El terror como pilar del Estado Islámico

5 Diciembre, 2016 • Del Archivo, Medio Oriente, Portada • Vistas: 3216

Una estrategia para hacerle frente

avatarDefault Luis Mesa Delmonte

Material original de Foreign Affairs Latinoamérica Volumen 16 Número 1

En los recientes ataques en París con bombas y ametrallamientos se constata, una vez más, que el terror causado por el grupo Estado Islámico es un compdelmonte-isis-foto-01-getty-imagesonente central de su estrategia. Ya París había sufrido embates violentos que conmovieron a la sociedad francesa y aumentaron las preocupaciones de millones de ciudadanos en otras partes del mundo. La operación del 13 de noviembre de 2015 presenta al menos tres elementos importantes: una notable organización para preparar y ejecutar el atentado, el propósito deliberado de causar el mayor número posible de muertes para acentuar el terror de la sociedad y que el plan no pudo ser descubierto ni prevenido por los eficientes servicios de seguridad franceses.

Los ataques de París muestran nuevamente que ninguna estructura de inteligencia y contrainteligencia es infalible. Aunque en los últimos años diversos esquemas de seguridad han logrado identificar y neutralizar planes terroristas, los numerosos ataques a muy diversos lugares —como Amman, Bagdad, Bali, Estambul, Londres, Madrid, Nueva York y Washington, entre otros— prueban que el trabajo de las agencias especiales está lejos de ser perfecto.

Los orígenes del Estado Islámico se encuentran en el convulso Irak de la ocupación militar estadounidense y en sus cárceles convertidas en “escuelas yihadistas”, así como en el surgimiento de la organización Al Qaeda en Irak. La nueva atmósfera posibilitó la compleja fusión —al menos coyuntural y oportunista— de fuerzas islamistas extremistas, excombatientes baazistas nacionalistas de la etapa de Saddam Hussein que lucharon durante años contra las tropas de Estados Unidos e importantes líderes tribales sunitas y sus seguidores en la provincia de Al Anbar, inconformes con los nuevos gobiernos iraquíes de predominio chiíta. Recientemente, la organización se ha fortalecido con la incorporación de miles de combatientes sunitas sirios y con la adhesión de unos 3500 yihadistas procedentes de más de 90 países.

Todos estos ingredientes contribuyen a la violencia de la organización, en primera instancia denominada Estado Islámico para Irak y el Levante —Daesh según su acrónimo en árabe o ISIS en inglés— y luego Estado Islámico, como expresión de un proyecto califal geoestratégico de escala mundial. Si a ello le sumamos un marco ideológico y religioso de islamismo dogmático ortodoxo e intolerante, se completa la fórmula para la generación del caos radical y sanguinario. Para diseñar una estrategia de enfrentamiento hay que tener en cuenta todos estos factores.

Plan de ruta

Es obvio que la respuesta tiene que ser en parte militar, pues el Estado Islámico es una organización armada que se extiende por amplias zonas de Irak y Siria. Sin embargo, no es posible confiar exclusivamente en este ámbito. La estrategia tiene que contemplar otros factores que incidan desde diversos ángulos en la organización, que agrupa entre 20 000 y 31 500 militantes, según cálculos de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), aunque tenemos estimados mucho mayores.

Los ataques aéreos requieren una mayor coordinación y un intercambio más nítido de información de inteligencia.

Hay que cortar los flujos financieros de los donadores regionales y obstaculizar la generación de ganancias por el tráfico de petróleo, el comercio ilegal de obras de arte y el cobro de impuestos en las zonas bajo su control. Es muy importante que los países que suministran armas y dinero a algunas de las múltiples organizaciones opositoras armadas sirias detengan tales prácticas, pues parte importante de esos recursos termina fortaleciendo al Estado Islámico. En este punto la responsabilidad ha sido de muchos, lo mismo actores regionales como Arabia Saudita, Catar y Turquía, que varios países europeos e incluso Estados Unidos.

Joel Saget

Joel Saget

Los ataques aéreos dirigidos desde 2014 contra diversas instalaciones del Estado Islámico por parte de Estados Unidos y algunos aliados —fortalecidos desde septiembre de 2015 por los ataques rusos y por la respuesta francesa a los atentados en París— requieren una mayor coordinación y un intercambio más nítido de información de inteligencia. También se necesitan más fuerzas en el terreno para atacar con eficacia las posiciones islamistas del califato, que son fuerzas que pueden diluirse en ciertos espacios demográficos y transformarse en otras organizaciones en el futuro. Todo esto exige un mayor empleo de fuerzas especiales así como la participación de unidades armadas locales.

