El mundo árabe en disputa y la nueva guerra contra el terrorismo

19 Junio, 2017 • Artículos, Medio Oriente, Norteamérica, Portada • Vistas: 2498

AFP

  Moisés Garduño García

Junio 2017

El primer viaje al Medio Oriente de Donald Trump como presidente de Estados Unidos desató muchas críticas y controversias. El primer discurso fue en Riad, Arabia Saudita, y la segunda parada fue en Tel Aviv. La línea de su narrativa en ambas intervenciones fue clara y contundente al señalar a Irán como “la principal amenaza a la seguridad de la región” y como “el principal actor que financia el terrorismo a nivel internacional”. En Tel Aviv, además, el Presidente estadounidense ofreció una “oportunidad para alcanzar la paz en el Medio Oriente” refiriéndose a la cuestión palestina, mientras los líderes israelíes relacionaron a Irán y Hamas con el Estado Islámico como si se tratara del mismo fenómeno político. Para entender mejor este viaje y sus implicaciones, es preciso reflexionar sobre la base de cinco ideas que combinan una lectura política con una económica como sigue a continuación.

En primer lugar, hay que pensar en los negocios. A pesar de haber usado una retórica desafiante contra Irán, una de las principales razones de esta visita descansa en la necesidad de cerrar jugosos contratos para acelerar la economía estadounidense. El Saudi Arabia’s Public Investment Fund (que incluye el Abu Dhabi’s Mubadala Investment) anunció un compromiso de 20 mil millones de dólares con la multinacional neoryokina Blackstone Group LP con el objetivo de hacerse de infraestructura en el sector de las telecomunicaciones. Esto, de acuerdo con el proyecto Saudi Arabia 2030, que intenta convertir al reino en una potencia tecnológica en el mediano plazo. Esta operación incluye inversiones saudíes en algunas firmas estadounidenses como Apple y la californiana Qualcomm, además de inversiones de cerca de 3500 millones de dólares en Uber. Por su parte, Saudi Aramco reportó la firma de 16 acuerdos valuados en 50 mil millones de dólares con otras once compañías entre las que destacan las texanas Jacobs Enginering Group y National Oilwell Varco, Honeywell de New Jersey, y General Electric (con la cual se firmó un acuerdo inicial por 15 mil millones de dólares). El Departamento de Defensa de Estados Unidos y Arabia Saudita negociaron también un paquete de unos 110 mil millones de dólares, esto, de acuerdo con un comunicado de la Casa Blanca el día 20 de mayo. Entre las empresas que figuran en dicho acuerdo se encuentran tres de las compañías más importantes del mundo en este sector, tales como Raytheon Company (la cual construirá una sucursal en el reino saudí), Lockheed Martin Corporation (la cual construirá 150 helicópteros blackawk) y General Dynamics (que construirá vehículos blindados de combate). Con este paquete económico, que el ministro de exteriores saudí, Adel al Jubeir, valoró en cerca de 380 mil millones de dólares, se espera que sean creados 50 000 empleos en Estados Unidos en el corto plazo.

En segundo lugar, hay que reflexionar sobre el uso de la retórica. No es fácil promocionar un negocio de estas dimensiones sin declarar de forma pública la existencia de un enemigo poderoso. Trump no llegó a hablar de democracia en el Medio Oriente, sino de terrorismo y seguridad. Estos conceptos, en efecto, son un común denominador entre Riad, Washington y Tel Aviv. En este eje de ideas se inserta su segunda escala, donde el Presidente estadounidense tuvo que ir al Muro de las Lamentaciones y criticar de forma abierta el pacto nuclear iraní a cambio de flujos de cooperación política entre los tres países para conformar una refrescante alianza político-militar, sobre todo, basada en la búsqueda de la normalización de las relaciones entre Israel y los países árabes del Golfo. La creación del Global Center for Combating Extremist Ideology ha sido catalogada por algunos expertos como una “Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) árabe, que además incluye a Israel”, y que en gran medida se encuentra llena de concepciones orientalistas y antichiitas contra Irán. En lugar de abonar a la búsqueda de una paz genuina en la región está fomentando una perspectiva sectaria y alarmante de la misma. La entrevista con Mahamud Abbas es una forma de legitimar estas palabras con un hecho que tendrá poca relevancia en el terreno palestino y que va en la misma línea que las rutas de paz propuestas por gobiernos estadunidenses anteriores que, en palabras de la misma sociedad palestina, han sido un fracaso.

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En tercer lugar, se encuentra la geopolítica. Con lo anterior, resulta evidente que el tema iraní está siendo usado para acelerar la alianza política y militar entre Tel Aviv y Riad en aras de lograr un contrapeso a la influencia que Irán ha ganado en el mundo árabe al capitalizar las crisis creadas por Estados Unidos y sus aliados en las capitales de cuatro países árabes, es decir, en Irak, Líbano, Siria y Yemen. Y no tanto para pensar en un ataque militar directo contra Teherán, el cual es tan improbable como lo ha sido en los últimos 10 años. En otras palabras —y dados los contratos antes mencionados, así como la experiencia israelí en la zona con sus servicios de inteligencia y el estudio de organizaciones como Hamas y Hezbollah—, el objetivo estadounidense de formar una coalición militar de este tipo tendrá el mismo objetivo que la OTAN durante la Guerra Fría con respecto a la Unión Soviética. Es decir, atacar varios frentes para debilitar al enemigo comunista antes de enfrentarse directamente con él. Desde esta perspectiva, es altamente probable que las armas que compró Riad de empresas estadounidenses terminen, con ayuda israelí, no en Teherán ni Isfahán ni Bushehr, sino en Gaza, Irak, Siria y Yemen.

