Los aciertos de Obama

8 diciembre, 2016 • Artículos, Del Archivo, Norteamérica, Portada • Vistas: 2884

Mantener la calma y el orden liberal

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Diciembre 2016

Material original de Foreign Affairs Latinoamérica Volumen 16 Número 2

¿Cómo juzgar la forma como un presidente maneja la política exterior? Algunos se centran en lo que ocurre en los momentos de soledad en medio de una crisis, que llevan al líder de un país a defender ferozmente el puente de entrada, como defendió Horacio Cocles a Roma, o a tomar el bate con exceso de confianza, como el beisbolista Casey en el legendario poema del siglo XIX. Pero una mejor analogía sería la de uno de los miembros de un equipo de relevos o un lanzador relevista: aquel que se hace cargo después de un predecesor, se esfuerza un tiempo y le pasa la estafeta al siguiente.

En el beisbol, hay estadísticas para calificar a ese tipo de jugadores: la capacidad de mantener la ventaja y el juego salvado, que esencialmente contabilizan si el lanzador del equipo conserva o consigue la ventaja en el juego. Visto de ese modo, Barack Obama lo ha hecho bastante bien. Heredó dos guerras y una crisis económica mundial del gobierno de George W. Bush —el equivalente en política exterior a tener corredores en base sin ningún out—, ha sacado al país de varios problemas añejos, evitó quedar atrapado en problemas nuevos y logró algunas buenas reviradas.

Ha habido errores, lanzamientos descontrolados y oportunidades perdidas. Pero al igual que George H. W. Bush y William Clinton, Obama probablemente le pasará a su sucesor una agenda de política exterior general y una posición de poder nacional en mejores condiciones que cuando asumió el poder, algo que el siguiente gobierno puede aprovechar para seguir mejorando. Si se tiene en cuenta cuántos gobiernos no superan ni siquiera esta prueba limitada, el logro es digno de alabanza, más que del desprecio que la política exterior del gobierno recibe a menudo.

La clave para el éxito de Obama ha sido su comprensión de la situación en conjunto: su apreciación del orden liberal internacional que Estados Unidos ha cultivado durante las últimas 7 décadas, junto con su reconocimiento de que el núcleo de ese orden se debe salvar abandonando las aventuras equivocadas y las luchas en la periferia mundial. Del Presidente se ha dicho que es un idealista tonto, un realista despiadado o un ingenuo incompetente. Sin embargo, es más atinado decir que es un hombre de ideología liberal con temperamento conservador: alguien que creyó que después de una época de expansión imprudente y unilateralismo beligerante convenía más, para perseguir los objetivos de política exterior de largo plazo, atrincherarse en el corto plazo. En este aspecto, muy probablemente tuvo razón, y luego de las retractaciones necesarias, Washington puede concentrarse en encontrar la manera de que el orden liberal vuelva a avanzar.

Primacía y orden mundial

Durante generaciones, el principal desafío de la política exterior estadounidense ha sido claro: consolidar, proteger y extender el orden liberal internacional que Estados Unidos ayudó a crear después de la Segunda Guerra Mundial. En 1940, al reflexionar sobre las pesadillas de entreguerras, cuando la falta de control de los mercados no regulados y la descoordinación de las iniciativas provocaron un desastre económico y propiciaron el surgimiento de dictaduras agresivas, los formuladores de políticas públicas de Occidente se propusieron construir un sistema mundial en el que esos problemas no volvieran a ocurrir. Terminaron haciendo un trabajo magistral, entretejiendo varios componentes de los asuntos nacionales e internacionales en una estructura unificada, extensa y flexible que ha resultado ser más duradera y beneficiosa de lo que imaginaron.

Del Presidente se ha dicho que es un idealista tonto, un realista despiadado o un ingenuo incompetente.

En el núcleo de este orden se encuentran las democracias con economías mixtas, que cooperan y comercian pacíficamente entre ellas mientras se guarecen bajo un paraguas estadounidense de seguridad. Ese núcleo está incrustado en diversas estructuras institucionales superpuestas, desde las instituciones de Bretton Woods y la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y la Unión Europea, hasta un sinfín de agrupaciones regionales y funcionales de cooperación bilateral. Debido a que el orden no hace diferencias por geografía, raza, religión ni otras atribuciones, cualquier país que desee unirse y esté dispuesto a seguir las reglas del juego es aceptado; esto lo convierte en una alianza en constante expansión y potencialmente universal. Además, debido a que el orden tiene tantos aspectos y entradas, los países que no estén listos para aceptar el paquete completo de una vez, pueden entrar poco a poco, avanzando desde los márgenes hacia el centro a su propio paso.

