El límite del fairplay ruso

1 junio, 2018 • Artículos, Asuntos globales, Europa, Regiones • Vistas: 1943

El Mundial de Rusia 2018 y el poder blando

 José Carlos Quintal, Lucía Shaw de Estrada y Erick Molina

Junio 2018

La Copa Mundial de futbol de 2018 está a la vuelta de la esquina y su anfitrión está en boca de todos. Rusia se ha caracterizado por tener una política exterior de gran influencia geopolítica en las regiones que la rodean, tanto en Europa como en su parte asiática. Cuna de grandes transformaciones sociales, económicas y políticas en el siglo XX, Rusia ha seguido una misma línea en lo cultural. Este común denominador cultural, e incluso geopolítico, se ve plasmado en las decisiones que toma el Estado ruso con respecto a la expansión de sus fronteras —aún en nuestros días— y en cuestión de influencia política en el ámbito internacional. Durante esta década, se ha podido ver cómo Rusia, por medio de la realización de magnos eventos de carácter deportivo, como los Juegos Olímpicos de Invierno o la Copa Mundial, demuestra su capacidad de influencia en el medio internacional. De ahí la importancia de analizar la eficiencia que el poder blando ejercido por Rusia mediante estos eventos y cómo logra los objetivos de política exterior planteados por el presidente Vladimir Putin. En otras palabras, qué capacidad real tiene Rusia para incidir en las decisiones de organismos internacionales como la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA), el Comité Olímpico Internacional, la Organización de las Naciones Unidas, e incluso su influencia sobre las decisiones de líderes de otros Estados.

No cabe duda de que el Mundial de la FIFA es el evento deportivo más popular del mundo. Fue en diciembre de 2010 cuando el máximo organismo internacional del futbol le otorgó la sede de la edición 2018 a Rusia. No es coincidencia que en la última década, Rusia haya sido anfitrión de dos eventos masivos de carácter deportivo (los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi 2014 y la Copa Confederaciones 2017). Estos hechos ayudan a sostener la idea de que su estrategia de poder blando es eficiente: por un lado, destacamos que las élites han tenido una posición esencial en este país, pues ellos iniciaron la disolución de la Unión Soviética y, del mismo modo, pusieron los cimientos del poder de las mismas élites políticas en la era postsoviética. Sumado a esto, en Rusia el poder de decisión es de carácter vertical, esto quiere decir, que se empieza desde el nivel federal hasta los niveles locales de jerarquía. Por otro lado, no es ninguna sorpresa que de iure, el rendimiento deportivo sea una cuestión de relevancia nacional para los rusos. El espíritu ganador y el rendimiento deportivo son características que fueron heredadas a la Rusia contemporánea de la era soviética, pues desde entonces, ha sido una forma de promover el nacionalismo.

A reparar la imagen

En este caso, el poder blando involucra acentuar su atractivo en medios culturales con el fin de reparar una imagen que, a los ojos de occidente, está muy deteriorada. El juego de la atracción por parte de Rusia ya empezó: políticas de venta de boletos más sanas, en donde el 43% de ellos serán para asistentes internacionales, acciones más duras contra los hooligans, espectáculos con comentaristas internacionales hablando de la “grandeza futbolística” de Rusia, como es el caso de Stan Collymore y su programa semanal. Para Rusia, este evento cumple con ciertas metas de política exterior, como el comunicar una alta estatura diplomática como forma de poder blando en Occidente.

El gobierno del presidente Putin sabe que estos eventos cuentan con el efecto del nacionalismo deportivo, que involucra una ideología o sentimiento, a la vez que es moldeado por medio del deporte. Esto quiere decir que las controversias geopolíticas recientes —como el caso de la anexión de Crimea— podrían ser mitigadas debido al estrés y apego emocional que genera un evento de tal magnitud, con la siguiente relación: mientras más exitoso obtenga Rusia durante el Mundial, se registrará una mayor mitigación del sentimiento antigobierno ruso por parte de la comunidad internacional. Las críticas hacia el gobierno ruso por sus continuas violaciones a los derechos humanos son latentes pero podrían ser sofocadas mediante el magno evento. En otras palabras, proyectar una mejor imagen por medio de la Copa Mundial de futbol es algo que se tuvo en mente desde el momento en que se eligió a Rusia como sede. Esta es la forma de incidir en el medio internacional por parte de Rusia.

