Ferguson y la militarización policial

29 octubre, 2014 • Artículos, Norteamérica, Portada, Regiones • Vistas: 2184

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Los eventos del 9 de agosto de 2014 en Ferguson, Misuri, un pequeño suburbio en las afueras de Saint Louis, resaltan la creciente militarización de la policía de Estados Unidos, así como la transformación post 11-S: lo que alguna vez fue un cuerpo policial bajo el mando civil pasó a ser una fuerza de ocupación en servicio de la guerra contra el terrorismo. La muerte innecesaria de Michael Brown y la respuesta de la policía a las protestas de la comunidad muestran lo delgada que es la línea entre un policía en patrulla y un soldado en combate, lo que pone en duda el lugar de los civiles en lo que algunos observadores llaman el Estado policial americano.

La rebelión de Ferguson —porque esto era una rebelión y no un motín, si se toma en cuenta el saqueo aislado, las numerosas noches de protestas en contra de la autoridad, y la dominación por parte de la comunidad y autoridad blanca, como ha quedado documentado por las transmisiones en vivo a través de Twitter— muestra el grado en que las libertades civiles fueron limitadas en favor del control social por parte de la policía, la cual utilizó inapropiadamente la fuerza y la intimidación en su interacción con la comunidad a la que juró proteger. En ese sentido, por más de 12 días, las acciones policiales fueron una contrainsurgencia para controlar esta rebelión abierta, y no solo nos entregaron las imágenes de los policías de Ferguson vestidos con armaduras y portando rifles carabina grado militar M4, sino también con la pregunta incómoda de cómo los suburbios de Saint Louis de repente se convirtieron en Afganistán.

 La nueva cara del “officer friendly”

¿Cómo en un suburbio a las afueras de una pequeña ciudad en Estados Unidos de repente terminaron rodeados por camionetas blindadas, fusiles y municiones dignos de equipar a las tropas de combate para una guerra interestatal? Los departamentos de policía han contado con los denominados Equipos de Armas y Tácticas Especiales (SWAT) para eventos excepcionales que requieran de una fuerza policial adicional, incluyendo situaciones de rehenes o tiroteos activos, o para hacer cumplir alguna orden judicial contra individuos peligrosos. A principios de 1990, el uso de los equipos SWAT se volvió común en enclaves urbanos de Estados Unidos como parte de una ofensiva general contra las drogas y los delitos relacionados con ellas, pero su creación se mantuvo dentro de los límites de las restricciones presupuestarias que enfrentan los departamentos policiacos urbanos.

A finales de la década de 1990, la Ley de Autorización de Defensa Nacional de 1997, en la sección 1208, autorizó la transferencia de excedentes militares del Departamento de Defensa de Estados Unidos a los departamentos de policía locales en función de la disponibilidad del equipo y del material que estos solicitaran. Con las limitaciones presupuestarias ya levantadas, la creación de los equipos SWAT migró geográficamente de las principales áreas urbanas a las ciudades más pequeñas y a sus policías locales, aun cuando los índices de criminalidad se redujeron a la mitad en casi todo el país.

Con los ataques del 11-S y la reconfiguración del Departamento de Seguridad Nacional, los departamentos de policía y de bomberos se definieron como la primera línea de respuesta en caso de otro ataque terrorista en suelo estadounidense. La primera prioridad en 2002 era dotar a los departamentos policiacos con el equipo necesario para cumplir con esta tarea, dejando la supervisión de la oferta, el seguimiento del inventario y los entrenamientos como cuestiones secundarias, tal y como las audiencias de las últimas semanas en el Senado lo han sacado a la luz. El proyecto de ley sobre defensa nacional y el ahora llamado Programa 1033, actualmente son dirigidos por la Agencia Logística de Defensa y la Oficina de Apoyo para la Aplicación de la Ley, responsables de abastecer a las corporaciones policiacas de equipo de oficina, de comunicaciones y de uniformes, así como de un mínimo de equipo táctico pesado y armas como las que porta la policía de Ferguson. Las municiones no están cubiertas por estas subvenciones, sino que el apoyo llega a través del Departamento de Justicia.

Con la adquisición de equipo y el nuevo mandato de la policía para formar parte del aparato de seguridad de Estados Unidos, el uso de las fuerzas SWAT como un equipo especial de último recurso reactivo, se transformó en escuadrones paramilitares como fuerzas proactivas. El desplazamiento del presupuesto policial, bajo las leyes de decomiso civil —por las cuales la policía y los fiscales pueden financiar los departamentos policiacos al confiscar y vender la propiedad privada presuntamente vinculada a actividades criminales— crea incentivos perversos para seguir empleando policías paramilitares en el trabajo diario de las corporaciones.