Este orden ha sido el marco del que ha surgido una buena parte del desarrollo económico, social y político general, para beneficio duradero de todo el mundo. Sus lineamientos básicos se esbozaron antes de la ruptura con la Unión Soviética de la posguerra, por lo que en lugar de decir que la Guerra Fría provocó o definió el orden, es más exacto afirmar que la falta de voluntad de la Unión Soviética para participar en ese orden fue la causa de la Guerra Fría. Lo que sucedió con la confrontación entre las superpotencias fue que el orden se estableció al principio de manera parcial, aunque con una significativa cohesión interna motivada por la amenaza externa. Como la Guerra Fría y la Unión Soviética nunca fueron una parte central de la historia, su desaparición cambió al mundo menos de lo que se esperaba y despejó el camino para la extensión del orden a territorios que antes quedaban fuera de los límites.

Dirigido por internacionalistas prudentes y comprometidos, el gobierno de George H. W. Bush manejó bien la política exterior estadounidense inmediatamente después de la Guerra Fría, lo que le dio al flamante orden un nuevo impulso en las nuevas circunstancias. El gobierno utilizó una hábil diplomacia para allanar el final de décadas de conflictos, amortiguar las posibles repercusiones del colapso soviético y traer a la Alemania recién reunificada al marco institucional del orden. También respondió a la invasión de Kuwait de Saddam Hussein formando una coalición para obligarlo a retroceder y restaurar el orden en el golfo Pérsico, animó a Israel y a los árabes para que iniciaran las negociaciones de paz y manejó responsablemente las finanzas de Estados Unidos.

El gobierno de Clinton también hizo bien las cosas. Su primera Estrategia de Seguridad Nacional establecía explícitamente que el principal objetivo de política exterior del país era “ampliar la comunidad de democracias de mercado, mientras disuadimos y contenemos una serie de amenazas para nuestro país, nuestros aliados y nuestros intereses”, y en general logró continuar los esfuerzos de su predecesor en ese sentido. Promovió la integración económica de Norteamérica; extendió la OTAN hacia Europa del Este; mantuvo la contención de los actores problemáticos, como Corea del Norte, Irak e Irán, y promovió los procesos de paz en el Medio Oriente, en los Balcanes y en Irlanda del Norte. También manejó responsablemente las finanzas estadounidenses.

De Somalia a Ruanda, de Haití a los Balcanes, en el primer mandato de Bush y en los gobiernos de Clinton se cometieron errores de omisión y comisión. Ignoraron algunos problemas mundiales, no lograron resolver otros y empeoraron otros más. Pero a fin de cuentas, al seguir con buen tino una vía bastante parecida, dejaron el orden liberal en mejor forma de lo que lo encontraron: más grande, más rico, más pacífico, más seguro, más respetado. Al comienzo del nuevo milenio, Estados Unidos era más poderoso que ningún otro país desde la antigua Roma, y su dominio fue aceptado a regañadientes por otras potencias porque también les permitía y les ayudaba a mejorar su suerte. Pero eso no duraría.

El 11-S y después

Cuando terminaba la década de 1990, desapareció la amenaza de un conflicto entre grandes potencias y la globalización remontó el vuelo. El terrorismo se convirtió en un problema creciente, a medida que oleadas cada vez mayores de mercancías y personas cruzaban las fronteras, convertidas a la vez en blancos fáciles y tapaderas para un número mayor de activistas violentos que no actuaban en nombre de un Estado. Al pasarle la estafeta a su sucesor, el equipo de Clinton advirtió sobre el problema de los terroristas independientes, como el grupo islamista radical conocido como Al Qaeda.

