Los exilios y la recurrente conflictividad política en Latinoamérica

26 Enero, 2017 • Artículos, Latinoamérica, Portada • Vistas: 1746

AP

 Silvia Dutrénit Bielous

Enero 2017

Para Latinoamérica, el siglo XX registró numerosos golpes de Estado, autoritarismos, dictaduras y conflictos armados. Fue un siglo que albergó asimismo la acción de múltiples movimientos sociales y políticos de distinta envergadura como también revoluciones.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial se instituyó el mundo bipolar y con ello el amplio interregno de la Guerra Fría, acentuado en Latinoamérica por el efecto de la Revolución cubana. Cohabitaron y se sucedieron diversos regímenes y procesos político-sociales que tejieron el conflictivo y espasmódico devenir histórico cuya tensión estaba entre las fuerzas que deseaban conservar el orden establecido y las que propugnaban por un cambio ante modelos con síntomas de agotamiento. Un ejercicio expansivo de terrorismo de Estado se instaló en diferentes países regido por el propósito de eliminar cualquier intento de transformación estructural. En tanto una lógica dicotómica de amigo-enemigo centrada en la Doctrina de Seguridad Nacional (DSN) jerarquizó la idea de la seguridad junto con la de “enemigo interno”. La doctrina tuvo fuentes inspiradoras como, por ejemplo, la escuela de guerra de Estados Unidos, la escuela francesa de la contra-subversión, los principios militares de la España franquista y las concepciones de guerra total del general alemán Erich von Ludendorff.

Se generaron así cotidianidades en las que se vigilaba, controlaba y reprimía a sectores de la población en modalidades prácticamente desconocidas. Aparatos estatales o grupos paramilitares amparados por los primeros ejecutaban operativos dirigidos contra organizaciones políticas o sindicales y contra todos aquellos que se manifestaran  contrarios al discurso oficial. En esos contextos comienza el camino del exilio.

Los exilios se instalan y multiplican

El exilio resulta el alejamiento de la persona de la tierra en la que vive, el  obligado abandono de lo propio. Se trata por tanto de una condena en la medida que impone el desarraigo. Las raíces del exilio se ubican en la antigüedad. En aquel entonces se trataba de un alejamiento temporal o definitivo del propio territorio por delitos políticos o criminales. Con el tiempo solo quedó el delito político. En 1948, la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En su artículo 9 manifiesta que “nadie podrá ser arbitrariamente detenido, preso ni desterrado” y en el 13, numeral 2, señala que “toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país”. El exilio es considerado entonces, una condición violatoria de los derechos humanos.

Cuando se habla de exilios latinoamericanos se hace referencia a una de las tendencias que caracterizó a la región y que aún hoy mantiene flujos que la alimentan. Siendo entonces de carácter general y habiendo tenido una fuerte presencia en el siglo pasado, fue en su segunda mitad cuando la palabra exilio y la condición de exiliado comienzan a ser parte inseparable de la historia regional a la vez que repercuten y se insertan en el transcurrir de muchas otras en el mundo.

Museo de la Ciudad de México

Lo cierto es que Latinoamérica puede verse como un gran escenario de situaciones exiliares. Mientras fueron quedando rezagados los exilios de la primera mitad del siglo XX, cuyos protagonistas esencialmente eran las élites políticas e intelectuales, el torrente exiliar se fue nutriendo de cientos y miles de personas de varias generaciones y de diversa extracción, oficio o profesión. Este torrente encuentra principalmente cobijo en tierras vecinas o cercanas en tanto no imperaron los regímenes dictatoriales, los conflictos armados o la persecución de las coordinaciones represivas transfronterizas. Andando el tiempo, estas circunstancias determinaron otros tránsitos. Es decir, las tierras de los primeros exilios generaron para muchos de sus protagonistas, nuevos exilios. Avanzada la década de 1970, todos los continentes se fueron poblando de exiliados latinoamericanos.

Si por ejemplo se sitúa la lente en el Caribe, en la República Dominicana con el régimen de Rafael Leónidas Trujillo (de 1930 a 1961), caracterizado como un sultanato, se observan distintas coyunturas de exilio. Y aún después de la era trujillista el exilio continuó siendo una realidad. En la misma isla, Haití acuñó una dictadura tradicional iniciada por François Duvalier (1957- 1971) y continuada por su hijo, Jean-Claude, la cual provocó una permanente corriente de exiliados. Y una situación que contrasta con esas y otras experiencias nacionales, fue la que favoreció el exilio cubano, desatado por el triunfo de la  revolución en 1959.

Si se fija la mirada en otras realidades, de manera muy fugaz por cierto, se reitera la observación de procesos exiliares ante fracasados intentos de transformación nacional revolucionaria como el de Guatemala en 1954 y el de Bolivia en 1964. Y Paraguay, a la vez, a partir del golpe de Estado de Alfredo Stroessner en 1954, exhibe prolongados exilios. De esta forma se acrecentó el caudal de las comunidades desterradas.

