El panorama electoral en Brasil: un breve análisis

29 septiembre, 2014 • Artículos, Latinoamérica, Portada, Regiones • Vistas: 1136

avatarDefault José Alexandre Altahyde Hage

Las elecciones presidenciales de Brasil se llevarán a cabo el 5 de octubre de 2014 y si ningún candidato obtiene la mayoría absoluta que se requiere para ganar, se realizará una segunda ronda el 26 de octubre. De todos los candidatos, los de mejores posibilidades son Dilma Rousseff, que busca la reelección, Marina Silva y Aécio Neves.

Desde las elecciones presidenciales de 1994 y 1998, cuando ocupaba la presidencia el socialdemócrata Fernando Henrique Cardoso, el panorama político no había sido tan complejo. En las elecciones anteriores, prácticamente había un consenso sobre el camino que quería seguir la sociedad brasileña. Aun si hay controversias al respecto de cómo se formó aquel consenso, está claro que se sostenía la opinión de que Brasil no admitiría gobiernos que despreciasen el control de la inflación y del déficit público.

 Vale la pena recordar que durante la llamada “década perdida” de gran parte de los países latinoamericanos, la década de 1980, la inflación era considerada el obstáculo más grave para alcanzar la estabilidad económica y política. En Brasil, con la emblemática elección del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores, se aspiró al desarrollo social y la distribución de la renta, sin desatender doctrinas consideradas liberales, como el control de la inflación y el respeto al derecho de los contratos.

 El periodo Lula da Silva, de 2003 a 2010, se distinguió por el respeto a las reglas de juego en la economía nacional. En el ámbito internacional, el gobierno propugnó la reforma del orden mundial y criticó la actitud conservadora de las organizaciones financieras multinacionales en lo que se refiere a las necesidades de los países en desarrollo. Con esa postura, Lula consiguió un gran prestigio en todo el orbe.

EFE

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 Al final de su régimen, Lula consiguió que el Partido de los Trabajadores impulsara como presidenta a Dilma Rousseff. Pero al contrario del líder, la actual mandataria no se ha ganado un prestigio tal que la afirme como candidata de éxito indiscutible para reelegirse. En este punto comienzan las complejidades para comprender estas elecciones.

 En términos político-electorales, la no reelección de un gobierno abre la posibilidad de elegir a un partido de oposición o disidente. Quizá el sistema bipartidista estadounidense sirva de ejemplo en la sucesión de republicanos y demócratas. Hoy, en Brasil, la popularidad del gobierno de Rousseff se ha desplomado, pues pasó de un 70% de aprobación (un nivel óptimo o de buen gobierno) en 2011 y 2012, a 32%, lo que dificulta mucho su reelección.

 La candidatura de Rousseff cuenta con la fuerza del Partido de los Trabajadores y sus aliados. El exgobernador del estado de Minas Gerais, Aécio Neves, busca obtener apoyo de parte importante de la clase media en los estados industrializados, como São Paulo y Río de Janeiro. Con todo, la fuerza que más crece en este momento es la de la exministra del Medio Ambiente de gobierno de Lula, Marina Silva, cuyo programa no está muy estructurado, pero es resultado de una alianza entre un movimiento ambiental informal y el Partido Socialista Brasileño. Es la candidatura que más crece en virtud de su penetración en una parte de clase media que está a favor del desarrollo social, pero prefiere verlo con parsimonia y sin aislar a Brasil del mercado internacional, un desarrollo que no incurra en esquemas de proteccionismo ni reproduzca los errores de las presidencias laboristas, como la gran corrupción. Con tales sentimientos, la candidatura de Marina Silva se convirtió en una amenaza a la reelección de Rousseff y a las posibilidades de Aécio Neves de competir en la segunda ronda.

 Dilma Rousseff se apoya en la valoración del pasado reciente, es decir, del gobierno de Lula, para probar que el régimen actual no se distanció del programa progresista del líder; que tal vez hubo problemas graves, pero que se deben a la mala coyuntura económica internacional, a los préstamos no preferentes y a problemas nacionales resultantes de muchos días improductivos y de cuestiones ambientales sobre las cuales el gobierno no tiene control, como la crisis hidráulica.

 Por su parte, Aécio Neves pretende rescatar la postura del liberal que respeta el mercado, que combate la inflación, atrae inversión y reforma y disminuye la burocracia. Pero el mensaje no cala porque, entre otras cosas, la relación de Neves con el expresidente Fernando Henrique Cardoso pesa y le confiere una imagen de ser un candidato que favorece al capital extranjero y la privatización, vale decir, a las élites financieras.

AP

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Marina Silva, que inició su carrera política en la izquierda, intenta ahora ser una “tercera vía”, en la que no desprecia las inversiones generales y, al mismo tiempo, rescata su experiencia como ministra respetada internacionalmente. Su plataforma les parece amorfa e insustancial lo mismo a los liberales que a los socialistas más radicales, como la candidata Luciana Genro, que tiene posibilidades bajísimas de ganar las elecciones. Para la presidenta Rousseff, más moderada, Silva se muestra negligente por no conocer a profundidad las razones políticas, pues es más una voluntarista que una verdadera estadista.