Sin embargo, el nuevo equipo de Bush tenía sus propias ideas y se concentró en otros problemas de seguridad, como China e Irak. Al principio, mantuvo intactas las líneas generales de la política exterior estadounidense, aunque estaba menos interesado en el multilateralismo que sus predecesores y, por lo tanto, se distanció de lo que consideraba limitaciones a la autonomía estadounidense, como el Protocolo de Kioto, el Tribunal Penal Internacional y el Tratado sobre Misiles Antibalísticos. Luego, el 11 de septiembre de 2001, una veintena de terroristas de Al Qaeda secuestraron cuatro aviones civiles y los estrellaron contra objetivos en Nueva York y Washington, que provocó la muerte a miles de personas.

Era inevitable que los ataques del 11-S hicieran que la lucha contra los yihadistas radicales se convirtiera en la máxima prioridad de la política estadounidense. Además, dada la complejidad del proceso, era inevitable que la lucha se prolongara y planteara muchas decisiones políticas controvertidas. En cambio, no era inevitable que los ataques produjeran un cambio significativo en el enfoque de Estados Unidos hacia el mundo, el lanzamiento de una costosa guerra en un país que no tenía que ver y un estado de sitio duradero. Todo eso sucedió porque Washington perdió la cabeza.

Los funcionarios del gobierno de Bush pudieron haber respondido a los ataques con pesadumbre y recriminándose, aceptando (al menos tácitamente) que sus prioridades iniciales de seguridad nacional no habían sido las correctas. Si hubieran hecho esto, de todas formas habrían iniciado una campaña militar contra Al Qaeda y sus impenitentes anfitriones afganos, habrían fortalecido las operaciones antiterroristas en todo el mundo, habrían recopilado información de inteligencia y habrían prestado más atención a la seguridad nacional. Pero estas medidas habrían sido propuestas como defensas y expansiones del orden liberal, aprovechando el clamor y la simpatía que provocaron los ataques. En cambio, el gobierno arremetió contra el terrorismo. Insistió en sus puntos de vista y agregó a Irak y otros asuntos en un nuevo marco de política exterior diseñado no únicamente para responder a los ataques o a reforzar el orden, sino, como dijo el entonces Presidente desde el inicio, a “librar al mundo del mal” mediante acciones directas.

Las peculiaridades de la política en el Medio Oriente y de la hegemonía estadounidense también entraron en juego y ofrecieron un amplio contexto intelectual y estructural, un motivo y una oportunidad para el despliegue del poderío de Estados Unidos en el exterior. Dado que Al Qaeda era parte de un movimiento ideológico con raíces en las disfunciones económicas, sociales y políticas del Medio Oriente, un argumento plausible pudo ser que la amenaza yihadista persistiría hasta que la región fuera liberada y modernizada. Además, los ataques ocurrieron precisamente en un momento en el que Estados Unidos había acumulado una extraordinaria fuerza, pero aún no la había desplegado para asumir un papel mundial verdaderamente ambicioso.

La combinación de estos factores implicó que los ataques del 11-S tuvieran el efecto psicológico de Pearl Harbor y el efecto geopolítico que tuvo la invasión comunista de Corea del Sur en 1950. Infundieron miedo y deseos de venganza, liberaron las restricciones internas al despliegue del poderío estadounidense y no solo provocaron un incremento en los esfuerzos contra el terrorismo, sino también una gran campaña para lograr la seguridad total transformando radicalmente a una gran parte del mundo, aun a punta de pistola.

Al principio, la campaña parecía ir bien; en cuestión de meses, todos los miembros de la organización responsable de los ataques habían sido asesinados, capturados u obligados a ocultarse. El gobierno afgano que había apoyado a los atacantes fue depuesto y reemplazado por un régimen favorable a Occidente. Asimismo, se establecieron nuevas medidas para mejorar la seguridad y la información de inteligencia en Estados Unidos y en otros países. Pero la pelota siguió rodando.

Getty Images

El equipo de Bush se concentró en Irak como su siguiente objetivo, y para justificar sus acciones, formuló una nueva doctrina de guerra preventiva, mostró una retórica exagerada y engañosa, y volvió una opción política debatible en un enfrentamiento marcadamente politizado de valentía patriótica contra la cobardía traicionera. La invasión misma procedió sin contratiempos, pero la operación tuvo problemas cuando se vio que faltaban planes prácticos para la etapa posterior a Hussein. Sobrevino un gradual y angustioso descenso hacia el caos, que fue aún más difícil de aceptar tras la revelación de que, en buena medida, los supuestos programas de armas prohibidas de Hussein habían sido falsos. Mientras tanto, las denuncias del maltrato de los prisioneros, junto con la adopción por parte del gobierno de métodos de tortura, rendición y detención indefinida, así como la creciente vigilancia electrónica, alimentó las sospechas de que Estados Unidos estaba abandonando sus valores al intentar salvarlos.

