tener como motivación de fondo efectuar un reequilibrio del poder internacional conveniente para los intereses estadounidenses dado que, no solo podría ayudar a una efectiva contención de China sino fungir como origen de nuevas alianzas estratégicas para mantener la estabilidad en regiones como el Medio Oriente. En contraste y abierta contradicción con estos objetivos geopolíticos, denunciar el TPP, un instrumento de indudable factura para ejercer un contrapeso a China, y desplegar un nuevo liderazgo estadounidense en el continente asiático, parece convergente con una decisión muy cercana a las convicciones personales, o al menos lo que sabemos de ellas, del presidente Trump en contra de grandes instrumentos comerciales multilaterales que, en su opinión y contra toda evidencia, dañan profundamente a la economía estadounidense. La reciente declaración de enero de 2018 sobre la eventual reconsideración que haría el propio Trump para volver al TPP está claramente más motivada por la sensación de exclusión —ante la inminente recuperación del instrumento por parte del resto de sus miembros, bajo una fuerte presencia ascendente de Japón y, en menor medida, de México y Canadá— que por un cambio de fondo en materia de política exterior.

En este sentido, es necesario recordar la máxima de Hans Morgenthau sobre el realismo individualista: “Si queremos entender mejor de política exterior, no es primordialmente los motivos del estadista, sino su capacidad intelectual para comprender y su habilidad política para traducir lo que ha comprendido en una acción política exitosa”. Consecuentemente, la que es a todas luces una notable simpatía personal por Vladimir Putin y una intención, manifestada en la campaña y durante la primera etapa de su gobierno, de “distender” las viejas tensiones con Rusia, se ha visto frustrada por un contexto nacional a partir de las investigaciones en curso sobre la campaña de 2016, e internacional, especialmente por las confrontaciones respecto a Irán y Siria, profundamente adverso a esa alternativa.

En materia nuclear estas contradicciones incluso se profundizan. Mientras, por un lado, el gobierno estadounidense ha decidido buscar desmantelar el acuerdo nuclear del G-5+1 con Irán bajo el argumento de que había identificado violaciones al mismo por parte de Teherán, un socio en su opinión poco confiable, una justificación que no oculta con éxito verdaderas motivaciones de acercamiento sin precedentes con las monarquías de la península arábiga y con Israel, con Corea del Norte, las realidades y las posibilidades de la política se confrontan seriamente. No solo no hay evidencia, ni siquiera remota, de que Irán cuente con el arsenal nuclear con el que el mundo ha visto que posee Pyongyang. Esto, especialmente luego de su congelamiento como parte del acuerdo con el G-5+1, sino que Trump, según ha trascendido en la prensa internacional, pidió al propio Presidente surcoreano en una conversación telefónica previa al más reciente episodio de diálogo intercoreano en Pyeongchang, le diera el crédito correspondiente por haber contribuido al diálogo y a un posible acuerdo en la materia, sin hacer referencia a las credenciales de credibilidad del régimen de Kim Jong-un.

En suma, las contradicciones en la política exterior de Trump no son solo el producto de la utilización intensiva de las redes sociales por parte del propio Presidente ni necesariamente el resultado de un amplio debate sobre el planteamiento estratégico a adoptar frente a uno u otro asunto. Hay quien dice, como Tim Kaine, que es el primer gobierno sin “gran estrategia” desde el siglo XX. Son también la consecuencia del encuentro entre la inercia de realismo clásico en las elites tradicionales republicanas para pensar el papel de Estados Unidos en el mundo y de la propia personalidad, ideas y bagaje de prejuicios e intuiciones políticas del propio Trump. En lo que resta de 2018, sabremos, por ejemplo, qué resultados tendrá este estado de cosas para la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y, sin duda, el futuro que le espera al conjunto de la relación bilateral entre Estados Unidos y México. Por lo visto, y desde una perspectiva eminentemente teórica, la nota predominante podría ser la contradicción.

ARTURO MAGAÑA DUPLANCHER es Jefe de la Unidad de Investigación y Análisis del Centro de Estudios Internacionales Gilberto Bosques del Senado de la República (@CGBSenado). Es licenciado en Relaciones Internacionales por El Colegio de México y maestro en la misma disciplina por la Universidad de Leiden, Países Bajos. Es Miembro Asociado del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (Comexi) y Policy Fellow (2017) del Instituto Universitario Europeo con sede en Florencia, Italia. Sígalo en Twitter en @Duplancher.

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