Vendrán luego condiciones desfavorables para las libertades en el cono sur. Los flujos exiliares comenzaron a tener mayor presencia en el contexto internacional desde fines de la década de 1960 y, en especial, de la década de 1970. Los golpes de Estado de Brasil en 1964, de Uruguay en 1973, de Chile en 1973 y de Argentina en 1976 transformaron el arreglo político de la región. Militares, pero también civiles, habían  cerrado filas para instaurar dictaduras basadas en la DSN, que difundida y ajustada internamente, fue fuente inspiradora para promover la acción coordinada de los servicios de inteligencia militar y hacer efectiva la persecución de los enemigos más allá de las fronteras de su propio Estado. Convertida el área en terreno de persecución política, el exilio resultó una senda recorrida por decenas y hasta cientos de miles de personas. En su conjunto, su composición multifacética —funcionarios de gobiernos, líderes políticos, sindicales y partidarios, militancia, profesionales y obreros, hombres y mujeres de la cultura, y una integración etaria diversa— tuvo presencia internacional. En aquellos años estos exilios perfilaron tanto una época como un modo represivo que masificó la condición de perseguido y víctima.

Austral Foto / Renzo Gostoli

Al mismo tiempo en el conflictivo istmo centroamericano, otros países fueron escenarios de fuertes tensiones con práctica sistemática de la represión estatal. La alta efervescencia opositora condujo, por ejemplo en Nicaragua, a un proceso revolucionario que resultó triunfante en 1979 al ser derrotada la dinastía somocista. Mientras, en El Salvador, un extendido conflicto armado que se prolongó más de una década concluyó con la firma de los acuerdos de paz en 1992. Estas críticas condiciones desembocaron en ciclos de exilio de cientos de nicaragüenses y salvadoreños. Muchos de ellos vivieron durante años entre la huida, la reorganización y, en muchos casos, el retorno a la lucha en sus respectivos territorios.

En particular, a esos flujos migratorios se fueron sumando sobre el final del siglo y el comienzo del nuevo, el de colombianos. Su presencia evidenció la ausencia o el fracaso de una salida negociada al conflicto de raigambre social, político y militar de larga data en el que abundan grupos armados de distinta índole. Se produjeron, pues, condiciones de una soterrada guerra sucia por parte de las fuerzas que responden al Estado y del uso sistemático del secuestro por la guerrilla. En medio, militantes sociales y políticos, y hombres y mujeres con pensamiento crítico, quedaron atrapados en un espacio y un clima de inseguridad y persecución.

Una caracterización de los exilios

El exilio como consecuencia o respuesta a situaciones políticas hostiles encuentra entonces sus razones en acontecimientos en los que peligra la libertad y hasta la vida de las personas. Referirse a los exilios es considerar que el camino tomado por sus protagonistas supo tener distintos atajos y formas de traspasar las fronteras y de asentarse en otras tierras. Hablar entonces de esta diversidad implica considerar que no hay un modo establecido. Algunos están vinculados a instrumentos internacionales de protección a los perseguidos políticos, como pueden ser las convenciones de asilo diplomático y territorial  y el estatuto de los refugiados del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR),  mismos que deben reflejarse o adecuarse a las legislaciones nacionales.

Existen elementos que distinguen al exiliado de otros emigrantes. El componente político, y por lo general militante de parte importante de los exiliados, lo marca. Ello impone tendencialmente una forma de presentarse en la sociedad receptora, “se está en tanto no cambian las condiciones que obligaron a exiliarse”, “el compromiso social y político está allá, en la otra tierra, en donde se tiene el corazón pero no en donde se vive”. Sin embargo, pese a una idea compartida de que así son los exiliados, hay que saber también que los exilios no son siempre una continuación del ser militante. El exilio puede ser una manera de alejarse de aquello que motivó el destierro. En todo caso, quienes se mantienen con ese compromiso transforman su exilio en una forma de deber político. Por ello, en la medida en que los exilios son torrentes humanos como lo han sido algunos de los latinoamericanos del siglo XX, sus estructuras organizativas y las acciones que se derivaron de esa presencia potenciaron su intervención pública en numerosos países y continentes. Estos y otros elementos del exilio hacen que no se pueda pensar en singular. Los exilios son muchos, se integran con distintas generaciones, provocan una multiplicidad de experiencias que repercuten tanto en las sociedades de expulsión como en las receptoras. Son a la vez un particular componente de las grandes corrientes migratorias del presente y de su potencial de intercambios culturales. Para México, país con tradición de acogida durante el siglo XX aunque al mismo tiempo con episodios notorios de expulsión, los exilios son consustanciales a su historia.

SILVIA DUTRÉNIT BIELOUS es historiadora y doctora en Estudios Latinoamericanos. Es profesora-investigadora titular del Instituto Mora. Pertenece a los Sistemas Nacionales de Investigadores de México y Uruguay y a la Academia Mexicana de Ciencias. Se especializa en la historia reciente de Latinoamérica. Es autora de Aquellos niños del exilio y La embajada indoblegable, y coautora de Tramitando el pasado.

 

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