Por otra parte, la discusión sobre el poder blando ruso puede dar un giro de 180 grados debido al factor FIFA: Rusia parece tener al deporte como una herramienta de integración de componentes nacionales, siendo exclusivamente de carácter interno y no para darle forma clara a su política exterior y a la imagen que quiere presentar al mundo. Para gran parte de los Estados, sin exceptuar a Rusia, los deportistas son una expresión de las distintas comunidades o regiones. En segundo lugar, el poder de la FIFA actualmente no tiene precedentes, este organismo internacional ha llegado incluso a hacer que los Estados sede de las copas del mundo modifiquen sus leyes para adaptar al país a un modelo de negocio “necesario” para ser anfitrión de un Mundial. En esos términos, la llamada Ley de la Copa Mundial (Ley 108-FX) hizo que la Federación Rusa sufriera cambios importantes en materia de trabajo, tierra, impuestos y civil. Esto saca a relucir la relación de subordinación que el gobierno ruso mantiene con dicho organismo en cuanto a influencia, y no viceversa, de manera que se pueda emplear a este organismo como medio de poder e influencia. Si decimos que, de cierto modo, Rusia usa la Copa Mundial de la FIFA como medio para lanzar una imagen de un Estado con poder blando de sobra, en realidad la FIFA está aprovechándose completamente de este supuesto. Lo polémico del caso ruso es la corrupción. Mucho se ha especulado sobre las negociaciones entre Joseph Blatter (Presidente de la FIFA hasta 2015) y Putin con relación a la controversial selección de la sede mundialista. Además, la FIFA supuestamente promueve muchos valores contrarios a los de Rusia, al grado de llegar a la conclusión de que, a pesar de todo, las fuertes cantidades de dinero terminaron por convencer a ambos dirigentes para llevar a cabo el magno evento en la Federación Rusa.

En la mira

No hay duda de que Rusia siempre estará rodeada de crítica en cuanto a sus acciones, y la comunidad internacional siempre estará pendiente a todo lo que diga y planee. Esto fue palpable en el sorteo de grupos del mundial a realizarse en este país (evento realizado en el palacio del Kremlin), durante el cual la figura de Putin opacó a la gran cantidad de estrellas del medio futbolístico. El Presidente fue acompañado de traductores de varios idiomas para seguir siendo fiel a su línea de solo hablar ruso en gran parte de sus discursos. Haciendo alusión a la gran hospitalidad rusa, Putin aseguró que será un gran mundial en el que se expondrían los atractivos culturales de su país. Se cuestiona mucho su presencia en ese tipo de eventos, se argumenta que el Presidente no tenía cabida en el sorteo realizado hace unos meses. Pero al mismo tiempo refuerza la tesis, concluyendo que el Estado ruso entiende que las circunstancias son favorables para aplicar su poder blando en el verano de 2018.

Es difícil considerar al deporte como algo libre de política. Por un lado, hay un gran esfuerzo por parte del gobierno ruso para utilizar el nacionalismo y el espíritu deportivo para mitigar sentimientos antigobierno, además de establecerse una relación con el desempeño de su país en los eventos deportivos. Por el otro, es aún más complicado separar las violaciones a los derechos humanos con la imagen que proyecta el país. El deporte puede ser visto como un espacio de libertad para muchos, pero en realidad es algo que tanto organizaciones privadas como gobiernos manipulan para su beneficio. Al final, nos toca aceptar que detrás de todo el espectáculo deportivo y mediático que representa el futbol, se llevan a cabo estrategias de política exterior traducidas en poder blando, hipótesis que podría aplicarse a futuras sedes mundialistas. Queda una última pregunta por hacer: ¿hacia dónde puede continuar esta investigación? Este trabajo puede tomar distintos caminos, siendo los más importantes el análisis del periodo posterior al Mundial de futbol de 2018 y un análisis a fondo de eventos recientes, como el gasto excesivo y el impacto a largo plazo de los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi 2014. Solo el tiempo lo dirá.

JOSÉ CARLOS QUINTAL, LUCÍA SHAW DE ESTRADA y ERICK MOLINA son estudiantes de la licenciatura en Relaciones Internacionales en el ITAM. Sígalos en Twitter en @Quintal45, @luciashawe y @ErickFMolina.

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