Para la izquierda radical, la visión de Marina Silva no difiere en esencia de lo que piensan los liberales que defienden a los grandes capitales, como —dicen— Aécio Neves, ni tampoco se distancia del fracaso del actual gobierno federal en el combate a la crisis económica sin recurrir a instrumentos conservadores, como la aceptación de capitales internacionales y la comercialización del campo. Su inserción entre la clase media es llamativa. Algunos opinan que Marina Silva representa cambios necesarios, pero con cautela. No sería igual a Aécio Neves porque no participa del ideario liberal cosmopolita; pero tampoco convive con la izquierda que desprecia las conquistas de la estabilidad económica, como vivir sin una inflación elevada.

Por el hecho de que el panorama electoral es inestable, en el sentido de que no apunta a un candidato que goce de una amplia ventaja, a diferencia de las elecciones de los últimos quince años, las cuestiones ideológicas se analizan metódicamente, punto por punto. Para empezar, las tres plataformas principales concuerdan en la necesidad del combate a la inflación y al déficit público. Tanto Dilma Rousseff como Marina Silva y Aécio Neves son favorables a una economía más integrada al resto del mundo y al respeto a las organizaciones multilaterales. Pero, en la disputa electoral, que se resuelve en las minucias, el conflicto cambia en virtud de cuestiones morales.

Por ejemplo, Marina Silva es contraria al aborto y a la legalización de los matrimonios homosexuales, al parecer por obra de las presiones de las denominadas religiones neopentecostales conservadoras. Aécio Neves no opina y Dilma Rousseff prefiere no entrar en un terreno peligroso del cual acaso podría no salir. La Presidenta ya tuvo que explicar su postura sobre esos temas en la elección de 2010.

Reuters

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Otro punto destacado es que Aécio Neves y Marina Silva no ofrecen grandes reflexiones estratégicas sobre la economía energética, sobre los grandes yacimientos petrolíferos del Presal. Sus expresiones sobre la seguridad nacional y el combate a la delincuencia organizada no aportan grandes análisis. Marina Silva tiene mayor desenvoltura en las cuestiones ambientales, pero no se manifiesta en cuestiones de política internacional, salvo por las declaraciones convencionales. Aécio Neves prefiere reproducir el programa de la década de 1990 sobre el papel transformador de la globalización en el orden internacional. Y Rousseff se siente más a gusto capitalizando el haber dirigido a Brasil en cuestiones de gran importancia, como la conferencia Rio+ 20. Aun así, su participación en la política exterior ha sido magra, de ahí la crítica de que en su gobierno el palacio de Itamaraty cumplió una función mediocre.

 Por su lado, Dilma contraataca, pues alega que Marina no tiene preparación política para administrar la inmensa riqueza nacional del yacimiento presal y que Aécio preferiría cambiar el régimen jurídico de los recursos naturales para favorecer al capital internacional. Pero la propia presidenta no pasa indemne en la cuestión energética, puesto que en 2013 aprobó la entrada al país de grandes trasnacionales que exploten el petróleo nacional. En el fondo, Rousseff puede alegar que no alteró el régimen de partición, sino que lo puso en manos del poder público. No obstante, la manera como las petroleras extranjeras entraron en Brasil generó muchas críticas de sectores nacionalistas de la izquierda, de militares y de universidades.

Consideraciones finales

A primera vista se observa que las candidaturas presidenciales de Dilma Rousseff, Marina Silva y Aécio Neves se apoyan en partidos que ideológicamente se situarían en la socialdemocracia al estilo europeo. No obstante, para quien —como Rousseff— es miembro del Partido de los Trabajadores, el Partido de la Social Democracia Brasileña de Aécio Neves no guarda el menor respeto al histórico ideario de lucha de los trabajadores. Por lo tanto, el partido no pasaría de ser un instituto de corte liberal o hasta un ejemplar de neoliberalismo. La izquierda radical ve en el Partido de los Trabajadores una organización degenerada que se rindió al capital internacional y a las conveniencias para mantenerse en el poder.

Por eso Marina Silva busca aprovechar ese conflicto y proponer una política pragmática, cuya expresión tiene dos lados. En primer lugar, es una manera de atraer miembros educados de la clase media, a ejemplo del ambientalismo alemán. Silva mezcla elementos de izquierda, como la oposición al “capitalismo salvaje”, pero reconoce que la legislación puede ayudar a conformar una economía sustentable. Sin embargo, su candidatura no parece representar un propósito y desinforma políticamente. Es sobre esto que Rousseff busca crecer.

A final de cuentas, en el ambiente actual se produce la impresión de que la competencia será entre las dos candidatas, pues Aécio Neves no tiene las condiciones para hacer una oferta política que alcance a todo el país.

JOSÉ ALEXANDRE ALTAHYDE HAGE es profesor del Departamento de Relaciones Internacionales de la Universidade Federal de São Paulo (UNIFESP), donde también realiza investigaciones de geopolítica y política energética. Participó en el International Visitor Leadership Program, del Departamento de Estados de Estados Unidos para estudios de energía. Este artículo contó con la colaboración de DANIEL FREIRE, estudiante de Relaciones Internacionales de la UNIFESP.

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