El papa Francisco y Donald Trump: una pulseada por la paz

1 Junio, 2017 • Artículos, Asuntos globales, Portada • Vistas: 554

Elite Daily


 Pablo Alberto Baisotti

Junio 2017

Estados Unidos no mantuvo relaciones diplomáticas con la Santa Sede hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial. En aquel entonces, el presidente Franklin Roosevelt, políticamente motivado por el creciente número de católicos estadounidenses, se acercó a la Santa Sede. El presidente Harry Truman intentó aprovechar la condena del Vaticano a la política anticatólica y atea de diversos regímenes comunistas en Europa, buscando construir una afinidad ideológica con la ese país. Durante la década de 1950, en Estados Unidos hubo un renacimiento religioso. Ello fue acompañado por una histeria colectiva contra el comunismo “ateo” y la subsiguiente persecución contra muchos acusados de serlo (el famoso “macartismo”). La religión fue el lugar donde se apoyó el patriotismo estadounidense. Así, a mediados de la década de 1950, el Congreso adoptó el lema nacional “In God We Trust”, instituyó un día nacional de oración y agregó las palabras “bajo Dios” al compromiso de lealtad. Como consecuencia de una renovación religiosa de la Iglesia, la Santa Sede entre 1963 y 1978 cambió su posición política. Pasó de una alianza de facto con el Occidente contra el comunismo ateo, a buscar una posición no alineada en la arena internacional. Con la llegada a la Santa Sede en 1978 de Juan Pablo II y la elección de Ronald Reagan en 1981, se produjo otro cambio en las relaciones entre ambos Estados. Basados en su mutuo odio hacia el comunismo, el presidente y el Papa estrecharon lazos con el objetivo de desestabilizar el “imperio del mal”. Al ser elegido William Clinton en 1992, la relación bilateral se energizó: cada vez más comunicaciones significativas, cuestiones de política mutua, y compromisos de justicia social. Junto con la desaparición de la Unión Soviética, estas convergencias crearon una apertura que sirvió al interés nacional de Estados Unidos y a la misión religiosa del Vaticano.

La elección del Jorge Bergoglio como Papa Francisco en 2013 provocó rápidamente un reposicionamiento del Vaticano como un actor internacional de peso e influencia. Podría afirmarse que pocos pontífices lograron un rol político global como lo ha hecho Francisco. Ello, por supuesto, ocasionó voces encontradas entre defensores y detractores. Los primeros aseguran que era necesaria una renovación, un acercamiento a las personas “comunes” con un lenguaje simple y un modo de actuar enérgico y desafiante de las rígidas estructuras vaticanas. También muchos destacan el alto nivel de compromiso social y ecológico que el Papa ha construido a través de sus escritos y visitas pastorales, las cuales tuvieron, en ocasiones, altas dosis de politización. Los segundos, por su parte, le acusan de marxista por su lenguaje “socializante” y de populista por su preferencia por los más desprotegidos. Se le ha acusado incluso de peronista, por su procedencia y formación. Aun así, el Papa Francisco no deja a nadie indiferente, es un formador de opinión de primer nivel mundial.

Uno de los más importantes éxitos internacionales de Francisco fue la reconciliación entre Cuba y Estados Unidos luego de más de medio siglo de enfrentamiento. Si bien llevaba años gestándose a nivel diplomático, la decisiva y directa intervención del Papa precipitó los acontecimientos. A favor jugaron la procedencia “tercermundista” de Francisco y su enorme carisma personal. Tanto el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, como el de Cuba, Raúl Castro, aceptaron la mediación y enviaron representantes al Vaticano para acordar el proceso de normalización de las relaciones. Ambos presidentes sellaron la reconciliación el 16 de diciembre de 2014, expresando su gratitud al Papa. La cubierta simbólica vaticana fue ideal para evitar costos políticos en ambas partes. Al día siguiente, el presidente Obama anunció un nuevo rumbo en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Para “bendecir” el pacto, el Papa visitó ambos países entre el 19 y el 27 de septiembre de 2015. Luego de ello, Francisco señaló: “Dios siempre quiere construir puentes; somos nosotros quienes construimos muros. Y los muros se derrumban, siempre”. Palabras que resonaron con fuerza en Estados Unidos durante la campaña electoral, puesto que el vencedor y actual presidente, Donald Trump, indicó que revertiría el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Cuba, llamó a Fidel Castro un “brutal dictador” y aseguró que durante su gobierno se haría lo posible para asegurar que el pueblo cubano pudiese finalmente emprender su camino hacia la prosperidad y la libertad. Francisco afirmó, tras su visita a México, que no era cristiano “levantar muros” como los que prometía Trump y que se auguraba una nueva Guerra Fría, esta vez, entre Estados Unidos y el Vaticano.