Reuters / Carlo Allegri

Reuters / Carlo Allegri

El uso de unidades de policía militarizada para hacer el trabajo policial de rutina, por un lado, y el uso de la policía como una rama de las fuerzas armadas para la seguridad del Estado, por el otro, distorsionan la línea entre el policía que protege a la comunidad y el soldado que la ocupa. Una vez combinado con el retroceso de otras libertades civiles después de 2001 —como violaciones a las garantías de debido proceso, la aprobación de la ley Patriota, la vigilancia de las comunicaciones de los ciudadanos por parte de la Agencia de Seguridad Nacional, entre otras—, Estados Unidos se acerca peligrosamente a un control gubernamental excesivo de la vida política, económica y social, acompañado y reforzado por un ejercicio arbitrario representado por el poder de la policía.

El punto de inflexión en las relaciones interraciales

Aunque el condado de Saint Louis está integrado racialmente, Ferguson es un caso atípico por ser un enclave de mayoría negra. Los detalles que han salido a la luz sobre el caso Brown, como las imágenes transmitidas por televisión y en redes sociales, resaltan el trato desigual y racista hacia los afroamericanos y, en particular, el trato desigual por parte de la policía. No es de extrañar, entonces, que Ferguson explotara como un símbolo de todo lo que está mal en la interacción de la policía con las comunidades negras: primero, por el caso de Michael Brown, y luego, por la mala gestión de la policía frente a las protestas de numerosos afroamericanos, que citan una larga historia de desconfianza de la comunidad negra hacia el sistema policial y de justicia de Estados Unidos.

La interacción entre el oficial blanco y el joven negro, quien no portaba armas y sufrió numerosos disparos mientras se rendía con las manos en alto —según testigos y las seis heridas de bala contabilizadas durante las dos autopsias practicadas— posiblemente nunca sea completamente explicada. Lo que está claro es que la policía dejó el cuerpo en la calle durante 4 horas —ya sea por incompetencia, falta de respeto o para intimidar a la comunidad—. Igualmente, la policía se negó a revelar el nombre del oficial por varios días —de nuevo por incompetencia, falta de respeto o para proteger al perpetrador—. Dada la respuesta de la policía, no es difícil imaginar que los residentes negros de Ferguson dudaran que se hiciera justicia para la familia de la víctima. La noche siguiente, cuando se reunieron para protestar por el mal manejo del caso —mediante una vigilia— la rabia y la impotencia rápidamente se convirtió en algo más cuando la protesta pacífica se encontró con las unidades SWAT en uniforme de combate.

El encuentro de una protesta pacífica con la promesa del uso de la fuerza desató la confrontación inicial: manifestantes desarmados frente a frente con la autoridad armada hasta los dientes, transmite a la comunidad el simbolismo de que la policía podría hacerles lo mismo que le hizo a Michael Brown. Las advertencias de “vuelvan a casa” de la policía se encontraron con la ruidosa furia de los vecinos quienes insistían que ese patio, de hecho, era su casa. También insistieron que la policía, y no ellos, era quien desempeñaba el papel de fuerza ocupadora. Por último, el gesto de tener las manos arriba durante la protesta, no solo imitaba los últimos momentos de Michael Brown, sino que también representaba el gesto ampliamente reconocido de cumplimiento pacífico cuando se trata de la policía: es el símbolo mundial de la entrega en tiempo de guerra. Cuando se formó la rebelión abierta contra la policía y esta desplegó vehículos blindados contra los manifestantes, los saqueos y daños a las propiedades se intensificaron, al igual que las balas de goma y el gas lacrimógeno. Literalmente, Ferguson se convirtió en una zona de guerra.

¿El desmantelamiento del Estado policial?

Los disturbios civiles que siguieron a Watts en 1965, Detroit y Chicago, Newark y Los Ángeles, en 1992, son indicadores de que tal vez no pasará nada para hacer frente a la desigualdad racial y la pobreza estructural en Estados Unidos por parte del gobierno federal, dado que las comisiones que se formaron para investigar los disturbios raciales en esas ciudades no concluyeron en acciones concretas del gobierno. Pero Ferguson es diferente porque ya no es solamente un tema de raza y discriminación, ahora es también un tema sobre la militarización de la policía.

Lo que era inmediatamente perceptible sobre los disturbios en Ferguson no era la rebelión negra o el saqueo, como en los disturbios raciales anteriores, sino las transmisiones en vivo que reportaban cómo la policía agredía a los manifestantes en el centro de un suburbio, como si se tratara de Irak. La atención del público no se centró en el tema de raza, sino en la mala conducta de la policía al lidiar con los disparos contra Brown, así como en el duelo de la comunidad tras su muerte. Esto ha suscitado un llamado para iniciar un diálogo nacional sobre cómo la policía local de Ferguson y otros pueblos pequeños llegaron a ser equipados con armamento de alto grado y sobre cómo llegaron a usarlo contra los civiles.

