Emilio Rabasa en la OEA

1 marzo, 2014 • Entrevistas, Portada, Sin categoría • Vistas: 1363

Entrevista a Emilio Rabasa, representante de México ante la OEA 

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Marzo 2014

El 16 de octubre de 2013, durante una visita a la Ciudad de México para asistir al IV Foro de la Democracia Latinoamericana, organizado por el Instituto Federal Electoral (IFE) mexicano, la OEA, El Colegio de México, el Fondo de Cultura Económica, el Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (IIDEA) y la Fundación Internacional para los Sistemas Electorales (IFES), el embajador Emilio Rabasa Gamboa, recientemente nombrado representante de México ante la OEA por el presidente Peña Nieto, dialogó con la analista Rina Mussali Galante acerca de la necesidad de un nuevo acercamiento para el único organismo interamericano en la actualidad.

Esta entrevista fue realizada y transmitida por el Canal del Congreso de México, con motivo de sus series Vértice Internacional y Personajes, y se agradece a éste el uso del texto para ser publicado en Foreign Affairs Latinoamérica (FAL). A continuación se reproducen algunos extractos del mismo.

Rina Mussali Galante (RMG) – El siglo XXI es portador de nuevos cambios geopolíticos, económicos y sociales que impactan el presente y el futuro de Latinoamérica. ¿Cómo repensar la OEA bajo este nuevo contexto mundial?

Emilio Rabasa Gamboa (ERG) – Fueron cambios que se gestaron desde el último cuarto del siglo pasado y que florecieron en el presente. Dos fundamentalmente. Uno –el político- la democratización. La ola democrática, como la llamó el investigador de Harvard Samuel Huntington, abarcó a toda Latinoamérica y se fue extendiendo gradualmente. Hoy todos los países que son miembros de la OEA son democráticos. Con diversos grados de evolución, es cierto, pero todos lo son. Este es un hecho fundamental que impacta positivamente a la organización. Adicionalmente, no existen como antes momentos de reversión autoritaria –uno que otro en algunos países muy focalizados- pero no generalizado. En otras palabras, el clima democrático permea e impacta a la OEA y, de alguna manera, también determina sus trabajos en el Consejo Permanente. El segundo es el desarrollo económico. Hemos experimentado, después de la llamada década perdida afortunadamente, un periodo de crecimiento económico sostenido desde 2001 a 2012, salvo 2008 y 2009 por la crisis en Estados Unidos. En general Latinoamérica y el Caribe mantuvieron tasas de crecimiento importantes que disminuyeron sensiblemente la pobreza –se redujeron 24 millones de personas sujetas a ella- aun cuando no disminuyó la profunda desigualdad que todavía impera en la región y que convierten a nuestro continente en el más desigual en términos de ingresos comparativos.

RM – Al calor de los diferentes modelos de desarrollo económico latinoamericanos surge una pregunta fundamental en las Américas. ¿Se requiere una refundación total de la OEA o únicamente ciertos campos de acción tienen que ser actualizados?

ERG – Precisamente la nueva representante de Argentina en la OEA utilizó esa palabra: refundación. Vivimos un momento histórico –coyunturalmente hablando- en esta organización: o se mantiene como está, para entrar en un proceso de deterioro, o la detenemos en seco y replanteamos sus objetivos políticos. ¿Qué tipo de organismo hemisférico queremos para el siglo XXI? Justo en ello estamos trabajando. La idea surgió en 2012 con algunas reuniones que buscaban un consenso para abordar el tema; desgraciadamente no prosperaron, pero hace dos semanas el Consejo Permanente decidió no postergar más este debate. Creó un grupo de trabajo que muy distinguidamente presido, representando a México, con la vicepresidencia de Barbados. Tuvimos la primera sesión a finales de septiembre sobre la metodología –que fue aprobada- y un cronograma de sesiones. A partir de la primera semana de octubre continuarán las exposiciones de los programas, que revisaremos entre todos los representantes de los países miembros, para ver cuáles deben permanecer o modificarse; pero no solamente con una idea de racionalidad del gasto –porque también la OEA está atravesando situaciones financieras muy agudas- sino con una visión de mayor alcance y definir hacia dónde queremos llevar este organismo, el más antiguo de este hemisferio occidental, hacia el siglo XXI. Ahora salió del periodo de la Guerra Fría y entró en la globalidad, pero no ha alcanzado a definir exactamente su brújula y ese es nuestro propósito.

