La oportunidad energética de Estados Unidos

1 noviembre, 2013 • Artículos, Norteamérica, Portada, Sin categoría • Vistas: 4029

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Noviembre 2013

La revolución de la energía en Estados Unidos no se limita a un solo combustible o tecnología. Tanto el petróleo y gas, como la energía renovable y las tecnologías automotrices de bajo consumo de combustible ofrecen grandes promesas. Para mejorar la posición de Estados Unidos, sus líderes deben capitalizar todas estas oportunidades en lugar de elegir la favorita: lo mejor será optar por diversas soluciones.

Una revolución energética se está desarrollando en Estados Unidos, pero a diferencia de la mayoría de las revoluciones pasadas o prometidas, ésta no se ha limitado a un solo combustible o a una tecnología. Después de caer durante más de dos décadas consecutivas después de 1985, la producción de petróleo crudo en Estados Unidos ha aumentado durante 4 años consecutivos, y en 2012, registró su incremento anual más importante desde el inicio de la industria petrolera hace más de 150 años. Mientras tanto, en 2011, el gas natural superó al carbón como la principal fuente de energía producida en el país gracias al aumento de la producción y a la caída de los precios. Todo este aumento de la producción de combustibles fósiles en Estados Unidos no ha evitado el surgimiento de fuentes de energía que no emiten carbono: la cantidad de electricidad generada a partir de fuentes renovables de vanguardia —energía eólica, solar y geotérmica— se ha duplicado desde 2008, y los precios se han desplomado. Por otra parte, las innovaciones tecnológicas han hecho que los vehículos de motor estadounidenses tengan un consumo más eficiente de combustible: el consumo de petróleo del país se ha reducido en casi un 10% desde 2005, y se ha revertido lo que parecía ser una interminable tendencia al alza.

El panorama energético de Estados Unidos no había sufrido cambios tan drásticos desde las décadas de 1960 y 1970, que fueron testigos de la aparición de la energía nuclear, el pico de producción de petróleo en Estados Unidos, dos crisis del petróleo en  Medio Oriente y el nacimiento del movimiento ambientalista. No es sorprendente que la actual transformación esté provocando grandes predicciones sobre el futuro. Los entusiastas del petróleo y del gas están proyectando un crecimiento tan grande en la producción que Estados Unidos podría alcanzar el santo grial: la independencia energética. Mientras tanto, el gas natural ha sido aclamado como una solución única para el cambio climático y un reemplazo para el petróleo. Los defensores de las energías renovables se muestran igualmente jubilosos prediciendo que sus tecnologías pronto serán más baratas que los combustibles fósiles, y los partidarios de las tecnologías automotrices avanzadas están anunciando un inminente cambio más allá del petróleo. Prácticamente todos los defensores de cualquier tipo de energía también insisten en que su combustible o tecnología impulsará la economía de Estados Unidos.

Todas estas afirmaciones podrían tener cierto fundamento. Sin embargo, lo que a menudo pasan por alto —y lo que muy pocos actores del mundo de la política energética de suma cero adoptan— es que el mejor futuro reside en capitalizar todas las innovaciones. La revolución energética está  dividiendo a los estadounidenses en dos frentes rivales: uno que está entusiasmado por el resurgimiento del petróleo y el gas, y otro que favorece las fuentes renovables y la fabricación de coches y camiones con un consumo más eficiente de combustible. El primer frente normalmente rechaza el apoyo del gobierno para las energías renovables y las tecnologías automotrices avanzadas, advirtiendo que desperdicia el dinero del contribuyente y pone en peligro la salud económica del país. El segundo frente se opone a menudo a los esfuerzos para mejorar la producción estadounidense de petróleo y gas, con el argumento de que estos combustibles suponen graves riesgos para el medio ambiente y podrían aniquilar los avances en materia de energía limpia.

Ambos frentes plantean preocupaciones importantes, pero cada uno exagera regularmente su caso, sobre todo cuando afirma que las ganancias del otro son intolerables. La verdad es que la mejor manera de fortalecer la economía estadounidense, de reforzar la seguridad nacional y proteger el medio ambiente es que el país aproveche todas las nuevas oportunidades energéticas. No hay un solo combustible o tecnología que pueda resolver los problemas del país: un aumento en la producción de petróleo no liberará a Estados Unidos de participar en los mercados mundiales de petróleo; el gas natural por sí solo no va a resolver el cambio climático; las energías renovables siguen siendo caras, y los vehículos que no se basan en el petróleo están muy lejos de ser ampliamente competitivos desde el punto de vista económico. El desafío central, por lo tanto, es encontrar la manera de aprovechar las nuevas oportunidades, lo que requerirá que los entusiastas de diferentes fuentes de energía comiencen a cooperar o, por lo menos, que dejen de luchar tan acremente. Los líderes de todo el país, y en especial de Washington, deben adoptar un enfoque integral que incluya “la mayoría de las anteriores”: aumentar cuidadosamente las oportunidades para la producción de energía de todo tipo, mientras penalizan el consumo de energéticos peligrosos que podrían empeorar el cambio climático y mantener la dependencia de Estados Unidos del petróleo.