Paralelamente, hay que forjar nuevas alianzas en el terreno, por lo que es clave negociar con los líderes tribales sunitas iraquíes para eliminar una de las principales bases de sustentación de la organización y promover las divisiones internas. Además, es necesario optimizar el impacto de las diversas agrupaciones militares iraníes, iraquíes, kurdas y sirias que combaten al Estado Islámico.

Hay que incrementar las capacidades combativas de las indecisas fuerzas armadas iraquíes y coordinarlas directa e indirectamente con las unidades iraníes que se encuentran en el escenario de operaciones de Irak y de Siria. También es indispensable apoyar militarmente a los muy eficientes combatientes kurdos y buscar un equilibrio muy complejo que tome en cuenta las diferencias internas, así como las que tienen con los turcos y con los árabes. En este sentido, un buen ejemplo de las operaciones que pueden desenvolverse es la reocupación por parte de fuerzas kurdas de la ciudad de Sinjar con el apoyo de la aviación y de las fuerzas especiales estadounidenses —con miles de asesores en Irak— y de los comandos británicos.

Todas estas fuerzas llevan tiempo combatiendo en el sitio y podrían ser decisivas en la lucha contra el Estado Islámico, aunque enfrentan múltiples dificultades para mejorar su coordinación. Por ejemplo, los turcos no quieren que los kurdos se fortalezcan pero los militares turcos tampoco quieren participar en los combates. Por otro lado, Washington ha gastado enormes sumas en entrenar, financiar y armar a grupos sirios opositores que considera “moderados” y que tienen el propósito de derrocar al gobierno de Bashar al Assad. A esta línea de acción, que entorpece la lucha de Damasco contra organizaciones de tendencia islamista, se han incorporado varios países occidentales. Mientras tanto, los sauditas se preocupan por la presencia de fuerzas iraníes en Irak y en Siria, al tiempo que Estados Unidos y Francia continúan vendiéndoles armamentos y cortejándolos para obtener sus recursos energéticos y financieros. Todas estas posiciones contradictorias trastornan profundamente cualquier estrategia común de lucha contra el Estado Islámico.

Bombardear al Estado Islámico en Raqqa y en los espacios que controla también tendrá otros efectos inmediatos negativos, pues las poblaciones locales, además de haber sufrido la imposición del poder de esta organización, ahora serán afectadas por más sufrimientos y muertes que pasarán a las listas de “daños colaterales”. Muy probablemente se fortalecerá la idea yihadista de recurrir a la venganza por el sufrimiento causado por las grandes potencias y sus aliados e impulsará el actual ciclo de violencia. Al adjudicarse la responsabilidad de los ataques a París, el Estado Islámico declara que lo hace en respuesta a las ofensas contra el profeta y contra el Islam en las sociedades occidentales y a los bombardeos de los territorios del califato. De esta misma manera reconoce su atentado contra un avión ruso de pasajeros y anuncia que llevará la sangre a las calles de Estados Unidos y de Europa.

Más allá de los bombardeos y las acciones militares, un reto enorme es continuar estudiando e identificando las motivaciones más profundas que llevan a determinados individuos a radicalizarse y aprestarse a cometer acciones violentas de terror. Entre esas motivaciones destacan las frustraciones que causan las dificultades para integrarse en sus sociedades, las condiciones socioeconómicas deterioradas, el racismo antimusulmán y la doctrina de la necesaria venganza contra el Occidente colonial y dominante, alimentada por la idea romántica de los beneficios y las ventajas que se obtienen de ir a vivir a territorios dominados por el Estado Islámico.

 

Theillet Laurent

Theillet Laurent

Ataques desde dentro

El ataque en París demuestra que la planificación y la ejecución de las acciones tienen un fuerte componente local. Los atentados fueron llevados a cabo por musulmanes de nacionalidad francesa y belga que viven y se mueven libremente por Europa y que viajan al Medio Oriente y regresan sin restricción alguna, y no por militantes islamistas que operan en Irak y en Siria y se infiltran en Europa. Neutralizar las células existentes y las que se puedan formar —junto a los llamados “lobos solitarios” — constituye un gran reto, pues muchos de sus miembros se inspiran en las convicciones y el mensaje yihadista.

Los pueblos conquistados por el Estado Islámico han experimentado el terror, pieza central de su estrategia de sometimiento.

La estrategia para bloquear acciones incitadas dentro y fuera llevará inevitablemente a los primeros planos el debate entre libertades individuales y garantías de seguridad. Mientras François Hollande declara que “Francia está en guerra”, el electorado francés —al igual que el estadounidense en una coyuntura específica— también se inclinará a intercambiar seguridad por cuotas de garantías individuales. No obstante, siempre quedarán brechas que podrían aprovechar los terroristas.

El intercambio de ataques no es, como muchos tratan de probar, un simple choque huntingtoniano del Islam contra Occidente. Las acciones del Estado Islámico se han extendido por toda la región de credo musulmán e incluso dentro del territorio que pretende controlar. Las ciudades y los pueblos iraquíes y sirios conquistados por la organización han experimentado el terror, pieza central de su estrategia de sometimiento e imposición.