RMG – ¿Cuáles son los ejes de cambio que se están debatiendo en este grupo de trabajo que usted preside? ¿Una nueva visión estratégica para la OEA del siglo XXI y la ruta que deberá seguir en los próximos años?

ERG – En primer lugar es un eje político. Cómo esta comunidad de países quiere manejar al organismo para fortalecer aún más a la democracia, respetando la soberanía de cada nación, y aplicarlo de tal manera que se encuentre un sistema más participativo y ciudadano que no se detenga únicamente en la elección de representantes sino trascienda más allá de los comicios. Otro aspecto, también político y de gran importancia, es el tema de los derechos humanos, pues éste es transversal en todo el continente. La OEA se distingue –a través de la Comisión y la Corte Interamericana de Derechos Humanos- en ser un adalid en la defensa de los derechos humanos en todo el hemisferio; sobre todo cuando en no pocos lugares se advierte que las instituciones nacionales no son suficientes para proteger a sus ciudadanos. Por ello acuden al ámbito internacional en donde son escuchados, primero exponiendo su asunto ante la Comisión –quien controla la admisibilidad de la denuncia, las audiencias y el informe de fondo- para después turnarlo a la Corte. México –y puedo decirlo con enorme satisfacción y orgullo- se ha convertido en un país líder en el apoyo a los órganos de derechos humanos de la OEA. ¿Por qué? Porque existe una situación paradójica en donde los países más poderosos no han suscrito la Convención Interamericana de Derechos Humanos y no aceptan la jurisdicción de la Corte; y también otros menos poderosos la denuncian y abandonan sus instituciones. Entre esos dos extremos existe una gran mayoría de países como México que, de alguna manera, buscan fortalecer estas instituciones que son consideradas como prerrequisito para el desarrollo democrático. Nuestro país ejerce esta acción de distintas maneras: apoyando materialmente su cuota de participación con los dos órganos, implementando las resoluciones de la Corte en su territorio e integrando un grupo de amigos para convencer a aquellos países que todavía no se suscriben a la universalidad de los derechos humanos americanos.

Notimex

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RMG – Latinoamérica enfrenta divisores, sobre todo en materia económica y política; en muchas ocasiones hablamos de una desunión regional más que de una unión. ¿Cómo reacciona México ante los desencuentros de la región? ¿Nuestro país es actor mediador de la polarización que también se palpa en la OEA?