Al final del primer mandato de George W. Bush, la doctrina que lleva su nombre era letra muerta y todos sus pilares —“prevención”, cambio de régimen y una división maniquea entre amigos y enemigos— habían quedado desacreditados y desechados. La agobiante retórica de su segundo discurso inaugural ocultaba el hecho de que ya se había iniciado una reacción, y muchos de los más inflexibles seguidores del gobierno y de sus políticas se habían marchado.

En su segundo mandato, Bush adoptó un audaz giro en Irak que ayudó a cambiar el rumbo del conflicto en ese país (al menos temporalmente), y el gobierno por fin hizo enormes progresos en asuntos como la salud mundial y el desarrollo internacional, la lucha contra la piratería y la proliferación nuclear, y la diplomacia regional. Pero incluso el tan anunciado militarismo del gobierno no pudo evitar ciertos reveses, como la nuclearización de Corea del Norte o la invasión rusa de Georgia. Los errores del primer mandato opacaron todo, empañaron la reputación del país, amargaron sus relaciones y lo atraparon en ingratas y aparentemente interminables intervenciones en el extranjero. Luego, para rematar, en los últimos meses del mandato de Bush se presentó un colapso financiero que llevó a la economía nacional y mundial a una profunda recesión.

El curso del gobierno de Bush después del 11-S no fue ni la heroica historia de éxito que alegaban sus partidarios ni la infame conspiración que aducían sus más duros críticos. Se hizo de enemigos a los que vale la pena oponerse. Sin embargo, su concepción y ejecución fueron profundamente deficientes, porque trató de forzar la historia, a pesar de las resistencias. Lanzó su red demasiado lejos, asumió demasiadas tareas de excesiva dificultad con demasiada prisa, muy pocos recursos y muy poca reflexión. Fue una clásica lección de poder descontrolado que cayó en la desmesura, a lo que siguió la locura y un justo castigo. Como resultado, Bush le legó a su sucesor un país dividido, una catástrofe económica y dos guerras en curso, una de las cuales iba en la dirección equivocada.

Currículo básico

El gobierno de Obama llegó al poder decidido a revertir lo que consideraba los errores del gobierno de Bush, para “reequilibrar nuestras prioridades de largo plazo y que podamos salir de las guerras de hoy y concentrar nuestra atención y nuestros recursos en un grupo más amplio de países y desafíos”, según se indicaba en la Estrategia de Seguridad Nacional inicial del gobierno.

El primer y más importante punto de la agenda del nuevo equipo fue lidiar con la crisis financiera, lo que pudo lograr con la ayuda de una Reserva Federal creativa y activa. En Irak, Obama cambió la calma que generó la escalada por una retirada militar ordenada y completa, apostando (equivocadamente, como se vio después) a que los logros recién alcanzados se mantendrían indefinidamente, incluso sin una presencia estadounidense significativa o sin una mayor participación de Estados Unidos. En Afganistán, a pesar de todas las angustiadas quejas del Presidente, hizo lo mismo, si bien más tarde, e inició su propia escalada para alcanzar alguna estabilidad antes de retirarse.

En los años sucesivos, cuando se le presentaron nuevas oportunidades para intervenciones militares importantes, el Presidente las rechazó o autorizó solo lo mínimo necesario para alcanzar objetivos limitados. De Siria a Ucrania, de Yemen a Irán, el gobierno de Obama se propuso no quedar atrapado en otro atolladero. En lugar de soldados desplegados o bombarderos en los cielos, las herramientas de seguridad nacional preferidas por este Presidente han sido los vehículos aéreos no tripulados, las sanciones y las negociaciones.

Los críticos de Obama han presentado todo esto como ingenuidad, debilidad y desprecio a sí mismo. Dicen que el Presidente no entiende los peligros de un mundo revoltoso, o es demasiado incompetente como para evitar una emergencia mundial como esa o está ansioso por provocarla, porque piensa que el poder estadounidense ha hecho más mal que bien. Obama eligió deliberadamente “una política exterior diseñada para provocar el declive estadounidense”, resume el columnista Charles Krauthammer. Pero en lugar de calmarse, los enemigos del país se han envalentonado y han seguido adelante. Se argumenta que la retirada se está convirtiendo en desbandada y que el gobierno le pasará a su sucesor un mundo insubordinado en el que los intereses y valores de Estados Unidos se pondrán en entredicho cada vez más.