Trump manifestó en un tono conciliatorio que la culpa era del gobierno mexicano y elogió a su vez la personalidad de Francisco, restando importancia a sus palabras. Quizás fue porque no podía arriesgarse a perder el voto cristiano en las elecciones primarias de Carolina del Sur o quizás porque supuso que su estatura internacional, en el caso de ser elegido, no se encontraba a la altura de la de Francisco y una crítica abierta era contraproducente en el ambiente político estadounidense. Como casi en toda su campaña electoral, lo grotesco y lo increíble se mezclaron entre la aprobación y la reprobación, y Trump resaltó sus vínculos religiosos blandiendo en diversos mítines una Biblia para apaciguar las acusaciones de muchos detractores cristianos.

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Estos contrapuntos intentaron zanjarse en mayo de 2017, cuando Trump visitó el Vaticano. Luego de la presentación y el saludo del Papa a la comitiva, ambos se dispusieron a tomarse fotografías. Mientras Trump sonreía, a su lado, el pontífice se encontraba cabizbajo con una mirada de disgusto. Más evidente se demuestra la fotografía si se le compara con aquella en la cual posó junto a Obama, donde ambos mandatarios demostraron su recíproca sintonía. Momentos después pasaron a la biblioteca privada, donde mantuvieron una conversación sobre cuestiones de inmigración, proliferación nuclear, cambio climático, justicia social y la búsqueda de la paz, entre otros temas. El Papa tomó las riendas de la situación y fue en ese momento que Trump pareció cambiar su actitud: de una postura triunfante a una sumisa. Es decir, dejó su inicial actitud dominante en manos de Francisco, quien de forma evidente reservaba sus cartas fuertes para ese momento. El pontífice pidió a Trump promover la paz y le obsequió diferentes documentos de su pontificado, como la Amoris Laetitia, la encíclica Laudato si’ y la Evangelii Gaudium, el mensaje para la Jornada Mundial de la Paz y un medallón en el que está representado un olivo como símbolo de la paz y la unidad, mientras agregaba: “es un olivo, que es símbolo de la paz, con dos ramas. Aquí la división de la guerra, en el medio, y el olivo está tratando de reunirlos lentamente en paz”. El mensaje papal fue claro: se necesita que Estados Unidos fomente la paz y la unión en un contexto internacional que pareciera ser cada vez más oscuro: la tensión entre Corea del Norte y Estados Unidos, los atentados terroristas y las habituales cuestiones sociales que golpean con especial fuerza al Tercer Mundo. El presidente estadounidense le ofreció un cofre con los libros de Martin Luther King —algo que seguramente despertará la curiosidad y el rechazo de los muchos ciudadanos estadounidenses que le votaron—, una piedra grabada del monumento a King en Washington y una escultura en bronce. Asimismo agregó: “nosotros necesitamos la paz”.

El posterior comunicado vaticano expresó las cordiales conversaciones para las buenas relaciones bilaterales y el compromiso común en favor de la vida y de la libertad religiosa y de conciencia. Además, resalta el intercambio de puntos de vista sobre algunos temas relacionados con la actualidad internacional y con la promoción de la paz en el mundo a través de la negociación política y el diálogo interreligioso. Donald Trump se despidió del Papa con una promesa: “no me olvidaré de lo que me dijo”. Más tarde, mediante un tuit, completó su posición: “encontrar a Su Santidad, el Papa Francisco, fue el gran honor de mi vida. Dejo el Vaticano más determinado que nunca de buscar paz para nuestro mundo”. Tras el encuentro, Trump se dirigió al Palacio del Quirinal para reunirse con el presidente Sergio Mattarella y, más tarde, con el primer ministro Paolo Gentiloni.

El encuentro entre estos dos líderes podría compararse a las iniciales partidas de ajedrez que se disputan en los campeonatos mundiales. De forma habitual terminan en empate “tablas”, puesto que sirven para conocer al adversario, al rival, y lograr entender cómo piensa y cómo reacciona. Francisco fue el más decidido, dejando a Trump lucirse en la entrada y en las fotografías. Pero en la conversación sacó a relucir su estilo directo y sin vueltas para solicitar, sobre todo, la paz. Reafirmó su actitud para que no hubiera ninguna duda a través de los presentes. Trump, al parecer, sabía que en el encuentro con Francisco sería llevado por un terreno opuesto a aquél que lo había catapultado a la presidencia. Es decir, a la búsqueda de la concordia mundial y no de la confrontación. Por ello, entre las ofrendas que realizó se encontraban los libros del gran luchador por la paz y por los derechos civiles, Martin Luther King. Sostuvo sus deseos por la pacificación. Palabras que deben ser llevadas a la práctica lo enfrentarían con sus promesas electorales y con parte de su electorado. Ahora el ser o no ser de Trump se basa en una cuestión de construcción: ¿muros o puentes? He ahí el dilema.

PABLO ALBERTO BAISOTTI es máster en Derecho de la Integración Económica por La Sorbonne y la Universidad del Salvador. Además, es máster en Relaciones Internacionales Europa-América Latina y doctor en Política, Instituciones e Historia, ambos grados por la Università di Bologna. Actualmente es profesor e investigador en la School of International Studies de la Sun Yat-Sen University en China, donde conduce estudios sobre Latinoamérica contemporánea: historia, religión y relaciones internacionales.

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