En cuarto lugar, se encuentra el espectáculo. La visita de Trump hizo que se olvidara de forma momentánea la mala reputación internacional que tiene Arabia Saudita frente a organizaciones como Human Rights Watch por las sistemáticas violaciones a los derechos humanos, o frente a las declaraciones del Parlamento Europeo en Estrasburgo que en julio de 2013 identificaron al wahabismo como la principal fuente de terrorismo a nivel internacional. No está de más señalar que Arabia Saudita ha sido uno de los países más interesados en intervenir de manera militar, no solo en Yemen, sino también en Bahréin y, económicamente, en Egipto (durante el gobierno de Abdel Fatah al Sisi, al financiar junto con Emiratos Árabes Unidos grandes planes de vivienda). Todo, en aras de evitar otro brote de protestas masivas en la región, que podrían poner en riesgo el statu quo de la familia real. Si se pone atención, la llegada de Trump a Arabia Saudita no visibilizó las manifestaciones de mujeres o jóvenes en favor de los derechos ciudadanos. Tampoco lo hizo con la población chiita de la provincia de Al-Awamiyah, la cual ha sido violenta y marginada de forma sistemática del ámbito político. Y es que el hecho de que no haya ni un solo grafiti en las calles de Riad, de acuerdo con la afamada intelectual Medea Benjamin, implica recordar algo tan sencillo e importante como el hecho que la protesta social en el reino es ilegal y que Al-Awamiyah está ocupada militarmente al interior del propio país. Además de esto, la ley antiterrorista de enero de 2014 trata prácticamente a toda forma de libre expresión como un acto de terrorismo, incluyendo el “ponerse en contacto con grupos o individuos opuestos al reino”. Es una situación que —aunada con la de los migrantes del sureste asiático o el número de ejecuciones por decapitación al año—, pone en tela de juicio el hecho que el país que proclama valores como la democracia y la libertad no demande ni siquiera en lo más mínimo la apertura democrática al interior del propio reino.

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En quinto lugar, hay que pensar en la resurrección del terrorismo como discurso y práctica de “securitización”. Si bien es cierto que Irán también ha violado de forma sistemática los derechos humanos de su población, estamos lejos de probar que es el único responsable del desastre que se presencia en el Medio Oriente. De hecho, hay que recordar que la herencia más grande que ha dejado Estados Unidos en la región es justamente la de la invasión y ocupación de Irak en 2003. Fue una invasión materializada en el hecho de que chiitas y sunitas, en términos confesionales —así como kurdos, árabes, turcomanos y otras poblaciones en términos étnicos—, comenzaran a odiarse. El odio, a su vez, terminó por hacer del sectarismo uno de los mecanismos más efectivos de la política estadounidense para terminar con los proyectos nacionalistas más fuertes de la región después del nasserismo —es decir, los liderados por Sadam Hussein, Muamar el Gadafi y, recientemente, al intentar terminar con el régimen del dictador sirio Bashar al Assad. En este sentido, la muerte de Osama bin Laden poco importa ante la emergencia de nuevas amenazas como las que representa el Estado Islámico y la serie de ataques que ha reivindicado en Alemania, Bélgica, Estados Unidos, Francia, Irak, Irán, Líbano, el Reino Unido y Turquía logrando despertar de nuevo una psicología del miedo y un nuevo ambiente de securitización que parecía que las revueltas árabes habían enterrado.

Así, la ocupación iraquí, el apoyo a Israel contra Palestina (en 2017 se cumplen 50 años de la ocupación militar israelí), el respaldo a los saudíes contra Catar y Yemen, así como el apoyo a la oposición siria, se han convertido en una serie de hechos acumulados que han producido nuevas formas y niveles de violencia en la región. Esto ha producido, también, un mundo árabe fragmentado de facto (véase Irak, Libia, Palestina y Siria) cuya delimitación territorial se encuentra en disputa por las potencias regionales y sus respectivos patrocinadores internacionales. Lo anterior, en medio de discursos marcados por el odio, la xenofobia, la “islamofobia”, la crisis económica mundial y el estado de guerra que la nueva lucha contra el terrorismo ha traído a los medios globales en la forma de atractivos ratings y a las empresas armamentistas trasnacionales en la forma de multimillonarios contratos cuyas balas y cañones agudizarán aún más la crisis humanitaria, política y social por la que atraviesa la región entera.

MOISÉS GARDUÑO GARCÍA es doctor en Estudios Árabes e Islámicos Contemporáneos por la Universidad Autónoma de Madrid y maestro en Estudios de Asia y África con especialidad en el Medio Oriente por El Colegio de México. Es profesor de tiempo completo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) y autor de Dinámicas de poder y prácticas de resistencia en las revoluciones árabes. Sígalo en Twitter en @Moises_Garduno.

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