Los críticos tienen razón acerca de la reducción del papel de Estados Unidos en el mundo y del retiro de posiciones adelantadas expuestas. No obstante, lo que no tienen en cuenta es que el atrincheramiento de Obama no es universal, que su inseguridad no es completa. El gobierno de Obama no ha abandonado la gran estrategia tradicional de Estados Unidos; ha tratado de rescatarla de la mala gestión de su predecesor. Obama está preparado para salvar el núcleo del orden liberal, pero para hacerlo, está dispuesto a sacrificar la periferia, tanto la funcional como la regional.

Estados Unidos, señaló Obama en 2010, ha “creado redes de comercio, ha apoyado una estructura internacional de leyes e instituciones y ha derramado la sangre de los estadounidenses en tierras extranjeras, no para construir un imperio, sino para forjar un mundo en el que más personas y países puedan decidir su propio destino y vivir con la paz y la dignidad que se merecen”. Ahora bien, con el fin de volver a esa tarea, el país necesitaba “seguir una estrategia de renovación nacional y liderazgo mundial; una estrategia que reconstruya la base de la fuerza y la influencia de Estados Unidos”. Ante todo, eso implicaba distinguir entre las carencias y necesidades, y dejar que algunos asuntos y ámbitos pasaran a segundo plano.

Como lo expresó Obama en su discurso ante la Asamblea General de la ONU en 2013, al hablar sobre el Medio Oriente en particular:

Estados Unidos está preparado para utilizar todos los elementos de su poder, incluida la fuerza militar, para asegurar sus intereses fundamentales […]. Enfrentaremos la agresión externa contra nuestros aliados y socios […]. Garantizaremos el libre flujo de la energía […]. Desmantelaremos las redes terroristas que amenazan a nuestro pueblo […]. Y, por último, no toleraremos la fabricación ni el uso de armas de destrucción masiva.

“Decir que estos son los intereses fundamentales de Estados Unidos —continuó Obama— no significa que sean nuestros únicos intereses.” Otros objetivos, como la paz regional, la prosperidad, la democracia y los derechos humanos, también son importantes. “Pero […] pocas veces podemos alcanzar estos objetivos por medio de la acción unilateral de Estados Unidos, en particular, mediante la acción militar.” En cambio, estos objetivos se deben perseguir con esfuerzos colaborativos más amplios y prolongados, con políticas que levanten estructuras de incentivos sostenibles para que las cosas avancen con el tiempo.

La doctrina en la práctica

La diferencia entre el centro y la periferia ayuda a darles sentido a las acciones del gobierno en varios casos. A finales de 2013, por ejemplo, Ucrania estaba a punto de mejorar sus relaciones con Europa. Vladimir Putin, a quien le preocupaba que un aliado crucial pudiera cambiar su orientación, sobornó al presidente de Ucrania, Víctor Yanukóvich, para que no adoptara ninguna medida. Eso desencadenó una serie de protestas populares que provocaron la caída del gobierno de Yanukóvich, momento en el que Putin envió las fuerzas de Rusia para apoderarse de la península de Crimea y comenzó a darles apoyo militar a los rebeldes, aliados a Rusia, del este de Ucrania.

Escandalizados por la descarada brutalidad del líder ruso, algunos partidarios de la línea dura argumentaron que se trataba de una repetición de lo sucedido en la década de 1930 y pidieron una fuerte respuesta militar para parar en seco el revanchismo ruso. Pero el gobierno de Obama puso reparos, se conformó con rechazar el reconocimiento de la apropiación de tierras, organizar sanciones dirigidas contra Rusia, apoyar al gobierno de Kiev y contener la situación. La explicación de esta reacción equilibrada —ni pelear ni apaciguar— es que Obama entendía que Ucrania era un interés fundamental para Rusia, pero periférico para Occidente. Así, aunque era necesario que Rusia pagara por su agresión, no era necesario que Estados Unidos fuera a la guerra por ese motivo.