HIDROCARBUROS EN ABUNDANCIA

Se escuchan tres objeciones principales con respecto al enfoque integral. Primero, los críticos argumentan que las nuevas oportunidades de energía podrían ser espejismos. Sin duda, los que hacen pronósticos sobre energía se han quemado antes: los precios del petróleo se dispararon en la primera década del siglo xxi, por ejemplo, después de las proyecciones de la década de 1990 de que se mantendrían bajos para siempre. Segundo, una de las fuentes o tecnologías de combustible que se están promoviendo podría terminar por hacer que las otras sean superfluas. Si el gas natural por sí solo puede resolver el cambio climático, por ejemplo, apoyar las energías renovables podría ser una pérdida de tiempo y dinero. Por último, algunas de las opciones de energía podrían tener un conflicto fundamental entre ellas o con otros importantes objetivos nacionales. Si, por ejemplo, no es posible aumentar la producción y al mismo tiempo reducir el consumo de petróleo en Estados Unidos, entonces tiene sentido tomar partido.

Pero estas objeciones no resisten el escrutinio. En la actualidad, la producción de petróleo y gas, las energías renovables y las tecnologías para coches con consumo eficiente de combustible son muy prometedoras. Ninguna de ellas por sí sola ofrece una panacea. El trabajo continuo en todas ellas no socavará fatalmente ninguno de los objetivos centrales de Estados Unidos. Los recientes aumentos en la producción de petróleo y gas benefician la economía y la seguridad nacional de Estados Unidos, pero no pueden resolver todos los problemas relacionados con la energía en dichos ámbitos. Un estudio realizado por la consultora de energía ihs cera afirma que el gas de esquisto por sí solo financió 600 000 empleos en Estados Unidos en 2010; otro estudio de un equipo de Citigroup estima varios cientos de miles millones de dólares en producción económica adicional, si la producción de petróleo y gas aumenta. Mientras tanto, la creciente producción de gas natural ha liberado a Estados Unidos de la dependencia de la importación de combustible en buques tanque, lo que le evita al país participar en los mercados globales de gas con toda su carga política. (El gas también promete sustituir una parte del petróleo que se utiliza actualmente en coches y camiones.) Por otro lado, el aumento de la producción de petróleo de Estados Unidos moderará los precios mundiales del combustible y ayudará a mitigar el impacto de la turbulencia de los mercados mundiales del petróleo sobre la economía estadounidense.

La revolución en la producción de petróleo y gas en Estados Unidos, sin embargo, no es una panacea económica ni de política exterior. Los beneficios económicos proyectados por los analistas más optimistas se quedan muy por debajo de lo que necesita la economía estadounidense para reactivarse. Incluso si la producción nacional y la sustitución de petróleo por gas natural le permiten a Estados Unidos eliminar todas las importaciones de petróleo (una tarea enorme), el país no será independiente en cuanto a energéticos en un sentido significativo. Debido a que el precio del petróleo se fija en gran medida en los mercados mundiales, los disturbios en el Medio Oriente y en las principales regiones productoras de petróleo seguirán provocando alzas en el precio que pagan los estadounidenses al cargar combustible. La única salida a este problema sería tratar de bloquear las exportaciones de petróleo de América del Norte en tiempos de crisis, pero esa estrategia, si funciona, afectaría significativamente a los aliados al retirar más petróleo de los mercados mundiales y podría ser contraproducente si los que se vieron afectados por las decisiones de Washington toman represalias económicas.

Así como el aumento de la producción de petróleo ayudará, aunque no lo asegurará, al crecimiento económico y la libertad de acción en política exterior de Estados Unidos, las ganancias en la producción de gas natural facilitarán, pero no resolverán, el problema del cambio climático. Las abundantes reservas de gas natural presentan una gran oportunidad para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero de Estados Unidos. Quemar gas natural para generar electricidad produce aproximadamente la mitad de dióxido de carbono que cuando se quema carbón. Apenas en 2010, la electricidad producida con carbón representaba un tercio de las emisiones de dióxido de carbono de Estados Unidos, y las proyecciones convencionales de ese momento anticipaban que esta fracción se incrementaría ligeramente en el futuro inmediato. Pero desde entonces, el consumo de carbón se ha reducido drásticamente, y lo que es más significativo, el gas natural barato ha echado a pique los planes para construir nuevas plantas eléctricas de carbón, que ya no son económicamente competitivas. Una vez construidas, las plantas de carbón siguen funcionando a menudo durante más de medio siglo, por lo que evitar la construcción de nuevas plantas hoy ayudaría a reducir las emisiones de dióxido de carbono en el futuro.

Sin embargo, el gas natural barato por sí solo no puede resolver los problemas climáticos de Estados Unidos. Sin la ayuda gubernamental, la producción de gas natural no disminuirá el uso de carbón mucho más de lo que ya se ha reducido. Además, para que las temperaturas mundiales se estabilicen, las emisiones totales de gases de efecto invernadero, a la larga, tendrán que llegar casi a cero. El gas natural por sí solo no puede realizar esta tarea. Para satisfacer la demanda de electricidad de Estados Unidos mientras se disminuyen  sustancialmente las emisiones, la energía nuclear, las energías renovables o bien las tecnologías que capturan y almacenan las emisiones de las plantas eléctricas a gas y carbón tendrán que llenar el vacío.

VERDE Y LIMPIO

Los nuevos desarrollos en energías renovables y tecnologías automotrices son casi tan sorprendentes como los de los combustibles fósiles. Los costos han estado bajando gracias a la innovación tecnológica y al apoyo gubernamental, por lo que la tecnología eólica, solar y de otros tipos son herramientas cada vez más atractivas para reducir las emisiones de carbono. Entre 2008 y 2012, por ejemplo, el costo de un módulo solar se redujo en 80%. Sin embargo, dados los precios actuales, el cambio del carbón al gas natural todavía es, por lo general, una manera más económica de reducir las emisiones que cambiar totalmente a energías renovables (…)

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