ERG – Es importante contestar esta pregunta porque es necesario aclarar varios aspectos en torno a este supuesto divisionismo interno. Durante el periodo de la Guerra Fría, en donde el país dominante fue Estados Unidos, México mantuvo una posición de autonomía e independencia como demostró el ejemplo de Cuba: fuimos el único país que se opuso a la salida del país caribeño y la historia nos lo reconoció en 2009 cuando se efectuó la votación que dejaba sin efectos aquella resolución que nosotros combatimos en la década de 1960. En la situación de ahora no encontramos un país dominante per se en la OEA, ahora las naciones se reagrupan dentro de la globalidad geopolíticamente hablando. Así tenemos al grupo del Caribe –el CARICOM- cuyo representante es Trinidad y Tobago; el grupo SICA que aglutina a todos los países centroamericanos más República Dominicana –sustrayendo también a Belice que forma parte de los caribeños-; el grupo ALADI, compuesto principalmente por países de América del Sur y al cual pertenece México; y, finalmente, a Estados Unidos y Canadá. Estos grupos se reúnen constantemente, por lo menos una vez por semana, para hacer planteamientos de temas cruciales y llevar sus posicionamientos al pleno de la OEA. Esto no quiere decir que el organismo esté dividido, simplemente es un reagrupamiento que facilita las tareas. Hay diferencias, incluso de tipo ideológicas –por ejemplo entre Estados Unidos y Canadá o el ALBA, donde se encuentran Venezuela, Nicaragua, Bolivia y Ecuador-, pero yo me pregunto: ¿en qué congregación internacional o nacional, por mínima que sea, existe la unanimidad total? Existe la diversidad de planteamientos que enriquecen el debate; eso es un elemento de la democracia. La unanimidad de criterios es un elemento del autoritarismo y, por supuesto, del totalitarismo. Las diferencias en las congregaciones humanas, sean nacionales o internacionales, son el resultado del acontecer democrático. Yo no observo dentro de la OEA un divisionismo tal que pudiera incidir en su fortaleza, siempre y cuando esta dinámica de los distintos grupos y los países individuales enriquezcan el debate y se tomen decisiones finales que se mantengan y observen. La posición hacia México es de gran peso y respeto a su actuación en la OEA; esto no es sólo de ahora sino también de tiempo atrás. Mencioné el caso de Cuba pero hay otros eventos que han distinguido a la diplomacia mexicana. Por ejemplo, antes de mi llegada nuestro país ocupó la presidencia del Grupo de Defensas del Sistema Interamericano de Derechos durante dos años, fue impulsor de la Declaración de Seguridad de las Américas y participó activamente en el tema controversial de Paraguay, donde convencimos de no cometer el mismo error cubano y expulsar al país guaraní. México cuenta con un gran prestigio en la OEA; no tiene enemigos, tiene amigos en el organismo. Lo dije el día que presenté mis cartas credenciales al secretario general José Miguel Insulza: por su posición geográfica México se siente parte de Norteamérica, Centroamérica, Sudamérica y del Caribe. En otras palabras, está en una posición equidistante que le permite crear un puente cuando surgen conflictos entre las distintas áreas; esto es uno de los principales activos de nuestro país en el seno del organismo, mismos que debemos cuidar, preservar y fortalecer.

RMG – En este sentido surge una pregunta más. ¿Cómo interpreta la OEA el surgimiento de la CELAC, esta comunidad de Estados latinoamericanos y caribeños que no incluyen la presencia de Estados Unidos y Canadá? ¿México apoya la creación de organismos paralelos pero también está comprometido con el reforzamiento y actualización de la OEA?

ERG – Se comentó, incluso antes de que iniciara mi representación, que el surgimiento no sólo de la CELAC sino también de la UNASUR y el Mercosur debilitarían de alguna forma a la OEA. Yo no lo creo así y tampoco pienso que en la organización hemisférica lo lean de esa manera. Creo que todos los países miembros de la OEA somos libres de asociarnos con otros países dentro del organismo para perseguir objetivos específicos y conviene que lo hagamos de esta manera. La CELAC no es una amenaza porque no fue planteada como un elemento debilitador de la OEA. Los otros organismos que mencioné son espacios de diálogo político de los países que consideraron necesario llevarlos a cabo de esa manera; pero éstos no tienen ni la antigüedad ni el grado de institucionalidad del organismo hemisférico. Esto no lo poseen debido a que fueron concebidos como tal, con objetivos muy concretos, mismos que están cumpliendo enhorabuena. Por ejemplo, si se funda otro grupo que abarque el sur de Centroamérica y el norte de Sudamérica, adelante. México propició la Alianza del Pacífico, esfuerzo que realizamos de manera transparente y abierta, como una manera de invitación a otros países que se quisieran sumar porque advertimos que era necesario negociar aspectos comerciales y económicos sobre todo con el factor Asia y el factor China.