Así, junto a las vejaciones, los ataques y los asesinatos cometidos contra cristianos, kurdos y yazidíes, también hemos presenciado crucifixiones de elementos musulmanes de la propia organización que no parecían comulgar con la visión extremista del grupo, los fusilamientos de combatientes adversarios que comparten el credo islámico y la exhibición e incineración en jaulas de contrincantes. A esta lista hay que añadir los atentados en Irak y en Turquía, así como en Líbano contra barrios chiítas y en Yemen contra los hutíes. Incluso hubo fuertes ataques en Arabia Saudita, donde se realizan atentados suicidas contra mezquitas chiítas en el este del país y se detonan cargas explosivas en varios puntos de la propia capital Riad.

Así, no es una simple yihad que aterroriza a los “infieles occidentales”, sino que se trata de una versión distorsionada del Islam que se dirige contra todo lo que considera hereje y apóstata, incluyendo a interpretaciones y prácticas de correligionarios que no considera ultraortodoxas. Para hacernos llegar su mensaje, el grupo emplea con notable eficacia las nuevas tecnologías de la comunicación. La muestra está en las cruentas imágenes de los degollamientos ejecutados contra occidentales y no occidentales por Mohammed Emwazi, el yihadista John, quien murió el 12 de noviembre de 2015 en un ataque aéreo lanzado por tropas estadounidenses en Raqqa.

Aterrorizar en el mayor grado posible tiene el propósito de afianzar el dominio de la organización en las zonas que controla e inducir temor en el enemigo, militar o civil. El miedo y las falsas alarmas de que se efectúen nuevos atentados son un éxito momentáneo del Estado Islámico. Eso es precisamente lo que buscan: disuadir e inducir pánico con el radicalismo terrorista. La respuesta adecuada surgirá de la conjugación de políticas y de convicciones profundas de la sociedad civil mundial.

Kai Försterling

Kai Försterling

Sentimientos antimusulmanes  

Aunque la gran masa de más de 1600 millones de musulmanes en el mundo rechaza estas prácticas que considera totalmente contrarias a los preceptos islámicos e insiste en que son realizados por una minoría fanática y violenta, es inevitable que los sentimientos islamofóbicos y xenofóbicos se fortalezcan en la presente coyuntura. La enorme comunidad musulmana y sus centros de pensamiento más importantes tendrán que seguir criticando, con fuerza creciente, estas distorsiones del credo islámico.

El rechazo a lo musulmán se hará aún más evidente en muchas partes del mundo. El racismo y la estigmatización se extenderán no solo por ciertos barrios parisinos, sino también por Lyon, Marsella y el famoso Molenbeek de Bruselas. Todo ello pesará en la crisis migratoria actual, en la medida en que muchos países europeos cierran sus fronteras y el Congreso de Estados Unidos y los gobernadores de varios estados del país se oponen a la propuesta del presidente Barack Obama de aceptar a 10 000 refugiados sirios.

Muchos de los refugiados que escapan de sus tragedias nacionales y buscan un espacio para vivir son las víctimas de años de guerras en la zona y de cuestionables ataques militares foráneos. El debilitamiento de las tradicionales cúpulas de poder en nombre de la promoción democrática en varios de estos países muestra hoy cuadros caóticos de destrucción.

La autoridad megalómana, autoritaria, antidemocrática y represiva —aunque estable y fiel a sus propios condicionamientos históricos, políticos y sociales— es sustituida por una larga crisis iniciada a partir de modelos que pretenden imponerse desde el exterior. Esto es evidente en la decisión estadounidense de derrocar a Saddam Hussein, en la obsesión de la Francia de Nicolas Sarkozy por eliminar a Muamar el Gadafi o en la compleja madeja de apoyo catarí, saudí, turco y occidental para destruir al régimen de al Assad.

Un acto terrorista puede explicarse, pero jamás justificarse. Debe quedar claro que toda tragedia humana merece solidaridad y que todo acto brutal cometido por cualquier parte tiene que ser condenado, ya estemos hablando de la reciente catástrofe en París o de las innumerables desgracias en otras partes del mundo. avatarDefault 

 

LUIS MESA DELMONTE es maestro y doctor por El Colegio de México y profesor investigador en el Centro de Estudios de Asia y África de esa institución. Realizó estudios en la Universidad de La Habana, en la Universidad Rey Saud de Riad, Arabia Saudita, y en el Department of Peace and Conflict Research de la Uppsala Universitet, de Suecia. Recientemente coordinó los libros El pueblo quiere que caiga el régimen (COLMEX, 2012) y Las relaciones exteriores de Siria (COLMEX, 2013). Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel 3.

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