Esta política parece muy sensata: los miembros de la OTAN tienen una garantía de seguridad impenetrable proporcionada por la protección estadounidense, que Washington sin duda alguna hará cumplir si es necesario. Pero Ucrania no es miembro de la OTAN; sigue siendo parte de la periferia estratégica de Europa y no parte del núcleo. Estados Unidos no intervino en situaciones similares en Hungría en 1956, en Checoslovaquia en 1968 o en Polonia en 1981; ¿por qué esperar que lo hiciera en Ucrania en 2014? Al igual que esos otros países, es probable que a la larga Ucrania se una al orden liberal, cuando las circunstancias lo permitan. Pero no es obligación de Estados Unidos luchar para que se una antes.

AFP

Con respecto al Medio Oriente, los radicales igualmente culpan a Obama por permitir que el conflicto continúe y la turbulencia se propague. Es cierto que la retirada estadounidense de Irak y la falta de intervención en Siria provocaron en última instancia el surgimiento del Estado Islámico, o ISIS, un pequeño pero sanguinario Estado terrorista, en las tierras baldías de esos países.

No obstante, al analizar la historia reciente, el Presidente concluyó que los problemas internos de la región ni pueden solucionarse fácilmente ni le corresponde a él resolverlos. Después de todo, como ha señalado el exfuncionario del gobierno Philip Gordon, “en Irak, Estados Unidos intervino y ocupó, y el resultado fue un costoso desastre. En Libia, Estados Unidos intervino y no ocupó, y el resultado fue un costoso desastre. En Siria, Estados Unidos ni intervino ni ocupó, y el resultado ha sido un costoso desastre”. Y podríamos añadir que en Yemen, Estados Unidos dependió de los ataques con vehículos aéreos no tripulados y de la diplomacia activa, y el resultado ha sido un costoso desastre. Si el Medio Oriente está decidido a caer en costosos desastres, como lamentablemente parece suceder hoy, tratar de tener un papel constructivo desde los márgenes en lugar de involucrarse directamente no indica debilidad, sino prudencia.

En cuanto a los logros diplomáticos representativos de su gobierno, el acuerdo nuclear de Irán ejemplifica el enfoque general de Obama a la política exterior. Después de comprometerse como candidato a hablar con cualquier país sin establecer condiciones para ver si las relaciones se podían mejorar, una vez electo, Obama pasó años tratando tenazmente de establecer una relación menos conflictiva con Teherán. Considerando que la República Islámica no estaba al borde del colapso, le dio la espalda al Movimiento Verde de oposición que surgió en la polémica elección presidencial de Irán de 2009. Cuando el gobierno iraní rechazó sus esfuerzos iniciales de reconciliación, colaboró con otros países para elaborar una apretada red de sanciones económicas y financieras. Y cuando Irán decidió que después de todo sí quería negociar, hizo un gran esfuerzo e invirtió un significativo capital político para tratar de que las conversaciones tuvieran éxito. El resultado fue un sólido acuerdo de control de armas que intercambiaba la eliminación de sanciones por una moratoria de 10 años en los que Irán no trataría de tener una bomba atómica. Sin guerra ni apaciguamiento, sino un esfuerzo colaborativo con otras grandes potencias para tratar de llegar a una solución práctica de un problema importante pero limitado y para crear las condiciones para que con el tiempo hubiera avances en temas más amplios, todo con la marca de Obama.

Sin duda, Obama ha cometido bastantes errores en política exterior y ha resultado ser mejor estratega que ejecutante.

En Asia, finalmente, Estados Unidos ha proporcionado durante mucho tiempo seguridad y estabilidad, y ha creado un ambiente en el que países como Corea del Sur, Filipinas, Japón y Taiwán pueden aprovechar los beneficios económicos, sociales y políticos del trabajo arduo y la autodisciplina. El espectacular ascenso de China en las últimas décadas ha traído oportunidades y amenazas para este sistema: la exitosa y pacífica incorporación de la República Popular al orden acarrearía vastos beneficios, pero un conflicto militar con China podría provocar, también, enormes costos. Por lo tanto, en este punto, el equipo de Obama ha tratado de ofrecer tanto una bienvenida como una advertencia, diciéndole a China que siga las reglas o se atenga a las consecuencias.