Por lo tanto, Ferguson marca un cambio en el discurso: de un postura racista que culpaba a las comunidades afroamericanas de la pobreza estructural y la desigualdad racial presente 50 años después de la aprobación de la Ley de Derechos Civiles, como ocurrió después de los disturbios de Los Ángeles, a una conversación seria sobre las tácticas policiales modernas. En un lenguaje sencillo, los norteamericanos blancos no se han preguntado qué pasa con los negros, como lo habían hecho en 1992. Después de Ferguson, la pregunta es ¿qué está pasando con la policía? El legado de Ferguson será, entonces, el reconocimiento de todos los estadounidenses de aquello que la comunidad afroamericana sabía bastante bien: Estados Unidos está bajo el asedio de las estrategias políticas fuera de control.

answercoalition.org

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Hace algunas semanas, el Comité de Supervisión Financiera y Subcontratación del Senado estadounidense comenzó las audiencias para investigar las dimensiones del financiamiento de los programas de la policía. Por casualidad, la senadora demócrata de Misuri, Claire McCaskill, es Presidenta de esa comisión. Además, es una activa opositora de dichos programas y su liderazgo presagia una mayor supervisión, incluso hasta la anulación de algunos de sus aspectos, si Barack Obama utiliza la autoridad ejecutiva ante la resistencia del Congreso. Sin embargo, es una señal de que la policía podría ser regulada con una mayor supervisión, o bien, que el emergente Estado policial puede ser desmantelado antes de que esté completamente construido.

Las respuestas populares a los hechos contra Brown y a otros incidentes, también sugieren que un debate nacional sobre la mala conducta policial se ha afianzado en la opinión pública norteamericana. Al mismo tiempo que Ferguson ardía, se reportaron varios casos de policías que utilizaron fuerza excesiva para matar hombres negros desarmados, entre ellos Dillon Taylor en Salt Lake City, Ezell Ford en Los Ángeles y Kajieme Powell en Saint Louis, de los cuales, los dos últimos eran enfermos mentales. La indignación pública sobre estos tiroteos relacionados con la policía se muestra cada noche en los noticieros y aumenta la percepción de que los afroamericanos son el blanco de una policía racista que también amenaza los derechos civiles de todos los estadounidenses y no solo de la comunidad de raza negra.

La simpatía por las víctimas, el disgusto por llamados similares para proteger a los oficiales involucrados, y los movimientos para enjuiciar a los policías continúan. Luego de la muerte de Brown, las protestas en Ferguson no cesaron, al grado de que durante un fin de semana, cincuenta activistas interrumpieron a la Orquesta Sinfónica de Saint Louis con una flash mob, exigiendo justicia para el joven afroamericano, cuyo asesino aún se encuentra libre y  suspendido con goce de sueldo.

También ha tenido lugar un cambio fundamental en la relación entre quienes aplican la ley y sus comunidades. Por ejemplo, activistas tomaron la estación de policía en Beavercreek, Ohio, después de que un jurado no logró formalizar cargos en contra de un oficial de policía que disparó y mató a John Crawford III, el 5 de agosto de 2014, en una tienda Walmart de Dayton, Ohio. Crawford, un joven afroamericano, hablaba por teléfono celular y portaba una arma de balas de plástico por la tienda —en un estado donde portar armas a la vista es legal—, cuando fue letalmente baleado por la policía. El grupo de ciudadanos que tomó la comisaría local expresó perfectamente este desafío colectivo pos-Ferguson contra la delincuencia de la policía cuando afirman: “[queremos]… realmente asegurarnos que se está haciendo justicia, y lo que la comunidad considera como justicia, no lo que el sistema ha considerado como tal”.

Las protestas continuaron en Ferguson y sus alrededores, y tomaron mayor fuerza luego de que el 9 de octubre de 2014 otro joven afroamericano, Vonderrit Myers, fue baleado por un oficial que trabajaba como guardia de seguridad privada, pero portaba su uniforme del Departamento de Policía de Saint Louis. A raíz de este nuevo incidente, los residentes de Ferguson convocaron a una nueva protesta multitudinaria denominada “fin de semana de la resistencia”, que consistió en 4 días de desobediencia civil organizada. Durante una de las marchas fueron detenidos 43 manifestantes, entre ellos el escritor y activista Cornel West y el Presidente de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color, Cornell William Brooks.

Mientras que la policía enfrenta estas oleadas de protestas, enfundados en sus uniformes antimotines, los manifestantes continúan con la estrategia de resistencia no violenta. De esta forma, buscan mantener la presión en contra de las autoridades, pero sin caer en las provocaciones, y con la esperanza de que pronto se formalicen los cargos criminales en contra de los oficiales responsables de privar de la vida a estos jóvenes afroamericanos.

KIMBERLY NOLAN es profesora e investigadora de la División de Estudios Internacionales del Centro de Investigación y Docencia Económicas, especialista en temas de difusión de normas y protección a los derechos laborales. Sígala en Twitter en @KNolanGarcia. Traducción por JAIR CABRERA.

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One Response to Ferguson y la militarización policial

  1. miguel angel lugo galicia dice:

    The behaivor of police is previous to great economuc crash in USA?

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