RMG – Además la Alianza del Pacífico es un mecanismo que permitirá mejorar las condiciones de inserción de Latinoamérica al Acuerdo de Asociación Transpacífico que encabeza Estados Unidos. En este sentido embajador, y volviendo al tema de los organismos internacionales paralelos en nuestro continente, ¿será posible que los países del ALBA observen a la CELAC como un posible reemplazo de la OEA?

ERG – En las pláticas que he tenido con mis colegas, amigos de esos países, no he advertido ni siquiera que utilicen la palabra reemplazo. Tienen sus críticas a la OEA, claro, y creo que todos los países miembros las tenemos. Una organización oficialmente fundada en 1948 –con la Carta de Bogotá-, pero con raíces que datan desde principios del siglo XIX con los procesos de independencia y los intentos de panamericanismo de Bolívar, evidentemente tienen que existir replanteamientos y actualizarse, de lo contrario se osificaría. En ese sentido son bienvenidas las críticas. En lo que no estoy de acuerdo es en cualquier comentario que no coincide con la realidad de que el organismo sea instrumento de uno o varios países en particular; pero algo que caracteriza a la OEA hoy en día es la pluralidad de posiciones y que dentro de la misma se agrupen enfoques distintos como el caso del ALBA o el UNASUR. Obedece a la dinámica normal de cualquier organización que haya debate, a veces fuerte, porque queremos un foro democrático que no auspicie la imposición de posiciones y mandatos.

RM – Me gustaría enfatizar en esta labor democrática de la OEA. ¿Qué está haciendo el organismo americano para evitar nuevos resquebrajamientos institucionales a la democracia hemisférica? No olvidemos el golpe de estado en Honduras y lo vivido en Paraguay. ¿Cómo solventar estas dificultades e introducirlas a la nueva visión estratégica?

ERG – Dentro del IV Foro de la Democracia Latinoamericana, el cual contó con la participación de varios expresidentes de la región y el secretario general Insulza, se presentó un libro –que yo recomiendo- escrito por el excanciller argentino Dante Caputo, quien también trabajó en la Secretaría de Asuntos Políticos de la OEA y luego como asesor del organismo. Este libro plantea los posibles escenarios hacia 2020 para el continente latinoamericano en función de diversas variables. Un capítulo dentro del mismo alude a algo que usted señala y concluye –palabras más, palabras menos- que, si bien es cierto que así lo demuestra la historia de la humanidad, en cualquier momento se pueden producir condiciones contrarias a la democracia, favorables al autoritarismo, y producir un golpe de estado. Esto era una enfermedad permanente en el siglo XIX pero hoy ya no representa un alto riesgo para la democracia; por el otro lado, en estos momentos advertimos otro tipo de factores que la afectan directamente. Por ejemplo, los poderes fácticos como el papel del narcotráfico y su agresión hacia las instituciones democráticas; y el acaparamiento extremo de riqueza en ciertos grupos que configuran diversas expresiones oligárquicas. Estos si son riesgos que debemos advertir en estos tiempos: el descontento de la ciudadanía con el sistema representativo, con los partidos políticos, lo cual origina vacíos que no deben existir y que desembocan en caudillismos con personajes que se sienten líderes y desdeñan los procedimientos democráticos. Tenemos los casos de la República de Weimar y Chile con Augusto Pinochet durante el siglo pasado. Si bien es cierto que se pueden generar condiciones que pudieran favorecer otro golpe en la región, el gran tema de las amenazas a la democracia se encuentran en las áreas que mencioné hoy en día. Todo esto viene muy bien explicado en este libro, el cual fue muy bien recibido en la OEA.

 

RINA MUSSALI GALANTE es internacionalista por la Universidad Iberoamericana y con posgrado en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Actualmente es analista y conductora de Vértice Internacional y 2014: Elecciones en el Mundo, programas únicos en México de asuntos globales, que se transmiten por el Canal del Congreso de ese país.

 

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