Las principales rutas marítimas de Asia son una parte crucial de los bienes comunes mundiales que Estados Unidos debe proteger para mantener el orden en general, y la región es hogar de muchos e importantes aliados suyos. De modo que, siguiendo los esfuerzos de su predecesor (que fueron inusitadamente matizados y constructivos en esa parte del mundo), el gobierno de Obama ha tratado de tranquilizar a esos aliados asegurándoles que Washington seguirá participando y protegiéndolos. Firmó el Tratado de Amistad y Cooperación de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ANSEA). El Presidente también ha dedicado un enorme esfuerzo y capital político a negociar y asegurar la aprobación del Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica (TPP), un importante acuerdo comercial que no solo profundizará el orden liberal en general, sino que también impulsará y garantizará sólidas relaciones con los países involucrados; este acuerdo permanecerá abierto a la participación de China cuando esté lista para cumplir con los criterios de entrada. No está claro si esta matriz de incentivos y desincentivos pensada con tanto cuidado podrá mantener por mucho tiempo el comportamiento de China dentro de una vía constructiva, pero no parece haber otra estrategia que tenga más probabilidades de lograrlo.

Sin duda, Obama ha cometido bastantes errores en política exterior y ha resultado ser mejor estratega que ejecutante. Llegó al poder confiando demasiado en que su mera presencia y sus arengas mejorarían notablemente las cosas, y la brecha entre sus palabras y sus actos es una herida que se inflige una y otra vez. Su coqueteo inicial con las devociones de izquierda sobre el desarme nuclear no dio frutos, como era de esperar. Su manejo de los límites impuestos a Siria por el uso de armas químicas —primero anunció casualmente un compromiso significativo, luego titubeó con respecto a cumplir las expectativas y al cabo le lanzó la pelota al Congreso para que tomara una decisión— es un caso de estudio sobre un manejo político improvisado y poco profesional. No esforzarse más por mantener a Irak en el buen camino tras la retirada de Estados Unidos ayudó a acelerar la desintegración del país (un error que el gobierno aprendió y que está tratando de no repetir en Afganistán). Su intento por lograr una intervención sin mácula en Libia terminó por repetir, en menor escala, el error básico del gobierno de Bush en Irak: derrocar a un gobierno sin un plan para el futuro, con lo que cambió la tiranía por el caos.

Pero incluso considerados en conjunto, estos errores no superan las mejoras que Obama ha logrado con respecto a la situación de Estados Unidos en el mundo. Negarse a aceptar la responsabilidad por los resultados políticos internos de los países con problemas del mundo en desarrollo se ha considerado controvertido, y con razón, pero es un paso necesario para reducir las pérdidas y alinear los compromisos de Estados Unidos con sus capacidades. El recurso a la diplomacia para restablecer las relaciones con países como Cuba e Irán y darles lo que se podría considerar una “vía hacia la ciudadanía” dentro del orden ayuda a fortalecerlo, en lugar de debilitarlo. Además, sentir la confianza en que en el largo plazo las sociedades abiertas derrotarán a las cerradas —de modo que se debilitarán las posturas de países como China, Irán y Rusia— representa un redescubrimiento de las mejores lecciones de la diplomacia estadounidense del pasado.

Esta vez no será diferente

Al escuchar por estos días los debates sobre la seguridad nacional de Estados Unidos, se pensaría que el país está en una situación verdaderamente desesperada. “El mundo nunca ha sido tan peligroso como ahora”, según el senador Marco Rubio. “El mundo literalmente está a punto de estallar”, dice el senador Lindsey Graham. Incluso parece que quienes no aspiran a la nominación presidencial republicana están de acuerdo. En 2012, el general Martin Dempsey, Presidente del Estado Mayor Conjunto, declaró: “En mi opinión como militar, formada a lo largo de 38 años de servicio, pasamos por uno de los momentos más peligrosos de nuestra vida”. En 2014, el Secretario de Defensa, Chuck Hagel, dijo que la amenaza de ISIS “va más allá de cualquier cosa que hayamos visto”.

Para usar un término técnico, se trata de sandeces. Estados Unidos hoy es más rico, más fuerte y más seguro que nunca; o si no lo es, sin duda está muy cerca de serlo. Tiene un presupuesto de defensa equivalente al presupuesto sumado de los siguientes siete países, y con sus aliados representa tres cuartas partes del gasto mundial en defensa. Tiene capacidades de proyección de poder sin precedentes y una red de inteligencia que se extiende por todo el mundo. Tiene la moneda de las reservas del mundo, la economía más grande y la tasa de crecimiento más alta de cualquier país desarrollado. Tiene buenas características demográficas, una deuda manejable y empresas dinámicas e innovadoras que son la envidia del mundo entero. Además, es el centro de un orden liberal cada vez mayor que ha superado y sobrevivido a todos sus rivales durante tres cuartos de siglo.

Pero el discurso pesimista no debería ser una sorpresa, ya que ha sido un estribillo recurrente a lo largo de la historia moderna del país. Parece haber algo psicológicamente atractivo en el miedo y el pesimismo, ya que nunca desaparecen, sin importar las circunstancias. En 1961, por ejemplo, durante el apogeo del siglo estadounidense, Henry Kissinger inició un libro sobre la política exterior estadounidense con esta declaración:

Estados Unidos no puede permitirse otra caída como la que caracterizó a los últimos 15 años. Sin duda, 15 años más de deterioro en nuestra posición en el mundo, como el que experimentamos desde la Segunda Guerra Mundial, nos reduciría a la irrelevancia, a ser no más que un juego de mesa de estrategia.

Un exfuncionario menos emotivo, que escribió con seudónimo en la revista Daedalus el año siguiente, fue un poco más certero:

El fruto de 15 años de política estadounidense está al alcance de la mano: la unidad política y económica y el progreso económico de Europa Occidental. Si una Europa integrada y Estados Unidos se unen para la defensa conjunta del mundo libre, si colaboramos para construir un sistema financiero internacional sólido, si utilizamos los vastos recursos de la región del Atlántico para proporcionar el capital y los mercados para los países menos desarrollados del mundo, entonces se habrán creado las condiciones que hacen posible un mundo seguro y cada vez más próspero.

Súmese Europa del Este, gran parte de Asia y Latinoamérica, y algunas partes de África y del Medio Oriente a la “región del Atlántico”, como lo podemos hacer ahora, y el argumento será aún más sólido. El genio de los políticos occidentales en la década de 1940 fue que reconocieron —finalmente, después de haber desperdiciado tanta riqueza y de haber derramado tanta sangre— que las relaciones internacionales pueden ser un deporte de equipo y no uno individual. La red de defensa de las coaliciones que crearon no se basaba en la caridad, el altruismo ni la abnegación, sino en lo que Alexis de Tocqueville llamó “el interés propio bien entendido”. Se dieron cuenta de que el aislamiento y la autarquía provocaban debilidad en lugar de fortaleza, pobreza en lugar de riqueza y vulnerabilidad en lugar de seguridad. Por eso, empezaron a coordinar sus acciones, a agrupar sus recursos y a renunciar a perseguir ganancias de corto plazo entre ellos. Como argumenta el principal teórico del orden, John Ikenberry, antes que ver la cooperación como una alternativa al liderazgo de Estados Unidos, los estrategas estadounidenses consideraron que “las alianzas, las asociaciones, el multilateralismo [y] la democracia [eran] las herramientas del liderazgo estadounidense”.

Con el respaldo de la riqueza y el poder estadounidenses, que muy a menudo se utilizaron a favor de todo el equipo y no para los intereses específicos de Estados Unidos, el orden liberal ha demostrado gran capacidad y resistencia. Se ha enfrentado a repetidos desafíos externos a lo largo de los años, pero ha logrado repelerlos y resistir el ataque. También se ha enfrentado a cuestionamientos internos de formuladores de políticas públicas y del pueblo, demasiado miopes o insensatos o imprudentes para mantenerlo en condiciones operativas.

Obama asumió el cargo convencido de que muchas de las malas decisiones de su predecesor habían malogrado el orden; estaba decidido a reavivarlo y a evitar nuevos errores graves. Los objetivos aparentemente modestos de su segundo mandato —“no hacer estupideces” y conectar imparables “sencillos” y “dobles”— descansan sobre un sentido inmodesto pero justificado de que el tiempo y la marea están del lado del orden y no de los pocos enemigos que le quedan. La historia enseña que esta apuesta tiene sentido.

 

 

GIDEON ROSE es Director de Foreign Affairs.

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